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Fr. Tomás Fernández Fernández (1924-2018)

31 mar 18. Nació en Valdecañada (León) en el año 1924. De corta edad ingresó en el Seminario Menor de la Provincia Bética en Fuente del Maestre (Badajoz) de donde pasó al noviciado del convento de Loreto en el que tomó el hábito el día 18 de agosto de 1942. Hizo la Profesión Simple en el día 29 de agosto del año siguiente y la Profesión Solemne el 21 de diciembre de 1946.

Al poco tiempo, conducido por un fuerte espíritu misionero, fue enviado a la Custodia que la Provincia Bética tenía en Bolivia. Allí se ordenó de Presbítero el día 11 de junio de 1950.
Durante su estancia en Bolivia pasó por las diversas casas de la Custodia y además desempeñó algunos oficios: guardián de Sucre, maestro de teólogos y director de la escuelas de Sucre entre otros. Por ministerio sacerdotal y por su afán misionero entregó sus mejores años en servicio a la Provincia y a la Orden.

De talante sencillo, campechano y conversador, más su deseo de servir a los demás, acató con agrado cuanto la obediencia le encomendaba.

Coincidiendo con la erección canónica de la Provincia misionera de San Antonio de Bolivia por los años ochenta regresó a la Provincia Bética. Tras cortos destinos en algunas casas (Loreto, Cáceres…) los más prolongados fueron en el convento de S. José del Puerto de la Luz y San Antonio de Padua en Las Palmas de Gran Canaria.

Acusando el paso de los años, el desgaste de la vida y otras dolencias, fue destinado a la enfermería provincial de Chipiona. Allí entregó su alma al Señor en la tarde del viernes santo el día 30 de marzo de 2018, recibiendo cristiana sepultura al día siguiente en el cementerio del convento de Ntra. Sra. de Regla, en Chipiona (Cádiz).

Sin duda, su mejor definición corresponde con la de un hombre misionero con gran amor por los bolivianos. Se sintió enviado a la misión y agradeció todas las oportunidades que Dios le ofreció a lo largo de su vida. Descanse en paz.

Fr. Joaquín Domínguez Serna, OFM.

Fr. Bernardo Mora González-Haba (1927-2018)

Descripción: C:\Users\ofmProvincial\Documents\2016\Frailes\160524 Industrial Loreto Orig 0093.jpgNació en la ciudad de Mérida, aunque se vida transcurrió en Villanueva de la Serena (Badajoz) en el año 1927 de una familia muy cristiana y piadosa. De seis hermanos, tres fueron sacerdotes.

Tomó el hábito en la Orden Franciscana en 1945; hizo la profesión simple en 1946 y la Solemne en 1949. Se ordenó de sacerdote en 1953.

Desde muy joven la obediencia le fue encargando servicios y tareas en los centros de formación de la Provincia Bética: en Fuente del Maestre y en Lucena. Fue nombrado Maestro de novicios en Guadalupe, oficio que ejerció desde 1971 a 1980, y más tarde Maestro de Postulantes en Loreto.

Desempeñó, además, servicios de definidor provincial y guardián en distintas fraternidades: Fuente del Maestre, Loreto, San Buenaventura de Sevilla y Lucena. Durante algunos breves periodos ejerció como Párroco y Vicario parroquial en Guadalupe.

El último tramo de su vida transcurrió en la Fraternidad de Loreto dedicado al ministerio de la penitencia en el Santuario, servicio que conjugó con la visita a los enfermos de la Parroquia de Umbrete y atención espiritual a las niñas del Colegio de San Antonio de Villanueva del Ariscal.
Durante su ministerio cuidó con esmero la dirección espiritual tanto de religiosas como de los laicos que lo solicitaban.

Fue dotado también en el campo de la artes, sobresaliendo en la música y la pintura.
Fr. Bernardo, el padre Mora, fue un hombre de honda piedad y preocupado por el conocimiento y vivencia de la espiritualidad en él mismo y en los demás. Amó su vocación franciscana, su ministerio sacerdotal y profesó una tierna devoción a la Santísima Virgen.
Entregó su alma al Señor en este Santuario de Loreto el día 1 de marzo del presente año 2018.

Fr. Bernardo Mora: descanse en paz.

Fr. Joaquín Domínguez Serna, OFM
Loreto 2018


Fr. Antonio Puente Gallego (1941-2018)

Hace tiempo que no escribo. He estado varado como barco viejo o estancado como el río Tinto cuando llega al mar. Siento como tragedia escribir hoy sobre lo que no escribiré, porque no lo conozco. De Fray Antonio no conozco setenta y tres años de su historia. No sé si fue importante o trivial, si fue humilde y alegre, o acomplejado y taciturno. Sospecho que le gustaban los libros difíciles de leer y le disgustaban los de inútil pasatiempo. Antonio, para mí, era un desconocido. Pudo ser un bohemio de carácter espiritual y perfil literario, pudo ser un profesor corto de conversación, pero como escribía Juan C. Moya: " al final sus confusas palabras obligaban misteriosamente a pensar y sentir". Lo pienso con actitudes intelectuales y artísticas, con heridas de batallas que no luchó. Todo esto son hipótesis mías, sin más fundamento que escribir sobre lo que no conozco. Un Secretario curial guardará con celo los datos de setenta y tres años de una vida, como el secretario de Caronte guardaba los datos de los que cruzaban la laguna Estigia.

Amanecía sobre La Rábida el 30 de agosto de 2015, vi llegar y oí a un hombre, me pareció un buen hombre y con condiciones para serlo. Yo lo pensé bohemio sin conocerlo, y ahora me confirmo al verlo con cierto descuido en su vestimenta, con rostro de sufrimiento, fruto, tal vez, de amarguras y de los muchos años de servicio. Incidentalmente supe que leía libros y era culto. Como la cultura no da dinero su chaqueta no era de traje, era de pobre y había encogido, las sandalias tenían la punta como la lámpara de Aladino, y como dato llamativo y único para este tiempo sus pantalones eran bombachos y a juego con la barba desaliñada. Todo esto le daba aquel aire bohemio que soñé para él. 

Ya en La Rábida paseaba un aspecto de profesor cansado, un rostro pensativo con trazas de fatiga, sus movimientos y gestos eran suaves, se embrollaba en las explicaciones mientras miraba con cansancio. Hablaba poco de su tierra prodigiosa, paseaba silencioso, siempre con el mismo libro bajo el brazo izquierdo y con lápiz y papel en el derecho para anotar la tonta melodía de una abubilla. No esperaba cartas que nadie le escribía, ni llamadas que nadie le hacía. Tenía elementos espirituales que le acercaban a los extraños y provocaban, si no mucho afecto, sí respeto y acogida.

Breve fue su estancia aquí velando la sombra de los pinos, persiguiendo fantasmas en las marismas y trabajando. Le entusiasmaban las carabelas y disfrutaba contando viajes que nunca  llegaban a puerto. La gente le recuerda por la lucidez de sus homilías, por sus andantes soledades, siempre dispuesto a agradar, a escuchar y a ayudar. Pronto para conversar con la gente, pero sus simpatías le duraban poco, eran como el silbo del alma desnuda. La gente lo recuerda generoso y agradecido, con años y enfermizo. En su cuarto era frecuente oír un martilleo indefinido, era el artista que en su aislamiento intentaba plasmar su arte, sin reglas, en troncos y raíces de los pinos. Para él los troncos había que escucharlos y moldearlos. No estoy seguro si era artista o era la forma inútil de dar vida a su oscuro mundo de silencio.

En poco tiempo se le tornaron pesados los años y las piernas. Comenzaron los sufrimientos, las visitas a los médicos, y apareció la nostalgia y añoranza de su tierra de terremotos que vivió en Lorca y de playas que no disfrutaba. Él era de allí y aquí se sentía un consagrado extranjero y peregrino y un enfermo forastero. Las noches eran un peso para él, como una indigestión del alma. Los amaneceres los dedicaba a ordenar tarros de mermelada y a conjugar compotas de fresas con frambuesas o de arándanos con moras, el dolor florecía en su rostro a causa de los sueños truncados. Disfrutaba con el fuego de las puestas del sol en estos parajes en los que ya le pesaba estar.

Conoció y aceptó la enfermedad que puso su tienda en el umbral de su alma y ya no tenía consolación, como la madre de un niño muerto. Le dolían los hospitales y la lejanía de su residencia le irritaba el pensamiento. La enfermedad es como un caballo desbocado, pero al jinete no le importa la enfermedad ni el caballo, le importa la vida y la muerte y viceversa. Una y otra vez le asaltaba la idea de partir para su añorada tierra. Tenía que partir con el crepúsculo o quizás a la caída del sol. Conocía  a dónde iría, pero desconocía el puerto de destino, porque todavía no había estado allí. En mi mesa me dejó un folio ilustrado con un proyecto que le propuse, me lo devolvía con una nota de letra temblorosa que dice: "hay proyectos que ya no se cumplirán".    

Era la hora de nona del día 12 de febrero de 2018 cuando partió de La Rábida con la vieja carpeta bajo el brazo izquierdo guardando las credenciales de que estaba enfermo. En las noches de luna llena aquí todavía se oye el crujir de las ruedas rodando sobre la arena seca y las tardes negras rompen en aullidos dolorosos de despedida.

Pasados ochos días me comunicaron que Fray Antonio había fallecido. Hizo frio en mi alma y no dije nada, solo le deseé la paz y el bien franciscanos. Pensé: ya no hay quien escuche los troncos que él talló, nadie que contemple las flores de su jardín porque tienen un color amarillo muerto a causa del misterio y del silencio.

Ayer algunas mujeres del grupo de la misa de la tarde me preguntaron sobresaltadas: ¿cómo está Fray Antonio de su enfermedad? Mi respuesta dolorida: Él ha muerto, pero vive en las cenizas del espíritu. Descanse en paz.

La Rábida, 26 de febrero de 2018.
Fr. Francisco García Rodríguez, Prior del Monasterio

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En Orihuela esta mañana ha aparecido así la Cruz de la Muela, en un cabezo a tiro de vista del convento. Sea verdad que "a Dios" haya ido el Padre Puente. Y en su paz descanse.


Fr. Josep Costa Planagumá (1940-2018)

15 ene 18. El pasado lunes, día 15 de enero de 2018, a las 6 de la tarde, entregaba su espíritu al Señor nuestro hermano Josep Costa i Planagumà, a los 77 años de edad. Era hermano de Fray Francesc, actualmente conventual de la Fraternidad de Vila-real.

En la madrugada del domingo 14, sufrió un derrame cerebral agudo e irrversible. Trasladado en ambulancia al Hospital Clínico de Barcelona, fue observado y cuidado por el servicio médico hasta que el lunes por la tarde, el mismo equipo certificó la muerte cerebral. Atendiendo escrupulosamente el expreso deseo de nuestro hermano de donar sus órganos
vitales, explicitado claramente en su Testamento vital, el equipo médico correspondiente, a
los pocos minutos, hizo realidad tanta caridad y generosidad.

En el Testamento vital que dejó a sus hermanos de esta Fraternidad de Sant Antonio de Barcelona, escribió: Pido, por caridad, a mis hermanos de comunidad que en el recordatorio o en el “curriculum vitae” que se acostumbra a hacer en estas ocasiones, sólo ponga: Fray Josep Costa i Planagumà O.F.M. intentó vivir el Evangelio de Jesús, y la Hermana Muerte le visitó estando en el intento.

Nuestro hermano nació en Badalona el 1 de octubre de 1940. Sus padres Agapito y Josefina le educaron en la fe cristiana, siendo su parroquia la de Sant Josep. Sus primeros estudios los realizó en el Colegio de los Hermanos Maristas. De muy joven se sintió llamado a la vida religiosa atraído por la figura de San Francisco de Asís. Entró en el Seraficado de Balaguer (Lleida) el año 1953. Allí cursó el bachillerato. El verano de 1958 iniciaba el año de Noviciado en el convento de La Bisbal d’Empordà (Gerona). Terminada dicha etapa de formación, el 26 de julio de 1959 emitió sus votos temporales. Seguidamente pasó al convento-coristado de Berga (Barcelona) para iniciar y seguir los estudios de filosofía y teología. Terminados los estudios se le destinó por poco tiempo a Sabadell. Celebró su profesión solemne el 18 de julio de 1963, y fue ordenado sacerdote el 2 de diciembre de 1967 en la Capilla de nuestro Colegio “Sant Bonaventura” de Vilanova i la Geltrú. Le ordenó Mns. Matías Solà, ofmcap. Ese mismo año había sido destinado a Vilanova i la Geltrú como maestro de seráficos en nuestro Colegio-seminario de aquella ciudad.

Dos años más tarde, en 1969, junto con otro hermano franciscano, marcha hacia Camiri (Bolivia) para ejercer el servicio de misionero. Será una de las etapas más importantes de su vida. Profundamente impresionado por la pobreza extrema y por el sentido comunitario de la gente, trabajó intensamente por la justicia social, ayudado por las Hermanas Franciscanas Misioneras de la Inmaculada. En su libro de memorias, recuerda esta época así: “Ver las nuevas formas de esclavitud que allí había me escandalizaba mucho, y más cuando lo hacían los blancos que se tenían como buenos cristianos. La justicia social no existía y la manera como se aprovechaban de los indígenas era un verdadero pecado”.

Por motivos de salud, el año 1983 regresa a Cataluña. Por poco tiempo es destinado al convento de Sant Antonio de la calle Santaló, y de allí la obediencia le manda a Lérida como director de nuestra Residencia Universitaria. Pasados unos tres años, regresa de nuevo a Santaló hasta nuestros días.

En esta etapa conoce a sor Genoveva Massip, Hija de la Caridad, entregada al servicio de los más marginados de la sociedad. Ambos coinciden en sus compromisos vitales: la ayuda a las personas de la calle, con problemas de adicción a las drogas, excluidos socialmente, estigmatizados y profundamente solos. En aquellos momentos estallaba el drama de la enfermedad del VIH/Sida. En 1990 ponen en funcionamiento el piso “Itaca” de Barcelona, para estos enfermos. Nuestro hermano Josep Costa espolea una pequeña comunidad de base, y nace la Fundación “Acollida i Esperança” el año 1993. Luego siguen otros centros: Can Banús, en Badalona, el convento franciscano de La Bisbal d’Empordà, el convento de Clarisas de Fortià (Girona) y otros pisos… Actualmente funcionan dos hogares residencias, un piso de acogida, un programa de pisos para promover la vida autónoma, un centro especial de trabajo para favorecer la inserción laboral y un servicio odontológico para personas sin recursos. En total se atiende en torno a 1.000 personas.

Fray Josep Costa i Planagumà fue un gran misionero y un apóstol muy querido por los enfermos del Sida. Un ejemplo de justicia y caridad. Podemos estar orgullosos de él y le damos gracias a Dios por habernos dado este hermano que ha vivido el carisma del Seráfico
Padre con los más pobres de los pobres.

Agradecemos a nuestro hermano su espíritu fraterno, trabajador, servicial, de constante disponibilidad, de alegría y buen humor, de sencillez, minoridad y cordialidad… Además nos dejó dicho: “Hechos y testimonio de vida, que las palabras se las lleva el viento” – “No juzguemos ni despreciemos a nadie por su pasado, por sus creencias, por sus tendencias sexuales…” – “Si acogemos con autenticidad, puede nacer la esperanza en un corazón roto”.

Que descanse en la paz del Señor.

fra Francesc Linares Cerezuela
Guardián de la Fraternitat de Sant Antoni I la Mare de Déu de la Salut de Barcelona