Índice del número 135

2005 (2). II Época. Director: Fr. Gabriel Francés, ofm

Cónclave

118 abr 05.— El cardenal Joseph Ratzinger, decano del Colegio Cardenalicio, presidió este lunes la misa «por la elección del romano pontífice» en la que pidió a Dios un nuevo Papa que, como Juan Pablo II, lleve a la humanidad hacia el amor de Cristo.

«En este momento, pidamos sobre todo con insistencia al Señor que, después del gran don del Papa Juan Pablo II, nos dé de nuevo un pastor según su corazón, un pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor a la verdadera alegría», invitó al dirigirse en particular a los 115 cardenales electores.

El cónclave comenzó horas después, en la tarde, después de la solemne procesión de los participantes hasta la Capilla Sixtina y de que se pronunciara el extra omnes (todos fuera), ante las cámaras de televisión de todo el mundo.

Su homilía se convirtió en una reflexión sobre la vocación de los cardenales, como pastores de la Iglesia, llamados a conducir a los fieles hacia una fe adulta.

«La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos con frecuencia ha quedado agitada por las olas, zarandeada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinismo; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc.», constató el purpurado bávaro que acaba de cumplir 78 años.

«Cada día nacen nuevas sectas», reconoció. «Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse “zarandear por cualquier viento de doctrina”, parece ser la única actitud que está de moda.»
«Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas», subrayó.

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Los cristianos «tenemos otra medida», recordó, «el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo».

«“Adulta” no es una fe que sigue las olas de la moda y de la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo», indicó.

«Tenemos que madurar en esta fe adulta, tenemos que guiar hacia esta fe al rebaño de Cristo. Y esta fe, sólo la fe, crea unidad y tiene lugar en la caridad», aclaró.

«Cuanto más amamos a Jesús —señaló por último al concluir su homilía recibida con largos aplausos—, más le conocemos, más crece nuestra auténtica libertad, la alegría de ser redimidos. ¡Gracias, Jesús, por tu amistad!»

En la oración de los fieles, se rezó «por los cardenales llamados a elegir al romano pontífice» «para que, iluminados por la gracia del Espíritu Santo elijan a un digno padre y pastor de la Iglesia que se dedique con todas sus fuerzas al servicio del pueblo de Dios».

Se rezó también por todos los pueblos de la tierra, por la paz, por quienes están oprimidos y por el difunto Papa Juan Pablo II.

El cardenal Ratzinger, nuevo Papa de la Iglesia

Con el nombre de Benedicto XVI

Alas 17'50 (hora local española), la chimenea de la Capilla Sixtina emitía humo blanco. Cuarenta minutos después se conocía que el sucesor de Juan Pablo II será Joseph Ratzinger, el prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, que ejercerá su pontificado bajo el nombre de Benedicto XVI, quizás porque no se ha atrevido a utilizar el nombre de Juan Pablo III: tanta era su proximidad y su admiración por su antecesor.

Por decirlo de algún modo, los cardenales han elegido al «intelectual» de la Iglesia, a una de las cumbres teológicas actuales, al mejor analista de las corrientes contemporáneas. También han elegido al decano del Colegio Cardenalicio, al hombre que Juan Pablo II, en medio de la confusión doctrinal del postconcilio, situó como «guardián de la ortodoxia» (una expresión que comenzó siendo un insulto y hoy es un timbre de gloria).

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Alemán, de 78 años de edad, 20 más de los que tenía Juan Pablo II cuando fue elegido. Cardenal desde el 27 de junio de 1977, el hombre al que todos los curas progres aborrecen con más intensidad. Ratzinger será un Papa filósofo, pero también será un espléndido editorialista, un hombre con una asombrosa capacidad de síntesis, con el bagaje cultural de un sabio de antaño y la virtud periodística de hacer historia diaria.

Sus primeras palabras: «Los cardenales me han elegido como un simple trabajador de la viña del Señor... Me consuela el hecho de que el Señor haya querido trabajar con instrumentos insuficientes», afirmó con dos frases que recuerdan las palabras de Cristo: «Siervos inútiles somos, lo que teníamos que hacer eso hicimos.»

Y también: «En la alegría del Señor Resucitado pido su ayuda permanente. El Señor nos ayudará y su Santísima Madre estará cerca de nosotros.» Para muchos santos del último siglo, las instituciones cristianas se dividen en dos: las buenas, que tienen muy en cuenta a María, y las otras. Y, cómo no, el abandono en la misericordia divina. Es la infancia espiritual que ejemplificó Karol Wojtyla quien, como los niños, se sentía capaz de todo, porque lo difícil lo dejaba en manos de su padre Dios: «El Señor nos ayudará», dice el decimosexto de los Benedictos.

Unidad de la Iglesia, de los cristianos, y de la familia humana

Es el programa de Benedicto XVI expresado en el primer mensaje de su pontificado

20 abr 05.— La promoción de la unidad en la Iglesia católica, de la unidad entre los cristianos, y de la familia humana, constituye el programa del pontificado de Benedicto XVI, según anunció en su primer mensaje.

El Papa Joseph Ratzinger, elegido sucesor número 265 del apóstol Pedro, presentó las líneas directrices de su ministerio al final de la misa que concelebró en la mañana de este miércoles en la Capilla Sixtina junto al resto de los cardenales.

Su mensaje, leído en latín, comenzó marcando su continuidad con el pontificado de Juan Pablo II, con esta confidencia: «Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras que en este momento se dirigen particularmente hacia mí: "¡No tengas miedo!"»

Su misiva, dirigida a todos los «hombres y mujeres de buena voluntad», presenta también el estilo que Benedicto XVI quiere imprimir a su servicio como obispo de Roma: «al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su deber es hacer que resplandezca ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia luz, sino la de Cristo».

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Benedicto XVI. Misa en la Capilla Sixtina

Ante el Juicio Final de Miguel Ángel, trazó a continuación las tres directrices fundamentales de su pontificado.

En primer lugar, la promoción de la unidad en la fe de la Iglesia católica, en particular a través de la «comunión colegial» entre el Papa y los obispos.

Juan Pablo II, reconoció, con su aplicación del Concilio Vaticano II, ha dejado «una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su enseñanza y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro».

Para dar vida a esta unidad, el nuevo Papa presenta la Eucaristía, al concluir en este mes de octubre el año especialmente dedicado al sacramento por Juan Pablo II.

«La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando por nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre —explicó—. De la comunión plena con Él, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia; en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad por todos, especialmente por los pobres y los pequeños.»

El segundo gran objetivo del nuevo pontificado es la promoción de la unidad entre los cristianos separados en diferentes iglesias y confesiones.

El nuevo obispo de Roma asume «como compromiso prioritario trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo. Ésta es su ambición, éste es su apremiante deber».

Benedicto XVI «es consciente de que para ello no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Son precisos gestos concretos que penetren en los espíritus y remuevan las conciencias, llevando a cada uno hacia esa conversión interior que es el presupuesto de todo progreso en el camino del ecumenismo».

«Lo que más urge» para superar las heridas del pasado, reconoció, es esa «purificación de la memoria», tantas veces evocada por Juan Pablo II.

El romano pontífice confirma que «está plenamente determinado a cultivar toda iniciativa que pueda parecer oportuna para promover contactos y el entendimiento con los representantes de las diferentes iglesias y comunidades eclesiales».

El tercer compromiso asumido por el nuevo pontificado es el promover la unidad de la familia humana.

«Con esta conciencia me dirijo a todos, también a aquellos que siguen otras religiones o que simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y todavía no la han encontrado», señala.

«Me dirijo a todos con sencillez y cariño —reconoce— para asegurarles que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, en búsqueda del verdadero bien del ser humano y de la sociedad.»

«Invoco de Dios la unidad y la paz para la familia humana y declaro la disponibilidad de todos los católicos a colaborar en un auténtico desarrollo social, respetuoso de la dignidad de todo ser humano», afirmó.

«No escatimaré esfuerzos y sacrificio para proseguir el prometedor diálogo emprendido por mis venerados predecesores, con las diferentes civilizaciones, para que de la comprensión recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos», añadió.

Su mensaje dedica al final un saludo particular a los jóvenes de todo el mundo, con los que espera encontrarse el próximo mes de agosto en su país de origen, en la ciudad de Colonia, como había previsto Juan Pablo II.

Como hacía el Papa Karol Wojtyla, su sucesor dirige sus últimas palabras a María santísima, en cuyas manos pone «el presente y el futuro de mi persona y de la Iglesia».

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Los Reyes de España volvieron a tener un gran protagonismo ayer (24-4-2005), durante la ceremonia de Entronización de Benedicto XVI. El protocolo vaticano los situó en la primera fila durante la misa. Sus Majestades fueron los terceros en besar la mano del Pontífice, tan sólo por detrás de Alemania e Italia

Telegrama de los Reyes de España

19-4-2005.- «A su Santidad el Papa Benedicto XVI. Ciudad del Vaticano. Beatísimo Padre: Al recibir con júbilo la noticia de Vuestra elección a la sucesión en la Sede Apostólica, la Reina y yo deseamos haceros llegar, con nuestra filial adhesión, el ferviente testimonio de nuestra más sincera y afectuosa felicitación, a la que se unen el Gobierno y el pueblo españoles.

En esta fecha de gozo para la Iglesia, la Reina y yo, junto con toda la Familia Real, hacemos votos y rogamos a Dios para que os aliente e ilumine en Vuestro ministerio apostólico para el bien de la Cristiandad y de todas las naciones y pueblos de la Tierra. De Vuestra Santidad, devotísimos hijos que imploran Vuestra bendición apostólica. Juan Carlos I. Rey de España.»

El presidente de la Ceneralitat, Francisco Camps, felicitó al nuevo Papa y recordó que vendrá a Valencia en el próximo Encuentro Mundial de Familia que se celebrará en 2006. El arzobispo de Valencia, Agustín Carcía-Gasco, considera que Ratzinger es el hombre que más necesita la Iglesia y la sociedad ahora.

Un pastor para el siglo XXI

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En 1943 sirvió en defensa antiaérea

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Con su familia en 1951. Sus padres, María, cocinera y Joseph, policía (sentados). Joseph (de pie, a la derecha) es el menor de los tres hijos. María (izquierda) falleció hace cinco años y Georg que también es sacerdote.

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Durante una misa en 1952

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Su casa en Baviera. El recién elegido Pontífice nació en el pueblo de Marktl, en la región de Baviera

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Su hermano Georg, sacerdote, con la noticia en sus manos de que su hermano Joseph es el 265 sucesor de Pedro

«Benedicto XVI nos va a dar muchas sorpresas»

Entrevista de Jesús Bastante al Cardenal de Sevilla Fr. Carlos Amigo Vallejo

Fr. Carlos Amigo Vallejo«Dios siempre llega a su tiempo», exclama monseñor Carlos Amigo en el momento de recibir a «ABC» en el colegio de Montserrat, situado en Vía Giulia, a medio kilómetro del Vaticano. Al franciscano cardenal de Sevilla se le ve exultante, «más bien satisfecho con el deber cumplido», tras una difícil tarea, tal vez la más complicada para un príncipe de la Iglesia: elegir Papa.

—¿Qué se siente al tener la responsabilidad de elegir a un Papa?

—Por la mente y por el corazón se suceden diversas etapas. Cuando a uno le nombran cardenal, le dicen que uno de sus cometidos será elegir Papa, pero esa posibilidad se contempla como algo muy distante. Cuando el Papa muere, y el cardenal camarlengo te convoca a Roma, sientes una mezcla de nerviosismo y perplejidad. Confieso que, cuando partí de Sevilla, me daban ganas de llorar, por el recuerdo de Juan Pablo II y por la responsabilidad que recaía sobre mí.

—¿Cómo vivió el cónclave?

—Tras el primer encuentro con los cardenales, el nerviosismo se fue transformando en serenidad y paz. Cuando fue elegido el nuevo Papa y me acerqué a saludarle, esa paz se volvió a convertir en emoción, y en la sensación del trabajo bien hecho.

—¿Advirtió diferencia entre el cardenal con el que entró al cónclave y el Papa al que besó el anillo un día después?

—Pese a que nos hemos estado encontrando en la Casa Santa Marta constantemente en el ascensor, en las comidas y en la propia Capilla Sixtina, la sensación es completamente distinta. No por la actitud del Papa, sino porque ya ves en él al vicario de Cristo, al sucesor de Pedro. Debo decir que, al saludarle, tenía preparadas dos palabras de agradecimiento, pero al ir a besarle el anillo él se adelantó y me dio la bendición para «el amado pueblo sevillano», y lo hizo en un correcto castellano.

—Se dice que este Papa será un pontífice duro y conservador...

—Hay una imagen muy limitada del cardenal Ratzinger. Es una persona amable, exquisitamente educada, con una gran cabeza, una profundidad espiritual y unos valores teológicos y humanos importantes. Benedicto XVI nos va a dar muchas sorpresas, y muy gratas, sobre todo a los sectores que ofrecen una imagen caricaturesca de él.

—¿Qué espera de Benedicto XVI?

—Aquello que el Papa ya nos dice en sus primeros gestos. Un acercamiento a los grandes problemas de la iglesia y entre las comunidades cristianas, y también con algunos sectores teológicos de la Iglesia. Creo que en el campo de la teología va a haber un gran acercamiento, y también, por qué no, con la Teología de la Liberación. Los grandes documentos sobre esta corriente se ha hecho desde la Congregación para la Doctrina de la Fe, que nunca ha condenado esta teología sino la politización de la fe.

—Una curiosidad... El nuevo Papa, ¿llevaba preparado el nombre que iba a adoptar?
—...Para algunas cosas, las paredes de la Sixtina están insonorizadas (sonríe). Pero sí ha sido una sorpresa, aunque lo más importante no es el nombre, sino que todos los Papas son irrepetibles, y es lógico que sea así, porque la doctrina permanece, pero cada papa es un Papa de su tiempo.

—¿En algún momento, cardenal Amigo, pensó que podía llegar a ser el elegido?

—(Risas). Mi única intención es servir a la iglesia, ahora desde mi encomienda en el Arzobispado de Sevilla, y después, retirarme a un convento.