La muerte del Papa que conmovió al mundo

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“¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo! ¡A su salvador poded”. Éste fue el primer mensaje que Juan Pablo II lanzó al mundo recién elegido como sucesor de Pedro

Después de casi dos días de lenta y serena agonía, marcada, como toda su vida, por la oración, el amor a la Eucaristía y el abandono filial en las manos de Dios, Juan Pablo II cruzó finalmente el umbral de la esperanza, en su tránsito al cielo, a las 21'37 horas del 2 de abril. Karol Wojtyla, enfermo de Parkinson y de otras variadas dolencias, no pudo superar el «shock séptico, con colapso cardiocirculatorio», provocado por una infección urinaria generalizada.

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Concluía así el tercer pontificado más dilatado de la historia de la Iglesia; quizás también el más prolífico.

Homilía del Cardenal Ratzinger en las exequias por el Papa Juan Pablo II

Cardenal Ratzinger"Sígueme" dice el Señor resucitado a Pedro, como última palabra a este discípulo elegido para apacentar a sus ovejas. «Sígueme», esta palabra lapidaria de Cristo puede considerarse como la clave para comprender el mensaje que deja la vida de nuestro difunto y amado Papa Juan Pablo II, cuyos restos depositamos hoy en la tierra como semilla de inmortalidad, con el corazón lleno de tristeza pero también de gozosa esperanza y de profunda gratitud.

Con estos sentimientos y este espíritu, hermanos y hermanas en Cristo, nos encontramos en la plaza de San Pedro, en las calles adyacentes y en otros diferentes lugares de la ciudad de Roma, poblada en estos días por una inmensa multitud silenciosa y orante. Saludo a todos cordialmente. En nombre del Colegio de los Cardenales saludo con deferencia a los jefes de Estado, de gobierno y a las delegaciones de los diferentes países.

Saludo a las autoridades y a los representantes de las Iglesias y comunidades cristianas, al igual que a los de las diferentes religiones. Saludo a los arzobispos, a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles, llegados de todos los continentes; de forma especial a los jóvenes a los que Juan Pablo II definía como el futuro y la esperanza de la Iglesia.

Mi saludo alcanza también a todos los que en cualquier lugar del mundo están unidos a nosotros a través de la radio y la televisión, en esta participación conjunta en el solemne rito de despedida del querido pontífice.

Karol Wojtyla

Como todos los jóvenes de su edad, Karol tuvo que enrolarse en el ejército

«Sígueme». Cuando era joven estudiante, Karol Wojtyla era un apasionado de la literatura, del teatro, de la poesía. Mientras trabajaba en una fábrica química, rodeado y amenazado por el terror nazi, escuchó la voz del Señor: «¡Sígueme!» En este contexto tan particular comenzó a leer libros de filosofía y de teología, entró después en el seminario clandestino creado por el cardenal Sapieha y después de la guerra pudo completar sus estudios en la Facultad de Teología de la Universidad Jagellónica de Cracovia. Muchas veces en sus cartas a los sacerdotes y en sus libros autobiográficos nos habló de su sacerdocio, en el que fue ordenado el 1 de noviembre de 1946. En esos textos interpreta su sacerdocio a partir de tres frases del Señor. Ante todo ésta: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Juan 15,16). La segunda palabra es: «El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan 10,11). Y por último: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor» (Juan 15,9).

En estas tres frases podemos ver el alma entera de nuestro Santo Padre. Realmente ha ido a todos los lugares sin descanso para llevar fruto, un fruto que permanece. ¡Levantaos, vamos! es el título de su penúltimo libro. «¡Levantaos, vamos!». Con esas palabras nos ha despertado de una fe cansada, del sueño de los discípulos de ayer y hoy. «¡Levantaos, vamos!» nos dice hoy también a nosotros. El Santo Padre fue además sacerdote hasta el final porque ofreció su vida a Dios por sus ovejas y por toda la familia humana, en una entrega cotidiana al servicio de la Iglesia y sobre todo en las duras pruebas de los últimos meses. Así se ha convertido en una sola cosa con Cristo, el buen pastor que ama sus ovejas. Y finalmente «permaneced en mi amor»: el Papa, que buscó el encuentro con todos, que tuvo una capacidad de perdón y de apertura de corazón para todos, nos dice hoy también con estas palabras del Señor: «Permaneciendo en el amor de Cristo, aprendemos, en la escuela de Cristo, el arte del verdadero amor.»

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Con su madre

Con sus padres

El pequeño Karol con sus padres, Karol, suboficial del Ejército, y Emilia, maestra

«Sígueme». En julio de 1958 comienza para el joven sacerdote Karol Wojtyla una nueva etapa en el camino con el Señor y tras el Señor. Karol fue, como era habitual, con un grupo de jóvenes apasionados de canoa a los lagos Masuri para pasar unos días de vacaciones juntos. Pero llevaba consigo una carta que le invitaba a presentarse ante el primado de Polonia, el cardenal Wyszynski, y podía adivinar el motivo del encuentro: su nombramiento como obispo auxiliar de Cracovia. Dejar la docencia universitaria, dejar esta comunión estimulante con los jóvenes, dejar la gran liza intelectual para conocer e interpretar el misterio de la criatura humana, para hacer presente en el mundo de hoy la interpretación cristiana de nuestro ser, todo aquello debía parecerle como un perderse a sí mismo, perder aquello que constituía la identidad humana de ese joven sacerdote.

Sígueme, Karol Wojtyla aceptó, escuchando en la llamada de la Iglesia la voz de Cristo. De este modo, se dio cuenta de que es verdadera la palabra del Señor: «Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará» (Lucas 17,33). Nuestro Papa, todos lo sabemos, nunca quiso salvar su propia vida, guardársela; se entregó sin reservas, hasta el último momento, por Cristo y por nosotros. De esa forma experimentó que todo lo que había puesto en manos del Señor se lo devolvía de una nueva manera: el amor a la palabra, a la poesía, a las letras fue una parte esencial de su misión pastoral y dio nueva frescura, actualidad nueva, atracción nueva al anuncio del Evangelio, precisamente cuando éste es signo de contradicción.

«Sígueme». En octubre de 1978 el cardenal Wojtyla escucha de nuevo la voz del Señor. Se renueva el diálogo con Pedro narrado en el Evangelio de esta ceremonia: «Simón de Juan, ¿me quieres?...»

«Apacienta mis ovejas». A la pregunta del Señor: «Karol, ¿me quieres?», el arzobispo de Cracovia respondía desde lo profundo de su corazón: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» El amor de Cristo fue la fuerza dominante en nuestro querido Santo Padre; quien lo ha visto rezar, quien lo ha oído predicar, lo sabe. Y así, gracias a su profundo arraigamiento en Cristo pudo llevar un peso, que supera las fuerzas puramente humanas: ser pastor del rebaño de Cristo, de su Iglesia universal. Este no es el momento de hablar de los diferentes aspectos de un pontificado tan rico. Quisiera leer solamente dos pasajes de la liturgia de hoy, en los que aparecen elementos centrales de su anuncio. En la primera lectura dice San Pedro —y el Papa nos dice con San Pedro—: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. Él ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos» (Hechos 10, 34-36). Y en la segunda lectura, San Pablo —con San Pablo nuestro Papa difunto— nos exhorta intensamente: «Por tanto, hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona, manteneos así firmes en el Señor» (Filipenses 4, 1).

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Herido de bala en el Vaticano el 13 de mayo de 1981

¡Sígueme! Junto al mandato de apacentar su rebaño. Cristo anunció a Pedro su martirio. Con esta palabra conclusiva, que resume el diálogo sobre el amor y sobre el mandato de pastor universal, el Señor recuerda otro diálogo, que tuvo lugar en la Última Cena. Esa vez, Jesús dijo: «Adonde yo voy, vosotros no podéis venir.» Pedro dijo: «Señor, ¿adonde vas?» Le respondió Jesús: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde» (Juan 13,33.36). Jesús va de la Cena a la Cruz y a la Resurrección y entra en el misterio pascual; Pedro, sin embargo, todavía no le puede seguir.

Ahora, tras la Resurrección, llegó este momento, este «más tarde». Apacentando el rebaño de Cristo, Pedro entra en el misterio pascual, se dirige hacia la Cruz y la Resurrección. El Señor lo dice con estas palabras: «cuando eras joven..., e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras» (Juan 21,18). En el primer período de su pontificado, el Santo Padre, todavía joven y repleto de fuerzas, bajo la guía de Cristo fue hasta los confines del mundo. Pero después compartió cada vez más los sufrimientos de Cristo, comprendió cada vez mejor la verdad de las palabras: «Otro te ceñirá...» Y precisamente en esta comunión con el Señor que sufre anunció el Evangelio infatigablemente y con renovada intensidad el misterio del amor hasta el fin.

Él nos ha interpretado el misterio pascual como misterio de la divina misericordia. Escribe en su último libro: «El límite impuesto al mal "es en definitiva la divina misericordia"» (Memoria e identidad, página 70). Y reflexionando sobre el atentado dice: «Cristo, sufriendo por todos nosotros, ha conferido un nuevo sentido al sufrimiento; lo ha introducido en una nueva dimensión, en un nuevo orden: el del amor... Es el sufrimiento que quema y consume el mal con la llama del amor y obtiene también del pecado un multiforme florecimiento de bien» (página 199). Alentado por esta visión, el Papa ha sufrido y amado en comunión con Cristo, y por eso, el mensaje de su sufrimiento y de su silencio ha sido tan elocuente y fecundo.

Divina Misericordia: El Santo Padre encontró el reflejo más puro de la misericordia de Dios en la Madre de Dios. Él, que había perdido a su madre cuando era muy joven, amó todavía más a la Madre de Dios. Escuchó las palabras del Señor crucificado como si estuvieran dirigidas a él personalmente: «¡Aquí tienes a tu madre!» E hizo como el discípulo predilecto: la acogió en lo íntimo de su ser (eis ta idía: Juan 19,27) —Totus tuus—. Y de la madre aprendió a conformarse con Cristo.

Ninguno de nosotros podrá olvidar que en el último domingo de Pascua de su vida, el Santo Padre, marcado por el sufrimiento, se asomó una vez más a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano e impartió la bendición Urbi et Orbi por última vez. Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la Casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro. Amén.

Magisterio

 

Juan Pablo II con Ali Agca

Una imagen para la historia del perdón: Juan Pablo II, en diciembre de 1983 —dos años y medio después del atentado— visitó en la cárcel a su agresor, Ali Agca. Aquel emotivo encuentro duró veinte minutos y no hubo testigos. Cabe recordar, por otra parte, que en mayo de 1982 un sacerdote integrista intentó asesinar a Juan Pablo II con un cuchillo, cuando el Papa había acudido a Fátima a dar las gracias a la Virgen.

Desde entonces, hubo que intensificar las medidas de seguridad, y el Santo Padre, pese a que se mostraba reticente a ello, se vio obligado a usar lo que se bautizaría después como el «Papa-móvil», un vehículo con cristales a prueba de bala, en el que Juan Pablo II podía ir bien bendiciendo a los fieles.

El buen pastor da la vida por sus ovejas

El 4 de julio de 1958 el sacerdote Karol Wojtyla pasaba unos días de descanso en las montañas. Allí se enteró de su nombramiento como obispo. Regresando a Cracovia, se detuvo en un convento de monjas de clausura. Pidió que le abrieran la capilla. Permaneció durante más de ocho horas rezando, postrado ante el sagrario. Cuando las monjas, preocupadas, acudieron para indicarle que ya era de madrugada, el joven sacerdote respondió: «Por favor, déjenme un rato más; tengo muchas cosas que hablar con Jesús.» A lo largo de su vida esta ha sido su norma de conducta. Estar unido al Buen Pastor.

«El buen pastor da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11). Las palabras de Jesucristo definen el pontificado de Juan Pablo II. Él ha dado su vida por las ovejas que Cristo le ha confiado. Y ha ido por delante, como prosigue el evangelio de Juan: «Cuando las ha sacado todas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen.»

Algo muy, muy español

España. Nuestra España, su España, la Tierra de María. El Papa nos visitó, y mucho, en comparación con sus viajes a otros lugares del mundo. Nada menos que en cinco ocasiones tuvimos la suerte de tenerlo entre nosotros.

Juan Pablo II manifestó su confianza en el pueblo español, al que animó, tanto cuanto pudo, a recuperar su tradición católica, a retomar la fuerza evangelizadora que antaño le caracterizó. El Papa amaba a España, y por ello lamentaba que se hubiera apartado de aquel camino. Por dos veces nos recordó que «la fe cristiana y católica constituye la identidad del pueblo español», y nos alentó a no tener miedo, a confiar en Dios y a reavivar nuestras raíces cristianas.

Juan Pablo II amaba España, y la conocía bien, muy bien. Luis Lezama, el sacerdote madrileño que se encargó de preparar el almuerzo del Papa durante una de sus estancias en Madrid, relató la simpática anécdota. En efecto, el Papa conocía España: «Había comido muy bien, muy a gusto, platos típicos de la cocina española. Me dio las gracias, y de repente me dice: "Yo ahora quisiera, para acabar, algo muy, muy español." Yo ni me figuraba qué podía ser: un buen coñac, un chinchón, unas hierbas... No daba con ello. Entonces va y me dice, guiñando un ojo: "Sí, sí, una siesta."»

Un Papa para el «Guinness»

• Con 26 años, Juan Pablo II tiene el tercer pontificado más largo de la historia. Solamente dos papas han estado a la cabeza de la Iglesia durante un período más largo: Pío IX (31 años, 7 meses, 21 días) y San Pedro, de cuyo pontificado no se conoce la duración exacta. Según los historiadores de la Santa Sede, éste duró entre 34 y 37 años.

• El cardenal Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, fue elegido Papa el 16 de octubre de 1978, a los 58 años. Se convirtió en el Pontífice más joven del siglo y el primero no italiano desde el holandés Adriano VI (1552).

• En todo su pontificado, Juan Pablo II ha llevado a cabo 104 visitas pastorales fuera de Italia; la última fue al Santuario de Lourdes en agosto de 2004. Ha hecho 146 visitas pastorales en Italia, sin tener en cuenta las efectuadas a diversas instituciones de su diócesis de Roma. La última visita dentro de Italia fue al Santuario de Loreto, realizada el 5 de septiembre de 2004. Ha recorrido más de 1.300.000 kilómetros, lo que representa casi 29 veces la vuelta a la Tierra y casi tres veces la distancia entre la Tierra y la luna. Es el Papa más viajero de la historia tras visitar 133 países, la mayor parte de los cuales recibieron por primera vez a un Pontífice.

• Ha escrito 14 encíclicas, 13 exhortaciones apostólicas, 11 constituciones apostólicas, 42 cartas apostólicas y 28 motu proprio.

• Ha proclamado 1.320 beatos en 143 ceremonias de beatificación. Además, ha canonizado 472 santos.

• Ha convocado 9 consistorios para la creación de cardenales y ha nombrado 232. El último fue celebrado el 21 de octubre de 2003.

• Ha celebrado más de mil audiencias generales semanales, y ha recibido a unos 17 millones de fieles de todo el mundo. A esto hay que añadir los encuentros y audiencias con diversos grupos y figuras políticas, entre ellos jefes de Estado y primeros ministros, que superan los 1.500.

• Ha dictado más de 20.000 discursos. Ha sufrido 6 operaciones. En una de ellas le cortaron 2’5 metros de intestino.

• Juan Pablo II fue el primer Papa en visitar una sinagoga (Roma, abril de 1986); una mezquita (Gran Mezquita Omeya de Damasco, mayo de 2001); ha dado conferencias de prensa en los aviones y en la Oficina de Prensa de la Santa Sede (24 de enero de 1994); ha publicado libros de prosa y poesía; ha residido en un hotel en lugar de en una nunciatura apostólica durante sus viajes (Hotel Irshad en Bakú, Azerbaiyán, mayo de 2002); ha añadido cinco nuevos misterios al Rosario (octubre de
2002); ha presidido la Misa en un hangar de aviones (Aeropuerto de Fiumicino, Roma, diciembre de 1992); ha convocado una Jornada de Perdón (Año Jubilar de 2000).

• Juan Pablo II ha sido el primer Papa en publicar durante su pontificado cinco libros de carácter personal, es decir, no magisterial: Cruzando el umbral de la esperanza (1994), Don y Misterio (1996); Tríptico Romano (2003), ¡Levantaos,, vamos! (2004), Memoria e identidad (2005).

• Asimismo, ha sido también el primer Papa que ha entrado en la celda de una prisión al encontrarse en diciembre de 1983 con Ali Agca, el turco que atentó contra su vida en mayo de 1981; ha celebrado Misa en la comunidad católica más al norte del mundo, a 350 kilómetros del Círculo Polar Ártico (Tromso, Noruega, 1989); ha utilizado una letra (la «M» de María) en su blasón papal, cuando normalmente las reglas de la heráldica autorizan a emplear palabras alrededor del blasón, pero no dentro de él.

• El 17 de marzo de 2004, el Santo Padre cumplió 25 años, cinco meses y un día en el trono de San Pedro, superando así la duración del pontificado de León XIII (1878-1903). De esta manera, sólo San Pedro y el Papa Pío IX tendrán pontificados más largos que este Pontífice. Pío IX condujo a la Iglesia por 31 años, 7 meses y 2 semanas, desde 1846 hasta 1878.

La tarde con Cristina de la Cadena COPE

Cristina López Schlichting entrevistada por la agencia Véritas

Cristina López Schlichting

Cristina López Schlichting, madre de tres hijos y conocida presentadora del pro-grama-magazine radiofónico «Las tardes con Cristina», de la cadena COPE, cuenta en esta entrevista concedida a Veritas las dificultades de compaginar la profesión periodística con la maternidad y el cuidado de los hijos.

Asimismo, la periodista critica el pensamiento hostil a la familia que hoy se difunde desde los medios de comunicación y la necesidad de que los padres asuman un papel activo como telespectadores por responsabilidad hacia sus hijos.

—¿Qué supone para usted presentar «La tarde con Cristina»?

—Es un reto profesional y una oportunidad personal que me sorprende. Quiero decir que me pregunto a menudo por qué la Providencia me ha puesto aquí. Es una excepcional oportunidad de relacionarme con cientos de miles de personas y aprender continuamente. También de comunicar lo que me ha ocurrido, el acontecimiento del encuentro con Jesucristo en su Iglesia, la belleza del juicio que nace de ahí, la certeza de estar en un camino de bien, de verdad, y de hermosura.

—¿Cómo logra compatibilizar su carrera profesional con su maternidad y su vida familiar? ¿Cómo se vive esta cuestión dentro de la profesión?

—No lo logro. Me sonrío siempre que me hacen esta pregunta. Años enteros de desprecio hacia el trabajo en el hogar y la educación de los hijos nos han impedido darnos cuenta del valor del trabajo de una ama de casa. Es ahora, cuando intentamos trabajar a jornada completa y llevar el hogar, cuando los hombres y mujeres nos damos cuenta del inmenso peso que en nuestras vidas tuvieron nuestras madres. Ha sido y está siendo muy difícil criar y educar a mis tres hijos. Siempre me falta tiempo y me sobra estrés.

Sin embargo puedo afirmar que la presencia de Cristo y la compañía de la Iglesia han sido siempre un pilar cuando fallábamos mi marido o yo, una certeza que nos ha permitido seguir juntos en medio de las dificultades, perdonarnos y ayudarnos. A mis hijos les falta su madre muchas veces. También saben, sin embargo, que para su madre lo más importante es Jesús en su Iglesia. Espero que al menos hereden este afecto que me hace feliz.

Me pregunta cómo se vive esto dentro de la profesión. Pues bien, con mucha dificultad. La profesión periodística tiene tasas muy altas de separaciones y divorcios y muchas mujeres optan por no tener hijos. Otras renuncian en parte a prosperar en su profesión para anteponer sus familias y hacerlas posibles. En cualquier caso, se matan a trabajar y no siempre son felices.

Muchas veces explico que lo peor de los medios no son sus contenidos (que en ocasiones son muy preocupantes), sino el hecho de que hayan destruido la existencia de un pueblo que comía en compañía, que dialogaba con los hijos, que se tomaba un chato con los vecinos, que salía a la calle a pasear. El trato con la realidad ha sido sustituido por una compañía virtual. Se come con la tele, se sustituye el paseo o la tertulia por los programas favoritos y hasta se deja de lado la vida conyugal. El hombre se ve reducido a individuo. Y el individuo solitario es fácil presa del poder.

—¿Cree usted que los medios de comunicación le han «declarado la guerra» a la familia?

—Los medios son expresión del poder que los utiliza y este poder es, de forma abrumadora, enemigo de la familia como unión estable del hombre y la mujer empeñados en educar a la prole. Por el contrario, se difunden como buenos los llamados «nuevos modelos de familia», donde falta uno de los progenitores o ambos son del mismo sexo.

—Realmente la confrontación entre los medios y la familia, más que en radio y prensa, se da en la televisión, el medio que se consume en familia. ¿Cómo puede terminarse con los abusos en horario infantil?

—Denunciándolos a las asociaciones de telespectadores y radioyentes, que a su vez pueden presionar sobre las empresas que se publicitan en los programas inadecuados, moviendo a sus asociados a boicotearlas. La mayoría de las empresas sólo se interesa por el dinero.

—¿Por qué no hay programación infantil en las televisiones españolas?

—Porque el público adulto es más rentable en términos publicitarios y los adultos permiten que los niños vean toda la programación. ¿Para qué entonces hacer programación infantil? Mi consejo es seleccionar lo que se ve y la edad adecuada para verlo, elegir las mejores cadenas y, en la medida de lo posible, reducir el visionado. Muchas familias europeas prescinden de la televisión cuando nacen los hijos.

De todas formas no me gustaría transmitir un mensaje absolutamente negativo. Creo que un pueblo adulto y responsable es capaz de hacer un uso positivo de los medios actuales. Ningún poder es capaz de eliminar de raíz la libertad del hombre ni su deseo de ser feliz.

El último nombramiento de Juan Pablo II, el de un prelado valenciano

El valenciano monseñor Manuel Ureña Pastor, natural de Albaida, y hasta ahora obispo de Cartagena, ha sido nombrado arzobispo de Zaragoza.

29Monseñor Manuel Ureña Pastor nació en Albaida (Valencia) el 4 de marzo de 1945. Tras cursar los estudios primarios en la Escuela Nacional de Albaida (1951-1959), ingresó en el Seminario de Moncada (Valencia), donde completó los de Bachillerato y preuniversitarios (1959-1965) y cursó los de Filosofía y Teología (1965-1971). Es licenciado en Teología Dogmática por la Universidad Pontificia de Salamanca (1971-1973). Fue ordenado sacerdote en Valencia el 14 de julio de 1973.

Tras su ordenación sacerdotal desarrolló su ministerio sacerdotal durante tres años, de 1973 a 1976, como vicario parroquial en la nueva parroquia Nuestra Señora del Olivar en Alaquás (Valencia). Después viajó a Roma donde obtuvo la licenciatura y el doctorado en Filosofía Pura por la Pontificia Universidad Angelicum, entre 1976 y 1984.

De vuelta a España fue nombrado director del Colegio Universitario San Juan de Ribera, de Burjassot, en Valencia, ejerciendo al mismo tiempo el cargo de profesor de Metafísica, Historia de la Filosofía Antigua y de cuestiones monográficas de Teología fundamental en la Facultad Teológica de Valencia, entre 1980 y 1988. Ha sido profesor de Teología en las Escuelas de Teología para laicos de Valencia, entre 1985 y 1988.

El 8 de julio de 1988 fue nombrado obispo de Ibiza, recibiendo la ordenación episcopal el
11 de septiembre de ese mismo año. Desde abril de 1990 a junio de 1991 monseñor Ureña fue administrador apostólico de Menorca. El 23 de julio de 1991 fue nombrado primer obispo de la diócesis de Alcalá de Henares, desmembrada de la Archidiócesis de Madrid. El 1 de julio de 1998 fue nombrado obispo de Cartagena. Desde 1998 es Gran Canciller de la Universidad Católica de Murcia. En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.