Zapico Ramos, Faustino.
Zazo Hernández, Felipe.
P. Faustino Zapico Ramos
1956-2009
R 749
El P. Faustino había nacido en Andorra (Teruel) el 21-08-56. Estudió en Burbáguena y Valencia. Fue ordenado presbítero en 1981. Pronto quiso marchar a las misiones que los franciscanos tienen en Perú.
Fue destinado a la misión de Contamana, junto al Ucayali, relativamente cerca de Pucallpa. La misión es un edificio amplio con una iglesia que era de madera y recientemente se ha reedificado con cemento y ladrillo y ha quedado preciosa.
Durante los 20 años que permaneció en Contamana y que ha contribuido, sobre todo en el campo social, educacional y religioso, al progreso de la ciudad.
El P. Faustino fue un gigante, un fenómeno. En la selva desplegó todas sus cualidades y fue constructor de iglesias (arquitecto), podemos hablar de un estilo Zapico: naves, ventanas, sedes, iluminación, ventilación... Llamaba a los albañiles y él dirigía la obra. Como catequista y teólogo fue una persona impresionante, tenía libros de todo, bajaba (de Internet) muchos programas de las universidades, aconsejaba con mucho acierto.
El colegio de Educación Especial lo diseñó totalmente, también en el diseño curricular de chicos especiales. Tenía grandes terrenos con pollos, ganado vacuno (como sesenta animales…) para dar trabajo a personas pobres y comida a los alumnos del nuestro colegio. En 2012 los nuevos misioneros regalaron un terreno de Zapico al Ayuntamiento, donde van a edificar 200 casas y todavía hay otro terreno muchísimo mayor, que está en estudio en la Cámara Agraria.
Fr. Felipe Zazo Hernández
1930-7 jul 1973
re 492
Perdido en la vasta altiplanicie de la provincia de Salamanca, emerge gracioso el pueblo de Cantalapiedra.
Hace poco más de 50 años fundó allí un monasterio de Clarisas la sierva de Dios M. Amparo. La fama de su virtud atrajo muchísimas almas a aquel reducto de perfección, que cuenta hoy con más de 80 monjas.
Frente por frente de ese bastión de santidad nació Fray Felipe el 3 de abril de 1930. Lo primero que impresionó las débiles pupilas de sus ojos fue, pues, la gran “Casa de Dios”, que continuó ejerciendo un benéfico influjo en su alma a través de los años de la infancia. El pequeño niño se convirtió en el acólito de la devota capilla, ganando el ánimo de las monjas por su piedad, espíritu de servicio, docilidad y buen carácter. Las monjas, entre las cuales pronto contaría una hermana carnal, le consideraban como cosa suya.
La inclinación religiosa del muchacho le llevó al Seminario diocesano. pero poco después acertó a pasar por Cantalapiedra, para dirigir los Ejercicios espirituales del Monasterio, el sabio P. Luis Colomer, a la sazón Ministro Provincial de Valencia, y el seminarista, al verle, se sintió atraído por el ideal franciscano.
El padre Colomer, sin más, le tomó consigo y trájolo a la Provincia, destinándolo a la Casa de formación de Santo Espíritu del Monte.
Como Felipe no tenía aún la edad reglamentaria, se le admitió simplemente como aspirante, y ya en calidad de tal de ganó la voluntad de los frailes por la ecuanimidad de su carácter, por la seriedad que ponía en el cumplimiento de su deber, por el espíritu de trabajo y el valer del que daba muestras, así como por un rasgo profundo de reserva y silencio, superiores a su edad.
Antes de los 15 años comenzó el postulantado, y el 30 de octubre de 1945 ingresó en el Noviciado.
Era aún novicio y ya se le puso al frente de la dura oficina de la cocina del Convento y Casa de Ejercicios. Allí le conocí yo cuando, aún antes que terminase Fray Felipe el noviciado, visité Santo Espíritu del Monte como Ministro Provincial. No puedo negar que el joven novicio me llamó poderosamente la atención.
El 8 de noviembre de 1946 emitió los primeros votos, y todavía profeso simple lo tomé a servicio del Provincial y de la Comunidad de Valencia, donde pronunció en mis manos los votos solemnes el 8 de abril de 1951, al cumplir los 21 años de edad.
En medio del cúmulo de trabajo que pesaba sobre él, se mostraba siempre inalterable y tranquilo, haciendo rendir sus horas como si el día tuviese más de 24.
En todos los quehaceres domésticos se le ocupaba, cuando no se adelantaba él mismo a cumplirlos; pero lo que mayormente llamó su interés fue el cuidado de los enfermos. Hasta llegó a formar con “muestras” y otros medicamentos que le regalaban una especie de farmacia, con la que abastecía a la Comunidad y prestaba apoyo a las misiones y ayudaba a los pobres. Fray Felipe disfrutaba repartiendo consuelo y favores a los necesitados.
El año 1959 se jubilaba, después de 50 años de sacristán en San Lorenzo, fray Francisco Mateu, retirándose a Santo espíritu para prepararse a bien morir, y los superiores no encontraron mejor sustituto que a Fray Felipe, que se hizo al momento cargo de la sacristía, sin dejar por ello la enfermería y otros menesteres de la Casa.
En la sacristía el joven fraile se hizo popular, maravillando a todos por la pulcritud en la que tenía la iglesia, la dignidad de las funciones y la prontitud y agrado con que atendía a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres. Fray Felipe resultaba allí indispensable.
Pasaron los años. El Vaticano II dio un giro de 180º a la vida de las comunidades religiosas. Se comenzaba la renovación religiosa, proclamada por el Concilio, y fray Felipe fue escogido por los Superiores entre los religiosos más capaces y ejemplares para formar parte de la Comisión de renovación conciliar.
En el número 49 del Boletín interior de la Provincia, titulado VALENCIA SERÁFICA, figura un extracto de la ponencia que, con ocasión de la Convivencia de Hermanos presidida por el que suscribe en santo Espíritu del Monte del 24 al 31 de mayo de 1968, desarrolló fray Felipe sobre el tema “El Hermano en la Fraternidad franciscana”.
Comprenderá fácilmente el lector cómo poco a poco su personalidad fuera destacándose entre los frailes, hasta el punto que en el Capítulo Provincial de 1970, celebrado en Onteniente, fue elegido Definidor provincial.
No por eso cambió su manera de ser servicial, su disponibilidad para toda obra de caridad. Lo puedo asegurar con plena autoridad, ya que desde hace tres años, en que mi estado de salud se hizo más precario, fray Felipe fue mi solícito enfermero, siempre incansable, que sabía combinar sus deberes de sacristán en los momentos críticos de la mañana con la asiduidad en venir a darme las inyecciones convenientes a la hora prescrita por los médicos.
Pero el Señor tiene sus planes, que los hombres no podemos escrutar. Cuando mayor rendimiento podía esperarse de Fray Felipe Zazo, una, al parecer, insignificante trombosis, vino, a primeros de octubre del pasado año 1972 a paralizarle en parte las fuerzas.
No por eso dejó de trabajar y de seguir dando inyecciones a los enfermos con la mano izquierda, que no había sufrido los efectos de la trombosis. Un mes después empero se destapó con tal violencia la incubada y secreta enfermedad que hubo de ser internado inconsciente en el “Hospital Clínico”.
Los médicos, bajo la dirección del doctor Barcia, hicieron cuanto la ciencia les dictara. Igualmente las Hermanas de la Caridad, que dirigen el establecimiento. Aquellos lograron al principio mejorarle, tanto que, muy mejorado, pudo compartir el enfermo con la Comunidad las alegrías de las fiestas navideñas.
Pero cuando todo parecía ir viento en popa, comenzaron a repetirse lo ataques, que fueron consumiendo poco a poco al enfermo, hasta que, probado y purificado por Dios de los más inopinados modos, y habiendo recibido los últimos Sacramentos, que le administró el P. Gabriel Francés, el 17 de julio próximo pasado, a las 2 de la madrugada, exhaló su último suspiro en este nuestro Convento que él tanto amara y donde era tan amado.
Bien lo dieron a entender las exequias, celebradas esa misma tarde, que resultaron la manifestación más patente de lo hondo que había calado en los corazones de sus hermanos de hábito y de los sacerdotes y religiosos de otras Órdenes y Congregaciones, la figura apacible y serena, agradable y sacrificada del buen sacristán de San Lorenzo. así conocido en toda Valencia.
Ofició en ellas, rodeado de 42 sacerdotes, el P. Provincial Joaquín M. Beltrán, en la que pronunció la sentida y elocuente oración fúnebre el P. Guardián Carlos Sáez. La mayor parte de los concelebrantes eran franciscanos; algunos, en cambio, pertenecían al clero secular y regular. Un número aun mayor de sacerdotes y religiosos asistían al oficio fúnebre. se veían asimismo entre el público, que llenaba la iglesia, muchísimas religiosas. El ambiente eras de honda emoción, apto a las lágrimas, al recogimiento y a la oración.
Pero no terminó en San Lorenzo el homenaje al difunto hermano. Al día siguiente, antes del sepelio, tuvo lugar en la capilla del Cementerio, una misa concelebrada por doce sacerdotes, entre ellos el P. provincial. La oración fúnebre estuvo a cargo del P. Bernardo Llopis, que derramó en ella su emoción en manera cálida.
Finalmente se procedió a sepultar al finado en el panteón de la Provincia.
Fr. Joaquín Sanchis, O.F.M.
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