Divulgación científica
El cielo de Navidad
Como los ojos de un ángel suele ser el cielo de Navidad, azul y claro, sin sombras de nubes ni rugidos de vendaval. Seguramente que tos angelitos del cielo, cuando bajan a la tierra la barren de sombras y tristezas, porque ellos, alegría perenne, no gustan de ver en. sus, hermanos los hombres rostros tristes y melancólicos, como los que ponemos ante las brumas de Invierno y las lluvias persistentes de Otoño. Por eso los mensajeros de la gloria y de la paz, nos brindan días apacibles para Navidad, formando: como regalado oasis primaveral de entre los rigores del Invierno.
Repasando los datos archivados desde el 1914, veo con ellos confirmado lo que desde pequeño recuerdo de las Navidades. En efecto: en este mes de Diciembre han tenido lugar dichos años dos períodos de buen tiempo, coincidiendo con altas presiones sobre la Península, el segundo de los cuales vino alrededor de las fiestas de Navidad.
Con todo, esto, de la tersura del cielo de estas fiestas tiene sus excepciones. Recuerdo que, todavía pequeño, al salir de la Misa del Gallo, estando sentado junto a la lumbre del hogar, pues él frío era intenso, oí un ruido sordo y horroroso; y era que unas casas se venían al suelo, efecto de un largo y fuerte temporal de aguas que sorprendió a dichas casas sin la cubierta del tejado, con sólo las paredes, todavía tiernas. Mas esto, al fin y al cabo, es una excepción, no ley ordinaria.
Y ¿por qué, estoy adivinando ya que preguntarán los lectores, vienen de ordinario estas fiestas con cielo encalmado y sereno? La razón inmediata es el estar nuestra Península dichos días bajo la acción de un anticiclón, o sea; que en el centro de España el barómetro suele estar muy alto, y la característica del cielo de todo anticiclón es el buen tiempo y viento débil. Ahora, la explicación del modo de establecerse sobre nuestro territorio las altas presiones es cosa más prolija. En resumen la tesis aquí:
El anticiclón que de un modo permanente existe en el Atlántico boreal y cupo centro suele estar en los1 parajes de las islas Azores, influye todo el año, más o menos, en el tiempo de España. En Verano se nota su acción hasta el Noroeste de la Península, donde el barómetro está algo alto y los vientos son del Norte, la cual corriente se prolonga hasta nuestras costas, Si bien en las capas superiores de la atmósfera. A medida que avanza el Otoño; Sube el barómetro en la Península, particularmente en las mesetas, donde se produce un pequeño máximo barométrico en dependencia del antes citado del Atlántico unas veces, otras del anticiclón poderoso que teniendo su centro en las altiplanicies del
Asia se extiende a través de Rusia por los estados del Centro de Europa hasta España.
La causa de producirse estos máximos barométricos de los continentes es sencillamente el frío. Pero la del máximo del Atlántico obedece a otra causa que tiene relación con la corriente general de los vientos alisios y contralisios. En la estación invernal el sol cae muy oblicuo sobre el hemisferio boreal y su duración es escasa sobre el horizonte, resultando de esto que el calor que nos envía en dicha época es insignificante. Por otra parte, el calor recibido por la tierra durante el Estío lo pierde enviándolo por irradiación a los espacios. Efecto de ambas causas se enfría enormemente nuestro hemisferio, sobre todo sus continentes, donde el termómetro llega a marcar 50 y 70 grados bajo cero, como sucede en la Siberia.
Y como el aire frío es más pesado o denso que el caliente, en las áreas de bajas temperaturas se producen máximos barométricos, como el del Tibet, en Asia, donde el barómetro sube en Invierno a 785 mm., y como el de nuestra meseta, que aunque menos intenso, está bien definido, y su nivel medio en Diciembre y Enero es de 770 mm. Así, nuestra Península, asiento de un pequeño anticiclón en Invierno, goza de los caracteres de todo centro de altas presiones, a saber: vientos débiles o calmosos, divergentes; cielo despejado o brumoso y temperaturas frías en las noches y templadas en las horas de Sol.
Tal suelen ser los días de, que venimos hablando. Pero este régimen de barómetro elevado es con frecuencia alterado por depresiones vertidas del Atlántico, que empujan las altas presiones, unas veces a las costas del SO. de España o N. de África, otras hacia el Centro de Europa, otras, más raramente, al N. de España, cuando las perturbaciones llegan por el S. de la misma, y estos son los días ventosos acompañados de nubes o lluvias.
La lluvia total caída en el presente año es de 252 mm., la mitad de un año medianamente lluvioso. De ella; sólo fue eficaz para el campo, dando buena sazón, la caída en dos períodos, pero venidos a hora oportuna; el primero comprende la última década de Abril y las dos primeras de Mayo, con sus 80 mm., lo indispensable para salvar el grano; el segundo abarca los 20 últimos días de Octubre y primeros de Noviembre, dando 120 mm., lo preciso para preparar las tierras y sembrarlas.
Lo que manan las fuentes son reserva del Otoño del 25, y si eh los seis primeros meses del próximo 27 no nos caen 350 mm., la crisis del regadío será funesta. Cabe esperar tal favor del cielo, pues si bien lo mejor del año sé ha pasado con el Noviembre, los que restan hasta Junio pueden suplir su falta.
El fervor de la raza
Jesús de Nazaret
«Yo soy el camino, la verdad, la vida.» (Jn 14, 6)
En las cumbres de la Historia la Cruz y la bandera dominando están las dos. España fue siempre cristiana, fue el país más deseado, el de más lucha, el más glorioso. Siempre hundió su altiva frente y dobló humilde su rodilla ante la imagen de María y ante la Cruz.
En el dolor y en el quebranto, tuvo en la fe supremo bálsamo, la Cruz; presenció batallas y victorias, y entre luchas y goces, reinos y pueblos y con amor ardiente a Ti te invocaron.
El eco de las glorias españolas aún vive. En Salamanca se venera una gran reliquia, el Cristo del Cid, al cual las tropas de Rodrigo Díaz de Vivar invocaban, rezaban y era su blasón. ¡Gloriosa enseña, hermoso emblema de una patria grande, de un Cid luchador!
En Barcelona, el Cristo que en la carabela de Cristóbal Colón fue su fe, al que con fervor se aclamó y sostuvo su esperanza, y con Cristo por almirante llegó a tierra, descubrió América... ¡Inmortal empresa, en la que tampoco faltó la Cruz, una santa enseña para invocar al cielo!
¡De cuántos laureles está cubierto el suelo patrio; de cuánta fe y heroísmo! Para ensalzarla basta ser cristiana.
En mi patria chica, el Palleter tenía por capitana a la Virgen de los Desamparados; prendida una estampa de esta imagen en el pendón de su bandera (su faja roja) era la pronta anunciación de su victoria, la pronta derrota del invasor francés.
En la batalla de Covadonga, síntesis gloriosa de nuestras epopeyas principio de la reconquista, que sacudió el yugo musulmán, no faltó, campeando junto con la gloriosa bandera, la Cruz sagrada, que millares de españoles abrazaban, deseosos de victoria, sedientos de venganza. ¡Cruz y Patria, emblema de don Rodrigo, héroe, que allá en las montañas de Asturias, derrotó y humilló a la media luna. ¡Triunfo de la Cruz y de la fe!
Gonzalo Fernández de Córdova, llamado por excelencia el Gran Capitán, fue el guerrero para el que no existió la amargura de la derrota, el que no vio contrariedades en su carrera triunfal.
Entre sus muchas victorias, venció a los franceses en Seminara, Ceriñola y Careliano; conquistó el reino de Nápoles; desarmó al cruel enemigo del Pontífice Alejandro VI, y obtuvo la Rosa de Oro, como premio de la Santa Sede. Se distinguió en la guerra de Granada, y creó la Infantería española.
Gonzalo Fernández de Córdova oía Misa diariamente y acostumbraba a decir en las batallas: «Recemos para que bien peleemos.»
Don Juan de Austria, hermano de Felipe II, valeroso guerrero, fue nombrado generalísimo en la arriesgada empresa contra los turcos. De su victoria dependía el porvenir de la Europa entera y el triunfo de la santa fe. En aquella gran hazaña, gloriosa y sublime, «la mejor jornada que vieron los siglos», según frase del testimonio que en ella derramó su sangre y perdió un brazo, Miguel Cervantes, no faltó tampoco la presencia de la Cruz.
Don Juan de Austria, antes de comenzar la pelea, repartía entre cada uno de sus soldados rosarios, medallas, escapularios; él sostenía entre sus manos un crucifijo de marfil que se conservó en el convento de Jesús, extramuros de Palma de Mallorca, hasta el año 1835. Don Juan era generalísimo, mas él confió su cargo al crucifijo, que su protector, don Luis Quijada, rescató de las manos impías de unos moriscos, lo colocó en su barco, dentro de una caja de madera, frente al enemigo.
Con aquel Cristo que tan regio guerrero llevó siempre consigo, se empezó y terminó la batalla de Lepanto, gloria y orgullo de España.
¿Qué batallas, inmortales empresas, arriesgadas hazañas, no lo fueron con la ayuda de la fe; cuáles no fueron con la presencia de la Cruz?
Rendirse, jamás se rindió, porque cuando Sagunto y Numancia, Gerona y Zaragoza, ¡España sabe morir!
Aún diría más... las páginas de la Historia están abiertas, ¡plenas de gloria!
¡España parece estar guardada por una suave caricia de la Virgen pura! Aunque mucho sufra y muchas derrotas tenga, siempre navega a flote, siempre tiene la sonrisa de Dios.
Porque España fue católica, es católica y lo será.
Carmencita Tomás.
Emociones patrióticas
La ermita de una reina
No sé ya si cantar o llorar, españoles infantes. Por una parte veo el luto de tantos hogares y el dolor que se pinta en vuestros semblantes, que arrancan lágrimas a mi corazón; pero los ecos del vivo entusiasmo que aun resuenan en los confines del globo, y la luz de inmensa gloria con que brilla la imagen querida de mi patria, ponen en los labios del alma himnos de admiración y júbilo. ¡Ah! Esas nobles vidas segadas en flor; esas madres que preguntan por sus hijos, en medio de la alegría universal, me obligan, sí, me obligan a llorar...
Pero esos jóvenes generosos que de un solo golpe se han ceñido la difícil corona de los héroes; esa espléndida victoria, inaudita en los anales de la guerra; ese heroísmo sublime, así en los que sucumben en brazos de la gloria como en los que uno contra ciento vengan a sus hermanos estrellando contra las rocas y pulverizando con valor indomable una poderosa y acerada hueste, me obligan a cantar la belleza del heroísmo y las inmortales hazañas que inspira el amor santo de la Patria...
¡Cantemos ¡oh!, sí, y lloremos!.. ¡Cantemos a los héroes, a los mártires de un amor sublime: lloremos a nuestros hermanos, y ya que no nos es dado hacerlo sobre su legítima tumba, corran nuestras lágrimas de gratitud ante los altares de Dios; vean ellos, en parte, la expiación y el sufragio que atraigan la divina misericordia sobre las almas de esos muertos queridos; sean también, queridos compañeros, estas mis letras como memoria y sufragio de los valientes y héroes de nuestra Infantería que murieron en estas tierras africanas, y he aquí que elijo este día de nuestra Patrona para más memoria y recuerdo...!
* * *
Dirijamos nuestra vista a ese lugar grande... triste y silencioso... ¿Qué vemos...? Una Señora que en lúgubre atavío, con manto triste y enlutado, a la luz de la opaca luna y entre cipreses fúnebres, junto al sepulcro de un soldado la vemos... ¿Quién es esa Matrona? La Patria que llora, que gime, que vela por su hijo... el soldado... el valiente... el héroe... Todo duerme... hacía ya media hora larga que en todos los relojes de la capital habían sonado las once de la noche: los rayos pálidos y apacibles de la luna bañan las cúpulas galanas de la ciudad; desiertas están las calles y las plazas, y el viento está tranquilo. De cuando en cuando resuena la sonora vibración de la campana o el graznar del ave agorera que, fugaz, atraviesa el firmamento: alzo los ojos al cielo y miro la luna muda, quieta; presto atención a mi reloj que da la hora y oigo que rompe el viento la voz del vigilante que, tranquila y respetuosamente, da las doce menos cuarto y... sereno!
No toda la ciudad dormía. Velaba el magnate en el recinto de su gabinete agotando todos los recursos de su talento; velaba el avaro creyendo al más ligero ruido ser descubierto su escondido tesoro; velaba el malvado probando llaves y ganzúas para sorprender al infeliz dormido; velaba el enfermo contando los minutos de su agonía y esperando por momentos la luz de la aurora; velaba el poeta inventando situaciones dramáticas con que sorprender al auditorio; velaba el centinela mirando cuidadosamente a todos lados para dar, en caso necesario, el alerta a sus compañeros dormidos. Y sin embargo, en medio de este general desvelo, la población aparecía muda y solitaria: las largas filas de casas eran un fiel trasunto de las calles de un cementerio, y sólo de vez en cuando se interrumpía este monótono silencio por el lejano rumor de algún coche que pasaba, por el aullido de un perro o por el lúgubre cantar del vigilante que en prolongada lamentación exclamaba: ¡las doce en punto y... sereno...! Y silencio y más silencio... el mundo duerme... la humanidad se encuentra en el paréntesis de su existencia en el reposo, en el sueño... los silencios y tristezas de los aires caen precipitados... reina gravedad, silencio y más silencio...
Dirijamos nuestros pasos a las afueras de la ciudad... y allá lejos... enclavada en el centro de callejuela oculta, se destaca entre viviendas de un modo señorial y caduco... un caserón humilde, triste, pobre... una ermita. En el exterior, las paredes deslucidas se adornan con aleros, donde anidan familiarmente las golondrinas: tiene el aspecto serio y orgulloso que habla al viajero de otros siglos y otras historias. Sobre el frontispicio de la puerta, de arco atrevido y severo, se sienta una hornacina, y dentro un altar, en el cual mora una bendita y antiquísima imagen, y como ofrendas de vidas pretéritas, a los pies de Ella yacen, marchitas, unas flores...
¡Qué triste ermita!... Y así hechizados a la vista de aquel angélico recinto... observamos que por sus tristes ventanillas parece que la noche agonice y quiere como nacer el día; y en efecto, los trinos y gorjeos de las avecillas anuncian que amanece la aurora, y la ermita aparece a nuestra vista resplandeciente, elegante, solemne, majestuosa... Veo una Virgen pura, hermosa, que vestida cual nieve, firmamento y nubes, se eleva en trono majestuoso; veo flores, guirnaldas... fusiles... municiones... la bandera española...
¿Qué ocurre? ¿Qué solemnidad es esta? ¡Oh, la Inmaculada! ¡El 8 de Diciembre! ¡La Patrona de la Infantería! ¡Oh, gran día! No sé por qué este día de nuestra excelsa Patrona tiene para mí tan gratos recuerdos, evocaciones inefables, algo así que yo no podría explicar, porque para ello sería necesario poseer la clara inspiración del poeta bizantino para loar con versos de oro tanta excelsitud y grandeza, acudiendo a mi mente en este momento el recuerdo de las mañanas de este dichoso día —que suena a gloria y a besos— cuando en la aldea, mezclados los sones de la campana plañidera del lugar con los trinos y gorjeos de las avecillas canoras, nos anunciaban que amanecía un día solemne, grande, de fiesta, de paz y de dichas. ¡Y cómo sonaban entonces en nuestros oídos infantiles las santas palabras de la madre que, amorosa, nos invitaba a que fuésemos a ofrendar una humilde plegaria a la Reina de los Cielos!
Todo, en fin, es evocador en este día a nuestras almas henchidas de gozo y de emoción, y sentimos a un tiempo ensancharse y palpitar nuestro corazón de santa unción entremezclado. En este día tan fausto para nosotros, y en estos momentos, quisiera tener la elocuencia y verbosidad de los grandes oradores y la pluma preciada de ilustres escritores y poetas para cantar, ya en vibrante prosa o en poética rima, un himno lleno de amor y poesía a nuestra excelsa Patrona, a la Inmaculada que nos guía a todas partes; la que en el humo de la pólvora de los combates se envuelve y cobija para darnos la victoria, la que acompañó a las frágiles carabelas que por remotos mares llegaron casi a lo ignoto, dando vida y luz a nuevos y ocultos países, dictando leyes que los civilizaron, pero carezco de estas aptitudes y sabréis seguramente perdonarme por las palabras y frases burdas que han salido de mi pluma y que quizás os hayan de hastiar.
Todos sabéis que todas las Armas tienen a su Patrón; la Infantería tiene a la Inmaculada, Patrona a la vez de España, la que nos guía en nuestras victorias y ha hecho que nuestros infantes sean invencibles, pues sabido es que no ha y punto en el mundo en que el soldado español no haya puesto su planta.
Los infantes, siguiendo a las banderas de una Reina, vencieron a los árabes en Covadonga; en las Navas y Alarcos lucharon con bravura; los que al grito de independencia resistieron en Zaragoza y Gerona; los que se coronaron de laurel en San Marcial, Bailén y Arapiles; son los bravos soldados, hijos de Primo de Rivera, que a sangre y fuego han defendido a la madre Patria en estas tierras
del Rif, y con sus manos temblorosas y frías han izado la bandera victoriosa en los picachos del Gurugú, Monte Arruit, Monte de las Palomas, etc.
¿Cuál es la Reina que con tanta maestría y victoria dirige y capitanea a los infantes españoles? Es la Inmaculada: he aquí la Reina de la Infantería. ¡Infantes queridos! Bajo la protección de esta Madre no temamos; la victoria nos será propicia, y despreciando nuestras vidas, escribamos hermosa epopeya defendiendo nuestro puesto, y resistamos a las banderas enemigas hasta perder la totalidad de nuestras energías, y aunque entre muertos y heridos, la sangre de ellos que sirva de savia que alimente nuestras fuerzas, y aunque la veamos correr por tierra, no desfallecer, y las últimas gotas que abrigue nuestro agonizante cuerpo que sirvan, en nuestro postrer suspiro, como juramento de venganza por nuestra Patria. Valor, bizarría de los infantes. Con razón cantaba un egregio poeta de gratos recuerdos, en sus versos de oro, refiriéndose a la Infantería:
«Tembló el orbe a tus legiones
Y de la espantada esfera
Sujetaron la carrera
Las garras de tus leones.
Nadie humilló tus pendones
Ni te arrancó la victoria,
Pues de tu gigante gloria
No cabe el rayo fecundo
Ni en los ámbitos del mundo
Ni en el libro de la Historia.»
En este día, como paréntesis de lo dicho, guardaremos un minuto de silencio, y éste que sirva de memoria y recuerdo de los que, escribiendo una página en la Historia patria en estos terrenos de Alhucemas, han depositado sus vidas en aras del sacrificio al holocausto del patriotismo y santo amor a España. ¡Honor, oración, memoria a esos héroes!
Y así, en estas consideraciones tan santas y nobles abandonamos la pobre ermita, palacio humilde de toda una Reina, la Reina de la Infantería. ¡Viva la Infantería!
Elíseo A. Vidal
Terciario Franciscano.
Melilla, 8 Diciembre 1926.
Informaciones
Desde Roma. Simpática fiesta en el Coliseo
El gran anfiteatro Flavio, santificado de nuevo por la presencia de la cruz, constituirá de hoy en adelante el inmenso templo donde los católicos romanos se reunirán con frecuencia para recordar los héroes del cristianismo y cantar las alabanzas del Señor. Así lo dice el manifiesto del Comité Romano lanzado a los cuatro vientos y acogido con entusiasmo por cuantos sienten correr por sus venas la sangre de aquellos que la derramaron por Cristo en aquella arena, tanto tiempo profanada, y hoy providencialmente consagrada.
En el ciclo de reuniones sagradas en el Coliseo, no podía faltar una dedicada a recordar y glorificar la memoria del apóstol franciscano San Leonardo de Portu Mauricio, quien en el siglo XVIII plantó en el célebre monumento la cruz, que más tarde habían de arrancar manos sacrílegas. Tuvo lugar el día 12 del pasado Diciembre. Por la mañana, los Franciscanos del convento del Palatino, donde se conserva el cuerpo del Santo, celebraron una devota función en la capilla de la Piedad, erigida entre las arcadas del Coliseo, siendo muy crecido el número de fieles que ha desfilado ante la cruz y la imagen de San Leonardo que enriquecían la capilla.
Por la tarde, a las tres, el Superior del mencionado convento, asistido de sus Religiosos y de los Terciarios de Aracoeli, rezó varias oraciones, pasando después a la arena, donde el diputado a Cortes y Terciario franciscano señor Mártire pronunció elocuentísimo discurso sobre el santo misionero San Leonardo, ante variado y numeroso auditorio, que escuchó con profunda atención al popular orador, quien vestía el saco y la cuerda de Terciario. No faltaron distinguidas personas, entre las que pudimos distinguir los Obispos de Venosa y Volterra.
En su discurso apologético, el ferviente y sabio orador hace resaltar la característica del apóstol franciscano, quien en sus 326 misiones se manifiesta infatigable e invencible, verdadero «corazón de león» que había declarado guerra sin cuartel al infierno, según frase del mismo Santo. Hoy que el Coliseo es de nuevo consagrado como lo ideó San Leonardo; hoy que la cruz, al ser gloriosamente eregida en el centro del mayor monumento de la Roma antigua, proyecta sus rayos luminosos por todo el mundo, desde el centro de la cristiandad miramos a los pueblos todos y les repetimos con San Leonardo: «La salvación y la grandeza se encuentran sólo en la Cruz y en la Vía Dolorosa que conducen a la Resurrección.» Fueron las últimas y sugestivas palabras del elocuente orador saludadas por un fragoroso aplauso.
Terminado el discurso se organizó la devota procesión que, saliendo de la capilla de la Piedad, dio la vuelta a la arena cantando los Franciscanos del Colegio de San Antonio el «Vexilla Regis». La bendición con la reliquia del Santo y las admirables notas del «Te Deum» dieron feliz remate a la simpática fiesta, mientras las primeras sombras del crepúsculo principiaban a moverse entre los arcos del Coliseo.
San Francisco, festejado en el Colegio Angélico
En ocasión de las fiestas centenarias franciscanas el Colegio de los Padres Dominicos quiso dar público testimonio del amor que siente por el Serafín de Asís. Antes de la hora anunciada, el salón de actos estaba ya repleto de un público selecto, al que hacían corona varios Cardenales y el Rvdmo. P. General.
El Padre Ludovico Ferretti, entusiasta como el que más de San Francisco y competentísimo en materia de arte, dio una conferencia con proyecciones de la Basílica de Asís, ilustrándola en su parte arquitectónica, escultórica, y sobre todo, pictórica. El auditorio, que por más de una hora le siguió con grande interés, le prodigó sus aplausos,' cuando al coronar su ¡lustrada conferencia, cantó en patético párrafo las glorias del «Poverello», a quien la Orden Dominicana llama a boca llena Padre.
La docta conferencia y el ambiente que en ella reinó son una prueba más de las intimas y fraternas relaciones entre Dominicos y Franciscanos.
—Mientras redacto esta crónica, Su Santidad el Papa está celebrando Consistorio.
—El Colegio Internacional y la Curia generalicia conmemorarán el Centenario franciscano desde el 26 del corriente Diciembre hasta el 2 de Enero. Por los preparativos, las fiestas prometen revestir extraordinaria solemnidad.
—Han dado principio los trabajos para la erección del monumento a nuestro Seráfico Padre, que el mundo católico le dedica como recuerdo del VII Centenario de su muerte.
El monumento se emplaza frente a la Basílica de Letrán, que vio caer en sueños el Papa Inocencio III y sostenía San Francisco de Asís para que no se derrumbase.
Deseando próspero y feliz año nuevo a los lectores de La Acción Antoniana, se despide hasta el mes próximo,
20 Diciembre de 1926.
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