Página mariana

Grandeza de María

Si leemos las Escrituras sagradas al lado de Jesús encontraremos siempre a María, y en todas las obras de Dios podremos admirar también su Valiosa intercesión como asociada que está a la Trinidad Beatísima, porque el Padre le confirió su poder, el Hijo le infundió su sabiduría y el Espíritu Santo le comunicó e inflamó de su amor, y nada quieren que se haga en orden a la vida eterna sin el consurso y beneplácito de su Hija, Madre y Esposa. ¡Oh, qué grande, qué excelsa, qué sublime es María! Ella se eleva sobre todos los hombres y sobre todos los santos y sobre todos los ángeles, y su lugar propio en el cielo diremos que es el solio del Altísimo, pues sentada la veréis a la diestra de Dios Padre junto al trono de su amado Hijo. ¡Ah, sólo María ha cabido, digámoslo así, dentro del marco de la Divinidad! ¡Oh, repitámoslo una vez más, qué grande, qué sublime y excelente es María, dignísima Madre de Dios!

¿Y quién podrá contar y medir el cúmulo de merecimientos, derechos y prerrogativas que esta gran Señora alcanzó por la divina Maternidad? Sólo Dios con su infinito poder y sabiduría las puede medir y enumerar, porque la inteligencia del hombre y aún la de los más preclaros Querubines del cielo no los pueden comprender.

María

Por este cúmulo de merecimientos debidos en gran parte a la fidelidad con que la Sma. Virgen correspondió a la gracia, y más aún por el hecho de ser Madre de Dios, la personalidad y privilegios de esta gran Señora, como dice un autor, unas veces forman parte del depósito de la fe, sin la cual nadie puede salvarse, otras aumenta el tesoro de la Iglesia del que se enriquecen las almas de los fieles, y siempre está de tal manera relacionada con todo el dogma católico, que si se prescinde de Ella va por tierra toda la revelación, como si se prescinde de la Madre no puede concebirse la existencia del Hijo.

De aquí la necesidad de estudiar a la Sma. Virgen, de hablar de sus virtudes y gracias, de publicar sus grandezas y privilegios para que todos conozcan quién es la Virgen y la amen, qué papel desempeña en el plan divino, qué sacrificios se impone como Madre y Corredentora del hombre, qué gracias nos alcanza en orden a nuestra salvación y cómo sostiene nuestro espíritu en el fervor de la divina caridad, pues ello es cierto que donde falta el calor de la devoción a la celestial Madre la piedad cristiana languidece muere, porque el Señor quiere ver a María en todas nuestras obras y anunciado nos tiene va, según arriba dijimos, que nada absolutamente nada nos dará si no es por su mediación y amor.

Este es el plan que nos proponemos desarrollar en una serie de articulillos que con la ayuda de Dios y de la Virgen iremos publicando en La Acción Antoniana, con el fin de conquistar corazones a la Virgen para que la amen con fervor, y amándola la sirvan, y sirviéndola se santifiquen y se salven.

Fr. Buenaventura Botella, ofm

Divulgación científica

Resumen de las observaciones meteorológicas de 1927

Voy a comenzar la serie de artículos sobre el tiempo en Levante del presente año, si Dios me da salud y paciencia, (y ésta para muchos también hará falta), con el resumen escueto de los fenómenos atmosféricos observados en esta Estación Meteorológica, que dicho sea de paso, entra en la red de estaciones españolas como de categoría completa, como si dijéramos, de las principales por el número, calidad y buen emplazamiento de los aparatos. Esto no quiere decir que posea todos los aparatos propios de una estación modelo, como la del Ebro y la de S. Fernando, antes bien aún falta mucho por andar para llegar a tal altura, a pesar de nuestros buenos deseos; pero son cosas que necesitan tiempo y sobre todo dinero y esta labor humilde de los meteorólogos es en España poco retribuida.

El balance total de los datos tomados en esta Estación es como sigue: Temperatura media a las 8 horas, 14'6° grados, id. media anual deducida del promedio de las máximas y mínimas diarias, 16'3°; id. media de las máximas diarias, 22'5°; id. media de las mínimas diarias, 10'2°; Oscilación media diaria, 11'9º; id. máxima del año, 37'2° el 22 de Julio; id. mínima del año, 1'0 (bajo cero) el día 12 de Febrero;, la humedad media fue 77 grados a las 8 horas. El total de lluvia recogida ha sido de 470 milímetros, con su promedio de 39'2 mil. por mes, o también 1'3 mil, diarios; y como la evaporación media diaria es de 2'98 mil. tenemos doble agua evaporada que la que nos llueve del cielo.

El mes de mayor cantidad de lluvia es Mayo con 125'5 mil. de los cuales 37 cayeron el día 2, con fuerte tormenta, la mayor cantidad recogida en veinticuatro horas durante el año. Enero dio 27'4 milímetros, es decir: 27'4 por metro cuadrado; Febrero, 73'2; Marzo, 7'8; Abril, 8'7; Junio, 31'3; Julio, 0'0; Agosto, 1'4; Septiembre, 12'2; Octubre, 60'6; Noviembre, 74'9; Diciembre, 47'5. El viento dominante en los días de lluvia copiosa fue el N E.

El promedio de kilómetros, recorridos cada día por el viento ha sido de 179, y el día de máximo recorrido fue el 25 de Marzo con 950 Km. del Oeste. Hubo 38 día de viento muy fuerte, 106 de lluvia, 112 de rocío, 14 de escarcha y 16 tormentosos.

El promedio anual de las distintas direcciones del viento han sido: N-0'06; NE-0'69, E-0'46; SE-0'10; S-0'13; SW-0'56, W-0'56; NW-0'09, lo que da a entender que los vientos dominantes han sido los comprendidos entre los rumbos SW-W, y después los entre E y NE. El promedio de las distintas velocidades diarias del viento fue la que sigue: días de viento en calma, 0'13; de viento flojo, 0'89; de viento moderado, 1'02, de viento fuerte 0'87; muy fuerte, 0'03. Lo que demuestra que de ordinario sopla viento moderado y que hay más días de viento calmado o muy débil, que de viento muy fuerte, pero en general, es un valle muy ventilado.

Al terminar esta lista inacabable de números te compadecerás quizá de mí mismo, pero olvidarás que este resumen es obra de tres observaciones diarias y en cada observación se tienen en cuenta unos 25 datos que se archivan. Todos estos datos hay que sumarlos mensualmente y una vez sumados dividir la suma por 30 ó los días del mes, sacarlos en limpio y remitirlos al Observatorio de Madrid. ¿No habrá pues para los observadores espontáneamente gratuito una medalla del trabajo? Pero, no, que la mejor recompensa es la manifestación del amor a la Patria y a la Ciencia, por las obras.

Fr. Eusebio Arbona, ofm

Ecos de las misiones

Un día misionero en Shanse

Lector, quizá recuerdes con emoción la página misionera del mes pasado, y llegues a creer que, aquel día, tan colmado en obras misioneras para aquellas dos religiosas franciscanas, fue un día extraordinario que se repetirá raras veces. Pues no; la misma pluma que nos refirió la tarea de aquellas religiosas en el lunes, nos cuenta también la realizada en el día siguiente, y añade que a este tenor van deslizándose casi todos los días. He aquí su relación:

«Después de cumplidos los primeros deberes religiosos del día, se preparaban para la visita de los enfermos cuando Sor Carmen y su compañera son llamadas a toda prisa para ir a ver a un niño moribundo. El pequeño —ha dicho la anciana que les ha venido a buscar—, apenas tiene ya vida; así es que apresurando él paso y cruzándose con los transeúntes, no se inquietan de la curiosidad que excita su paso. Tras sus tiendecillas, los vendedores cuchichean, las gentes preguntan... Ellas no oyen nada de lo que les dicen, y atraviesan la calle, que está obstruida por grupos de niños, y no responden siquiera a los entusiastas saludos de los pequeños si no es con una dulce sonrisa. Sin embargo, estos niños se consideran muy felices cuando consiguen siquiera sea una palabrita de cariño. Se les quiere en la Misión y ellos bien lo saben.

Pero el tiempo apremia..., el niño se muere... En efecto, llegan al lugar y al punto se dieron cuenta que no necesitaba aquella criatura para morir más que el bautismo. Se lo administran y envían un angelito más al cielo.

La tarea misionera está terminada; es preciso llegar cuanto antes al dispensario... ¿Si por acortar se tomase la vía fluvial? La inspiración viene del cielo, sin duda, pues apenas dan unos pasos para lograrlo, Sor Carmen se para y presta atención:

—¿No oye? —dice a su compañera—. ¡Parecen gemidos!

Nada lo explica; en los alrededores no se ve un alma viviente, las puertas están cerradas; únicamente, en el umbral de una de ellas, hay un cesto viejo lleno de trapos. ¿Será posible? En un abrir y cerrar de ojos lo vacían... ¡horror! Un diminuto ser, luchando con la muerte, aparece entre un revuelto de sucios andrajos. Su pobre lengua sofoca los últimos gemidos. Algunas gotas de agua refrescan un instante sus ardorosos labios...; el pobrecito las aspira ávidamente; pero la muerte no está lejos, y el agua bautismal abre a este nuevo Miguelito las puertas del cielo.

Así es: las puertas se han abierto y una muchedumbre se ha aglomerado ¿Ocuparse de un moribundo? ¡Cosa inaudita! Los chinos, en estos casos, los echan sencillamente fuera de casa. Las religiosas aprovechan la ocasión para iluminarles sobre la verdadera caridad, y después marchan presurosas hacia el dispensario...»

He ahí, lector, la caridad cristiana iluminando, despidiendo ráfagas de luz divina en medio de las tinieblas del paganismo. ¿Crees, acaso, que esto es sólo obra de esas almas abnegadas?.. También es obra tuya;., también tú debes con tus sacrificos, desprendimientos, actos de virtud, limosnas, oraciones... iluminar a aquellas pobres gentes... ¡Si Dios te diera el ver la miseria del paganismo!

Amenidades

Los llamados de Dios

Indudablemente, el acomodado comerciante de H, don Simeón Bobinez, se encontraba en aquellos instantes, en el auge de la felicidad, en cuanto es posible a un mortal durante su penosa peregrinación por este triste valle de lágrimas y miserias. Se hallaba nuestro anciano señor, leyendo la prensa diaria, al par que paladeaba el exquisito café con leche, contenido en un tazón con honores de Océano, o cuando menos, de laguna Estigia, en cupo líquido empapaba sendas rebanadas de pan tostado, y rebozado en suculenta manteca de vacas. Era el café con leche, como si dijéramos la debilidad de nuestro honradote amigo: por una taza del sustancioso líquido.

Que manqait a Virgile et qu'adorait Voltaire, hubiera sido capaz... ¡qué se yo! Hasta de reñir a la doméstica, cosa que rara vez acostumbraba. Nada, nada. En aquel momento, no comprendía don Simeón que hubiese personas desgraciadas en el mundo; y mucho menos que algunos llegasen a atentar contra su propia vida. ¡Oh! Estos desgraciados, debían ignorar hasta la existencia del rico café con que don Simeón se regalaba.

De su ensimismamiento, vino a sacarle la voz de la criada, que, entrando respetuosa en el comedor, dijo:

—Señor, una carta.
—Bien, contestó don Simeón, déjala sobre la me»a. ¿La has pagado?
—Si, señor.
—Bueno, retírate.

Obedeció la fámula, y don Simeón dirigió maquinalmente la vista al sobre de la carta, experimentando una nueva alegría, al reconocer la letra, que no era sino de su hijo predilecto Salvador, aprovechado estudiante, que cursaba el tercer año de Teología en el Seminario de J... y cuyas notas de años pasados, no podían por menos de satisfacer a su padre y hermanos, que no sin motivo, se prometían grandes cosas para el porvenir, de las excelentes prendas del futuro Sacerdote.

Abrió, pues, don Simeón precipitadamente la carta, antes de dar parte a ninguno de la familia, por el egoísta, si se quiere, pero disculpable placer, de ser el primero en disfrutar de las noticias de su Salvador. No sin extrañeza, pudo notar que la carta no estaba fechada en J... sino en R... y además que, en vez del membrete del Seminario traía otro, que consistía en una Cruz, bajo la cual se cruzaban los brazos, uno desnudo y otro cubierto con sayal franciscano, Cruz y brazos rodeados de un nimbo de gloria, alrededor del cual se leían estas palabras:

Mihi absit gloriari, nisi in Cruce Domini Jesu Christi. (Gal 6, 14).

Pero el asombro del buen señor subió de punto, al leer el contenido de la carta, lectura que le hizo ponerse nervioso, hasta el extremo de dar por terminado el desayuno. He aquí el texto, que fue capaz de trocar en malo, el buen humor de don Simeón.

Querido padre: El Señor nos dé su paz. Perdone usted mi falta de franqueza, de un poco tiempo a esta parte, falta debida a creer fundadamente, que usted, por un disculable exceso de cariño hacia mí, pero que yo no merezco, se hubiese opuesto a mis proyectos.

Es el caso, padre de mi alma, que, aunque indigno, me siento llamado por Dios nuestro Señor, a vida más perfecta; a consagrar toda mi vida al divino servicio, en una casa donde no tenga que pensar en otra cosa que en mi santificación, y en la salvación de mi alma, única cosa necesaria e interesante para mí.
Al efecto, para corresponder a tan grande como inmerecida gracia, salí anteayer, del Seminario, dirigiéndome a esta casa noviciado de Padres Franciscanos, donde espero hallar el reposo y dirección que mi alma desea y necesita.

Una vez más le pido mil perdones, tanto por mi silencio, como por los disgustos y malos ejemplos, que haya podido dar a usted y a mis hermanos. No lamenten mi ausencia; pues Dios, que da ciento por uno, sabrá pagarnos a todos con creces, el sacrificio de la separación. Entre tanto, ahí quedan mis cuatro hermanos, que, siendo como son, buenos hijos, no podrán menos que consolar a usted, y ser su amparo en sus últimos años.

Ruegue a Dios por su respetuoso y obediente hijo, que de veras le quiere

Salvador.

Cualquier testigo de vista, hubiera dicho que alguien había puesto alfileres en el sillón en que se sentaba nuestro protagonista, dado el salto que dio. Leyó, volvió a leer la carta, cada vez más nervioso; se paseaba de una parte a otra de la estancia, cual leona del Sahara a la que hubiesen quitado los cachorros. Nada, nada. El chico se había vuelto loco, o le pasaba algo muy gordo. ¡Ahí es nada! ¡Ocurrírsele a un estudiante de Teología, nada menos que la barbaridad de meterse a fraile! ¡Y franciscano! ¡Vamos, que estaría bueno el airoso y esbelto talle de Salvador, envuelto en el burdo sayal de fraile! ¡No y mil veces no! Esto no podía ser, de ningún modo vocación religiosa. Lo decía don Simeón que entendía mucho de estas cosas. Un capricho del chico, como tantos otros. ¡Ya decía don Simeón que aquel hijo le había de dar algún serio disgusto! (En esto, como en otras cosas, don Simeón mentía; pues jamás, se dio hijo más obediente que Salvador). Vaya uno a hacer sacrificios, a gastarse lo que no tiene, para que luego le den los hijos ese pago. (Aquí también el buen señor, cuando menos, exageraba; pues gracias a una beca ganada por oposición, poco le costaba la carrera de su hijo).

Salió, pues del comedor, llamó a la criada, a la que conminó con voz tonante e imperiosa, llamase inmediatamente a sus cuatro hijos, Pedro, Antonio, Rafael y Clara, con intención de aconsejarse con todos, y tomar las enérgicas medidas que el caso requería. Salió la fámula a cumplimentar las órdenes recibidas, pensando en su interior que podría pasar a su señor, de ordinario bonachón, y ahora con los furores de un energúmeno.

Pronto estuvo reanimado el consejo de familia. Don Simeón levó en alta voz la carta de Salvador, que a todos pareció muy mal; y todos convinieron en que había que atajar el mal, pronto y radicalmente, arrancando, si era necesario a viva fuerza, a Salvador, del convento, no sin imponerle después un severo correctivo, por el incalificable hecho de hacer uso del derecho que leyes divinas y humanas, conceden a todo ciudadano responsable de sus actos.

Se resolvió, pues, aquella misma tarde, partiese Pedro en el tren, con dirección a R... con órdenes precisas y terminantes, de traer a Salvador, aun cuando fuera necesario recurrir ala Guardia Civil sin tener en cuenta que éste solo persigue criminales, y Salvador, tras no serlo, tenía veinte y tres años cumplidos, siendo por lo tanto, dueño de su persona, protegido por la Ley.

Gustoso aceptó Pedro la honrosa comisión diciendo:

—Le traeré, aunque sea arrastrando. ¡Vaya si le traeré!

Ángel de Rueda Carvajal
(Concluirá)

En Santo Espíritu del Monte

Su augusta soledad

Agradecido al Señor por los beneficios que me ha dispensado durante el santo retiro que practiqué en este convento franciscano de Sto. Espíritu del Monte, quisiera que llegaran a todos los lectores de La Acción Antoniana las íntimas consolaciones que experimenté en este santo lugar.

Lugar santo es este, en verdad, el cual parece que haya sido escogido de una manera especial por Dios para comunicarse a las almas; lugar es este en que se experimentan las divinas consolaciones del Espíritu Santo, y se sienten las inefables inspiraciones de la gracia; lugar santo en que el alma descansa en los brazos amorosos del silencio de la soledad augusta y veneranda que por aquí impera.

Santo Espíritu del Monte

¡El silencio! El es el que penetra en lo íntimo de nuestro ser, y el que habla con su voz misteriosa a nuestro corazón. El siempre augusto, siempre imponente, siempre soberano reina sin cesar, siendo tan sólo interrumpido por el canto de las aves y el susurro de los pinos del bosque, que dulce y quejumbroso se eleva hasta el cielo, como si quisiera reparar las ofensas de las almas ingratas que no se acuerdan de Dios.

En la augusta soledad de este lugar bendito, el silencio siempre envuelve hechizos y encantos para las almas que suspiran de amor. Pero cuando más cautiva y encanta es en los albores del risueño amanecer y sobre todo en las horas misteriosas de la noche.

En estas horas nocturnas, henchidas de hondas dulzuras, el silencio impera por todas partes, llevando al espíritu remembranzas divinas, evocaciones de cielo. Sólo es interrumpido por una campana sonora que llama al coro en lo más adelantado de la noche. Una campana, que transmite su voz augusta a todos los barrancos del bosque y llega hasta los más altos picachos de las sierras. Una campana, cuya voz es de sacrificio y penitencia, pues despierta a los novicios a media noche y les llama al coro, para cantar las divinas alabanzas... y los novicios, interrumpiendo el sueño, elevan al cielo sus angelicales voces, y recitan plegarias de expiación, para reparar las ofensas que en el mundo hacen a Dios tantos pecadores... y estas plegarias y salmos que los penitentes y abnegados jóvenes dirigen a Dios, van acompañadas muchas veces de las melodías del órgano... y entonces... ¡Oh, entonces las almas se elevan hasta el cielo... una cosa inexplicable sienten las almas, una como corriente eléctrica las toca y les dice: sursum corda, arriba, subid hasta el cielo, hasta Dios.

El sol se esconde detrás los picachos de los montes, y otra vez la campana interrumpe la soledad, el silencio. Su voz misteriosa reúne a los novicios a un lugar determinado, a la iglesia... Cesa de llamar la campana... el silencio, se hace más imponente y más misterioso... A una señal del Superior, queda todo en una profunda y densa oscuridad... El silencio lo interrumpe ahora una misteriosa voz, que con notas graves entona el Salmo de penitencia, el Miserere... que prosiguen los novicios con toda la Comunidad... ¡Ah, entonces se interrumpe de veras el silencio! Se oyen unos chasquidos de disciplinas que chocan sin compasión, quizás sobre carnes inocentes! El efecto que esto causa, a los que hemos tenido la dicha de presenciarlo, no es para describirlo. Varias veces allí mismo se ha visto a grandes pecadores llorar como niños, convertirse al Señor y arrepentirse de su mala vida.

Si sentís nostalgias de amor, si deseáis contemplar las mágicas bellezas del cielo, si queréis admirar en la tierra la bienaventuranza celestial, con todas sus delicias, con todos sus encantos, y con todas sus dulzuras infinitas... si queréis experimentar cuanto acabo de deciros, que se halla encerrado bajo el velo misterioso de la paz, del sosiego, de la soledad, y del silencio, venid a este nido de amores de Santo Espíritu del Monte, y aquí a la sombra de sus pinos seculares y amparados por los vetustos muros del convento sentiréis en vuestras almas las delicias de la gloria, las dulzuras de la soledad.

Un admirador de Santo Espíritu

Virtudes selectas

La generosidad

Entre los individuos que frecuentan los sacramentos de la Iglesia, que oven diariamente la Misa, y que por nada omiten sus ejercicios devotos, se encuentran personas que no practican ni conocen, esta preciada y excelente virtud que debiera ser su ideal favorito. No diremos que vivan del todo relajados o que merezcan severa reprensión delante de los hombres de su sociedad; pero es cierto que hacen hoy lo que hicieron ayer, sin añadir ni quitar de sus obras una tilde en cosa de provecho.

Estas personas, se forman su método de vida o lo reciben trazado por su confesor, y ponen después su empeño en seguirlo al pie de la letra, aún en los casos en que estorba su aprovechamiento espiritual. Mas el detalle relativo a la mejora de sus obras ordinarias y extraordinarias, especialmente de los de carácter ascético-místico en que se ejercitan tan a menudo, no figura casi nunca en su cuenta diaria ni tiene peso en los platillos de su balanza. De donde proviene que practican siempre los mismos actos, con análogos defectos.

Son estas gentes, digámoslo así, como los relojes mecánicos de pared y de bolsillo, que cada día, si hay quien les dé la cuerda que necesitan, señalan a sus tiempos las mismas horas, cuartos, minutos y segundos, sin notarse en ellos variación ni progreso en nada, fuera de su marcha regular. ¿Qué al pobre enfermo se le hace larga la noche v anhela que pasen pronto las horas?... No espere nadie que su reloj le complazca entonces marchando más aprisa. ¿Que está el otro nadando en mares de dulcedumbre y placeres y ha menester que sean largas las horas de sus libaciones temporales?... Tampoco detendrá aquí ni moderará su marcha. Son lo que fueron, y serán lo que son, mientras no se cambie de sistema.

Así también los directores espirituales esperan en vano que las almas de sus dirigidos, cuando aún no han entrado de lleno en la virtud de la generosidad espiritual, aceleren algo más el paso en las sendas de las virtudes más propias de su condición y estado o que usen de una mayor diligencia para ver de llegar más pronto a la santidad a donde quiere Dios subirlas, porque en los siglos de los siglos, si el mismo Dios no viene a remediarlo con su gracia, no variarán en un ápice la conducta que se prescribieron en un principio.

A todos estos que tan sólo se han acostumbrado a ver con sus propios ojos y a celar por su cuenta y riesgo el cumplimiento material de sus obras virtuosas ordinarias, se les podrá aguijonear con las fuertes consideraciones de ultratumba o agitarles bruscamente con los sustos y temores más o menos fundados de su eterna condenación, si no cambian pronto de rumbo y emprenden una vida nueva; pero de aquí regularmente no pasarán. Aún los que no hayan hecho oídos de mercader, que serán pocos en número, recobrarán luego su estado normal y caerán otra vez en su inercia absoluta. Tal es el extremo de insensibilidad a que arrastra la fuerza de la costumbre.

Tampoco parecerá cosa rara que Dios cargue la mano con esas personas remisas y egoístas, ni que las visite en forma de algún contratiempo o necesidad dura y apremiante. Se presenta a ellas de vez en cuando para demandarles algún sacrificio costoso, alguna privación que les mortifica sobremanera, algún viaje largo o pesado que no tenían previsto, alguna ocupación urgente en que ni pensado habían. Mas entonces, si lo que se les pide es contrario a su genio particular, fácilmente se descomponen y se enfadan, al estilo de los más relajados, sólo porque aquel día ya no pueden quizás oír la santa Misa, ni hacer sus actos piadosos de costumbre.

¡Pobres almas!... ¡Ni siquiera una vez en la vida saben ser generosas para con Dios, quien derramó para ellas toda su sangre y se entregó de su voluntad a la muerte de cruz! El egoísmo estéril ha desecado en sus corazones todas las fuentes de la generosidad cristiana, base única y sostén poderoso de la vida devota. Debido a esto son ahora tan mezquinas para con su Dios y su Creador.

Fr. Francisco Lliteras, ofm