Página mariana

¿Quién es María?

María es la Madre de Dios. Esta sola frase nos dice todo lo que es y significa la Santísima Virgen y el lugar que ocupa en el plan divino, y es también la que mejor expresa todo el alcance de la pregunta que ponemos por epígrafe del presente artículo.

Decir de María Inmaculada que es Madre de Dios es lo mismo que darle todos los títulos con que la honramos los cristianos y reconocer en ella la infinitud de gracias y prerrogativas con que el cielo la enriqueciera; porque si es la toda hermosa desde el primer instante de su maravillosa concepción; si es la llena de gracia y la bendita entre todas las mujeres, como canta la Iglesia; si es la Señora de las virtudes, la Reina de los Ángeles y la Emperatriz de los cielos; si es la triunfadora de Satán, la corredentora del mundo, la abogada de los pecadores y la medianera de todas las gracias, lo debe todo a la divina Maternidad. Si María no hubiera sido Madre de Dios, hubiera pasado, con más o menos perfecciones, como cualquier otra hija de Adán.

Pero Dios se asoció a Sí la Santísima Virgen para la gran obra de nuestra redención, eligiéndola para madre del Verbo encarnado, y como desde toda la eternidad Jesucristo y su Madre inmaculada fueron el término de los consejos del Altísimo en el tiempo, y Dios, en su presencia eterna, veía a la vez la creación y la caída del hombre nos deparaba su total remedio en Jesús y María que nos habían de salvar. Así pues al crear a Adán veía ya a Jesús que debía rescatarle con su sangre divina, y al crear a Eva veía también a María que había de reparar la falta de la primera mujer. Misión sublime que tiene la Virgen de Nazaret por haber sido elevada a la altísima dignidad de Madre de Dios.

Por esta divina elección María, aunque pura criatura, podrá ocupar un sitial en el trono del mismo Dios y será respetada y amada por todos los cortesanos del cielo y por la misma Trinidad beatísima que contemplan en ella a su Hija, a su Madre y a su Esposa respectivamente. ¡Ah, jamás se ha visto ni verá otra criatura tan honrada como lo ha sido esta mujer incomparable. Ella sola, después de Jesús, ha merecido las miradas y aclamaciones de todos los siglos; antes de su nacimiento para anunciarnos su venida y su misión salvadora sobre la tierra, en su vida mortal para admirar su belleza y sus virtudes y gracia, y después de su tránsito a la gloria para rendirle los homenajes de Reina y Señora, de Madre de Dios y de los hombres e invocarla en todos nuestros apuros y necesidades de alma y cuerpo.

Por esta divina elección, repetiremos una vez más, donde quiera que se predique a Jesús se recordará también a María, porque la gloria del hijo es también gloria de la madre. Hojead sino los sagrados libros y veréis que apenas se encuentra una página en el santo Evangelio o un pasaje en el divino texto relacionado con la vida de Jesucristo que no aparezca la Virgen inmaculada mediando en la acción de su Hijo santísimo.

Fr. Buenaventura Botella, ofm

(Continuará)

Virtudes selectas

La generosidad

Mueven y persuaden más los ejemplos que las palabras, ha dicho un profundo conocedor del corazón humano. De aquí la conveniencia de añadir un tercer articulejo sobre la virtud que encabeza estas líneas. Haremos desfilar en él, como en cinta cinematográfica, uno que otro de los innumerables personajes que, por su nobleza y generosidad de carácter, campean en historias eclesiásticas y elogios de santos.

Y sea en primer lugar para el inocente Abel, hermano de Caín e hijo de Adán y Eva, quien supo agradar a Dios con su conducta y sus dádivas. Siendo pastor de ovejas, se complacía en ofrecer al Señor las primicias de sus ganados y las grosuras de ellos, para decirlo con frase bíblica. Lo cual efectuaba con corazón óptimo y oblación perfecta, que doblan el valor de nuestras obras. No extrañe, pues, nadie que de este modo atrajera sobre sí las miradas y bendiciones del Altísimo.

En el patriarca Noé, hijo de Lamech y único justo de aquel tiempo, vemos otro ejemplar precioso y tipo perfecto de esta rica y excelente virtud. Creyó él a Dios y le sirvió por toda su larga vida, no obstante ser harto difíciles las ocasiones en que vino a encontrarse. Para ello no pocas veces tuvo que hacer frente a las mofas, irrisiones y escarnios de los hombres de su época, quienes le denostaban con frecuencia e insultaban a cambio del ardoroso celo con que reprendía él sus pecados nefandos, y la libertad con que les anunciaba los divinos castigos. La historia entera de este santo Patriarca, que no murió hasta de 950 años, contiene la relación de las comunicaciones amistosas, íntimas y familiares que siempre existieron entre él y su Dios. Por su fe ardiente y amor generoso se mantuvo constantemente al abrigo de la espantosa corrupción de costumbres entonces reinante sobre la tierra, derivada de la unión carnal de los hijos de Dios con las hijas de los hombres, que provocó las iras del Altísimo sobre toda la humanidad. De su larga vida dedicó cien años, por orden expresa del cielo, a la fabricación del arca de madera, en que después se salvó él con su esposa, sus tres hijos y las esposas de éstos, únicos seres racionales que merecieron entrar en la misma antes de que Dios anegase el mundo y castigase con las aguas del diluvio a los demás hombres. Y lavada y purificada de esta manera la raza humana, sirvió Noé de tronco robusto, sano y vigoroso para la repoblación de la universa tierra, mediante los hijos de sus hijos hasta la postrera y última generación.

Abraham es otra figura atrayente, simpática y generosa de esta virtud. De origen caldeo, nació en la ciudad de Ur, a los 2208 años de la creación del mundo. Adoraba y servía a Dios en todo tiempo y lugar, y se esmeraba en darle gusto y complacerle en su persona y en sus cosas. Le erigía altares en sus viajes de peregrinación cada vez que se paraba a descansar, y le buscaba amigos que con él le adorasen y sirviesen, hasta formar un pueblo que pudiese llamarse todo supo; al cual miró y bendijo Dios para que creciese todavía más, y se hiciese grande a despecho de sus crueles enemigos. Entre otras muchas pruebas a que le sujetó el Señor, descuella por su magnitud y grandeza el sacrificio cruento que le pidió de su hijo Isaac sobre el monte Moria, siendo así que no tenía ni esperaba otro hijo que pudiese heredar de él las bendiciones y promesas que el cielo le había hecho. Esto no obstante, sin titubeos ni demoras de ninguna clase, dispuso con diligencia la leña y el fuego, el altar y la víctima. Levantó después su brazo armado en actitud de descargar el golpe mortal, que hubiera llevado a efecto a no mediar a última hora el imperativo del ángel del Señor, quien le manifestó había aceptado Dios su buena voluntad, y, sustituida la víctima de su hijo por la del cordero allí presente. Isaac, tratándose de esta misma virtud, es digno émulo de la generosidad de su padre. Porque tan pronto como supo que era él la víctima del sacrificio, aceptó sin réplica tal encargo, subió luego al altar, se acomodó sobre la leña recién traída a acuestas, se dijo atar por su propio padre ofreció su cuello gustoso al cuchillo, a fuer de víctima voluntaria.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

San Pascual Bailón

La muerte de un Santo

Era la noche serena y perfumada, primaveral y azul.

Con toda su fragancia levantina, con toda su transparencia de luceros, penetraba por la abierta ventana, y tendía su cendal misterioso por las blancas paredes de la pobre celda.

Sobre un lecho de tablas agonizaba un santo.

Y la noche, leal amiga suya, quería despedirle.

— Te vas ya —le decía con toda su callada armonía de evocación y ensueño— te marchas a los días sin sombras, a orientes sin ocaso; te vas, por fin amada criatura de Dios, amigo mío, hermano!... Me lo han dicho los ángeles, que han trazado una ruta estelada para que asciendas por su senda de plata con tus pies descalzos... Me lo dice la tierra, que comienza a ofrendarte, mansa y entristecida, su nostálgico adiós... Yo también llego a ti para poner mi último beso en el casto marfil de tu frente y para mecer el éxtasis postrero de tu vida.

Fr. Pascual abrió pausadamente los ojos, ya vidriados; posó la mirada en la austera desnudez de su nido, y después la dejó volar libre hacia el maravilloso confín de las estrellas, que avanzaban lentas y dóciles como un gran rebaño. Y luego quedó sumido en profundo y largo éxtasis.

Mañana toda fuego, día de la Pascua radiante del Espíritu Santo.

Las campanas de Vlllarreal tocan a fiesta.

El sol es de oro. La huerta es un jardín. El pequeño convento es un Cenáculo.

Los frailes se aperciben para el solemne oficio y, antes de comenzar el coro, desfilan tristes, emocionados, por el aposentillo del Hermano santo que se va de entre ellos.

Para todos tiene el moribundo una dulce mirada de sus ojos zarcos, una frase consoladora de sus labios de miel, un suave movimiento de despedida de sus manos exangües.

Y hay lágrimas, apenas contenidas, y hay duelo intenso por la separación irremediable.

Fray Pascual se entristece también al sentirse sacado de entre las ovejillas de Dios, mas la idea de que va a ser muy pronto incorporado a la grey jubilosa de los lucientes campos eternales, infunde consolación en sus entrañas.

Cuando la celda ha quedado de nuevo en su sosiego, Fray Pascual interroga al que le asiste:

—¿Ha empezado ya la Misa Mayor?

—No es hora todavía.

Fray Pascual, tendido sobre el lecho y vestido con su pobre sayal ceniciento, cruza los brazos en ademán de paz, y espera, y ora.

Breves momentos después el Hermano enfermero le dice:

— Ya tocan a la Misa conventual.

Fray Pascual eleva la mirada y las manos, y exclama:

—Anda, alma mía, pobrecilla ovejuela de Dios, corre, sal... ¿por qué temes?.. Vas marcada con la cruz de la Pasión, y las puertas del redil están abiertas... Entra en la Pascua eterna...

Poco a poco el acento se apaga y las manos se cruzan sobre el pecho. Sólo los ojos permanecen abiertos y radiantes, recreados acaso por celestes visiones.

De nuevo hiende el aire el son de la campana.

Es la señal de alzar. Es la hora de partir.

Fray Pascual, suavemente, suspira: —¡Jesús!...

Y deslumbrado, atónito, entra en el gozo de su Señor.

J. L. B.

Aromas de virtud

La Madre Francisca de la Concepción, Reformadora y Superiora General de las Religiosas Terciarias Franciscanas, murió santamente en la Casa Noviciado de Moncada, el 2fi de abril de 1903.

Sus hijas las Religiosas Terciarias, ansiosas de recordar y difundir la santa memoria de la que fue su Madre General, han publicado estos días, una hoja con los datos generales de su prodigiosa vida, y con unas plegarias, en las que se piden al Señor milagros por intercesión de su venerada Madre. Con el fin de completar y ampliar su biografía, se están recogiendo todos los datos particulares que se conozcan, de las religiosas y de otras personas que la trataron. Y para ello, la Madre, Sor Ángeles de la Esperanza, Superiora del Asilo de Torrente, nos remite la siguiente carta, que publicamos con mucho gusto.

Rvda. Madre Francisca: Meditando delante de vuestro retrato brotaron dulces lágrimas de mis ojos y pensé: ¿A quién debo mi salvación? Al instante me respondí: a la Madre Francisca que me llamó a la religión como los Reyes Magos fueron llamados al nacimiento de Jesús.

La Rvda. Madre, sin conocerme envió una estampita, y al recibirla en mis manos sentí una impresión desconocida hasta entonces y a su impulso, trocase mi corazón en flechas de amor Seráfico y volé a la casa del Señor.

¡Qué años tan felices pasé al lado de mi Rvda. Madre Francisca! Todo cuanto me mandaba me parecía delicioso. Era tanta su humildad y prudencia, que las cosas más pesadas, mandadas por ella, por penosas que fuesen, me parecían ligeras y gratas.

¿Qué diré de la primera fundación que se hizo en Lagunilla, Provincia de Salamanca y perteneciente al Obispado de Coria? Nos acompañó hasta la puerta de nuestra casa como una cariñosa Madre verdadera y nos despidió con estas palabras: Adiós, hijas mías; sean fervientes y celosas hijas de N. P. San Francisco; hagan mucho bien al prójimo que Dios les ayudará.

Estas palabras aunque han pasado muchos años desde que las oí, aún resuenan en mis oídos y en mi corazón.

Yo gusanillo de la tierra, ¿qué te diré mi Dios y mi Señor, para manifestarte mi inmensa gratitud por haberme llamado a los atrios de tu Casa, por medio de tu virtuosa y escogida Sierva Madre Francisca de Asís?

Te diré desde el fondo de mi alma: ¡Jesús-Eucaristía, fuente de dulzura, Padre de misericordia! Hiéreme con los dardos de tu suavísimo amor; convierte a tu esclava en abrasado átomo, perdido en el incendio de tu divino Corazón... Sor Ángeles de la Esperanza

A la memoria del P. Ángel Puchades
en el primer aniversario de su muerte

Tembló del poeta, dolorida la pluma,
lanzó su quejido la funeral campana,
se rasgó de los cielos la blanquecina bruma
y lució en el planeta sonrosada mañana.

Un alma viajera de este suelo
en rauda marcha hacia el Edén volaba
y en la alba estela de su eterno vuelo
penitencia y virtudes elevaba
para ofrecerlas ante el Dios del Cielo.

Una flor de fragante y pura esencia
Dios, a su ángel, le mandó, trasplantarla
y el ángel del Señor marchó a buscarla
al jardín Franciscano de Valencia.

En el jardín el ángel contempló
una rosa, muy bella, entre las bellas:
presuroso el mensajero la cortó,
le tuvieron envidia todas ellas
y al eterno Jardín la trasplantó

* * *

Esa ha sido la pena tan sentida
que de abril trajo la inflexible suerte
por quien tiembla mi pluma dolorida
cuando recuerda su dichosa muerte.

Vicente Ferrer

Cultura religiosa

Cualidades de la fe

Vimos en nuestro último artículo lo que son los motivos de credibilidad de nuestra fe, y cómo tenemos todos obligación de estudiarlos y conocerlos, especialmente vosotros, los jóvenes que os halláis rodeados de tantos y tan fuertes enemigos, que intentan arrebataros el don inapreciable de esta virtud fundamental.

Veamos ahora cuáles son las cualidades que han de adornar nuestra fe.

Y la primera es, que ha de ser sobrenatural; es decir, que nuestra fe se ha de apoyar en la autoridad y veracidad divinas. Pues Dios que esencialmente es veraz e infalible, se dignó revelar al hombre algunas verdades, que éste no conocía, ni hubiese podido conocer jamás, con sola su razón y luz natural. Y apoyado el hombre en la veracidad e infalibilidad divinas, cree las verdades que Dios le revela y enseña. Esta es la razón fundamental de nuestra fe; éste es el mayor homenaje que rinde nuestra razón a la sabiduría y autoridad divinas.

De modo que nosotros creemos, porque Dios que es la sabiduría infinita, nos ha hablado; sabemos ciertamente que Dios nos ha hablado, porque la razón nos lo demuestra, con pruebas y argumentos tan claros y convincentes, que no dejan lugar a duda; y conocemos el sentido de la palabra de Dios, porque la Iglesia Católica, que es Maestra infalible, nos lo explica y declara. ¿Se quieren aún mayores motivos para creer todas las verdades que Dios ha revelado?

De aquí se deduce otra cualidad que ha de acompañar nuestra fe, y es su firmeza. Es decir, que en la fe que prestamos a Dios no ha de haber ninguna «duda», ni «vacilación» voluntaria, porque esto incluirá una grave ofensa e injuria contra la sabiduría divina. Pues si creemos realmente que Dios es sapientísimo y veraz, incapaz de «engañarse» ni «engañarnos», no hemos de admitir a sabiendas ninguna duda en lo que dice y enseña.

Por tanto, ha de ser tal nuestra fe, que hemos de creer «firmemente» que las verdades reveladas de nuestra Religión, son más «ciertas» e «infalibles», que todas las demás que sólo conocemos por la luz de la razón, y aun más que las que vemos con nuestros propios ojos.

Consecuencia de todo esto es, que de tal manera ha de estar «arraigada» la fe divina en nuestras almas, que no vacile nunca, ni por las razones y argumentos que se opongan contra ella, ni por las amenazas de tormentos y persecuciones, ni aun en presencia de la misma muerte.

Así es como creyeron nuestros mártires, que sellaron con su sangre las verdades de nuestra fe: así es como creen actualmente los verdaderos católicos de Méjico, en la cruel persecución que están sufriendo: pues prefieren perder sus bienes, su familia y su hogar, antes que perder la fe que recibieron en el santo Bautismo.

Y así es como hemos de creer también todos nosotros, si nos preciamos de ser hijos fieles y legítimos de la Iglesia Católica, nuestra Madre.

Continuaremos explicando las cualidades de la fe.

Fr. Juan B. Botet, ofm

Un franciscano hispanófilo en Alemania

P. Dr. Beda Kleiuschmidt

P. BedaEl nombre del P. Beda Kleiuschmidt no hay alemán que no conozca. Sus monumentales obras sobre historia del arte le han dado fama universal, y ellas por si solas nos darían suficiente motivo para ocuparnos de esta gloria franciscana. A este su renombre se une la simpatía con que por su llaneza es mirado por todos. Para él constituye un deber primero el explicar los domingos el Evangelio al pueblo, y no obsta a ello, ni su edad, ni sus estudios, ni los altos cargos que en la provincia ha ocupado. Mas no son estos méritos los que me mueven a ocuparme del P. Beda, sino su amor a España, y su obra patriótica a favor de nuestra nación.

Mucho tiempo había deseado este docto franciscano visitar nuestro país, y por último sus esperanzas se vieron cumplidas. El Estado alemán le pensionó un viaje a la península Ibérica en el año 1926, viaje que continuó pensionado de nuevo, en el siguiente de 1927. Sus impresiones por las tierras españolas no podían ser más gratas, y así durante sus viajes aparecieron en los periódicos alemanes frecuentemente artículos escritos bajo las impresiones de momento. En uno de ellos describe las fiestas que el año pasado se celebraron en Villarreal en honor de S. Pascual, a las que él asistió. Una vez en su patria, la labor del P. Beda a favor del pueblo español se ha mostrado en un gran número de conferencias que sobre nuestro arte y cultura ha dirigido en centros docentes de importantes ciudades alemanas, como Hamburgo, Dortuumd, Kiel, Hannover, Bergslsorst y otras.

En ellas ha dado a conocer a Lope de Vega oculto bajo la importancia de Calderón de la Barca, y a nuestros maestros en la escultura casi desconocidos también en Alemania; y de manera insuperable ha hablado sobre la literatura, mística y pintura de España. Algunas de sus frases copiaría; pero me vería precisado a alargarme, y las columnas de esta revista necesitan brevedad. A fines del año pasado publicó un librito que tiluló Mis viajes por España que cierto alemán ha calificado de: una grande alabanza de España. En él habla principalmente de la actividad de los franciscanos en nuestra nación.

151_00Ahora tiene preparado una obra voluminosa de título semejante, cuyas páginas, aunque no han visto todavía la luz pública, he podido ya saborear. Muchas cosas son dignas en ellas de notar; pero tan solo me fijaré en el amor y cariño para nuestro pueblo con que su autor escribe. En la introducción de su obra dice: «Mis estudios sobre historia del arte me han llevado repetidas veces por casi todos los países de Europa, y nunca se me ocurrió apuntar mis impresiones en un par de renglones. Mas en mis viajes por España fueron tantas y tan fuertes las impresiones desde el principio hasta el fin, que espontáneamente, debí tomar la pluma, y dar desahogo a mi espíritu en un buen número de artículos que envié a la prenda alemana».

Y al comenzar sus relatos sobre nuestras tierras menciona la frase de Pfandl: «Sobre España solo se puede escribir o con amor o con odio», y añade: «también yo escribo con amor». Y ¿cómo no, si he convivido por espacio de seis meses con los españoles, y me he sentado a su mesa de ellos, no sólo en los conventos de mi orden, sino también en casas extrañas..? Mas prescindamos de esto. Es el candor, la sobriedad, el catolicismo de los españoles lo que me ha hecho simpático su pueblo. No puedo negar que España, como toda otra nación, tiene sus particularidades; pero también digo, que solos ojos envidiosos pueden formar de ellas una cadena de acusaciones».

La verdad de estas palabras que tan suaves suenan para los hijos de la noble Iberia, salta en todas las páginas de la obra. A cada paso se leen frases como estas: la amigable hospitalidad, la benevolencia, la natural cordialidad de los españoles; y el P. Beda aprovecha todas las ocasiones en que puede mostrar la simpatía que en España se siente por Alemania; ¿qué mejor medio para cobrar simpatías por nuestra nación entre los alemanes? Llevado de su cariño hacia España, recuerda el P. Beda los hechos gloriosos de nuestro pueblo cuando se le ofrece ocasión, como en Zaragoza a Agustina, y finalmente hace comunes sus sentimientos con los nuestros, pues como dice él, las glorias de España, como la nación católica, son glorias de todo el mundo católico. Y así después de hablar sobre el estado religioso del pueblo español, escribe: «Y nosotros podemos alegrarnos, puesto que después de una visible decadencia, ha entrado España, tanto en lo eclesiástico como en lo económico y político, en un período de auge».

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Nota. La imagen es un pequeño monumento en recuerdo del P. Beda fabricado con unas piedras procedentes de un antiguo templo barroco que él encontró. La explicación en alemán dice:

Dr. Beda Kleinschmidt fand diesen Bildstock am Bergabhang zertrümmert vor. Er trägt alle Kennzeichen barocker Kunst. Die Inschrift im Mittelstück mag heißen: "Gelobt sei Jesus Christus. Preist und helft ihn loben in Ewigkeit. Anno 1772.

Que Google traduce como puede:

Dr. Beda Kleinschmidt encontró (estas piedras procedentes de) un templo destrozado que estaba en la colina de enfrente. Tiene todas las características del arte barroco. La inscripción en la sección central puede ser: "Alabado sea Jesús. Alabanza y ayudarle a alabar en la eternidad. Año 1772.

Perlas del cielo

La escalera blanca

El resplandor de la luna y el brillo de las estrellas acababan de ocultarse por la región de la Umbría tras el tupido velo de una oscura neblina. La noche era silenciosa, como presa de misteriosos presagios, y solo débiles gemidos y suspiros prolongados solían escucharse de vez en cuando en el fondo de una cabaña del monte; un frailecillo santo oraba en ella, ¡algo maravilloso había visto en su oración. Era el santo Fray León, la ovejilla de Dios, como le llamaba san Francisco. Extraños resplandores se veían aparecer por el monte que envolvían la cabaña, y bajaban del cielo y volvían a subir unos brillos como llamaradas de fuego; todo ello obedecía a la visión maravillosa en que estaba sumergida el alma del piadoso Fray León.

Había escuchado primero los sones estridentes de una misteriosa trompeta, y al conjuro de estos sones se iban congregando en una dilatada campiña una multitud de gentes de toda clase y condición; y al santo fraile le parecía ver en ello el anuncio y el comienzo del juicio final. Pero en esto vio a una multitud de ángeles ocupados en construir dos grandiosas escaleras, que terminadas llegaban desde el cielo a la tierra. Una de ellas era encarnada, como de oro encendido, y al final de ella se puso Cristo Jesús para recibir a todos aquellos que por esa escalera quisieran subir al cielo. La otra escalera era blanca como el campo de la nieve, y al extremo superior esperaba la Inmaculada Virgen María. Junto a la escalera encarnada estaba san Francisco de Asís con sus hijos alentando a los hombres a buscar a Jesús y a subir por la escalera de la salvación. Comenzaron a subir; pero veía el santo con sorpresa que los que subían iban cayendo unos del tercer escalón, otros del cuarto, otros del décimo y eran poquísimos los que podían llegar a la cima.

Entonces se acercó san Francisco a la escalera blanca y al ver a su extremo superior a la Virgen Inmaculada que con rostro risueño le invitaba a subir, comenzó a dar voces a sus hijos para que se llegaran a la escalera blanca y subieran por ella. Comenzaron a subir, y la Virgen Santísima les alentaba a todos; y si alguno resbalaba, le tendía la mano para sostenerle; y así fueron subiendo todos, y en llegando al último extremo, la Virgen los abrazaba y los introducía en el cielo.

Y le fue dicho a Fray León que para alcanzar la gloria era necesaria la protección de la Virgen, y era preciso subir por la escalera blanca, cuyas gradas más seguras eran las prácticas de la devoción ferviente a la Virgen Inmaculada.

Fr. Manuel Balaguer, ofm