Ni una misa
¡Con qué esfuerzo consiguió dominar la tristeza y contener las lágrimas!
Cogió el retrato de la madre, lo besó una y cien veces, lo estrechó contra su corazón para que le diera el calor que le faltaba. Tendió la vista a su alrededor; todo recordaba a su madre, todo le hablaba de ella: el pajarillo, los crisantemos que con tanto cariño cuidaba..., todo lo que antes era alegría, tenía para la niña un dejo de tristeza.
De nuevo tuvo que sobreponerse a sí misma para que no se desbordara el torrente de lágrimas que arrasaban sus ojos. No quería llorar y sí era preciso estar alegre y hasta reír.
Con mayor esmero se dedicó a sus ocupaciones, cuidando que no faltara el menor detalle, esperando la llegada de su padre.
El obrero acarició a la niña, y con rudo cariño le preguntaba fijando sus ojos en los de su hija:—¿También hoy has llorado?—No, padre, no; ¿no ves que estoy alegre?
—No llores, hija mía, que tus lágrimas me recuerdan más la falta de tu madre —dijo, enjugándose con su mano callosa una lágrima que resbalaba por su mejilla.—Hoy hace tres meses que murió,—suspiró la niña. Y cogiéndose al cuello de su padre, continuó:—Pero no te pongas triste, ¿ves cómo voy aprendiendo a guisar y cuidar de la casa? Pues ya verás, ya verás luego qué bien lo hago. Y quererte, ya ahora te quiero mucho, ¡muchísimo!
Y aprovechando la emoción de su padre le dijo con dulzura:—¿Te acuerdas que mañana son Todos los Santos y pasado mañana las Animas?
—¿Qué quieres, que vayamos al cementerio y llevemos un ramo de flores?
La niña movió la cabeza negativamente.
—¿Pues entonces?
—Quisiera que dijeran una misa por mi madre.
— ¡Una misa! ¿y para qué le serviría?
—Para su alma.
—Si con una misa pudiera volver a tu madre, no una, sino ciento.
—Pero si con ella va madre al cielo...
Y con la sonrisa de escéptico, atajó a su hija, diciéndole:—Hay muchos gastos, niña; otro año será.
El semblante de la niña se cubrió de tristeza y rompió a llorar amargamente, cuando estuvo sola.
—¡Que hay muchos gastos!—iba murmurando y sollozando.
Y la pequeña ama de casa consideraba el ahorro que se obtendría suprimiendo los libros, novelas y periódicos inútiles que tantas lágrimas costaron a su madre.
—Ni una misa—gimió—Ya te la oiré, madre, pero...
¡Ni una misa!
El día de ánimas
—¿De dónde vienes, niña?—preguntó el obrero en tono de reproche.—Hace más de una hora que te espero, y para distraerme, he ido a regar los crisantemos y no tienen una flor, ¿has ido a llevarle un ramo a tu madre?—¡Para qué le serviría!—dijo la niña con intención.
—Pues entonces, ¿qué has hecho de ellos?—Los he vendido—repuso la niña temerosa.
—¿Te falta algo?—interrogó contrariado el padre.—¿Para qué quieres el dinero?
—¡Para una misa por mi madre!—exclamó abrazando al padre, que entre los bucles de su hija ocultaba sus lágrimas.
El Águila.
Aromas antonianos
El milagro del monaguillo
No habéis contemplado en las catedrales, en las parroquias, en las pequeñas iglesias, la bella y picaresca figura del monaguillo? Sin él la vida del altar es un poco adusta, y la acción resulta sobradamente severa si la presencia del monaguillo no la suaviza con su aire de candor y de ternura, con su inquieto movimiento, con su vocecilla bien timbrada y con el tinte encarnado y blanco de su sotanilla y sobrepelliz que le dan un encanto singular a su simpática figurilla.
La presencia de los niños en el altar es el complemento de la belleza litúrgica, y son ellos tan necesarios allí como las luces, como las flores, como las dulces armonías del canto, que dan al culto sagrado mayor realce, vapor belleza y más encanto y atracción, pues si esto nos recuerda los encantos de la naturaleza que ha prodigado el poder de Dios, la presencia del monaguillo añade allí todos los atractivos y todas las bellezas de la vida humana, que son los niños, los que constantemente recuerdan al hombre la idea de que nació para la dicha, para ser feliz, porque la única felicidad que quedó desperdigada por el mundo la recogen y conservan los niños, mientras guardan su inocencia y su candor; y aquí están en el mundo para mostrar que fue el hombre lo más bello y lo más perfecto que salió de las manos del Creador, pues siguen siendo los niños indudablemente lo más hermoso de la creación.
El niño es el conjunto de todo lo bello, porque él tiene en su ser algo de flor, de ave, de mariposa y de estrella, y todos convienen que entre las bellezas de la creación figuran en primera línea las flores con sus variados matices; las aves que alegran el bosque con sus melodiosos gorjeos; las mariposas que encantan la vista con sus espléndidos cambiantes de luz; y las estrellas, que brillan deslumbradoras en noche serena, sobre el azul del cielo. Pero no ¿es más hermoso que todo eso las gracias y los encantos de la niñez? ¿Qué rosa puede igualar con sus colores el encendido carmín de las mejillas de un niño, cuando las colorea la salud, o qué lirio y azucena pueden competir con los candores de una niña inocente? ¿Qué gorjeó hay más melodioso que la expansiva alegría y la revuelta algarada de los niños? ¿Qué mariposa puede igualar sus preciosos movimientos, ni qué estrella brilla tanto como los ojos de un niño cuando recibe las caricias de su madre? ¿No son acaso los niños el emblema de la gloria?
Los pintores cristianos no han encontrado mejor manera de representar la gloria que con aladas y sonrientes cabecitas de niños destacándose entre nubes y formando la corte de las vírgenes que se elevan a la morada del Señor. El paganismo simboliza en un niño gentil y gracioso el más sublime de los sentimientos, el amor, y nada sintetiza mejor la inocencia que el ser encantador qué no ha salido de los risueños dominios de la infancia. ¿Cómo, pues, podía prescindir del niño la mejor de las madres, la Iglesia, en los actos más expresivos de la gratitud a Dios y en la ostentación más sublime del amor como se muestra en los actos del culto divino? Por eso están los niños en el altar, y en todas las solemnidades de la liturgia tiene su papel más atractivo la simpática figurilla del acólito, del monaguillo con su picaresca inocencia y con sus modalidades de gravedad imitativa que se les queda con el roce continuo de los graves canónigos o de los curas tan respetables de las aldeas.
A esta sociedad o clase tan encantadora de las iglesias perteneció también en su tiempo, nuestro Santo, el glorioso San Antonio. Con su sotanilla encarnada y su blanco sobrepelliz llenó de divinos encantos la catedral de Lisboa, donde brillaba radiante de gracia y de inocencia el encantador monaguillo prevenido de las bendiciones del cielo y dotado de naturaleza viva, de inteligencia precoz y de imaginación ardiente.
Por aquellos tiempos abrían las iglesias y monasterios escuelas, a donde las familias más ilustres enviaban a sus hijos con preferencia a todas las demás. La Catedral de Lisboa poseía una de estas
aulas, en donde los clérigos jóvenes crecían al mismo tiempo en virtud y en ciencia.
Condescendiendo los padres de San Antonio a las santas inclinaciones del niño, a la edad de diez años le pusieron entre los acólitos de la Catedral, donde vivió en hábito eclesiástico durante cinco años, siendo la admiración de sus maestros por la docilidad, fervor y rapidez en sus adelantos, y considerándose feliz el niño de poder mezclar su voz fresca y pura entre las de sus condiscípulos y las de los clérigos en las alabanzas de Dios, y más feliz aún por poder servir al sacerdote en el sacrificio augusto de nuestros altares.
En este tiempo tuvo lugar el primer milagro que nos refiere su vida.
Un día estaba el santo monaguillo arrodillado en las gradas del altar, absorto y fijos sus ojos en el tabernáculo como otro querubín que competía con los que hay allí del cielo en perpetua adoración ante el Dios tres veces santo. De repente se le aparece el ángel de las tinieblas amenazador y horrible para desviarle de los caminos de santidad y atemorizarle así para que dejara la oración. Asustado el piadoso acólito, piensa en el poder grande de la santa Cruz para ahuyentar al demonio, y al momento traza con sus dedos el signo de la Cruz sobre el duro mármol de las gradas, y el mármol se ablanda al punto bajo la presión de aquel dedo puro y delicado, quedando allí grabada la santa Cruz, que como un rayo expulsó al perverso tentador. Todavía está allí visible esta milagrosa Cruz, que besan con reverencia los peregrinos en memoria de aquel primer milagro del santo monaguillo, cuyas maravillas y milagros habían de llenar toda la tierra.
En memoria del santo niño que tanto honró la clase monaguil se ha conservado mucho tiempo en la Catedral de Lisboa la imagen de San Antonio como niño vestido de sotanilla encarnada y blanco sobrepelliz, al que honraban los acólitos con una fiesta anual a su digno compañero en el altar y en recuerdo del milagro del monaguillo.
La Peregrinación Mariano-Antoniana al Pilar de Zaragoza - Lourdes y Merced de Barcelona
Lo que en algunos constituyó un bello sueño acariciado durante dos años, en otros llenos de escepticismo un imposible y en algunos agoreros llenos de exclusivismos injustificados una utopía irrealizable, ha tenido una magnífica realidad consoladora digna de la pujanza arrolladora y del entusiasmo más ferviente de los Antonianos de Valencia, cobijados bajo la bandera blanca-azul izada sobre asta de plata en la iglesia de San Lorenzo de los Padres Franciscanos de esta ciudad.
Los Antonianos de Valencia con el fervor de Dios, alentados de su Inmaculada Madre y guiados por su esclarecido Patrono el Santo Taumaturgo de Padua, han posado sus labios y estampado ardientes besos en el Pilar sagrado; han regado con sus lágrimas la bendita Gruta de Maisabelle que santificó con sus apariciones la Santísima Virgen a Bernardeta de Sonbirons y se han postrado ante la Reina de la Merced en su regio trono de la sin igual Barcelona.
Como toda obra buena tuvo sus adversarios, sus detractores más o menos encubiertos y sobre todo abundaron los derrotistas, pero la protección divina que nunca falta cuando se busca el bien no falló y confortó a la Junta organizadora a seguir en su empeño hasta conseguir el éxito más rotundo e insuperado, desde todos los puntos de vista, y la mejor y más rotunda prueba de esta afirmación nuestra nos la dieron los mismos peregrinos durante el viaje de regreso instándonos asidua y constantemente a que en el año próximo organicemos otra Peregrinación y ante tan cariñoso entusiasmo así se acordó; por consiguiente en la segunda quincena de septiembre del año venidero los antonianos valencianos volveremos, Dios mediante, a ver los murmullos arrolladores de las cristalinas aguas del caudaloso Cave en las que refleja como en límpido cristal la imagen bellísima, blanca como su pureza de la celestial Señora, que se le apareció a la angelical Bernardeta y mirando dulcemente a España exclamó en nuestra lengua «Yo soy, era la Inmaculada Concepción».
Pero no adelantemos los acontecimientos pues tiempo habrá para ello.
Escritas las anteriores líneas a guisa de prólogo vamos a entrar en la relación minuciosa y detallada del encantador viaje; pero como pretendemos quede como monumento perenne de nuestros amores marianos en las columnas de esta nuestra amada Revista que con tanto cariño fundamos y tanto afán cuidamos en su infancia, en sucesivos números iremos relatando lo mucho y bueno que hay que contar ya que los estrechos límites dé esta publicación no nos permiten hacerlo de una vez.
Que Dios bendiga nuestra labor para honor y gloría de su Madre Santísima la Virgen Inmaculada; sirva nuestro trabajo de venturoso recuerdo para los que tuvimos la dicha de formar parte en la Peregrinación y de acicate para que se aumente y preparen a gozar de tanta dicha en el próximo año.
El Peregrino.
(Continuará).
Un día en el Purgatorio
Refiere San Antonino que un enfermo, atormentado por crueles dolores, pidió a Dios que le librase de tan aguda enfermedad.
Se le apareció un ángel y le dijo en nombre de Dios, que escogiese entre continuar sufriendo un año con aquellos dolores o pasar un sólo día en el Purgatorio.
El enfermo prefirió pasar un día en el Purgatorio, y murió.
Poco tiempo después de haber expirado, se le apareció el mismo ángel, para consolarle en medio de los tormentos que sufría en el Purgatorio.
Y el alma de aquel que había estado enfermo, se quejó amargamente al ángel diciéndole: ¡Me has engañado, me has engañado! Me dijiste que no estaría en el Purgatorio más que un sólo día. y he aquí que estoy más de veinte años sufriendo e s horribles penas.
Entonces el ángel le replicó: Estás muy equivocado: no hace más que unos minutos que te hallas aquí. Tanto es así que tu cadáver todavía está caliente sobre el lecho de muerte.
Y aquella alma pidió a Dios, por medio del ángel, que le concediese volver a la vida en este mundo, pues prefería padecer por muchos años su pasada enfermedad, que continuar un sólo minuto en aquellas llamas.
Dios le concedió lo que pedía. Y añade San Antonino que fue aquel enfermo un modelo de paciencia, y a todos excitaba a sufrir y padecer en este mundo, antes que hacerse merecedores de las penas horribles del Purgatorio.
Misiones Franciscanas
"Nos considera como ladrones"
Terminada la Cuaresma de 1904, en la Parroquia de Chupaca, quedé completamente afónico por el excesivo trabajo del púlpito y confesonario. Toques de yodo, de nitrato de plata, gargarismos, cataplasmas, jarabes, pastillas, aplicaciones hidroterápicas, sinapismos, etc. etc., aplicó la ciencia médica a mi garganta sin resultado práctico, sin obtener el efecto deseado. Se pensó des pues en el cambio de clima, creyendo, que con el calor y descanso en el valle de Chanchamapo, cedería aquella pertinaz afonía. Mas antes de emprender el viaje, pareció conveniente al Superior fuese a Apacucho, (clima cálido-seco), a reemplazar al Padre Agustín Sans.
El mes de junio, mes de heladas y frío intenso en la Sierra, no era la mejor estación del año para hacer un viaje de 60 leguas a caballo, por caminos escabrosos y accidentados, trasmontando cumbres nevadas, descendiendo a valles profundos de calor asfixiante, debiendo dormir algunas veces, a la intemperie, dada la clase de enfermedad que padecía. Hube de resignarme, no obstante, aceptar lo propuesto por el Superior.
Hechos los preparativos del viaje, abandonamos el histórico convento de Ocopa a primeros del mes y año indicados arriba. Formábamos aquella expedición el P. Francisco Mendizabal, un arriero y el que escribe. Ninguno de los tres conocía el camino; era la primera vez que viajábamos por los departamentos de Huancavelica y Apacucho. El rumbo general de nuestro viaje era hacia el Sur. La primera jornada a través del valle de Jauja, no ofrecía dificultad alguna hasta Haancayo, donde pasamos la noche en casa demuestro Síndico, el presbítero don José del Carmen Maravi. Fuimos al día siguiente a Acostambo, trasmontando la cumbre de Marcavalle, y dormimos en el local del Apuntamiento, sin comodidad de ninguna clase. Después de celebrar y tomar el desayuno, el tercer día de nuestro viaje, descendimos hasta Iscuchaca, (puente de piedra), donde el sol tropical quema materialmente, y pasando el río Mantaro por un puente de hamaca, empezamos a subir y llegamos tan sólo a unas chozas desmanteladas de la hacienda de Conchan, donde por falta de agua no pudimos tomar café, ni cocinar aquella noche, ni preparar desayuno, el cuarto día de nuestro viaje.
Apenas amaneció abandonamos aquel paraje, donde no pudimos comer nada de caliente, ni dormir, y empezamos a subir de nuevo la cuesta de Conchan, y al mediodía después de pasar la cumbre nevada de Alto Pongo, y dejar el laberinto de sus atolladeros, al empezar la bajada, tomamos un poco de fiambre y una taza de café, porque el frío era intenso. Continuamos el viaje preguntando a los transeúntes por la distancia del pueblo de Paucará, donde habíamos de pasar la noche. Mas las bestias estaban cansadas, apenas habían comido durante el día, y por más que les aplicamos las espuelas no avanzaban. El sol iba desapareciendo del horizonte, tiñendo las nubes de grana y oro, y la noche empezaba a extender su negro manto. A lo lejos se veían unas chozas de pastores entre rocas; las siluetas de éstas, y la luz del fuego, formaban una especie de espejismo, remedando una gran ciudad amurallada, con sus torres, palacios, campanarios e iglesias...
Solos, extraviados en aquellas punas, envueltos en la oscuridad, sin conocer el camino, sin tener a quien preguntar, pasamos unos momentos de angustia y desorientación. Oímos silbar a un indio detrás de nosotros, y le pregunté en quechua por el pueblo y me contestó: «Ahí no más está» (Chayllapi). Le supliqué nos acompañara y respondió afirmativamente; pero sin darnos cuenta desapareció en la oscuridad. Esto nos afligió mucho, temiendo que unido a otros, nos robasen las bestias por la noche. A través de las tinieblas, pude distinguir la silueta de una casa y dije a mi compañero: «Pese a quien pese, aquí hemos de quedarnos. No es prudente andar a oscuras y sin conocer». Nos apeamos, entramos en el zaguán, llamamos y sin abrir respondió una mujer desde el interior. Pedimos alojamiento por el amor de Dios, pero la mujer se negaba por no estar su marido, alegando que en días anteriores habían robado en la vecindad. Le decíamos que éramos padres de Ocopa, le enseñábamos el crucifijo, el breviario, el hábito, mas todo era inútil. Por fin, le dije: abras o no abras, de aquí no salimos, aquí en el corredor pasaremos la noche, tan sólo te pedimos un poco de paja para nuestras bestias. El arriero descargó las bestias, desensilló los caballos y nosotros, nos ocupamos en preparar la comida y camas en el corredor, casi a la intemperie. Cuando la india vio nuestra actitud, abrió, echó un poco de paja a las bestias, le regalamos panes de Ocopa y entró en la casa cerrando la puerta tras sí. La noche fue horrible por el frío, al extremo de tener que tomar un quemado a eso de las dos de la madrugada.
Al siguiente día, al ajustar las cuentas por la paja, viendo la cantidad excesiva que nos pedía la india, le dije: «Anoche nos consideraste como a ladrones, pero la ladrona eres tú, que quieres robarnos ahora por un poco de paja». Jam, jam, sua canqui. Así son los indios, rapaces, desconfiados, insensibles.
Ex-Mis¡onero del Ucayali
—