A los lectores de «La Acción Antoniana»
No sé por qué me he despertado hoy listo, avispado y sin rezongar. El corazón me daba que algo bueno me había de acontecer hoy. Y así fue.
Es la hora del cartero. Desde que llegué a estas vastas tierras argentinas que hice paces espirituales con él. Antes me atormentaba su visita alguna vez. Y como mis afecciones familiares las tenía a corta distancia, preferí siempre sus visitas a sus cartas. ¡Hoy!... En fin, ¿por qué agrandar la pena con el recuerdo?...
Y hoy al cartero, ¡que me va siendo ya el hombre más simpático del mundo, me ha traído un sobre grande, colorado, que, en su transparencia, me daba a ver la conocida portada de La Acción Antoniana.
¡La Acción Antoniana!... Pero, en fin, ¿por qué recordar cosas que me dan pena? Lo interesante es que vuelve a publicarse otra vez. ¡La creí muerta para siempre!... Yo fu¡su último padre, su postrer director. Cuando el Salvajismo (¡así, con mayúscula!) llegó hasta la tranquilidad laboriosa de m¡convento de San Lorenzo, yo me hallaba aquella tarde y noche famosas en el ajetreo del número de Mayo y el próximo extraordinario de San Antonio en ocasión del Séptimo Centenario de la muerte del Santo. Ya no me fue posible hacer nada. Recogí con cariño los originales, los puse en un sobre abultado y los guardé en un cajón de libros y cosas que se fue ¡no sé a dónde! Ya no he sabido más de ellos.
Luego, más tarde. Ya todo el mundo sabe lo que me pasó.
Del púlpito de Morella pasé a la custodia de una pareja de la Guardia Civil y con ellos al Gobierno Civil de Castellón.
Todo iba de mal en peor. Pocos días después, se me echó un anzuelo, y me cazaron para la Argentina. También a m¡compañero de redacción, infatigable e inteligente, al P. José Antonio Arnau, lo cazaron para California. Y, sin pretenderlo, quedó La Acción Antoniana huérfana. Su publicación nos pareció imposible. Pero salvadas graves dificultades, hoy me rebosa el alma de consuelo, al verla ¡resucitada! volver a mis manos, mejor o igualmente vistosa que antes y tan interesante como siempre, llevando consigo el perfume de los aromas de m¡Levante y la hermosura de m¡Valencia prendida en sus alas. ¡Bien venida seas, Acción Antoniana! En ella puse un beso, por el que quería escaparse toda el alma, y la llevé amorosamente al corazón, a donde se guardan las cosas más queridas.
Y nada más. Desde aquí continuaré siendo lo que siempre fui. Un colaborador constante, un padre más de la criaturilla. Las aguas del Plata, las mil inquietudes de la populosa urbe de Buenos Aires, el silencio de la Pampa, el alma salvaje de los bosques americanos, los jardines del Tucumán, el cantar del indomable gaucho potrero, el espíritu quedo de las encumbradas e infranqueables cimas de los Andes, los trinos de las aves raras sobre la esbeltez de las palmeras y el canto quejumbroso del kukug llorando amores misteriosos sobre la elevada caña de los maizales, las sendas estrechas y perdidas del Chaco que se internan en las selvas donde moran en comunidad salvaje hombres y fieras ajenos a los problemas de la pobre Humanidad, abandonada por el divino Hacedor a sí misma para que en su orgullo impotente aprenda la humildad del corazón, las huellas del misionero que quiero seguir paso a paso para reconstruirla, únicas huellas que todavía el tiempo no borró de estas Pampas y de aquellas selvas, todo esto: cantos, rutas, sendas, inquietudes, rumores, vida y alma de una tierra vasta y grande quiero que se reflejen en nuestra Acción Antoniana, unas veces en verso y otras en prosa, como m¡alma quiera y el corazón me dé...
En esta forma, me figuraré estar entre los míos, que son todos los hijos buenos de m¡España y de m¡Valencia, conversando y contando tan lindas impresiones, como que les van a interesar, para que las lea, y vuelva a leer mil veces, m¡viejecita, mis familiares y mis numerosos amigos. Que bien es verdad que la distancia que separa los cuerpos une las almas.
Y, luego... ya volveré, Dios queriendo. Pero, ¿cuándo?... En fin, que yo soy un tanto rebelde. ¡No me rinde la impiedad, n¡me domeña la violencia!
Fr. Juan Alventosa, ofm.
Buenos Aires-Febrero-1932.
Los Jesuitas
Honda pena aflige a todos los corazones verdaderamente cristianos y españoles ante el hecho fatalmente consumado de la disolución de la por tantas causas benemérita Compañía de Jesús. Dios lo ha permitido; él sabrá sus altos fines. Tal vez la católica España no ha sido merecedora por sus frialdades en la fe de conservar en su seno la gloriosa familia de Cristo que nació en ella. Avivemos nuestra fe, esforcemos nuestra entereza en las prácticas de nuestra religión católica y Dios volverá por nosotros, nos mirará de nuevo con misericordia y hará volver al seno de nuestra patria, que lo es también de los Jesuítas, y volverá a lucir el sol de Loyola con las irradiaciones de su fe, de su caridad divina, de su sabiduría, de su ciencia y de la moralidad de sus Santos Ejercicios. ¡Dios salve a España y abra de nuevo sus puertas a sus hijos los egregios Jesuítas!
Cordial recibimiento a los Jesuitas en Holanda
Valsuburg. — Ha llegado sin novedad la expedición de Jesuítas procedentes de España. Los andenes de la estación estaban repletos de público, con las autoridades y música de la población, que ofrecieron autos para trasladarlos a su residencia. Al llegar a ésta se celebró un acto de salutación por el burgomaestre, que fue contestado en alemán por el reverendo Padre Mondo, que iba al frente de los Religiosos, agradeciendo las pruebas de afecto de que la población había dado muestras.
Después una distinguida personalidad de Valsuburg ofreció sufragar las limosnas de las Misas que los reverendos Padres tuvieran libres, encargando que la intención de las mismas fuera por la salvación de España.
Dios no abandona a los suyos, y el que cuida de las aves del cielo con más amor y cariño cuidará de sus predilectos hijos, perseguidos injustamente.
El Santo Cáliz
¡Cáliz sagrado, Cáliz divino que contienes la sangre preciosa de nuestro adorable Redentor!
Tú eres la Nueva Alianza de Dios con los hombres.
Este Cáliz es el nuevo Testamento en m¡sangre. Alianza eterna que nadie podrá romper, porque está sellada con la sangre de un Dios.
La Alianza antigua prometía sólo bienes terrenos, y se rubricaba con sangre de animales.
La nueva Alianza promete bienes celestiales, y está sellada con la sangre del Cordero Inmaculado.
¡Cáliz divino! Tu sangre pacifica todas las cosas: las del cielo y las de la tierra; los ángeles y los hombres.
Tu sangre clama constantemente al Padre Eterno, con mayor elocuencia que la sangre de Abel.
La sangre de Abel clamaba venganza contra el fratricida Caín.
Tu sangre clama piedad, clemencia, misericordia para todos los pecadores.
¡Cáliz sagrado! ¡Cáliz divino! ¡Cuán precioso es el licor que contienes! Ningún don de la tierra se le puede comparar.
Transfunde tu sangre a nuestras venas; suba al cerebro y lo fecunde, baje a las entrañas y las purifique.
¡Corazones humanos!: Purificaos, transformaos en cálices que reciban la sangre que gotea del Cáliz de la Pasión.
"¡Oh, tierra, exclamaba el gran Bosuet, no bebas más esa sangre: esa sangre es nuestra, nos pertenece; caiga sobre nuestras cabezas y las levante; caiga sobre nuestras familias y las regenere; caiga sobre nuestra Patria y la salve."
J. B.
El Salvador
Desde la más remota antigüedad fueron anunciando los Profetas la venida del Salvador. El mundo le esperaba; se conocían los detalles de su vida. Llegó por fin entre augurios de paz y de bondad, y se regocijó la tierra rebosándose en su salud.
El misterio sublime le ocultó en Nazaret para santificar a la tierra con los perfumes de su oración; y cuando llegó la hora, salió Cristo a predicar a las gentes el camino de su salvación.
El mundo se sintió conmovido con el eco de su voz, y la Naturaleza soltó sus leyes al influjo de su palabra. Todo el mundo se preguntaba: "¿Será el Mesías Prometido? ¿Será El nuestro Salvador?"
Juan estaba en la cárcel y oyó hablar de las obras de Cristo, por lo cual envió a El a dos de sus discípulos y le dijo: "¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a otro?" Y respondió Jesús y le dijo: "Id y contad a Juan lo que habéis oído y visto. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres les es anunciado el Evangelio. Y bienaventurado el que no fuere escandalizado en Mí".
A esto se refería el Profeta Isaías cuando dijo: "Se alegrará la desierta y sin camino, y saltará de contento la soledad, y florecerá como lirio... Confortad las manos flojas y robusteced las rodillas débiles... El mismo Dios vendrá y os salvará. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos, y serán abiertas las orejas de los sordos, la lengua de los niños será suelta, porque serán cavadas aguas en el desierto, y torrentes en la soledad... En las moradas en que antes habitaban dragones nacerá el verdor de la caña y del junco, y habrá allí senda y camino, y se llamará camino santo... Los rescatados por el Señor se volverán y vendrán a Sión con alabanza y alegría." Tal es el compendio de la obra del Salvador, cuyo testimonio él mismo enviaba a Juan en la cárcel.
Mas la obra llegaba a su fin, y para levantar su trono en Sión quiso entrar en triunfo en Jerusalén para completar su obra de redención sobre la Cruz.
Sus milagros habían confirmado la divinidad de su doctrina, su muerte había de ratificarla; y cuando fuera levantado en la Cruz atraería al mundo para adorarle y para seguirle.
El cielo y la tierra se han conmovido ante los sufrimientos y la muerte del Salvador. Todo estaba cumplido.
El pueblo en silencio golpeaba su pecho y daba muestras de su dolor...
El centurión, cabizbajo y conmovido, bajaba del monte, y con plena convicción decía y revelaba el convencimiento de todos: Vere filius De¡erat iste: Verdaderamente este era el Hijo de Dios.
P. M.
Sermón de la Montaña
"Desde la cuna al sepulcro, no se encuentra más que el sufrimiento", ha dicho el autor de los Avisos espirituales. Esa es nuestra herencia, eso es el compendio de toda la vida humana.
La maldición lanzada sobre nuestros primeros padres nos alcanza a todos así en el alma como en el cuerpo. Librarse del dolor es imposible; de grado o por fuerza, mientras erremos por la tierra, es preciso trabajar, sufrir y morir.

Cuando se mira esa horrible perspectiva que ofrece la Humanidad, nos causa grande extrañeza ver flotar sobre las almas los efluvios de la alegría, y nos sorprende que en este valle de lágrimas no lloran y gimen todos los corazones humanos. Porque es así; la alegría se deja ver en medio de las penas, y en medio de los sufrimientos tiene vida la suavidad del placer.
¿Quién realiza semejantes antagonismos, y quién pudo juntar cosas tan contrarias entre sí?
Ese es el fruto del sermón de la montaña.
Jamás el mundo ha recibido rocío más apacible que las dulces palabras de Cristo en el sermón de la montaña.
Un escritor moderno de la vida de Jesús (Papini), dice de este sermón: "Que es lo mejor y de más alto precio que existe en la vida de los hombres.
Nadie puede leerlo sin sentir un estremecimiento de agradecida ternura, un principio de llanto suave en lo más hondo de la garganta, un ansia de amor y remordimiento, una necesidad confusa, pero punzante, de hacer algo para que aquellas palabras no sean sólo palabras, para que aquel sermón no sea únicamente sonido y símbolo, sino esperanza inminente, vida viva en todos los vivos, verdad presente, verdad para siempre y para todos." Este escritor está en lo cierto. No hay palabras más sublimes, no hay rocío más vivificante, no hay esperanza más consoladora, no hay consuelos más divinos que aquellas palabras de Cristo:
"Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia, los misericordiosos los limpios de corazón, los pacíficos, porque son hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos."
Palabras sublimes, inesperadas, grandiosas, que jamás los hombres habían podido escuchar en esa lucha incesante que brega el hombre continuamente en sus males y desgracias.
Bienaventurados. dice Cristo, a los pobres y desgraciados, y a los que lloran.
Y evocando en su imaginación divina, o convocando ante su presencia, que por ser divina lo abarca todo, a todos los pobres y afligidos que por su amor han de seguirle, les dice solemnemente: "Vosotros seréis dichosos cuando por m¡nombre os veáis cargados de oprobios y cuando los hombres os persigan y os digan toda clase de injurias contra la verdad. Alegraos entonces y manifestad vuestro júbilo porque es grande la recompensa que os espera en el cielo. Y la alegría brotó en la tierra, el júbilo llenó los corazones humanos, que aunque chorrean sangre la esperanza del cielo los conforta y los llena de placer."
Sí, las Bienaventuranzas son el faro de luz que alumbra la vida toda del Cristianismo; son el compendio de toda la perfección cristiana.
La Vía Dolorosa
Jesús sentenciado a muerte
¡Qué contraste se ofrece a nuestra vista! Jesús, el Nazareno a quien el pueblo quería elegir rey, Aquél que dio vista a los ciegos, habla a los mudos, movimiento a los paralíticos, vida a los muertos, ha sido azotado, coronado de espinas y sentenciado a muerte, como s¡fuera el hombre más vil y canalla de Palestina.
El pueblo judío que tantos favores recibió de sus manos un día, por una ley —la ley de los misterios del corazón humano—, frente al palacio de Poncio Pilatos, lleno de rencor, ebrio de venganza, ronco de ira, grita: "Crucifícale; no queremos que reine sobre nosotros. Caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos." El eco de este grito de rebeldía sonaba en los corazones de los escribas y fariseos como una victoria, preludio de marcha triunfal, que llenaba de satisfacción sus almas corrompidas por la ambición y los egoísmos.
Ya están contentos los sanedritas; el sueño dorado de sus ilusiones, la ráfaga de ira, de envidia que, como un látigo fustigara sus egoísmos, ante el triunfo del Nazareno en aquella mañana espléndida y llena de emociones de su entrada triunfal en Jerusalén, se ha plasmado, ha cristalizado en una realidad: en la sentencia de muerte del Nazareno.
Una vez más los magnates se han valido de la sencillez del pueblo para realizar sus proyectos; una vez más los capitanes de las turbas se han valido de su prestigio, de su influencia sobre ellas para llevar a cabo sus planes, y una vez más el pueblo, halagado por las promesas que hombres ruines dejaron caer sobre la vida llena de sinsabores del pobre, se ha lanzado a la lucha, a la conquista de aquel ideal que nunca llega a conseguir porque ha sido una visión, un fantasma que cruzó por su mente calenturienta en las horas de delirio, en las horas de los odios, en las horas de las venganzas. Por eso una vez más el pobre, sólo el pobre, sufre las consecuencias, y en las horas de quietud, en las horas de calma, en las horas de paz, llora la viuda, gime el huérfano y sufre la esposa porque se ha quedado sin hogar, sin cariño y sin pan. ¡Así es el corazón humano!
¡Pueblo judío que amaste a Jesús! ¡Pueblo de Israel, que seguiste a Jesús y en un día de paz extendías tus mantos para que el Nazareno posase sus plantas sobre ellos y lleno de júbilo entonaste el himno del Hosanna al que viene en nombre del Señor, cuyo eco subía a las Alturas como un mensaje de felicidad y pleitesía, hoy, engañado por los sanedritas, en una hora de locura pides la muerte de tu Salvador!
¡Pobre pueblo!...
* * *
¡Quién lo dijera! Se cumplieron al pie de la letra los deseos de los israelitas. La sangre del Justo cayó sobre ellos y sus hijos. Dios castigó el orgullo y la soberbia de aquellas gentes, pues un día Jerusalén es escenario de las grandes tragedias. Tito, el emperador romano, puso cerco a la ciudad, y del templo no quedó piedra sobre piedra.
Los pueblos subyugados perecerán, según la ley general de la historia, pero esta ley ha fallado, no se cumple en el pueblo judío, pues él no perecerá, seguirá disperso sin confundirse con las otras naciones, como un fantasma que huye de la Cruz, como un testigo mudo, pero elocuente, de la verdad evangélica confesando a pesar suyo la realeza de Cristo Jesús.
Así castiga Dios a los pueblos que le desprecian, a los hombres que no le quieren.
* * *
He visto la historia del pueblo judío y siento en m¡corazón el aleteo de las tragedias. Porque m¡patria que un día— como el pueblo judío—levantó un trono para que Jesús se sentara y reinase sobre todos los corazones, y m¡patria que un día en prueba de vasallaje adornó sus edificios con el escudo del Nazareno y tendió sus mantos para que triunfante y glorioso pasara Cristo, y m¡patria que en el hogar, en la familia y en la sociedad quería que reinase Cristo; otro día, en un rapto de locura, en el paroxismo de los odios y las venganzas, llena de rencor, ronca de ira, también ha gritado ante el palacio de Poncio Pilatos: "Crucifica a Cristo, no queremos a Cristo".
Y Pilatos se lava las manos y decreta la muerte de Jesús. Y Cristo es arrojado de la escuela proclamando la libertad de enseñanza, y Cristo es arrojado del matrimonio proclamando el divorcio, y Cristo es arrojado de la prensa proclamando la libertad de pensamiento, y Cristo es arrojado de la magistratura borrando de las leyes toda caridad y justicia cristiana, y Cristo es arrojado del Ejército y del Cementerio y del Parlamento y del Municipio y de toda institución pública, queriendo borrar con un gesto de barbarie todas las tradiciones surgidas alrededor de la Cruz.
¡Católicos! Ha llegado la hora de los sacrificios, de los holocaustos. Estamos en la santa cuaresma; tiempo de penitencia, tiempo de oración. Ofrezcamos a Dios todos nuestros padecimientos por la salvación de las almas y digámosle: "¡Perdón, Señor! No te acuerdes de aquellos gritos de rebeldía. Que no caiga tu sangre sobre nosotros; mas digo mal, Señor, que caiga, sí, que caiga tu sangre no como catarata, no como torrente, no corno ola embravecida que destruye el acantilado y hunde las naves, sino que caiga tu sangre como lluvia finísima, como rocío de la mañana que purifica, que da vida. Ten misericordia de este pueblo que todavía llega a tus altares y se arrodilla ante la Cruz pidiéndote perdón."
Señor, que descienda esa bendición de paz para que nos dé fuerza y ante las cobardías, ante los egoísmos, ante las amenazas, cumplamos nuestro deber de católicos a fin de que m¡patria no vuelva a gritar: "Muera Cristo" y no lleguen a realizarse las funestas consecuencias que lleva consigo el lavatorio de Pilatos.
Marcos Vilar
Las lágrimas de María
La Inmaculada Nazarena se ha estremecido con delicioso espasmo... ¡Es Madre y Virgen!... Entre sus brazos, con alternativas de miradas y de besos, está
Jesús, el Deseado de las naciones, el Dios del cielo... Sobre su propia falda, su mejor cuna, le contempla. Allí le ven y le adoran los pastores betlemitas y los Magos orientales... y el obrero José; José, sobre todo, que es reputado su padre... Pero nadie le mira como mirada de madre, mirada acariciadora, penetrante, encandilada... que se congestiona en unos puntos brillantes y se pronuncia en definitivas gotas luminosas... Son dos perlas, que desengarza un movimiento de la Madre al besar por primera vez el rosado pechito de Jesús, sobre el cual
caen y se cuajan, como un prendido de amor y de pureza, sobre el Corazón divino.
* * *
Sobre Nazaret habían pasado muchos días... que habían traído muchas penas... El angelical esposo, el providencial Padre, el obrero José había cerrado los ojos, entre los tristes cuidados de Jesús y de María... La tristeza se había ido Condensando en el ambiente y parecía que se marcaban amargos presentimientos... Una tarde, Jesús dijo a su Madre: "Madre mía, me voy a redimir al mundo... Ya sabes que yo he venido a hacer la voluntad de m¡Padre celestial". La Virgen nada dijo... Se inclinó, como una flor besada por el viento, y miró a Jesús hondamente, atentamente, como quien explora lejanías, como quien sondea abismos... Y mirando, mirando, se le llenaron los ojos de lágrimas. Jesús, en ademán de despedida, la besó en los ojos; y las lágrimas de la Madre fueron a los labios del Hijo, que las sorbió. Eran amargas, muy amargas... como el cáliz de Getsemaní.
¡Qué lejos están Belén y Nazaret en la llanura del pasado!... ¡Cómo han volcado sus aguas los mares para anegar los montes! .. ¿Qué está pasando en el cerro del Calvario? ¡Cuánto odio, cuánta
fiereza se han arremolinado en vórtice sanguinario sobre la mansedumbre de un Cordero!... Andrajos de humanidad colgaron en las escarpias de un cadalso y mordeduras de clavos y de lanzas atarazaron los blandos tejidos del Hijo del hombre... La Humanidad, entre imbécil y consternada, pasa y se retira diciendo: "¡Ecce Homo!"... Y entre tanto, la Reina de los Mártires, la Virgen de los Dolores, la Madre desolada estaba junto a la Cruz.
De sus labios salían suspiros, como bandazos de simoun que venía de los desiertos de su alma. Sus ojos estaban anegados por dos grandes lágrimas; eran las últimas de su corazón, que no tenía más que lava... Como no había otras que las empujaran allá se quedaron en las órbitas... y puestas sobre las pupilas de la Madre parecían dos poderosas lentes para mirar las llagas de Jesús, ¡los abismos de las llagas!
Calasanz Rabaza, Sch. P.
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