El sacristán que conoció en Lisieux a
Santa Teresa del Niño Jesús
El 31 de Enero hizo un año murió, y ningún periódico —n¡aun entre los estrictamente religiosos y devotos—, a lo menos de los que yo recuerdo y sepa, se ocupó de él. Sin embargo, aunque en el pequeño mundo teresiano no fue un actor de primer orden n¡un personaje secundario de alguna importancia, no puede ser confundido y anulado entre los pequeños grupos de las comparsas mudas y de las figuras de adorno.
Su partecita en este pequeño mundo tan sugestivo —que va siempre estrechándose más al pasar con los años— la tuvo también él. Por eso lo quiero recordar yo.
En el Carmelo de Lisieux
Se llamaba Augusto Acard, y entró al servicio del Carmelo de Lisieux como sacristán y como jardinero en el año 1889. Sobre este primer punto de su vida de Acard hay poco que decir y nada de interesante para hacerse sobresalir. Nació en el año 1864 en los alrededores de Lisieux, de padres modestos; de ingenio despejado y vivaz pasó su niñez entre la casa, escuela y juegos cotidianos, nada indiferente en esto de los de su edad y condición, de los cuales, sin embargo, se distinguía y diferenciaba claramente por una grande inclinación a la piedad y por una instintiva atracción a las funciones de la Iglesia, en las cuales participaba como acólito, sirviendo en la misa por la mañana y llevando el candelero y el incensario en las vísperas de los domingos.
Cristiano ejemplar, hortelano que sabía bien su oficio, modelo de sacristán ideal. Puso con preferencia todas estas cualidades al servicio del Carmelo. Y fue, pues, admitido con las obligaciones de hacer de sacristán en la Iglesia abierta al público, de tener cuidado del jardín que está delante del Convento y de acudir a los trabajos que exigían la mano de un hombre en aquel trozo de tierra que está detrás, limitado, a un lado, por una corriente de agua, y al otro, por un camino campestre de los Beauvilliers, sobre el cual se levanta el Monasterio: parcela de tierra en que se recoge cuanto puede ser necesario y útil para la vida de rigurosa clausura de las carmelitas, que es, al mismo tiempo, jardín y huerto, viña y bosque, con el antiguo cementerio de la Comunidad, y un bonito y pequeño paseo de castaños, y
forma todo el mundo, toda la dicha y toda la sonrisa terrestre de las celestiales esposas de Cristo.
Una escena histórica
Cuando Acard fue admitido al servicio del Carmelo, Teresa Martín había hecho su ingreso algunos meses antes: el 9 de Abril de 1888. Aun cuando el señor Martín hubiese querido celebrar en silencio el desprendimiento de su «Reina de Francia y de Navarra», sin embargo, el día antes se sabía por algunos que, por la noche, la familia Martín se reunía en torno a la antigua mesa de familia con los parientes Guérin para la comida dolorosa de despedida y que al día siguiente temprano acompañarían todos juntos a Teresa al Carmelo.
O que Acard lo hubiese también sabido o que aquel lunes por la mañana se diese más prisa en hacer sus devociones en el Carmelo, ya que las monjas celebraban la fiesta de la Anunciación, trasladada por motivo de la Cuaresma, el hecho fue que él tuvo la gracia de hallarse en la plaza de Víctor Hugo con el grupo silencioso y recogido de los Martín Guérin; de seguirlos inobservado por toda la calle de Livorot y entrar detrás de ellos en la Iglesia de las Carmelitas; de oír la misma misa y de participar del mismo banquete eucarístico, y de ver en aquel momento solemne a Teresa, pálida sí, como siempre, pero serena y fuerte, con los ojos enjutos, mientras que todos los parientes y la multitud de devotos prorrumpían en sollozos. Terminada la misa siguió con las lágrimas en los ojos al grupo que se dirigía hacia la puerta de la clausura. Teresa, alta, arrogante, llevaba un vestido de lana azul con un gracioso sombrerito del mismo color, guarnecido con una paloma blanca que parecía una flor de lis. Seguían el padre el tío Isidoro Guérin, la tía, las hermanas Leonina y Celina, las primas María y Juana y algunos de los amigos íntimos.
Cuando Teresa abrazó y besó a los tíos, primas y hermanas; cuando se arrodilló delante del padre para recibir su bendición y el padre, llorando, se arrodilló delante de la hija para ponerle la mano sobre la cabeza; cuando la puerta del Carmelo se abrió un momento y al instante se cerró, entonces también Acard rompió en sollozos, y con su simplicidad de campesino se preguntó cuanto el señor Isidoro Guérin, algunos meses antes, dando el consentimiento a Teresa para hacerse monja, escribía a María, la prima mayor, que hacía pocos meses que había hecho los votos en el Carmelo: «De qué expresiones fascinantes no se sirve siempre este Señor Dios, celoso para atraer a sí todos los corazones jóvenes sedientos de ideal y romper de este modo los vínculos más dulces?»
Sobre la pendiente de los Buissonets
Acard conocía a Teresa desde que la familia Martín llegó a Buissonets. El venerando pistilo blanco y los cinco pétalos venidos de Alençon habían hecho en seguida una profunda impresión en la antigua y bizarra ciudad normanda que conocía ya por la fama las virtudes tradicionales de los Martín. La impresión se había cambiado rápidamente en simpatía, en admiración, en devoción, cuando vieron las pruebas palpables de los tesoros de bondad y de gracia que había traído al pueblo de los Buissonets el viejo señor de la barba blanca; cuando se le vio ofrecer una después de otra sus dos hijas mayores al Carmelo, y cuando se supo que también la tercera deseaba tomar el velo en una Orden no menos rigurosa, entre las Clarisas. La devoción, pues, había llegado a la meta —no obstante los juicios de los críticos que desde los cafés dirigen las familias de los demás— cuando se supo que Teresa también tenía decisión de entrar en el Carmelo, y el L' Univers del 24 de Noviembre de 1887, en su correspondencia romana del 20 de Noviembre, describiendo la audiencia de la peregrinación francesa había dicho como «parm¡le pelerins se trouvait une jeune filie de 15 ans, qu¡a demandé au Saint-Pere la permission de pouvoir entrer tout de suite au Convent pour s'y faire religieuse».
Acard en las tardes luminosas primaverales había encontrado más veces a Teresa, todavía niña, de paseo con el papá en la cuestecilla de los Buissonets, por la senda que desemboca en la calle por el puente l'Evéque, por donde se entra a Lisieux. A veces la vio de noche con los ojos en el alto, muy alto, perdidos en el cielo estrellado y la manecita en la mano del papá, volver a subir la colina predestinada. Los encuentros habían sido más frecuentes en la Iglesia —donde el padre y la hija terminaban con un saludo a Jesús Sacramentado su paseíto cotidiano— y en la orilla del río cuando iban a pescar: el papá con el anzuelo en la mano y el corazón en Dios, y la niña más allá, sentada sobre la hierba florida, mientras sacaba de la cestita la merienda y comiendo la buena rebanadita de pan con la conserva preparada por las hermanas, escuchaba los rumores lejanos y el murmullo del viento que la transportaban en una onda de suave melancolía por los prados inmensos del cielo.
En el Carmelo, Acard vuelve a ver a Teresa Martín vestida de postulante con la toca de crespón; algunas veces la encontró en el jardín, adonde había sido enviada por la Madre Maestra a arrancar las hierbas, y sorprendió, pobre niña!, a la que fuera del Monasterio se creía hubiese sido como el juguete de la Comunidad, la mirada severa y reprensora de la Madre Gonzaga.
Pocos días después de la Asunción preparó la capilla para la ceremonia externa de la vestición. De esta solemne fiesta él conservó un grato recuerdo por toda su vida. Cuando Teresa, después de la Canonización, apareció en la apoteosis venias alegorías de la gloria, él, en su fantasía, volvía a ver a aquella jovencita con su vestido de terciopelo blanco con adornos de plumas de cisne y de blondas punto de Alençon, con sus trenzas rubias extendidas sobre sus espaldas, salir de la clausura, tomar el brazo que le ofrecía el papá, con levita negra y barba blanca, para unirse a su dulce Jesús.
Nueve años en el Carmelo
Los nueve años que Acard pasó en el Carmelo mientras Teresa subiendo su pequeño caminito se encaminaba hacia la gloria del cielo, fueron para él un profundo eco de los grandes dolores e inocentes alegrías de las hermanas Martín, carmelitas, y de un modo particular de Sor Teresa. El siguió el agotamiento de la larga y dolorosa enfermedad con la angustia de un padre que en la hija ha percibido el perfume de la Santa. Las relaciones entre una carmelita y las personas externas que por necesidad de la vida claustral pueden, según las normas del derecho canónico pasar la clausura, son, como he dicho, reducidas a lo indispensable y para las cosas estrictamente precisas. Por consiguiente, con este ligero diafragma, Acard pudo tratar con Sor Teresa. Amante de las flores como ella era, daba y pedía explicaciones al jardinero, el cual era muy feliz cuando podía mandarle alguna plantita que sabía la gustaba o que ella deseaba.
Cuando después Teresa, desde el 1884 al Junio del 1892, y en el 1896 hasta que por la enfermedad vino a ser dispensada de todo servicio fue sacristana, las relaciones vinieron a ser necesariamente más frecuentes. Cuando Sor Teresa entre uno y otro tiempo en su cargo de sacristana se ocupó de la pintura y en este oficio hizo pequeños ornamentos de altar e imágenes que se vendían fuera del Monasterio, que se encontraba entonces en grande necesidad, Acard tenía con frecuencia el encargo de recoger los trabajos hechos por Sor Teresa.
Así que él tuvo motivo de conocer a Sor Teresa más que a las otras hermanas. Y no obstante que ella era tan sencilla, tan normal que muy pocas de sus hermanas habían llegado a comprender el tesoro precioso de que era rico el Monasterio; el pobre sacristán, que además de los relatos arriba indicados veía con frecuencia a la angelical hermana con su largo velo pasear por el jardín o sentada en un banquito de piedra meditar en el antiguo cementerio de Comunidad, solía decir: «A sor Teresa la conozco por su porte.»
En la primavera y verano de 1897, cuando el mal adelantaba diariamente, él vino a ser el refugio de todas las ansias del Monasterio y de los devotos amigos del Carmelo, que recurrían a él para pedirle noticias, para oírle hablar de los sufrimientos y de la santidad de la joven hermana moribunda.
La noche del 30 de Septiembre de 1897 Acard vio aquella misma que había sido Sor Teresa en la reja del coro inferior. Con la inmovilidad de la muerte le pareció la misma niña que había visto entrar en la Iglesia nueve años atrás. Con el rostro angelical que había tomado su habitual color de lirio, con actitud de inefable sonrisa, con la frente iluminada por el gozo del éxtasis de amor en el cual había expirado, con la palma en la mano y la guirnalda de azucenas y rosas blancas que rodeaba el cadáver. Sor Teresa se le manifestó más claramente la dulce Santa que había visto en la niña que de la mano de su padre subía la cuestecita de los Buissonets con la mirada alta y fija en el cielo tachonado de estrellas.
"M¡cielo es hacer bien sobre la tierra"
El 4 de Octubre, mientras el pequeño grupo de parientes subía al Carmelo con una larga hilera de sacerdotes para acompañar el cadáver de Sor Teresa al cementerio común y colocarlo en el pequeño recinto que Isidoro Guérin había adquirido para las Carmelitas, Augusto Acard, con gozo indecible ejecutaba las órdenes dadas por Sor Inés de Jesús, grabando el nombre de Teresa en una lámina de plomo que cerró en el ataúd para asegurar en lo venidero el eventual reconocimiento de restos tan preciosos.
Algunos días después recibió de Sor Inés el honorífico y confortante encargo de poner sobre la tumba una cruz de madera que contenía estos versos del canto de Teresa:
«Jesús mon bien Aime rappelle-toi!
Que je veux, o mon Dieu,
Poríer au loin ton feu, Rappelle-toi!»
En el camino, el buen Acard borró, desgraciadamente, la inscripción todavía demasiado húmeda con sus espaldas y tuvo que volver al Carmelo para confesar su descuido. Acard estaba muy disgustado y triste; pero Paulina le consoló diciéndole que el pequeño incidente había sido de voluntad del Señor para que el texto fuese sustituido por las palabras programáticas que Teresa, con intuición profética, le había dicho la tarde del 17 de julio y que habían ya empezado a caracterizar la pequeña hermana como bienhechora de la Humanidad.
El epitafio fue, por lo tanto, redactado así:
Sor Teresa del Niño Jesús.
«Je veux passer mon Ciel a faire
du bien sur la terre.»
y Acard volvió al cementerio común y puso sobre la huesa la pequeña cruz de madera.
Después de la muerte de Sor Teresa, Acard quedó al servicio del Carmelo quince años. En el 1912, por su estado de salud, se vio obligado a dimitir. Dejando el Monasterio, llevó consigo el recuerdo imborrable de la Santa Hermana que ya caminaba triunfante por la vía de la luz y que hacía caer en abundancia la lluvia de rosas.
Este recuerdo fue el consuelo y gozo de toda su vida, y hasta el último momento, en los grandes sufrimientos y en los grandes dolores que le atormentaban y le entristecían, él frecuentemente invocaba con confianza a la pequeña Santa con una fervorosa y confidente oración que él mismo había compuesto.
Como el viejo marino alumbra su ocaso recordando los largos viajes, las pescas fantásticas y las iras violentas del mar, así Augusto Acard hizo bandera de gloria haber conocido a Teresa, haber adivinado su heroica virtud, haber estado tan próximo, muy próximo a "L'Enfant gatée du Ciel".
Verdadero crepúsculo de cosas y de oro.
Francisco Martín
Por la traducción, Fr. Eugenio Silvestre, ofm
La Virgen del cariño
ISubiendo a la ermita |
sus rostros benditos, II ¿Qué es lo que habéis hecho? |
El amor no es conocido
«El Amor no es amado», clamaba sollozando el Serafín de la Umbría, nuestro padre San Francisco. Ahora podemos añadir: El amor no es conocido. ¿Y quién desconoce a Jesús, amor de los amores, centro de nuestras almas y objeto predilecto de los santos? ¿Quién le desconoce?... Muchos, un número incalculable de almas, no sólo de judíos, paganos y moros, sino muchos de los que fueron regenerados por las aguas bautismales, muchos que se llaman cristianos «discípulos de Jesús», muchos en cuyas almas vivió Cristo como en su propio trono, comunicándoles sus gracias y virtudes.
Triste es afirmarlo; de esos cristianos y nazarenos la inmensa mayoría desconocen a Jesucristo, ignoran las bondades, dulzuras y encantos que encierra el Corazón de Cristo, y esas almas cristianas se han convertido en cloaca inmunda donde pululan los vicios, los errores, los desvaríos más incalificables.
Los que nos dedicamos a la grandiosa obra de apostolado cristiano en la catequesis, presenciamos frecuentemente desgarradoras escenas de los estragos que el demonio, mundo y carne causan en las tiernas almas de los niños que no han recibido la educación cristiana desde la cuna.
Y ¿hemos de contemplar con pasividad vergonzosa y cobarde cómo el demonio y su emisario el mundo arranca del pecho y del Corazón de Cristo las almas que le costaron el precio de su divina sangre,
y que son muy suyas, y en ellas tiene sus delicias?
No, católicos. No echéis en olvido y persuadios de que ha llegado el momento más apremiante de actuar generosa y enérgicamente en el amplio campo de la sociedad y de ensanchar el reducido círculo de nuestra actividad social, ya que somos miembros de la Iglesia, que entre otros nombres ostenta el de militante. No imitéis a aquellos que alejaban de Jesús a los niños; antes bien, escuchad la voz dulce del divino Maestro, que dice: «Dejad que los niños se acerquen a mi.»
Trabajemos con entusiasmo ardiente en la cristianización de la sociedad, en la cristianización del niño, objeto predilecto del Corazón de Cristo Jesús. No olvidemos que educar a un niño es educar a una sociedad, y educar a una niña es sinónimo de educar una y muchas familias. Demos a conocer a Jesús y démosle a conocer con la dulzura de nuestras palabras, con una limosna acompañada de amable sonrisa, con una lágrima de compasión, con un buen consejo, con nuestras súplicas, con el entusiasta apostolado de la catequesis en el patronato, en la escuela, en el colegio y, sobre todo, en el hogar propio. Démosle a conocer por todos los medios que lleguen a nuestro alcance para que el Amor, Jesús, sea de todos conocido y por todos muy amado.
María del Sagrario, I. A. y C.
La condesa Sokolinsky
El conde Sokolinsky era un patricio polaco que habiendo tomado parte en las últimas insurrecciones de la Polonia contra el dominio de los rusos fue hecho prisionero y condenado a muerte. El dejaba una esposa querida y un hijo llamado Estanislao, que apenas contaba diez años. La condesa al recibir la terrible nueva tomó a su hijo, y cayendo delante de la imagen de la Virgen María que veneraba en el oratorio de su casa hizo esta oración: «¡Madre nuestra, salvadnos! Restituid el marido a esta pobre esposa, restituid el padre a este pobre hijo, tened piedad de nuestras lágrimas Vos a quien nadie ha invocado inútilmente...»
Aquellas almas se levantan; una secreta confianza ha venido a suavizar su dolor. Acompañada de un fiel criado fuese a la prisión de su marido, y haciendo caer en manos del carcelero una moneda de oro consiguió entrar en el calabozo. Después de tres cuartos de hora la infeliz mujer, encorvada bajo su capa de pieles y escondiendo su rostro lleno de lágrimas con su pañuelo, vuelve a pasar por delante del guardián. Pero a la caída de la tarde se abre la celda del condenado, y al hacer la inspección el carcelero pide ayuda,gritando traición. En vez del conde Sokolinsk¡se encuentra en la cárcel la condesa, su esposa, mientras el condenado a muerte huyó a París llevándose consigo a su querido Estanislao.
Habían pasado varios días sin que el conde recibiese ninguna noticia de la condesa, su esposa. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrán vengado en la mujer la fuga del marido o la habrán enviado a la Siberia para expiar allí su engaño? El conde todo lo ignora, y al pequeño Estanislao, que continuamente le preguntaba «cuándo volvía la madre», respondía con palabras vagas que en vano disimulaban las inquietudes de su corazón. Colocado el pequeño en un colegio religioso para ser allí educado, llegó el tiempo de la Primera Comunión, y Estanislao deseaba ardientemente que no faltase en aquella ocasión su propia madre. En vano el conde se esforzaba en inspirarle resignación; el niño, preocupado por su deseo, escribió una carta a su fiel criado Pedro, que había quedado en Varsovia, en la que le participaba que dentro de un mes tendría la dicha de hacer su primera comunión, y le rogaba participase a su madre que la esperaba ese día en el colegio, cuya dirección le daba.
Pero al mismo tiempo que Estanislao enviaba su carta a su criado, el conde recibía otra tristísima de Pedro en la que le participaba que su esposa salía para la Siberia. El conde disimuló. El gran día se acercaba, y Estanislao, que nada había dicho de su carta n¡a su padre n¡a sus maestros, comenzó una novena a la Inmaculada Virgen, pidiéndole la gracia de que no faltara su madre el día de su Primera Comunión.
Estaba ya en la víspera del gran día de su Primera Comunión; confesó con fervor de serafín, y fuese a la portería a preguntar por su madre. Nadie pudo darle noticias de su madre; el director, que con indecible tristeza seguía el afán de aquel niño inocente y sabía que su madre no podía venir, le aconsejó que ofreciese al Señor el sacrificio de aquel deseo. Mas he aquí que a la hora de la cena se presenta en la portería una mujer pidiendo ver al joven Sokolinski. Era la condesa. Enterada por la carta de Pedro del colegio donde se educaba su hijo... y habiendo escapado de las manos de los que le llevaban a la Siberia, disfrazada, sin dinero n¡otras provisiones, caminando hacia Francia había llegado al colegio. ¿Cómo pudo conseguirlo? Una fuerza misteriosa la guiaba y la protegía contra todos los peligros: era la Virgen a cuyo amparo se entregaron desde el primer momento de su desgracia, la Virgen que se había rendido a las súplicas inocentes de aquel candoroso niño.
Al día siguiente el conde y la condesa, llorando lágrimas de alegría, acompañaban a su hijito Estanislao en su Primera Comunión. Poco después se les veía orando con emoción de intensa gratitud ante el altar de la Santísima Virgen.
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