Índice del número 140
Septiembre de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
La Natividad de la Virgen María
La festividad del Nacimiento de la Virgen evoca en nuestro corazón los gratos recuerdos que su santa vida dejó grabados en la evolución de la fe cristiana, y no puede prescindir de hablar de ella la gratitud de nuestro corazón. Ella nació a la vida, y con ella comenzó a brillar la luz de la nueva fe, la luz del sol de justicia, del cual era María la brillante aurora.
Entre los grandes misterios de la Religión cristiana destaca como columna y sostén de nuestra fe la figura bellísima, inconmensurable y sublime de María Virgen. Toda obra de Dios lleva por sello a María; y sin María no puede concebirse la obra de Cristo. Ella integra con el Paire, el Hijo y el Espíritu Santo los sublimes misterios de nuestra fe.
Los dogmas sagrados de la Religión cristiana tienen esa doble base: Dios y María; la Trinidad Augusta con la generación eterna del Verbo; y la unión hipostática del Hijo de Dios con la humanidad, en el seno de María Virgen; ese es el manantial de nuestras creencias, y esa es la síntesis de nuestra fe.
Vedlo expresado en las primeras palabras de nuestro Credo: "Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, y en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor que fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de Santa María Virgen, siendo ella Virgen antes del parto, en el parto y después del parto."
De esta fuente divina de doble seno brota la fe, y se desarrolla en sus múltiples misterios y en los diversos dogmas que dan cuerpo al árbol grandioso del Cristianismo.
María, pues, forma parte sustancial de nuestra Religión; y está puesta en ella, por Dios mismo desde el principio, en el manantial, y como fuente de la gracia. Por esto vemos siempre a María en toda obra de Dios; y no hay prodigio alguno del poder divino, n¡obra sobrehumana de la divina gracia en que no aparezca María cooperando a la obra de Dios.
Ya en los senos insondables de la eternidad aparece la esbelta figura de María, concebida en la mente de Dios, antes que otra cosa alguna, y cooperando
en el principio de los seres con la mano del Criador para ordenar y disponer todas las cosas; así aparece expresado en el libro de los Proverbios: "Ab aeterno ordinate sum nondum erant abyss¡el ego jam concepta eram... cuando appendebat fundamenta terrae, cum eo eram cucta componens". "Desde toda la eternidad, cuando aun no existían los abismos, ya estaba yo concebida, dice ella, y cuando equilibraba los fundamentos de la tierra, con él, con el Creador, estaba yo disponiendo todas las cosas". (Prov 8, 23-36)
Es, pues, María la cooperadora de Dios en sus obras; y así debemos verla unida a Dios en los prodigios de su poder y en las maravillas de la gracia. Donde se muestra Dios, allí proyecta su amor divino la imagen graciosa de María. Vemos a Dios en el Edén formando del limo de la tierra el cuerpo de Adán, al que infunde con afecto inefable un soplo de su vida; y al ver en Adán la imagen de su Hijo divino, que había de encarnarse en la tierra, dijo: "No es bueno que el hombre esté solo, démosle una ayuda semejante a él", y sacó de la misma sustancia de Adán a la primera mujer Eva, madre de los vivientes, imagen bellísima y graciosa de María, madre de la vida de la gracia.
Volvió a mostrarse Dios en el Paraíso después de haber prevaricado el hombre; y al prometerles un redentor, los fulgores de la gracia diseñan en el firmamento la imagen graciosa de una mujer inmaculada; y al mirarla Dios, dice al enemigo: "Ipsa conteret caput tuum: Ella quebrantará tu cabeza."
Siguió a esto una serie incontable de prodigios en que interviene el poder divino en favor de su pueblo, y envuelta en los esplendores de Dios aparece la imagen de María cooperando a los favores del cielo; y la vemos figurada en los rasgos más culminantes de la obra de Dios bajo mil formas y personalidades; como
el Arca de Noé, la Paloma de la paz, el Arco iris del cielo, la vara de Aarón, el Arca de la Alianza, con otras innumerables figuras.
Y la vemos en Rebeca, en Raquel, en Judit, en Débora, en Ester y en todas las heroínas de los hebreos, que iban marcando el dedo de Dios y las maravillas del poder de su brazo.
Así iba Dios preparando el camino de la gracia y trazando en todo él la bella figura de la esclarecida mujer que había de cooperar a la redención del hombre; y cuando llegó la plenitud de los tiempos en que había de aparecer el Redentor, le previno una Madre llena de gracia, pues había nacido en el mundo María Inmaculada y graciosa para cooperarais obra más grandiosa del poder divino, la obra de la Redención, en la que María tomó parte eficaz y decisiva. "Hágase en mí según tu palabra", dijo María al ángel que le anunció la Encarnación del Verbo; y esa expresión fue tan fecunda y decisiva, que hizo bajar al Hijo de Dios desde el cielo, quedando concebido en su seno virginal para realizar allí la unión hipostática con el hombre.
La obra grandiosa de la Redención había comenzado; Dios había enviado ya al mundo a su Redentor, y María tomaba parte tan eficaz en esa obra, la más sublime de las obras de Dios, que quedaba constituida su propia Madre. Desde ese momento nada realiza el Hijo de Dios en el mundo sin que en ello tome parte la Virgen Inmaculada, su Madre. Sus oraciones, sus plegarias, sus persecuciones y destierros, sus goces y alegrías, su trabajo y su descanso, todo lo realiza el Hijo de Dios en íntima unión con su divina Madre. El primer milagro lo hace Jesús a ruegos de su María; ella coopera y le ayuda en la propagación de sus doctrinas; ella por fin le acompaña al Calvario, y permanece al pie de la Cruz, cooperando con sus lágrimas y amarga pena a la obra de la Redención;
recibiendo por hijos a la Humanidad, como legado de Cristo moribundo, que la hacía al mismo tiempo depositaría y tesorera de toda la gracia redentora, que cayó en su seno al recibir en sus brazos al cuerpo exánime de Cristo, como trofeo glorioso de la Redención.
Toda obra de Dios vemos, pues, que lleva por sello a María, y en la posteridad y hasta que el mundo finalice, no mostrará Dios el poder de su brazo en obra alguna sin que esté María con él disponiendo todas las cosas, como allá en los comienzos del tiempo lo estuvo cooperando en la obra de Dios y formando sus delicias.
Este es el motivo por que no hay obra alguna grande y beneficiosa en el Cristianismo en la cual no tome parte eficaz y saliente María, la Virgen Madre de Dios. La historia de la Iglesia y de todas las instituciones religiosas así lo demuestra y confirma. Todo acontecimiento religioso va envuelto con los esplendores de las gracias de María Virgen; todo instituto y toda orden monástica se basa y tiene su desarrollo bajo la sombra protectora de María; y sin esa protección y sin ese apoyo nada puede tener vida próspera y fecunda en la iglesia de Dios.
Fr. Manuel Balaguer, ofm
Lo que se gana oyendo bien la Misa
A la hora de la muerte, las misas que has oído bien serán tu más grande consuelo.
Cada Misa saldrá contigo al juicio e intercederá por ti.
En cada Misa puedes disminuir más o menos del castigo temporal debido a tus pecados, según tu fervor.
Asistiendo con devoción a la Misa, rindes a la Sagrada Humanidad de Nuestro Señor el más grande homenaje.
El suplirá por muchas de tus negligencias y omisiones.
Perdona todos los pecados veniales que estés resuelto a evitar. El poder de Satanás contra t¡es disminuido.
Proporciona a las almas del Purgatorio el más grande alivio.
Una misa oída durante tu vida será de más beneficio para t¡que muchas ofrecidas después de tu muerte.
Te preserva de muchos peligros y desgracias, que de otro modo te sobrevendrían.
Abrevias tu purgatorio por cada Misa. Cada Misa gana para t¡un más alto grado de gloria en el cielo. Recibes la bendición del sacerdote, que Nuestro Señor ratifica en el cielo.
Te arrodillas en compañía de una multitud de santos ángeles, quienes asisten al Sacrificio adorable con temor reverencial.
Eres bendecido en tus bienes y empresas temporales.
Cuando asistimos a la santa Misa y ofrecemos el santo Sacrificio en honor de algún Santo determinado, para dar gracias a Dios por los favores que le ha concedido, procuramos a este santo mayor honor, alegría y felicidad, y alcanzamos su especial favor y protección para nosotros.
Los santos Mártires de Teruel
en el VII centenario de su muerte
Que los Santos Mártires de Teruel hayan derramado su sangre por la fe católica, es un hecho plenamente comprobado que nadie se ha atrevido a negar, n¡aun a ponerlo en duda, que sepamos. No sucede lo mismo con la fecha de tan glorioso triunfo alcanzado por ellos en Valencia, durante la dominación musulmana, pocos años antes de que don Jaime el Conquistador libertase a dicha capital del yugo sarraceno. Quieren unos que el glorioso tránsito de nuestros Santos Mártires fuese antes del año 1225, mientras otros aseguran, como después veremos, que no fue sino en 1231 ó 1232. Esta pequeña incertidumbre no debe ser obstáculo para que conmemoremos, como las circunstancias lo permitan, esa efemérides gloriosa. Recordemos a este fin los hechos más principales.

Claustro del convento de Teruel. Hacia 1900
Se llama Mártires de Teruel a los Santos Juan de Perusa, sacerdote, y Pedro de Saxoferrato, religioso lego, por ser ellos los fundadores del Convento de Franciscanos de dicha ciudad y descansar allí sus santas reliquias. Vinieron estos Santos a España por los años de 1216 ó 1217, junto con el compañero y discípulo predilecto de N. P. S. Francisco de Asís, Fray Bernardo de Quintaval, Jefe de la misión que el mismo Seráfico Fundador se dignó mandar a estos reinos. Llevaban nuestros Santos cartas
de recomendación para Teruel del insigne capitán turolense don Martín Garcés de Marcilla, y allí se dirigieron para establecer, en esa avanzada de la Reconquista Cristiana, un centro de operaciones, desde el cual pudiesen luego trasladarse fácilmente a Valencia y predicar a los moros las verdades de nuestra sacrosanta Religión.
Llegados a Teruel, se hospedaron, por de pronto, en el Hospital, no tardando en tomar posesión de la ermita de San Bartolomé, extramuros de la ciudad, en la ribera izquierda del Turia, donde se levanta hoy el magnifico templo de San Francisco, junto al cual puede verse aun el pozo que ellos mismos hicieron y es fuente de prodigios y gracias inauditas.

Iglesia de Teruel hacia 1900.
Parece que en 1220 concurrieron nuestros Santos al Capítulo celebrado en Zaragoza, bajo la presidencia de Fray Juan Párente, y obtuvieron permiso para ir a predicar a los moros de Valencia. No realizaron, sin embargo, sus propósitos hasta ver consolidada su fundación de Teruel con la llegada de varios y muy fervorosos discípulos. Una vez en Valencia, se hospedaron en casa del noble capitán aragonés don Blasco de Alagón, que se había refugiado allí por desavenencias con el Rey don Jaime. Los primeros frutos de su predicación fueron para los esclavos cristianos, muy numerosos en
esa como en otras ciudades moras; pero el celo por la gloria de Dios les impulsó a predicar también cuanto antes a los infelices mahometanos, con un éxito, a la verdad, lisonjero.
Su Rey Zeit Abu (Azoto) o Cid Abu Abdala Muhamad, como le llaman las crónicas árabes, no tardó en enterarse y hacerlos encerrar en hórrida prisión, atormentándoles de diferentes maneras, hasta hacerlos decapitar en la plaza pública llamada de la Higuera, donde fue martirizado también, siglos antes, el ilustre Patrón de la ciudad, San Vicente. Esta es la plaza conocida con el nombre de la Región Valenciana.
Según la Crónica de los XXIV Generales, aconteció esto el 29 de Agosto de 1231, Fiesta de la Degollación de San Juan Bautista, siendo otros de parecer que fue durante el Generalato de Fray Elías, hacia el 1232, lo más pronto; y sin que falten quienes aseguren, con no poco fundamento, haber sido antes del 1225. Sea de ello lo que fuere, ¡cómo debió regocijarse N. P. S. Francisco, al recibir tan grata nueva, y qué bendición tan amplia debió enviar a las ciudades de Teruel y Valencia, teatro de las heroicas virtudes y de las incomparables victorias de aquellos dos beneméritos hijos suyos! Dios, por otra parte, escuchó la férvida plegaria de sus Siervos por la conversión del tirano, que tan gloriosa corona les proporcionara; y Zeit Abu
Ceid no tardó en bautizarse con el nombre de Vicente de Belvís, con el cual aparece luego enterrado en el Convento de San Francisco de Valencia.
Mas no quiero terminar sin esclarecer antes, en lo posible, algunos puntos de bastante interés para la historia.
Hay que tener presente, ante todo, que al conquistar don Jaime I a Valencia ya no era rey de la misma el que martirizó a nuestros Santos, sino Abu Giomail Zeyan ben Mudafe Alginzami, a quien llaman Zaen, Señor de Denia, que privó del reino al anterior y se acogió a la protección del poderoso Rey don Jaime. Además el palacio dado a los Franciscanos por Zeit Abu Ceid (Azoto) no
fue la residencia ordinaria de los Reyes; que éste se lo reservó al Rey don Jaime para sí; sino que debió ser el de Abd-allah Aben-Salbo, en el camino de Ruzafa y cerca de la puerta Boatella, preciosa quinta que se le dejó a Zeit Abu Ceid, y en la cual probablemente fueron atormentados los Santos Mártires, atados a la palma o ciprés, que se veneró luego en el Convento de San Francisco de Valencia.
Según opina el P. Atanasio López, en su obra La Provincia de España de los Frailes Menores, al establecerse los Franciscanos en Valencia, a raíz de la conquista, recibieron, en el repartimiento, el real de Açmet Abualbara y otros terrenos que les fue dando el Rey don Jaime, según consta por varios documentos, que llevan dicha real firma. Más tarde Zeit Abu Ceid, con el consentimiento de aquél, les cedió su palacio de recreo, cerca de la puerta Boatella, y donde, por consiguiente, estuvo el Convento de los Frailes Menores de que habla San Antonino de Florencia, Hoy se halla convertido todo ello en la gran plaza de Emilio Castelar, habiendo desaparecido de allí hasta el nombre de San Francisco.
¿Y cómo se hallan hoy en Teruel las reliquias de nuestros Santos? Durante la guerra que, desde Teruel, se les hacía a los moros de Valencia, cayó en poder de los cristianos la fortaleza de Aras, y con ella muchos prisioneros musulmanes, algunos muy distinguidos y estimados de Zaen, el cual solicitó del Rey don Jaime el rescate y libertad de los mismos. Como una de las condiciones fue la entrega de las reliquias de los Santos Juan y Pedro, accedió Zaen muy gustoso y, valiéndose de unos comerciantes católicos residentes en Valencia, les envió el tesoro que los turolenses tanto anhelaban. Apenas se tuvo en Teruel noticia de su llegada, se organizó un grandioso recibimiento en el que figuraban el Rey don Jaime en persona, eclesiásticos y magistrados con toda la nobleza de la Corte. Tomó el Rey en sus manos las cajas en que venían dichas reliquias y fueron conducidas procesionalmente al Convento de San Francisco, en cuya iglesia o ermita de San Bartolomé se colocaron.
Más tarde, en el siglo XIV, a expensas del Arzobispo de Zaragoza, don García de Heredia, a cuya Diócesis pertenecía entonces Teruel, se construyó allí la suntuosa iglesia de San Francisco, cuya soberbia fábrica podemos todavía admirar, y se trasladaron a ella las reliquias de los Santos Mártires, dejándolas en lugar secreto, hasta llegar a perderse su memoria. Mas no quedó, por mucho tiempo, oculto tal tesoro. En 1481, quiso el Señor que fuesen halladas por un santo varón de nuestra Orden, el Maestro o Lector afamado Padre Vega, que había venido a predicar desde Valencia; y se hallaron en la Capilla del Santísimo Cristo, de donde fueron luego trasladadas al altar mayor del mismo templo. Hoy, después de haber permanecido muchos años en el Convento de Santa Clara de la misma ciudad, al ser exclaustrados los Religiosos en 1835, vuelven a ocupar dichas reliquias un altar de la citada iglesia de San Francisco, frente a la puerta lateral de la misma.

Arqueta que contiene actualmente las reliquias de los Santos Mártires.
La urna actual, de hierro repujado, se debe a la pericia del laureado artífice turolense Matías Abad, en cuyas manos se vivificaba y espiritualizaba la materia.
Existen reliquias de estos Santos en otros varios lugares. Es notable la de la Catedral de Valencia: un gran fragmento de fémur donado al Cabildo de la misma, en 1714, por los Franciscanos de dicha ciudad.
Respecto al culto tributado a los Santos Mártires, podemos decir que son varios los pueblos, tanto de Aragón como de Valencia, que les han erigido estatuas y altares y son honrados en esta región como Santos.
Su fiesta se celebra todos los años en Teruel el día propio de su martirio, o sea el 29 de Agosto, con asistencia del Cabildo de Racioneros y del Ayuntamiento bajo mazas, por ser nuestros Santos Copatronos de la ciudad. Muy típica y popular es la procesión de la víspera. Se diría que Jesús, el Divino Nazareno, vuelve a pasar ese día por nuestras calles, entre el ruido y murmullo de la gente, repitiendo aún aquellas dulces palabras: "Dejad que los niños se acerquen a mí". Una infinitud de pequeñuelos, por su pie los unos y en brazos de sus madres o niñeras los otros, preceden, acompañan y siguen a los Santos Mártires en su visita anual a la ciudad. Ningún orden se guarda en la procesión, sino que, a medida que las imágenes de los Santos
van visitando las iglesias, casas religiosas y edificios oficiales, se desprenden aquéllas, a menudo, de la multitud y van a visitar a los enfermos que lo tienen solicitado.
¡Con qué fe y cariño tan fraternal se les invoca! ¡Son sus mañicos, como ellos dicen! Ese día pernoctan las santas imágenes en una de las iglesias de los Racioneros, que las acompañan el día siguiente a San Francisco, oficiando ellos en su fiesta.
¡Turolenses y valencianos! Amad y venerad a los que fueron vuestros Padres y Maestros en la fe y vuestros guías y modelos en la virtud. Amad asimismo al Seráfico Padre que, con tan singular afecto y predilección, os mandó a esos dos beneméritos hijos suyos para que os enseñasen el camino del Cielo. Corresponded, os ruego, a tantas gracias y os haréis dignos de recibir siempre sus favores.

Vista del convento de Teruel hacia 1900.
Fr. Luis Ángel, ofm
Teruel, Agosto 1932.
La flor
La flor es la hija de la mañana, el encanto de la primavera,
el manantial de los perfumes, la gracia de las vírgenes, el amor de los poetas. Ella pasa ligeramente como el hombre, mas ella rinde suavemente sus hojas a la tierra. Se almacenan las esencias de sus olores, son sus pensamientos que le sobreviven.
Antiguamente la flor coronaba la copa de los banquetes y los blancos cabellos del sabio; los primeros cristianos cubrían de flores a los mártires y el altar de las catacumbas. Hoy en memoria de esos antiguos días nosotros colocamos las flores en nuestros templos.
En el mundo nosotros atribuimos o comparamos nuestros afectos a sus colores: la esperanza, a su verdura; la inocencia, a su blancura; el rubor, a sus tintes de rosa. Hay naciones enteras en las que la flor es el intérprete de sus sentimientos, libro encantador que no causa turbaciones n¡guerras y que no guarda más que la historia fugitiva de las revoluciones del corazón.
Las dos hermanas, Teruel y Valencia
Aunque dueña de sus montes,
lejos de su dulce hermana,
una garrida serrana
lloraba su soledad.
Triste en extremo, a menudo,
su pena al río decía,
y él presuroso corría
desairando a tal beldad.
Su llanto al fin desbordóse,
y su lágrimas ardientes
rodaron por las pendientes,
y agua y llanto se mezcló.
Así, de grado o por fuerza,
aquel río desdeñoso
ese llanto tan copioso
hacia abajo se llevó.
Junto a la misma corriente,
allanen la vasta llanura,
desahogaba su amargura
otra belleza sin par.
Entre jardines floridos
una Sultana muy bella
daba al viento su querella
presa de un hondo pesar.
Al fiero moro rendida,
la bella y rica Valencia
de un ser querido la ausencia
lloraba en aquel pensil;
pues en la sierra luchando
le quedó una dulce hermana
como ella entonces,
cristiana,
graciosa, bella y gentil.
El agua mansa corría
deteniéndose a mirarla,
y al ir aquélla a gustarla
sintió un extraño amargor.
Muy grande fue su sorpresa;
mas tras brevísima pausa
preguntó al río la causa
de aquel amargo sabor.
Contó el rió su secreto,
y al saber que de ésta hermana
era la bella serrana,
prendado de ambas quedó;
y desde allí en adelante
les sirvió siempre de lazo,
y por él un fuerte abrazo
su amor eterno selló. |
Vivir unidas de nuevo
una y otra deseaban,
y a intentarlo se animaban
por intermedio de aquél.
En posición ventajosa,
libre del yugo agareno,
de ardor santo el pecho lleno
la lucha inició Teruel.
Los moros iban cediendo;
mas volver a ser cristiana
anhelaba la Sultana
aun antes de tal unión.
A su anhelo dando oídos
unos héroes cristianos,
Juan y Pedro, franciscanos,
emprendieron tal misión.
Habla Cristo por su boca,
y la cristiana Valencia,
con la virtud de esa ciencia,
empieza a resucitar.
Brama el sultán de coraje;
no hay quien calme sus furores
y a los dos frailes menores
les hace decapitar.
De los héroes los despojos
a Teruel vuelven triunfantes;
mas con su sangre,
pujantes sus semillas brotarán.
Y no ha de tardar el día
en que las huestes cristianas
de su doble triunfo ufanas
libre a Valencia verán.
En cuerpo y alma gigante
un caudillo se presenta
que a los cristianos alienta
y les infunde valor.
Libra a la bella Sultana
el rey Don Jaime Primero,
buen cristiano y buen guerrero,
llamado el Conquistador.
Entonces las dos hermanas
con indecible vehemencia
y amor, Teruel y Valencia,
un nuevo abrazo se dan.
El Turia sigue cantando
aquellos dulces amores
trocados en bellas flores
que dando frutos irán. |
Fr. Luis Ángel, ofm
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