San Diego y los pobres
Entre los santos de nuestra seráfica Orden, llamada de los Menores, porque el sublimemente humilde "Poverello", su santo Fundador, quería que así se llamaran sus hijos para recordarles en todo instante que ante todo debían ser humildes, descuella nuestro San Diego. Y s¡toda su vida tiene rasgos muy elocuentes de esta virtud sublime que abarca y envuelve todo su sencillo vivir asimilado por modo maravilloso al de nuestro Seráfico Padre; la caridad que es la corona y complemento de ese espiritual edificio que se llama la santidad, puede decirse que igualmente absorbió todos los actos de la vida de nuestro humilde San Diego, siendo en el místico vergel del Serafín de la Umbría, a la vez que sencilla y fragante violeta, encendida y real amapola.
Entre los comprobantes datos de una y otra virtud que hallamos en su vida, en obsequio a la brevedad, yo sólo me ocuparé de la gran caridad que siempre tuvo con los pobres.
Ved sino aquel caso maravilloso y de sublime poesía en que en cierta ocasión, tan dadivoso se mostró y tan compasivamente solícito en socorrer la indigencia de sus idolatrados pobres, que el hermano refitolero se quedó sin pan para la Comunidad, porque el hermano Diego se lo había llevado para distribuirlo a los pobres. Enterado del caso el Padre Guardián y queriendo cerciorarse de ello, marcha él mismo en busca de nuestro Santo, quien, al presentarse ante su superior y requirirle éste que le muestre lo que lleva oculto en el halda del hábito, milagrosamente ven todos convertido en hermosas y fragantes rosas, el pan que llevaba escondido para sus pobres.

Nuestro San Antonio de Padua se le representa distribuyendo el pan a los pobres, nuestro San Diego de Alcalá igualmente es merecedor de semejante privilegio y público honor. Por eso el célebre Murillo se inspiró en este rasgo de la gran caridad de San Diego para con los pobres y le pintó en un célebre cuadro rodeado de pordioseros y distribuyendo entre ellos el pan de la caridad.
Estampa. Conciencia e inconsciencia
Conciencia e inconsciencia. La conciencia, dictamen práctico de la razón. Inconsciencia, operación irreflexiva del espíritu. La armonía vital, resultado esplendoroso que agranda la capacidad finita del alma humana, recipiente vital de afecto y de intelección, es consecuencia de un vivir consciente, ordenador.
La única ley que regula y vivifica la operación es la conciencia. Valores y actos, mérito y demérito, claman una conciencia ávida de ordenamiento. Sin conciencia se hunde el edificio moral y religioso. Religión y moralidad se sustancializan sobre la piedra inamovible de una vida de conciencia.
Vivir en conciencia es vida de ordenación ennoblecedora de vitalismos venerandos. Vivir sin conciencia es vivir en las tinieblas del no ser, es arrastrar el peso desgraciado de un puro animalismo. Vivir con conciencia violada es caminar arrostrando la visión del espectro que vocea sacrilegio de animismos sagrados inherentes, con inherencia moral, en la sustancia íntima del ser humano.
Conciencia e inconsciencia. Conciencia, patrimonio dignificador del hombre. Clamor que ordena el cumplimiento de obligaciones sagradas. Luz que proyecta la representación panorámica de la moralidad en su doble etapa de cumplimiento dignificador o de violación infamante.
Conciencia, dictamen organizador del estado religioso. Inconsciencia, violación regresiva de principios de moralidad eterna.
Fr. Luis Mª Rubert Candau
El ángel del cementerio
La madre de Periquín había muerto. A la vereda del monte, algo distante de la ciudad, se alzaba su cabaña, una casita blanca, como un piadoso morabito de la de la Arabia, que por espacio de tres años había albergado pobremente a Periquín y a su madre, que vivían de la caridad pública, desde que murió Toñón, el padre del desgraciado huerfanito.
Su madre le enseñaba a rezar todos los días, y al levantarse cuando el sol amanecía, y al acostarse después de la puesta del sol, madre e hijo dirigían sus plegarias al cielo para alcanzar el favor caridad y darle gracias del auxilio recibido, y siempre al finalizar rezaban un Padre Nuestro por el eterno descanso del alma de Toñón, que un ángel se había llevado al cielo, según explicaba la madre a Periquín cuando con infantil ansiedad preguntaba por su padre.
Un triste día de otoño, cuando el vendaval arremolinaba las hojas amarillentas de los árboles del bosque, Periquín vio con dolor que su madre no se levantaba; y una caritativa vecina, que había estado con ella, le dijo con tristeza que un ángel se la había llevado al cielo, y al cuerpo, que allí quedaba yerto, vendrían unos hombres para llevárselo al cementerio.
Periquín lloró desconsolado; y cuando vio que aquellos hombres venían por el cuerpo de su madre, tuvo miedo, y tuvo rabia y coraje por no poderlo impedir, y se retiró del camino, para seguirles luego a distancia, y no separarse de su madre.
Llegó solo al cementerio, y en la plazoleta de entrada quedó sorprendido y como aterrado ante aquellos cipreses que rodeaban a una esbelta cruz de piedra. ¿Qué sería aquello? El no conocía esos árboles, que no eran como los del bosque. ¿Serían los gigantes y fantasmas que se comían a los difuntos que llevaban a enterrar? Él ya no veía a su madre...
Tembloroso y con miedo, huyendo de los cipreses, avanzó hasta llegar a la puerta entreabierta. Miró por ella, y, ¡oh sorpresa!, lo primero que vieron sus ojos fue un ángel blanco que de pie sobre un mausoleo, mientras cruzaba con el índice sus labios para indicar silencio, con la mano derecha levantada señalaba al cielo. No cabía duda, Periquín se persuadió que aquel era el ángel que se había llevado a su madre al cielo, y corrió para pedirle que también se lo llevara a él. Mas vio que un grupo de gente venía hacia la puerta y él, miedoso, se escondió en la cripta del sepulcro.
Salieron todos, cerraron la puerta y Periquín salió de su escondite para postrarse a los pies del ángel y pedirle que se lo llevara al cielo. Al siguiente día, fiesta de Todos los Santos y víspera de los Difuntos, un ángel yacía yerto al pie del ángel del mausoleo. Era Periquín.
Las almas caritativas, enternecidas ante aquel espectáculo conmovedor, rezaron ante aquel ángel de la tierra y le cubrieron de flores.
El Amor Misericordioso (3)
Una de las más grandes aspiraciones del Amor Misericordioso es la unión de todos sus hijos para constituir el reinado de la paz. Omne regnum in se divisum desolabitur; todo reino dividido en sí mismo será destruido, dijo Cristo en su Evangelio con lo que pregona la absoluta necesidad de la unión, para que pueda consistir su reino sobre la tierra; y como base de esta unión establece el Amor Misericordioso la Caridad, la Caridad que es el estigma esplendoroso de los hijos de Dios para ser reconocidos como tales Ya lo dijo el Maestro del amor: "En esto conocerán los hombres que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros." De este amor mutuo necesariamente nacerá la unión que nos pide el Amor Misericordioso.
Lo que yo pido sobre todo—decía el Señor a la Sulamitis—es la unión; sed buenos, condescendientes unos con otros; no busquéis más que m¡gloria y los medios más eficaces para procurarla, extendiendo así m¡reinado de amor con más facilidad sobre las almas. Quiero que mis amigos comprendan bien su grande misión, que es, por medio de m¡amor, el lazo de unión entre los cristianos como será m¡Amor Misericordioso el lazo más eficaz para la unión entre las diferentes Familias Religiosas.
Oigamos todavía con gran respeto la voz del Divino Maestro, puesto que se digna hablarnos: "Lo que yo vivamente deseo es formar verdaderos amigos de m¡Corazón... porque ninguna obra es agradable a m¡Corazón s¡los miembros de ella no están íntimamente adheridos a él... Yo soy el Dios de la paz, el Dios de la Unión, y es preciso que mis amigos, y con más razón mis apóstoles, hagan todo cuanto les sea posible para establecer en todas partes la paz y la unión, reflejando la indulgencia, la paciencia, la condescendencia, la generosidad, la bondad bajo aquel divino lema, que es m¡nuevo mandato: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado, para que con esa señal conozcan todos que sois mis discípulos; y el lazo que os una a todos sea siempre la caridad, ¡Caridad!
¡Caridad! No respiréis, n¡aspiréis más que caridad. Me hizo ver —dice su sierva— que tenía necesidad de almas, especialmente consagradas a su amor, para satisfacer a este deber de la práctica de la caridad, no solamente por ellas, sino por las que no lo hacen; y explicando estos deseos del Señor, añade: quisiera pequeños grupos de almas escogidas, del todo consagradas a m¡Corazón, dispuestas a hacerlo todo y sufrirlo todo por él y por las almas, almas de amor las llama él, almas que se inmolen en el fuego del más puro amor, quiere que esto se haga con interés, con gran celo por establecer el reino de la caridad. Continúa la confidente del Amor Misericordioso.
Él me dice: hazme conocer, hazme amar... así quiero que se me honre, así quiero ser conocido, amado, imitado, ofrecido... publícalo por todas partes, dilo a m¡sacerdote, que contribuya con todo su poder al cumplimiento de mis designios. ¡M¡sacerdote! Mis sacerdotes que tomen m¡causa en sus manos; el Amor Misericordioso es un tesoro inmenso que yo pongo en sus manos, para la santificación de los justos y la conversión de los pecadores. Por el Amor Misericordioso moverán los corazones. ¡Quiero reinar en las almas! No se extrañen de los obstáculos que Satán presentará, como otras veces, él tratará de armar todas las criaturas en contra mía, pero no temas; esta doctrina es m¡doctrina en el reinado de m¡Amor Misericordioso que preparo ahora sobre la tierra.
M¡espíritu trabaja actualmente en los espíritus y en los corazones, en las voluntades sobre este asunto, y los dispone para el cumplimiento de mis designios. Sí, por m¡Amor Misericordioso quiero salvar al mundo; por m¡Amor Misericordioso quiero reinar sobre el mundo.
¡Oh!, que m¡sacerdote no tema predicar m¡doctrina, m¡alegría es verla extendida por medio de mis amigos. Yo dije a mis apóstoles que fuesen a enseñar a todas las naciones y predicaran el Evangelio a toda criatura. Lo que dije entonces lo digo también ahora. Rogad para que Yo suscite sacerdotes que respondiendo a m¡ferviente deseo, vayan por todas partes predicando el Evangelio del reino de Dios, y alumbrando en las almas la fe en m¡amor, encendiendo una inmensa hoguera de caridad.
¡Dichosos aquellos que Yo me digno asociar a m¡gran obra! Serán dichosos en la hora de la muerte, y en la otra vida, todos los que de alguna manera hayan contribuido a la gloria y a la manifestación de m¡Amor Misericordioso, pues ese Amor Misericordioso, por quien ellos habrán trabajado y sufrido, es precisamente quien les ha de juzgar.
C. y C.
Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China)
Estancia en Shangha¡y llegada a Tientsin, puerto final
Nos llamó extraordinariamente la atención el gran número de barcos de guerra anclados en el concurrido puerto fluvial de Shanghai, situado cerca de la desembocadura del Wihangpoo, último afluente del Yang-tse-kian, principal río de China. Había un buque americano, en cuya plataforma cabían más de 30 aeroplanos.
Una multitud de trabajadores esperaba ansiosa en el muelle la llegada del Havel. Comenzaron cuanto antes a descargarlo y los trabajadores mientras transportaban las mercancías a hombros a los almacenes, cantaban haciendo una especie de tonadilla, y como eran tantos formaban una gritería infernal.
Tres días permanecimos en Shangha¡hospedados en la Procura Franciscana. Shangha¡en nada tiene que envidiar a las grandes poblaciones europeas, pues posee hermosos y espaciosos edificios, buenos medios de locomoción, surtidos establecimientos de comercio y toda clase de comodidades que poseen las grandes ciudades. Según el juicio de muchos llega hasta los 3 000.000 de habitantes, ocupando el quinto o sexto lugar entre las poblaciones. Este número no extraña al que ha visto la grande extensión que ocupa y la multitud de gentes que transita por sus calles. Posee varias Universidades, entre las cuales merece especial mención la de la Aurora, dirigida por los padres jesuitas franceses.
En Shangha¡engrosó nuestro grupo un padre alemán, antiguo misionero, quien nos sirvió de guía hasta Taiyuanfú. En vapor inglés continuamos nuestro viaje hasta Tientsin, puerto final. Cuatro días empleamos en esta travesía, tocando tan sólo por unas horas los puertos de Weihai-we¡y Chefoo. Cerca de Chefoo al anochecer pasamos por el lado de tres submarinos ingleses, los cuales estaban parados a flote del agua y estaban alumbrados por focos eléctricos de gran potencia.
Nuestro último día de mar fue de angustia, ya que se encontraba en completa revolución. Por fin, el 17 de Octubre, a las ocho de la mañana, descendimos del barco dando término a nuestro largo y feliz viaje de mar que duró 43 días. En tren nos dirigimos a Tientsin a la Procura Franciscana de las misiones del norte de China; cinco días permanecimos en ella durante los cuales el simpático Procurador, Padre
José María Iruarrizaga, con cuidados de madre nos proveyó de toda la ropa necesaria para luchar no contra los japoneses, sino contra el intenso frío de esta misión de Yen-an-fú.
Tientsin es el segundo puerto de China, tiene un millón de habitantes y en ella hay cuatro concesiones: inglesa, francesa, japonesa e italiana. Nuestra Procura se halla en la concesión italiana; ésta es muy bonita y fue construida tan sólo para morada y no para comerciar.
Hacia el interior de la China
El 23, a las 9,30 de la mañana partimos en tren hacia la antigua capital de la gran Re pública, la ciudad de Pekín o, como la llaman modernamente, Peipín. Cuatro horas tardamos en llegar. En las pocas horas que estuvimos en Pekín pudimos ver de corrida la Universidad católica y gran parte del palacio imperial, conservado hoy como museo. Es imposible ver en unas horas toda la ciudad de Pekín por la grande extensión que ocupa. Es muy rica en monumentos. La Universidad católica pertenece a los benedictinos americanos y en ella enseña también un español, quien se mostró muy afable y cortés para con nosotros.
Desde que comenzamos a internarnos en China observé lo que tantos misioneros nos contaron anteriormente o sea que toda ella es un gran cementerio: por todas partes se veían monumentos sepulcrales, lápidas y montones de tierra hechos en honor de algún difunto. Otra de las cosas que me llamó la atención es la pobreza que reinaba en los montes, siendo muy raros los que contenían algún árbol. Toda la tierra que hasta el presente he visto en China se halla muy
bien trabajada. Parece increíble, cas¡todas las vertientes de los montes, aun las que tienen posición cas¡vertical, están aradas.
Desde el tren, de vez en cuando, a causa del aire que venía de Mongolia, veíamos unas nubes de polvo que disminuían en gran parte la luz del sol.

Nube de polvo sobre ciudades chinas (Foto actual)
Después de 19 horas de tren, a contar desde Pekín, bajamos en Taiyuanfú, en donde nos quedamos por espacio de nueve días en la residencia episcopal de aquel Vicariato Apostólico encomendado a los franciscanos italianos.
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