Episodios del negrito Marabá (IX)

La manada de caimanes

Una manada de caimanes, tal vez aquellos mismos que al amanecer habían atacado a las piraguas de los fetiches, y que sorprendidos por el estruendo y algarada de la lucha entre los Tolis y los Nagos huirían hacia la otra orilla de la laguna, abordaron en una planicie arenosa y sin árboles de la isla flotante, y al extremo opuesto de donde habían tomado tierra Djerua y Marabá. Aquella especie de playa no era más que una muy tupida raigambre de los árboles, recubierta de tierra o arena, que como toda la demás superficie flotaba sobre las aguas, sin ningún apoyo en el fondo; así que era fácil hacer oscilar a toda la mole de aquel bosque con solo recargar de peso alguno de sus extremos. Esto era precisamente lo que ocurría.

Cansados sin duda las caimanes de navegar por las aguas, al llegar a aquella orilla llana y arenosa, les halagaba salir a tierra y tenderse sobre la arena para tomar el sol. El peso de tantos monstruos y su continuo ajetreo, su inquieto subir y bajar al agua y su pesado retozar sobre la arena, daba aquellas sacudidas al bosque flotante, haciéndolo columpiar con aquel tan fuerte y raro balanceo.

Djerua, al internarse por el bosque en dirección a la otra orilla para averiguar la causa de ese fenómeno, vio de lejos a los terribles caimanes tendidos unos sobre la arena y saltando otros del agua a tierra y viceversa, repercutiendo sus golpes en frecuentes balanceos de toda la mole flotante. Quedó sobrecogida de espanto por aquel nuevo y tan cercano peligro. Pero reflexionando bien vio que los monstruos no podían llegar a ellos por tierra, porque la espesa trabazón de los árboles no dejaba espacio bastante para que las bestias deslizaran su enorme cuerpo. El peligro estaba por el agua; s¡intentaran bajar al agua o navegar por la laguna, difícilmente escaparían de ser presa de los caimanes. Era, pues, necesario remontar la piragua y ponerla a salvo, y asegurar al propio tiempo las provisiones de fruta que en ella guardaban, por s¡duraba el peligro y fueran escasas las frutas comestibles entre la arboleda de aquel bosque.

Era fácil el poderse construir una cabaña entre la espesura de aquellos árboles, y todo el resto de la tarde lo pasaron Djerua y Marabá en el arreglo de su tienda, quedando construida y bien consistente a la entrada de la noche, pudiendo ya pasar en ella la noche con bastante seguridad. El balanceo de la isla había cesado, prueba segura de que los caimanes o habían seguido su curso o dormían su letargo en los antros del seno de las aguas, razón de más para que nuestros fatigados fugitivos pudieran dormir tranquilamente.

Caimanes

Lejana tormenta

Ya avanzada la noche, sordos rumores de tempestad se percibía a lo lejos, y de vez en cuando el siniestro fulgor del relámpago barría de momento las sombras fatídicas de la noche y esclarecía las aguas del lago y los senos del bosque, como potente reflector de la tormenta que acecha y busca sorprender a las víctimas a las que ha de herir con el rayo.

Ráfagas tormentosas que procedían del norte arrastraban frecuentes aguaceros, como perdidos latigazos del cielo que se desprendían del núcleo de la tormenta lejana, que era torrencial. De todo ello no se daban cuenta Djerua y Marabá, que dormían con tranquilo sueño, repuestos un tanto de los terribles sobresaltos de pasados días. Presentían en su espíritu que los nagos no volverían a perseguirles; aquella quietud de la laguna, aquel desierto de piraguas que no habían vuelto a Salir del puerto de los fetiches, aquel no se qué de fatídico y siniestro que les sobrecogía al mirar hacia Nago, la que veía recubierta de una neblina de humo espeso, cual s¡fueran los restos de un potente y voraz incendio...

Algo funesto había ocurrido a los nagos, que no podían adivinar, pero que el corazón les decía que ya estaban libres de su inicua persecución. Bien podían dormir tranquilos, que aunque ellos no los vieran, la justicia de Dios les había dado su merecido, y, o yacían muertos, o, arrastrando las cadenas de la esclavitud, seguían el fúnebre convoy que los llevaba al mercado de Whydah.

Navegación de la isla flotante

Llegó la mañana con los esplendores del sol, cuyos potentes rayos habían deshecho y alejado los restos de la pasada tormenta. Pero una nuevo sorpresa les aguardaba a los fugitivos príncipes. Pronto se dieron cuenta que no estaban ya en el mismo punto; aquella isla flotante como ingente y fenomenal nave iba navegando al empuje de una crecida corriente.

La lejana tormenta, cuyos siniestros fulgores habían llegado hasta allí, había sido muy copiosa en nutridos aguaceros, y los diversos afluentes que rendían sus aguas al lago llegaban en tumultuosas y nutridas corrientes, que provocaron una inmensa crecida de la laguna.

El empuje dé la corriente fue poco a poco rompiendo aquel dique de ramas y raíces que aun mantenía unida a la costa la isla flotante; y al desprenderse del todo comenzó a navegar a merced de la corriente. Debiera ser delicioso navegar a la sombra de copudos árboles, en un jardín flotante y al ritmo de su blando balanceo; y así parece que lo encontraban agradable Djerua y Marabá, que tomaron su desayuno de sabrosos plátanos contemplando la ribera, cuyos gigantes árboles se iban deslizando como en severa procesión ante su vista. Mas no era tanta la seguridad como en un principio pudieron creer. Aquella mole, desprendida de la tierra firme, no era tan consistente que pudiera resistir el empuje de las aguas y comenzaba a desgajarse por diversos puntos, y, bien pronto tal vez, no quedaría de ella más que grupos de árboles flotando sobre las aguas.

La boca de Akinú

Djerua advertía esto, y comenzó mayormente a preocuparse porque no lejos veía destacarse funesta la boca del Akinú, y percebía el sordo rumor de la cascada que se precipita en su abismo.

La laguna de los Nagos solía tener de ordinario su desagüe por las fuentes del Akinú, una hondonada arenosa que por diversos hoyos vertía el agua, que al parecer se filtraba de la laguna, dando origen al río de ese nombre; y cuando por las lluvias crecía la laguna, desembocaba por esa hondonada convirtiéndolo en un río caudaloso, por el que podían navegar fácilmente las piraguas. Pero cuando la crecida era muy copiosa tenía otro desagüe que era el terror de los negros. Ese desagüe era la boca del Akinú.

Navegando hacia el Sur, a la derecha, limitaba la laguna una montaña escarpada y abrupta. En uno de sus recodos se abría una extensa hendidura, como una sima de grande boca, que se prolongaba hendiendo la montaña como un tortuoso y profundo cañón. Cuando la crecida era grande las aguas desbordaban por esa boca, cayendo al abismo con gigantesca cascada, cuyo rumoroso estruendo oí^se de lejos llenando de pavor a los navegantes. Los negros miraban ese abismo con supersticioso terror, cuyas aguas, en su creencia, no tenían salida, sino que se hundían en el seno de la tierra, donde iban también a parar las naves que eran arrastradas hasta allí por la corriente, aunque en realidad esas aguas volvían a salir, después de correr la hendidura de la peña, a engrosar el cauce del Akinú.

La corriente, después de haber desgajado en diversos bloques aquella isla flotante, los precipitaba hacia la boca del Akinú, y Djerua veía con espanto que uno de los bloques estaba ya próximo a la cascada, y con toda seguridad iba a ser engullido por aquella negra sima. La misma suerte podría correr aquel en que ellos navegaban y era urgente tratar de ponerse a salvo, de lo contrario el negro abismo del seno de la tierra sería su horrible sepultura.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

(Continuará.)

Un misionero católico en el día de su partida

Me parece estar todavía paseando por la huerta de m¡padre. Era un lunes. Caminaba lentamente por un pequeño prado cubierto de verde césped.

M¡madre se asomaba de vez en cuando por la ventana, y sacudía, cantando, los vestidos del domingo, pero yo sólo tenía ganas de llorar. M¡corazón sufría pensando en la noticia que debía darle dentro de breves horas; adivinaba su dolor y sus lágrimas, y su alegría presente colmaba la medida de m¡angustia.
Llegó, en fin, la noche. Cenamos cas¡sin decir palabra, porque la agitación de m¡espíritu no me permitía mantener conversación.

Concluida la cena nos sentamos cabe el hogar. M¡padre se colocó entre m¡madre y m¡hermano Pedro. Había llegado la hora, y me era forzoso hablar.

—Queridos padres —dije entonces—; tengo que comunicarles una noticia: voy a cumplir veinticinco años, y es preciso que tome una determinación relativa a m¡porvenir. He resuelto dirigirme a París y entrar en una Congregación.

—¿La Congregación de las Misiones extranjeras?

—Sí, padre mío.

Mis pobres padres quedaron como petrificados. V¡sus ojos enjutos, pero m¡madre me miraba como s¡fuese juguete de un sueño. Al fin rompió la primera el silencio, y derramando lágrimas exclamó:

—¡Ay, hijo mío; tu partida será m¡muerte!

—Madre —le dije con dulzura—: Dios la ayudará. No puede usted imaginar lo que me cuesta causarle esta pena.

Entonces m¡padre me hizo algunas observaciones.

—Ya sabes —me decía— en qué estado ha puesto a tu madre la partida de tu hermano, y ahora la tuya acabará con ella.

—No, esposo mío —repuso m¡madre— no temas, no moriré.

¡Pobre madre mía! ¡Daba ya comienzo a su sacrificio!

Después de algunas palabras, m¡padre añadió:

—¡Haz como desees! ¿Necesitas m¡consentimiento por escrito?

—No, padre mío; no hay necesidad. Entré con Pedro en m¡cuarto, a donde nos siguió muy luego nuestra madre. Se arrodilló junto a m¡mesita, y apoyándose en ella ocultó el rostro entre sus manos. Su corazón se desbordaba y prorrumpió en llanto y en lamentos, sin hacerme, no obstante, la menor reconvención. Tomé sus manos apretándolas entre las mías, y le dije todo lo que el corazón me sugirió para consolarla, pero inútilmente, hasta que por fin logré que fuera a tomar algún descanso.

A la mañana siguiente m¡madre vino a despertarme; se sentó a m¡lado, y dio libre curso a sus lágrimas.

—¿No podrías hacer el bien aquí sin necesidad de ir tan lejos? —me repetía—. Lo he ocultado delante de tu padre, pero te digo que el dolor me matará.

Todas estas palabras me lastimaban el corazón.

Después de despedirme de diversas personas, fu¡por la tarde a casa de la familia Q... con la cual teníamos verdadera intimidad. M¡madre vino a juntárseme, y se habló de las Misiones. Luego volvimos a nuestra casa, y bendije este corto paseo, el último que hacía con m¡pobre madre.

Sus palabras fueron sublimes; aceptaba heroicamente aquel sacrificio. Le mostró tantas almas infelices como se pierden, y los inmensos países en donde no se conoce a Dios; y ella me decía:

—Hijo mío, apruebo tu conducta, y aunque lastimada en lo más íntimo por tu partida, admito tu resolución. Pero dime —añadió fijando los ojos en la bóveda estrellada—: ¿es bien cierto que allá arriba hemos de encontrarnos y ver nos otra vez?

¡Conmovedora escena! Bajo la mirada de Dios, m¡madre hacía el sacrificio de su hijo y yo le aseguraba que volvería a verme en el cielo.

Recuerdo aun estas palabras:

—Fuerza es que haya otra vida, pues de lo contrario me vería incapaz del todo para hacer semejante sacrificio. Sí, sin el pensamiento de Dios y de otra vida mejor tu partida me mataría.

Al día siguiente añadía m¡madre:

—No puedo impedirte que marches; pero, aunque pudiese, no quisiera hacerlo.

Lo mismo me dijo m¡padre. ¡Dios mío, no olvidéis tan bellas palabras!

Dispuesto todo, experimenté la necesidad de apresurar el desenlace final, porque la situación era violenta para todos. Después de la comida, m¡madre, que no había querido saber a punto fijo el día de m¡marcha, observó que tenía arreglados mis paquetes, y comprendió que iba a darle el último adiós.

Nos ayudó a transportar m¡equipaje al vehículo que debía conducirme, y volvió a entrar en casa.

Al oírla sollozar me fu¡a ella presurosamente. Estaba arrodillada, con la cabeza apoyada en una silla. Al ruido de mis pasos, volvió hacia mí su rostro bañado en lágrimas. Sin despegar los labios me arrodillé a su lado; la estreché entre mis brazos, ella me apretó entre los suyos, y nuestras lágrimas se confundieron.
Rostro con rostro, corazón con corazón, comencé con voz entrecortada: "Padre nuestro que estás en los cielos...". M¡madre siguió rezando conmigo esta oración, y al llegar a las palabras "Hágase tu voluntad", las repetimos tres veces.

La abracé estrechamente por última vez, y me lancé al carruaje, que partió al momento.

Filiberto Simón

Misionero de Manchuria

La música en el templo (II)

El uso antiquísimo de la música vocal e instrumental en el templo cristiano procede de tiempos apostólicos y deriva del antiguo canto judaico. San Pablo, en el segundo lustro del imperio de Nerón, escribía a los cristianos de Efeso: "Llenaos del Espíritu Santo, hablando entre vosotros mismos en salmos, y en himnos, y canciones espirituales, cantando (psallere) (1) y loando al Señor en vuestros corazones."

El precepto prohibitivo de hablar las mujeres en la iglesia, impuesto por el mismo apóstol, no debió referirse a las que cantaban las divinas alabanzas con la masa coral, sino a las que pretendían enseñar al modo de las pitonisas o académicas gentiles. Las Actas de mártires ofrecen el tierno espectáculo, precedente al martirio, verificado en el recinto subterráneo de las Catacumbas, donde concurrían los fieles cristianos para celebrar sus ritos, para robustecerse en la fe y prepararse a defenderla ante los tiranos del Imperio. Allá, y a lo largo del lóbrego cinerario, resonaban los cantos religiosos "contendiendo los cristianos sobre quién alabaría mejor al Dios de todos", como aseguraba Tertuliano.

Cuando las leyes autorizaron el culto público del cristianismo, los fieles, cantando en fúnebre comitiva, acompañaban los restos mortales de sus hermanos hasta el lugar del sepelio. Los Concilios normalizan esta costumbre y dictaminan, para el mejor orden y efecto del canto, la división en coros y lugares reservados a los cantores, separados convenientemente del resto del pueblo. El de Laodicea en 364 estableció que sólo pudiesen subir al coro y cantar sobre el libro los cantores inscritos en los registros de las iglesias; pero esto no impedía que el pueblo respondiese desde abajo y cantase los himnos sabidos de memoria (2).

Eusebio de Cesarea, historiador eclesiástico, muerto en 340, dejó consignado el uso del canto religioso de los primitivos cristianos. "Al principio los cristianos cantaban a voces solas o acompañamiento de un instrumento de dos cuerdas y del arpa, prefiriendo la grave y religiosa música de los judíos a la artificiosa y afeminada de los griegos. San Jerónimo encargaba a Leta que no dejase a su hija saber el uso de la flauta, la lira, n¡la cítara. Cuando en 309 se hizo común el órgano en las iglesias, el canto se acomodó a este instrumento, que parece nacido para alternar con la voz de la muchedumbre o para acompañarlas (3).

Los Santos Padres, al propio tiempo que derrumban los sistemas doctrinales contrarios al dogma católico, edifican y elaboran el nuevo canon por el que debe regirse la sociedad cristiana, y ensanchan los horizontes de la cultura artístico-musical como medio eficaz para atraer a las almas al seno de la Iglesia católica.

San Juan Damasceno da una definición técnica de la música; San Clemente de Alejandría purifica el canto eclesiástico eliminando el cromatismo propio de la música pagana; otro Santo Padre introduce y organiza el canto a dos coros, a usanza oriental, cuyo sabor expresivo arrancaba lágrimas de emoción a los concurrentes. La Historia ha inmortalizado su obra con el nombre de Canto Ambrosiano. En este período surge brillante la figura de San Agustín, el genio de gran temperamento artístico que detesta sus errores del paganismo atraído por las dulces armonías que percibiera en la iglesia de Milán, regentada entonces por San Ambrosio. Dulcemente arrobado quedaba su espíritu al percibir la música ambrosiana, y alguna vez se dejaría llevar de su honda sensibilidad cuando duda de la licitud de aquella música "que le hacía olvidar el texto para seguir la melodía." Duda que desvanecía al recuerdo de tantas lágrimas vertidas al vibrar del canto mediolanense, en los primeros días de su conversión. De vuelta a África escribió seis libros De música.

Fr. Vicente Pérez-Jorge, ofm

(Continuará)

(1) Psallere, tañer el instrumento acompañando al que canta.
(2) H. Eclesiástica, Aguilar, D. Francisco; t. I, pág. 505.
(3) Historia y paginación citadas.

Noticias franciscanas

Gandía

La iglesia del Beato Andrés Hibernón se ha visto, durante los días transcurridos desde el 23 al 27, muy concurrida. Durante los mismos se ha celebrado el solemne Quinario que todos los años ofrendan a su Seráfico fundador la Tercera Orden de esta noble y franciscana ciudad. El escaso auditorio del primer día se vio duplicado en el segundo, y aumentó el número de fieles hasta resultar pequeño el amplio templo el día último, en el que tuvo que darse acceso al coro para dar entrada a los devotos que deseaban oír la voz apostólica del P. Juan Bautista Gomis, predicador de les sermones.

Tanto al hablar del estado actual de la sociedad, que según dijo está puesta en maligno, como cuando ensalzó las glorias de la Orden Tercera, que ha escalado todas las cumbres, tenía párrafos que subyugaban al auditorio, que apenas s¡respiraba. En vista del éxito la Junta acudió al tercer día para felicitar al orador, decirle que no han oído cosa semejante, y que para el año que viene no querían otro predicador. «No queremos que se nos escape —dijeron textualmente— por eso venimos a comprometerle antes de terminar.»

La comunión del domingo fue solemne y nutrida, distribuyéndola D. Juan de Dios, canónigo de la Colegiata. Por la tarde, después de la concurrida función y de la procesión claustral, a la que acudieron devotos de Benipeixcar, Daimuz, Real de Gandía, Rafelcofer y otros, el Visitador, don Juan de Dios, profesó a los novicios, impuso el santo hábito a numerosos pretendientes de ambos sexos y vistió el Cordón Seráfico a multitud de niños y personas mayores pertenecientes a la Tercera Orden del Carmen. El fruto fue abundante.

Benisa

Ha sido notable en la villa de Benisa la misión organizada por la V. Orden Tercera de S. Francisco. Comenzó el día 13 y terminó el día 20; ocho días de actividad espiritual, de reconcentración de los corazones, de examen serio y de resoluciones generosas.

La misión ha sido para personas mayores y consistía en dos actos importantes: el primero, por la mañana, con misa durante la cual se leía o explicaban puntos interesantes de doctrina cristiana o de asuntos de índole moral, y, en seguida, sermón sobre las verdades eternas (vicios y virtudes); por la tarde, al anochecer, corona franciscana, plática moral y luego sermón, de forma apologética, amoldada a las condiciones del pueblo.

El éxito ha superado en mucho a las esperanzas más halagüeñas: bien puede afirmarse que todo el pueblo se interesó en la misión y que las pláticas y sermones eran el objeto de los comentarios del día. La misión tuvo su punto culminante el jueves, día 17, pues el anuncio de que se expondría en el sermón la Encíclica Cast¡Connubii, sobre el matrimonio cristiano, tuvo la fuerza para atraer al templo a los pocos que fingían indiferencia por la misión. La iglesia y capillas se pusieron de bote en bote, quedando todos admirados al ver cómo asuntos tan vidriosos podían tratarse con tanta claridad, con tanta nobleza de expresión y tan elevada alteza de miras.

Se trató de molestar y aun de impedir el orden, por gente advenediza, pero al notar que se les abalanzaba el pueblo entero retiraron velas y no pasó nada. La juventud de la Derecha Regional se impuso con valentía. El último acto fue imponente; el gentío se estrujaba; ansiaban oír por última vez a los oradores. Trisagio solemne, plática, sermón, emoción indescriptible, un pueblo espiritualizado... ¿Y los oradores? Lo fueron los Padres Juan Bautista Gomis y Juan Jover. Los fieles, entusiasmados, decían: Nunca hemos oído hablar como han hablado estos hombres. Ha sido una inyección eficaz de espiritualidad.