Índice del número 186

Junio de 1944.

Presentación

La Acción Antoniana, muerta violentamente, como tantas otras cosas buenas, el año 36, reaparece ahora a requerimiento de muchísimas personas que guardan muy grato recuerdo de su lectura amena, instructiva y edificante.

Vuelve a salir con el mismo noble intento de antes, a saber: atraer a las almas al amor de Jesucristo, fomentando en los hogares el ambiente de piedad cristiana, que debiera ser el aire respirable de toda familia, s¡ha de vivir según las enseñanzas de nuestra Santa Madre Iglesia.

En medio de la frívola disipación de la vida moderna, aun quedan no pocos vestigios de fe operante, no siempre bien entendidos y aprovechados. La universal devoción a San Antonio es uno de ellos. En Europa y en América es popularísima su devoción. Muchas veces acuden a él sus devotos a que les remedie los urgentes necesidades de la vida presente. El Señor, tan misericordioso con nosotros, se sirve de esto como un anzuelo para coger almas y llevarlas y mantenerlas en la vida de la gracia, que es la que en definitiva importa. San Antonio parece seguir ejerciendo con esto el eficacísimo apostolado que asombró al mundo en su tiempo.

La Acción Antoniana quiere continuarlo desde sus modestas páginas. Con artículos de forma sencilla y popular y de sólida doctrina, con sucesos e historias edificantes, con noticias útiles al fomento de la piedad, con grabados a tenor de su índole religiosa y familiar, irá creando o manteniendo y fomentando ambiente de vida cristiana en nuestro pueblo.

El ardiente apostolado personal de San Antonio, extinguido ya visiblemente al apagarse aquella voz que penetraba los corazones, pero vivo aún en la raíz de amor que ahora vive en el cielo, seguirá derramándose como una bendición por estas páginas, que manteniéndose fieles al espíritu del Santo, acertarán a llevar algún rayito de luz divina y alguna chispita de amor de Dios a no pocas almas de buena voluntad.

Fr. Luis Colomer, ofm
Ministro provincial de los franciscanos de Valencia

El Exmo y Rvdmo. P. León Villuendas,
antiguo colaborador de la Acción Antoniana

Fr. León VilluendasEl que hace diez años, viviendo en Palestina, os describía Nazaret, Belén,el Jordán, el lago de Tiberíades, Jerusalén, los montes y los valles del país de Jesús...

El que hace veinte años, viviendo en Roma, os explicaba los monumentos de la eterna ciudad, sus Catacumbas, sus Basílicas, el Vaticano, y os hablada del Romano Pontífice, el dulce Cristo de la tierra...

Hoy, Obispo electo de Teruel, con honda satisfacción y extraordinario júbilo, bendice a la ACCIÓN ANTONIANA, que salida de la tumba donde la enterraron los rojos y resucitada a nueva vida, guiada por San Antonio, reanuda su apostolado franciscano de Paz y Bien. ¡Con la bendición, los fervientes votos de muchos y prósperos años!

P. León Villuendas Polo, ofm
Obispo electo de Teruel

Al reanudar su publicación La ACCIÓN ANTONIANA es justo rendir un homenaje de admiración a uno de sus mejores colaboradores, el P. León Villuendas, recientemente nombrado obispo de Teruel. Aunque suponemos ya conocido de nuestros lectores tan relevante hecho, nos es grato consignarlo en este primer número con el bosquejo biográfico que le acompaña.

El P. León Villuendas es natural de Torrijos del Campo (Teruel), y aunque muy pronto cambió el paisaje recio y adusto de su tierra por la risueña campiña valenciana, siempre ha tenido a gala su origen aragonés, del que tanto se ha preciado así en España como en el extranjero. Niño aún dejó su tierra siguiendo los impulsos de la vocación religiosa. Los primeros años de estudiante trascurrieron alegres en el colegio seminario de Benisa (Alicante). A los quince años vistió el tosco sayal franciscano en el convento de Santo Espíritu del Monte, viviendo en ese austero rincón de Valencia los fervores del año del noviciado. Ya profeso, recorrió las diversas casas de formación, con sumo aprovechamiento en la virtud y en los estudios; a las virtudes propias de su estado religioso unió siempre la que heredara, con el temple de su tierra: la tenacidad y constancia. Terminada brillantemente la carrera, fue enviado por los superiores a Roma, al Colegio internacional, hoy Universidad de San Antonio, donde cursó por espacio de tres años los estudios superiores de Sagrada Escritura, y obtuvo, con la máxima calificación, el título de Lector general en dicha facultad.

Desde este momento consagrose de lleno el P. Villuendas a la enseñanza, primero en Valencia y más tarde en Roma y Jerusalén. Su fecundo apostolado ha sido desplegado, sobre todo, en estas dos ciudades, donde ha vivido más de veinte años consagrados a la formación de la juventud franciscana de todo el mundo. En un principio fue su labor sólo docente, pero apenas fueron conocidas sus excelentes dotes de gobierno tuvo que alternar éste con la cátedra, hasta que cedió ésta su puesto a la dirección y gobierno de las casas internacionales de estudio en Roma y Jerusalén. Estuvo también durante nuestra guerra de Liberación al frente de los asuntos españoles religiosos de Jerusalén como Procurador general de Tierra Santa, y supo, en tan difícil situación, regir dignamente los destinos de España y de la Orden franciscana a él confiados.

En la actualidad ocupaba los cargos de Presidente-Rector del Colegio internacional de San Antonio de Roma y Consejero general de la Orden franciscana, por la lengua española; además, como al ocurrir la desgracia de ver Italia su suelo convertido en teatro de guerra, se encontraba el P. Villuendas en España, había recibido recientemente el nombramiento de Delegado general de la Orden en España, cargo que ha tenido que declinar, como los otros, al ser nombrado Obispo de Teruel.

Los lectores de La ACCIÓN ANTONIANA ha saboreado más de una vez los sabrosos comentarios evangélicos del P. Villuendas y recuerdan con fruición sus amenos relatos remitidos desde Roma y Jerusalén. La ACCIÓN ANTONIANA se ve honradísima con la alta distinción de que ha sido objeto su ilustre colaborador, y pide al cielo, derrame copiosas gracias sobre el nuevo Obispo y su martirizada Diócesis.

Fr. León Villuendas Polo

Fr. León Villuendas, ofm
de la Galería de Obispos de Teruel (1944-1968)

¡Ya estoy aquí!

Soy la voz del taumaturgo, del santo de los milagros, del que conmueve a los pueblos porque esparce por doquiera el Bien y activa en las almas la virtud y me llaman La Acción Antoniana.

Días de lucha, de angustia y de persecución he sufrido con los míos, en esos días aciagos en que todo lo bueno era blanco de las iras de Satán; la virtud era ofendida, como era ultrajado el nombre de Dios, y todo fomento de la piedad se veía envuelto en la sangre de los justos o arrojado a las llamas con el designio diabólico de que todo pereciera, todo aquello en que alentaba el soplo de Dios para mantener la vida de las almas.

San Antonio de PaduaYo era La Acción Antoniana, la que que en mil y miles de hogares penetraba mensualmente llevando auras del cielo y el rocío benéfico de la piedad y perlas del Amor Divino, y confortaba a los débiles, y daba gozo a los fervientes corazones, y alegraba con mis relatos interesantes a mis piadosos lectores, que me esperaban con ansia para recrear su espíritu y nutrirse de devoción y de amor, y pasaba por doquiera haciendo bien. Pero llegó la hecatombe del mal, el furor de la impiedad y arrebató m¡existencia de los piadosos hogares, y como todo lo bueno, fu¡víctima de la insana persecución.

Me escondía bajo tierra por temor de represalias; otros rasgaron mis hojas, que, como pétalos de las flores de un jardín, llevolas el viento por doquier, cayendo en lodazales, letrinas y basuras, o lo que aún era peor, viniendo a manos de los impíos sectarios que me llevaban al fuego para ser devorada por las llamas y borrar m¡existencia y n¡nombre con las cenizas de mis pavesas, s¡no es que se servían de mis hojas para envoltorio de mercancías, y luego, sobadas y sucias, venir a parar a un cubo de desperdicios y acabar en podredumbre. Así fenecían mis hojas y consumía m¡ser, que tanta gloria daba a las almas en los días de paz y de amor. Mas no creáis que m¡acción quedaba eclipsada; llevaba el soplo de Dios, y cuando menos se pensaba aun daba su fruto.

Ved una prueba, entre muchas que os pudiera relatar. Las cárceles del imperio rojo hacinaban miles y miles de los hijos de Dios, de los fervientes católicos, cuyo mayor crimen era ser hombres de bien; bastaba mostrar un aspecto piadoso para ser metido en la cárcel, y la vida de la cárcel era un duro martirio de desprecios, de malos tratos, de cruentos rigores, de mil privaciones, y entre todas ellas era el hambre la que daba a veces mayor tormento, pues sólo se daba un negro bodrio, que era preciso cerrar los ojos para comer y no ver lo que engullías, para el triste sostén de la vida. Menos mal que la Providencia velaba por los suyos, pues nunca Dios abandona a los que confían en Él, y llegaban provisiones, a veces sin saber de dónde, porque la mano de Dios las enviaba.

Había, pues, en una "checa" uno de los presos que no era de antiguo pensar en católico, sino recién convertido antes de la revolución, y el odio de sus compadres anteriores se ensañaba contra él con mayor refinamiento. Vino, pues, a parar en esa "checa", que fue una casa de religiosos. Ignorado su paradero, de nadie podía recibir auxilio, y ante la escasez de pan y nutrido sólo con aquel inmundo rancho, desfallecía de hambre, y por calmarla algún tanto revolvía los montones de basura por saciarse con los desperdicios de los demás. En esta apremiante tarea a que le obligaba el hambre, halló una vez en un envoltorio las hojas de una revista, que envolvían los restos de un buen manjar, y lo llevó con avidez a su tabuco. Calmó aquel día su exceso famélico, y ya satisfecho se dio a la lectura de aquellos papeles. Eran hojas de La Acción Antoniana, que hablaba del Pan de lo Pobres, de la caridad y solicitud con que el santo de los milagros socorre a sus devotos, y su fe poco segura, que ya iba fluctuando con los embates de la desesperación, se sintió robusta y le hizo caer de rodillas para implorar la protección de San Antonio. No supo cuánto tiempo permaneció en esa actitud, sino que unos golpes dados en el adjunto tabique le hicieron volver en sí. Oyó una voz que le decía: "Amigo, ¿tienes comida?". "No tengo", gritó fuera de sí.

San Antonio repartiendo pan

San Antonio reparte el pan a los pobres.

Quedó esperando, y el más absoluto silencio siguió a tan inesperada demanda. Llegó la hora de la comida, y uno de los buenos oficiales, de los muchos que daban muestras de buen corazón, entró sigilosamente en la celda de nuestro nuevo devoto del santo con un plato de arroz, pan y otras minucias, diciéndole: "Esto os envía vuestro vecino, que quiere compartir contigo lo que le envía su familia, pues sabe que a t¡nadie te envía nada que comer". Esto fue repitiéndose todos los días, mientras las hojas de La Acción Antoniana, conservadas como un tesoro y vueltas a leer también todos los días, aumentaban el fervor de aquel recluso y afianzaban su fe para sufrir por Dios y con santa resignación las penalidades de la cárcel. Ya veis cómo m¡acción estaba ociosa, y para continuarla, ¡ya estoy aquí!

Fr. Manuel Balaguer, ofm

El culto de la Eucaristía en la Edad Media

La divina Providencia ha asistido siempre con exquisito cuidado a la gran obra de Jesucristo, la Iglesia, en el proceso histórico de su existencia, en la penetración paulatina y continua de las verdades reveladas en la conciencia cristiana y en el perfeccionamiento sobrenatural creciente de las almas. Ciñéndonos a las verdades reveladas, no es difícil descubrir la acción providente de Dios en la preparación secular del elemento humano, el lenguaje, que había de recibir los conceptos nuevos revelados y vestidos con el ropaje de la lengua de los hombres para proponerlos por medio de su Iglesia a nuestro asentimiento. La acción prolongada de la literatura y filosofía griegas afinaron y enriquecieron de tal manera este idioma que al momento de la revelación fue éste el escogido por Dios como el más apto para recibir y traducir las ideas nuevas bajadas del cielo.

Reveladas ya estas verdades y expresadas en el humano lenguaje, faltaba aquilatar los conceptos. Las herejías de los primeros siglos iban poniendo sobre el tapete de la discusión cada una de estas verdades, con motivo de lo cual la Iglesia, con su criterio infalible, determinaba el alcance exacto y preciso de los elementos que integraban la doctrina revelada. El orden con que estas discusiones iban sucediéndose en el seno de la Iglesia ciertamente no era cosa ajena a los designios divinos.

Fijadas ya la mayoría de las verdades dogmáticas por el sentir seguro e infalible de la Iglesia, en época más tardía, en el siglo IX y tiempos que le siguen, los escritores del período carolingio entablan las discusiones acerca de la Eucaristía, de las cuales se proyecta no poca luz sobre la naturaleza de este Misterio. S¡bien algunos escritores se sitúan en estas polémicas al borde de la herejía, es Berengario de Tours quien a principios del siglo XI niega la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Sin embargo, definidos ya los dogmas referentes a la persona y obra de Jesús, a la Santísima Trinidad y la gracia, era cosa ya más hacedera a la razón humana, guiada por la fe, rastrear la delicadezas y sublimidades del Mysterium fide¡para fijar la Iglesia, con su autoridad divina, la fe en este Misterio, que arranca de las palabras del Salvador.

Elevación

Como consecuencia de estos hechos comienza a tomar cuerpo el culto público de la Eucaristía, que refleja el sentir seguro e ininterrumpido de la conciencia cristiana en este dogma. Principalmente, los fieles, en los tiempos a que nos referimos, adoptaron la costumbre de inclinarse en el momento de la consagración de la Misa para manifestar así su fe en la presencia real. En 1219, Honorio III, haciéndose eco de este movimiento, ordena que los sacerdotes eleven un poco la Sagrada Forma, a la altura del pecho, para que el pueblo, reverentemente inclinado, adore al Señor. La elevación del pan consagrado, en la forma con que hoy la hacemos, tiene sus principios en la devoción de las iglesias particulares.

Eudes de Sully, obispo de París (1196-1208), establece ya en su diócesis la elevación de la Sagrada Forma para que sea vista y adorada por el pueblo. Esta costumbre es adoptada por los Cistercienses en 1215. Andando el tiempo sigue ganando terreno este acto solemne de la Misa y en 1227 se extiende en Escocia y Alemania. Se introduce en Inglaterra en 1240, y no entra en la iglesia roana hasta principios del siglo XV. La elevación del cáliz entra en uso en tiempos posteriores.

Fiesta del Corpus

La fe y devoción de la conciencia cristiana en este Misterio, avivadas por el acicate del error de Berengario, sigue manifestándose con nuevos modos de veneración al Santísimo Sacramento, hasta formar el culto externo, social y colectivo de la Iglesia a la Eucaristía con la institución de su fiesta especial. En 1230 fue elegida priora del monasterio de Monte-Cornillón, de las religiosas Hospitalarias, cerca de Lieja, la bienaventurada Juliana, la cual durante varios años seguía sintiendo sobre sí la presión divina que le incitaba a manifestar a los prelados los deseos del Cielo para la institución de esta fiesta. Los consejos de la beata determinaron al Obispo de Lieja a establecer esta fiesta en su diócesis en un sínodo celebrado en 1246. El Papa Urbano IV, s¡bien había intervenido antes de Lieja, no se determinaba todavía a introducir esta fiesta en la Iglesia universal. A esto le movió el hecho del famoso milagro de los corporales, acaecido en la iglesia de Santa Catalina de Bolsena. A raíz de este suceso establece la fiesta, en 1264 con la bula Transituros de hoc mundo ad Patrem.

En la primera mitad del siglo XIII existía ya un oficio del Santísimo Sacramento que Santo Tomás, en 1264, retoca, completa y armoniza, legándonos la magnífica pieza litúrgica con que hoy cantemos las alabanzas de este Augusto Misterio en el día del Corpus. La liturgia de la Eucaristía sale, pues, de la Misa y pasa también al canto del oficio divino.

La procesión del Corpus, magnífico broche de oro con que se completa esta fiesta, fue introducida unos años más tarde, a principios del siglo XIV. Según algunos, el Concilio general de Viena, celebrado en 1311, la recomendaba, y ciertamente Juan XXII, pocos años después la enriquecía con indulgencias. Esta manifestación de fe, con el tiempo, ha ido ganando mayor esplendor en todas partes, sobre todo en España, en donde han intervenido siempre todas las clases sociales para rendir culto de adoración al Santísimo Sacramento, y donde el ingenio del arte ha producido para estas ocasiones las suntuosas custodias monumentales que aun hoy admiramos.

P. León Amorós, ofm.

Espíritu franciscano

El espíritu de san Francisco de Asís, extendido y comunicado a sus hijos de las tres Órdenes, es lo que llamamos espíritu franciscano.

Espíritu es aquello por lo que uno piensa, siente y obra; lo que da a cada cual su modo peculiar y característico de proceder, e imprime estilo propio a todo lo suyo.

No hay viviente sin espíritu. N¡en el orden sobrenatural se da vida sin espíritu. La vida cristiana de la gracia comienza en nosotros al infundírsenos en el bautismo el espíritu vivificante de Jesucristo, que no es otro que el mismo Espíritu Santo, tercera Persona de la Santísima Trinidad, que establece en nosotros su morada como alma sobrenatural nuestra, y de cuya caridad increada es participación la virtud de la caridad que se nos da en el bautismo. El divino Espíritu, que es la santidad por esencia, nos impele suavemente desde dentro a pensar, sentir, hablar y proceder santamente, y de acuerdo en todo con Jesucristo, fidelísimo en dejarse guiar y regir constantemente y en todo por el Espíritu Santo.

Los Santos han llegado a serlo y lo son en la medida en que se dejan informar y mover y dirigir por el Espíritu Santo que a todos ellos vivifica. Es, pues, uno mismo el espíritu de los santos; pero se manifiesta de múltiples y variadísimas maneras, que no se repiten jamás por igual. Los dones y comunicaciones y manifestaciones del Espíritu en cada santo; su modo peculiar de concebir la perfección y de realizarla; la idea dominante que espolea a cada uno a mayores grados de virtud y de santidad, eso es en concreto el espíritu de cada santo. ¿Cuál es el de San Francisco?

Tuvo Francisco un corazón muy generoso, capacitado para grandes empresas, afectuoso en alto grado y ansioso de vida de amor. Amaba todo lo grande y era grande en el amor por imperiosa necesidad de su ardiente corazón. Corrió en busca de las hazañas gloriosas de la caballería mundana; quiso ser un gran capitán de su tiempo; metido andaba ya en aventuras para salir con su intento, cuando se dejó sentir en su alma el poder de una penetrante voz que le decía: "Francisco, ¿quién podrá darte mayores grandezas y favores, el Señor o el esclavo?". "El Señor", respondió prontamente Francisco. "Pues, entonces, ¿por qué dejas al Señor por el siervo y al príncipe por sus vasallos?". Comprendió Francisco que era Dios quien le hablaba, y exclamó como Saulo en ocasión parecida: "Señor, ¿qué queréis que haga?".

San Francisco de AsísRetirado del mundo, según le mandó aquella divina voz, y mudado por dentro en afectos y aspiraciones, oraba un día en la iglesita de San Damián ante la imagen de Cristo crucificado. Su oración en aquellos tiempos era siempre la misma: "Concededme, Señor, que aprenda a conoceros, y que proceda en todo según vuestra santísima voluntad."

Una voz que parecía brotar del Crucifijo llegó entonces a lo profundo de su alma: "Anda, Francisco, y repara m¡casa, que amenaza ruina". Dispúsose al momento a cumplir el mandato del Señor tal como lo entendía. La gloria del mundo desvanecíase ante él como vanidad sin consistencia, y algo brillaba a los ojos de su alma con hermosa luz, cada vez más resplandeciente: Cristo crucificado, cuyo amor derretíale las entrañas desde que escuchó su voz, y cuyos dolores quedáronle desde entonces fuertemente impresos en el corazón. Con ardientes ansias deseaba vivir para Cristo, imitar a Cristo, reproducir en sí mismo la vida de Cristo; mas no aninaba todavía con la forma de realizar estos anhelos que ponía Dios en su corazón. Lo supo de pronto escuchando devoto el Evangelio mientras oía la santa misa: "No llevéis oro n¡plata n¡dinero alguno en vuestros bolsillos, n¡alforja para el viaje, n¡más de una túnica, n¡zapatos n¡bordón" (Mt 10, 9-10). "Esto es lo que yo quiero",se dijo alborozado acabada la misa, como quien ha hallado por fin lo que iba buscando. "Con todas mis fuerzas quiero ajustar a esto m¡vida". Arrojó el bastón y los zapatos; vistiose una túnica gris; se ciñó al talle una cuerda en vez del cinturón, y quedó fijada aquel día la norma de vida, según el santo Evangelio de Jesucristo, que habían de observar Francisco y sus primeros compañeros. Escribió Francisco una corta Regla inspirada en la pobreza evangélica y en los ejemplos y enseñanzas de Cristo, y la sometió a la aprobación del Papa para llevar adelante con su bendición la vida de imitación de Jesucristo que había comenzado.

"Todo el afán de Francisco era seguir perfectamente las enseñanzas de Cristo e imitar sus ejemplos", dice su primer biógrafo Tomás de Celano. La razón decisiva para hacer una cosa era el saber que Cristo la hizo. Se apartaba, por el contrario, del uso general, s¡no lo veía acorde con las enseñanzas de Cristo. Por esto concedió a sus frailes la libertad evangélica de comer de cuanto les presentasen en la meta; por esto prefirió la vida de apostolado popular y los trabajos de las misiones a la vida tranquila y apacible de los monasterios. Su saludo era el saludo de paz de Cristo. Su vestido un hábito sencillo en forma de cruz para que vistiera su cuerpo la cruz de Cristo, que tenía impresa en el alma. Creciendo cada día sus ansias de imitar a Cristo crucificado pedía al Señor dos cosas en sus últimos años: sentir en alma y cuerpo los dolores de la Pasión de Jesús, en la medida en que esto fuese posible, y sentir a la vez en su corazón aquel ardiente amor que impelió a Jesús a padecer y morir por los hombres. Plenamente fue colmado su deseo en el monte Alvernia, donde, por la fuerza del amor y de la compasión, y por prodigio hasta entonces inaudito, las llagas de Cristo impresas en su penitente cuerpo dejáronle hecho viva imagen de Cristo crucificado.

Tomás de Celano nos presenta a Francisco al escribir su vida, como "copia de la perfección de Jesucristo". Las Florecillas comienzan su primer capítulo con estas significativas palabras: "Es de advertir que el glorioso Padre San Francisco, en todos los hechos de su vida, fue conforme a Jesucristo". Pío XI lo presentó a la admiración y a la devoción del mundo en 1926, séptimo centenario de la muerte de San Francisco, como perfectísima imagen de Cristo. "Parece que no ha habido santo alguno -son palabras del Papa- en el cual resplandeciese la imagen de Jesucristo y la vida evangélica con mayor semejanza y nitidez que en San Francisco. Por eso fue con razón llamado 'otro Cristo', por haberse mostrado a sus contemporáneos y a los siglos futuros como un Cristo redivivo" (Encíclica Rite expiatis).

Se ve por esto cuál es el espíritu de San Francisco, al que nos venimos refiriendo: es el amor a Cristo concretado en el anhelo constante de imitar a Cristo con toda la perfección posible. este espíritu explica el matiz particular de la santidad de San Francisco y de sus fieles hijos.

Lleno San Antonio de este espíritu franciscano, desplegó en su época un fecundo apostolado, cuya eficacia, lejos de menguar, se ha ido multiplicando al correr de los siglos.

Recordando P¡o XI la devoción al Padre San Francisco despertada en el pueblo fiel por León XIII, insiste como su glorioso antecesor en que procuren todos los grados de la jerarquía eclesiástica "avivar en el pueblo cristiano el espíritu franciscano, que en nada discrepa de la virtud y espíritu evangélicos" (Encíclica Rite expiatis).

A esto vienen las páginas de La Acción Antoniana: a realizar, en la modesta medida medida de sus fuerzas, este encarecido deseo del Papa, continuando con la pluma el apostolado de San Antonio de atracción de las almas a Cristo por la difusión en ellas del espíritu franciscano.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm