Índice del número 189
Del 1 septiembre de 1944. Director: Fr. José A. Arnau.
- Comentarios a una fecha.
A la niña María en la cuna. Sor Isabel del Niño Jesús.
Buscad primero el Reino de Dios. Predica el Santo. Fr. Antonio de Padua.
¡Sígueme!. Estampas evangélicas. Fr. Rafael Fuster.
Espíritu evangélico franciscano. Fr. Luis Mestre, ofm - En el Albernia. J. M. Sanz
El poder de la Santa Cruz. Fr. Fidelis.
Esto es la Inquisición. Aclarando conceptos. Fr. Rafael Reig, ofm.
Todo menos trabajar.
Comentarios a una fecha
Cuando este cuarto número de La Acción Antoniana haya llegado a manos de nuestros lectores, se habrá cumplido el V aniversario de la fecha en que comenzó esta guerra feroz.
Hay una relación tan desproporcionada entre las razones alegadas para desencadenar el volumen y gravedad de los acontecimientos que de ella han derivado, que ya nadie cree n¡piensa siquiera en aquellas.
Para explicarla se ha acudido a nuestras razones. Reivindicaciones nacionales, insuficiencia de espacio vital, defensa de intereses comerciales, apetencias económicas, odios de raza, expansiones imperialistas, choques de culturas, proselitismos revolucionarios, función de los imponderable históricos... Todo se ha venteado repetidas veces desde los editoriales de los periódicos, desde las doctas tribunas de los ateneos, y hasta desde las tertulias y veladores de café.
No cabe duda que un complejo, muy trabado, de todas estas cosas, está obrando como causa inmediata de la tremenda catástrofe. Pero s¡queremos ver más claro, hemos de acudir a buscar la luz que el dogma de la Divina Providencia proyecta sobre todos los acontecimientos humanos.
Las gentes rectas y buenas, que quizá no lean periódicos, pero que se aferran a su fe y ven en la actual situación del mundo un castigo y una lección, resuelven con fórmula sencillísima el espantoso problema.
Los pecados de los hombres, dicen, atraen las iras de Dios. Enmendemos nuestras vidas y alejaremos el castigo.
A la Niña María en la cuna
Regia Niña María, S¡poetisa fuera, ¡Oh, diamante del cielo Mas ahora en la cuna, |
cual rica nave A tus plantas rendida, Y cuando gustes, Prenda, ¡Salve, Niña preciosa; |
Predica el Santo
Buscad primero el Reino de Dios
Como tú hay muchos que se sienten cansados, hastiados de la vida, completamente desorientados, sin saber a qué atenerse. Nada, un desastre...
¿Quieres que te diga algo para ayudarte a salir del marasmo en que yaces?
Allá voy; mas te advierto que prefiero hacerte meditar a instruirte. Quisiera obligarte a tomar en tus manos el libro de la vida y que la sintieras. Desearía que mis palabras fueran luz viva que te alumbre o martillo que te golpee y despierte...
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¿Qué es lo que te hace sufrir? Más que la carestía de cosas, la falta de vida sobrenatural. Y mientras así sea, irás con el entendimiento partido, con el corazón roto, con el alma mutilada, con media vida... Sí, con media vida. E ir con media vida es, sencillamente, debatirse en una larga, penosa y desesperante agonía.
¿No es eso lo que ocurre a la inmensa mayoría de los mortales...? ¿No se repite con harta frecuencia y por todas partes «Esto no es vivir ; ya no se puede más; es preferible morir .»? ¿Y por qué ese malestar, esa inquietud, ese desgarrador desespero?...
Mira, estaba para apagarse uno de los más grandes genios (le las letras humanas, y en el fragor de la última lucha gritó: «¡Luz! ¡¡MÁS Luz ! ! ... » Eso te pasa. Estás en la agonía de la vida; y un como sordo clamor, traducido" por esa desesperante inquietud, grita: «¡VIDA! ¡¡MÁS VIDA! ! » Pero ¡ah!, no aciertas a
mirar sólo a la materia, sólo a lo humano Y terreno y, ¡claro!, la oscuridad te envuelve por todas partes. Sientes vértigo horroroso.
¿Está todo perdido?
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Jesús, como en aquella noche procelosa del mar de Galilea, también ahora aparece y te dice: «¡Hombre de poca fe!.. ¿Adónde vas a buscar la vida?... Yo soy la vida y tú estás huyendo de Mí...»
Es verdad, has huido de Cristo, y ¡qué lejos estás de Él! ... No son los veinte siglos transcurridos los que te separan de El en el tiempo, pues Jesús es de siempre; lo que te separa de El es tu actitud materialista. El vino a que tuviéramos vida, y vida sobreabundante, y tú no quieres esa vida, prefieres permanecer en la muerte de la materia; vino a instaurar un reinado espiritual, y tú prefieres el reino de este mundo ; vino a esta tierra para que nuestro destino dejara de ser la tierra, pero tú rehusas desprenderte de ella, no quieres subir, no quieres tomar la cruz, no quieres abnegarte, no le sigues y .. ahí estás lejos, muy lejos de Jesús...
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Volver a Cristo. Informar tu vida con la (le Jesús. He ahí tu problema y el de todos los mortales, pues Jesús lo es todo para nosotros ya que por El solamente podremos entrar a formar parte en la familia de Dios y así colmar por completo los anhelos de nuestros corazones.
Pero ten entendido que esta realidad
vital, ineludible para los mortales, crea el verdadero tipo de hombre perfecto, muy distinto al proclamado por el mundo. Este, ha creado el tipo de hombre en el comercio, en la industria, en la banca, en el deporte, en el arte, en la pantalla, en el baile, en la moda... ; Jesús proclama su reino y dice que no es de este mundo, y por lo mismo, el tipo de hombre que define y crea es: el pobre de espíritu, el manso y humilde, el que padece persecución por la justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el hacedor de paz, el que llora, el que tiene hambre y sed de santidad...
Pero ese tipo de hombre, sé sincero, no te gusta, lo desprecias... Mas por eso te quedas fuera de su Reino, en las tinieblas exteriores...
¡Ea! ¡Animo! ¡Esfuérzate! ¡Busca, ante todo, el Reino de Dios y su justicia; todo lo demás se te dará por añadidura!
Es palabra de Jesús.
Fr. Antonio de Padua
Eucaristía
Amarte, oh Dios, amarte para siempre;
sentir con tu ternura m¡alma herida;
verte, y amarte, y comprenderte en el Pan,
eso es vivir con plenitud la vida.
Verte... Tú estás allí... cómo te veo...
Deja que m¡alma en contemplarte insista.
Oh, déjame acercar... te estás entrando
hasta el fondo de m¡alma por m¡vista.
Hablarte... y ¿cómo puede, Jesús mío,
osar hablarte m¡alma pecadora?...
Oh, mientras hablo tu pureza bebo,
como el espacio cuando bebe aurora.
Comprenderte... Jesús, es imposible;
Misterium Fide¡es la Eucaristía,
y no obstante, Señor, cómo te entiende
El que vive por TI y en TI confía.
Jesús de Nazaret, fuente de vida;
Jesús de Nazaret, eterno amigo;
n¡te pido, Jesús, n¡me des nada.
¿Para qué nada más s¡estoy contigo?...
Alfonso Durán
Estampas evangélicas
Y pasando por allí Jesús, dijo: «Sígueme...»
Jesús evangelizaba ciudades y aldeas y recorría las provincias romanas de Palestina, curando enfermos y anunciándoles el Reino de Dios. Y le seguían las turbas, atraídas por su doctrina toda nueva, que veían confirmada con portentos nunca antes vistos. Bienaventurada —exclama un día una mujer— la madre que te llevó en su seno... Tal era la admiración que excitaba en torno suyo Jesús de Nazaret. Todas las regiones de Tierra Santa oyeron su voz dulce y sugestiva; hasta las lejanas tierras de la Decápolis y de la Fenicia fueron santificadas con la presencia de Aquel que había venido en busca de las ovejas que anclaban extraviadas fuera del aprisco de Israel. Pero entre todas las regiones fue la Galilea la más afortunada, pues tuvo la suerte de contar entre sus hijos al Rabí, conocido por el nombre del hijo del carpintero José. Por algo había visto en lontananza al Mesías el profeta Isaías, como una brillante luz que apuntaba a modo de feliz aurora sobre la Galilea y cuyos destellos llegaban hasta la región de Trasjordania y el país de los gentiles.
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¡Ay de ti, Corozain! ¡Ay de ti, Bethsaida!, que s¡en Tiro y en Sidón se hubiesen obrado las maravillas que vosotras visteis, mucho tiempo ha, sin duda, que vestirían saco y cilicio... Y tú, Cafarnaum, ¿pretendes acaso elevarte hasta el cielo? Pues hasta el suelo serás arrasada. Y así fue; la palabra de Jesús se ha cumplido con terrible exactitud, no quedando de aquella ciudad airosa más que los restos de su sinagoga, alumbra los recientemente por la exploración arqueológica que anda afanosa en busca de las huellas que dejara, Jesús en su paso por este mundo. Ahí está toda la grandeza de aquella ciudad soberbia. Fronteriza como era de regiones gentiles, ofrecía inmenso campo al apostolado de Jesús. Y a pesar de su opulencia albergaba también a muchos pobres, que le daban ocasión de ejercitar su divina caridad con los desgraciados de este mundo. Eran éstos los que rodeaban frecuentemente al Maestro y le seguían, despreocupados de su propio sustento. Bien cerca está el monte de las Bienaventuranzas, que presenció una de esas concentraciones de pobres, los cuales vieron la gloria de Dios en la multiplicación de los panes.
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Pero esta vez no era un menesteroso, v ¡cuán lejos iba de sentir la vocación... ! Paseábase Jesús por las calles que daban al mar; sucedía esto como al atardecer de un magnífico día de otoño. El sol empezaba a hundirse detrás del Carmelo, y el hermoso cielo azul de esta región galilea se reflejaba como en un espejo en las tranquilas aguas del lago. Los pescadores aceleran los preparativos para hacerse a la vela. Los que vienen de la tetrarquía de Filipos, como los procedentes de las ciudades helenísticas, van formando cola ante las oficinas instaladas allí cerca del puertecito de desembarco. Y entre todos llamaba la atención un hombre que, lleno de actividad, se hallaba al frente de un despacho, atendiendo con ademanes correctos a los viajeros, cobrando los impuestos y derechos de aduana. Así que se hubo despejado el puerto de gente, pasó Jesús por delante de la mesa de trabajo de aquel hombre ; le echó una mirada que le llegó al alma y luego salió de sus labios divinos una sola palabra: «Sígueme.» Al instante se sintió otro aquel afortunado hombre; dejó su mesa de trabajo y siguió al Maestro.
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Aquello no pasó inadvertido. Mateo era un hombre adinerado y ostentaba cargo público administrativo tan odioso para los judíos. Y mientras los fariseos hacían sus cábalas sobre el nuevo discípulo del Nazareno, Mateo va a celebrar su vocación al apostolado con un espléndido convite. Ahora ya siguen a Jesús todas las clases sociales: pescadores rudos, pobres campesinos y este publicano, hombre de negocio, símbolo de la clase pecadora y vil, según la mentalidad de los fariseos y doctores judíos. Pero Jesús, que había venido en busca de los pecadores, se complace en confundir el orgullo de aquellas insolentes gentes con este rasgo generoso de su misericordia.
Al volver a correr, cada año, los primeros días del apacible otoño, las mansas aguas del Tiberíades, que van apagando su murmullo ante las playas de Cafarnaúm, parecen repetir el eco de aquella voz dulce e imperiosa de Jesús «Sígueme.»
Espíritu evangélico franciscano
En el Evangelio tenemos el retrato auténtico de Jesucristo. Lo trazó de mano maestra el Espíritu Santo sirviéndose divinamente de los escritores que para esto se quiso escoger, a quienes asistió e inspiró para que escribiesen lo que el Espíritu Santo quería que supiéramos de Jesucristo en orden a la santificación de nuestras almas.
Con lo que se nos dice en el Evangelio, entendido según las infalibles enseñanzas de la Iglesia, tenemos cuanto necesitamos para conocer a Jesucristo y para imitarle amorosamente, regulando por la suya nuestra conducta interior y exterior. Sólo con esta imitación de Jesucristo, que nos vaya configurando con Él, será posible nuestra salvación, ya que Jesucristo es el eterno modelo de los predestinados, según en el Tabor nos lo declaró el Padre Celestial cuando la transfiguración de Jesucristo: «Este es m¡querido Hijo, en quien tengo todas mis complacencias: escuchadle.» (Mat., 17, 5.)
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Síguese de aquí nuestro deber de leer devotamente el Evangelio para ir conociendo cada día mejor a Jesucristo y para imitarle con mayor perfección. En aquel grado (le perfección debemos imitarle, que Dios pide a cada uno de nosotros. A todos nos pide perfección y santidad, según Jesucristo ; pero no a todos en igual grado. A todos nos exige limpieza de corazón sin mancha de pecado deliberado y ejercicio (le virtudes tanto teologales como cardinales ; mas no pide a todos los mismos quilates de virtud.
Sabedor Jesucristo de su misión salvadora de las almas, no puede menos de querer ser imitado por ellas. «Aprended de mí —nos dice amablemente— a ser dulces y humildes de corazón.» (Mateo, 11, 29.) Y tras habernos dado constantes ejemplos prácticos de virtud, decía en memorable ocasión a sus discípulos, luego de haberles lavado humildemente los pies: «Ejemplo os he dado para que hagáis lo que me habéis visto hacer.» (Jo., 13, 15.)
El centro vital del cristianismo está, pues, en la imitación sincera y verdadera de Jesucristo. Quien imita a Jesucristo es cristiano; quien no le imita, no lo es en verdad, y no será reconocido por tal ante Dios aunque tenga patente de bautismo y de cristiandad ante los hombres.
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Esta sencilla verdad, que no siempre ha sido bien entendida por los mismos cristianos, es la que intuyó Francisco de Asís luego de su conversión a Dios. Desde entonces se entregó a la imitación de la vida evangélica de Jesucristo con todo el ardor de su amante corazón. Gustaba de leer el Evangelio o de escucharlo en la Misa o en la predicación. No había en los tiempos de San Francisco tantos sacerdotes como ahora, n¡solían ellos celebrar la Santa Misa fuera de los domingos y días festivos. S¡llegaba Francisco a quedarse sin Misa, se hacia leer invariablemente el Evangelio, no por afán de erudición n¡por pasar el rato devotamente, sino para retenerlo en la memoria procurando cumplirlo a la letra, como asegura su primer biógrafo Tomás de Celano. Próximo a la muerte, estando ya en la agonía, quiso le leyeran la pasión de Nuestro Señor Jesucristo para morir como Aquél a cuyo ejemplo había vivido.
En los primeros días de su conversión a vida de penitencia, no acababa de entender Francisco cuál era su vocación. Sentía, sí, viva contricción de sus pecados; menospreciaba las riquezas temporales, ansioso de las eternas riquezas de Dios; ardía su corazón en santos anhelos de virtuosas empresas; mas no atinaba aún cuáles fuesen ellas. Sólo comprendía que debía renunciar enteramente a lo que ama y busca el mundo para entregarse al servicio de Dios con entera libertad de corazón.
Leyendo el Evangelio le iluminó Dios para que entendiese cómo había de servirle y qué género de vida había de llevar. La luz del Espíritu Santo le hizo ver que eran también para él las palabras de Jesucristo al enviar a sus Apóstoles a predicar, y se aplicó con denuedo a cumplir aquel perfecto programa de vida apostólica que incluye renuncia a todo lo terreno, pureza angelical de costumbres y obediencia a los superiores jerárquicos por ser representantes de Dios. Sumiso siempre a ellos acudió al Papa, presentando a su examen y aprobación suprema aquel género de vida que había aprendido e el Evangelio, como él mismo nos lo refiere en su testamento : «El Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio, y yo, en pocas y sencillas palabras, lo hice escribir, y el señor Papa me lo confirmó.»
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Porque vivían según el Santo Evangelio, llamaba San Francisco a sus frailes varones evangélicos, y se complacía viendo que con esta vida evangélica imitaban perfectamente a Jesucristo. Imitar a Jesucristo valía tanto para San Francisco como vivir conforme a la perfección evangélica. Por esto las dudas tocantes al modo de imitar a Jesucristo las resolvía prácticamente leyendo el Evangelio y obrando como Jesucristo obró y enseñó.
Su ideal de perfección queda estampado claramente al comienzo de la regla de su Orden con estas palabras: «La Regla y vida de los frailes Menores es ésta, a saber: Guardar el Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia sin propio y en castidad.» Y vuelve sobre el mismo tema al terminarla : «Firmes en la fe católica, guardemos la pobreza, la humildad y el Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, que firmemente prometimos.»
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La vida evangélica vivida por San Francisco y sus hijos se extendió felizmente a todas las esferas sociales por medio de las Damas pobres o Clarisas y de los Hermanos de Penitencia agrupados en la Tercera Orden, bajo el estandarte de San Francisco.
Fue aquello un gran movimiento franciscano, que aun perdura en el mundo al cabo de siete siglos. Fue un imponente movimiento de regeneración social cual no se ha conocido otro desde los afortunados tiempos apostólicos. Nunca, desde entonces, se predicó el Evangelio con mayor fervor y eficacia, porque nunca se practicó con mayor perfección. El mundo apartado de Cristo volvió, por medio de San Francisco, a la imitación evangélica de Jesucristo, y cuantas veces desviado el mundo, olvidadizo de la práctica de las enseñanzas del Evangelio, es menester atraerle de nuevo a ellas , la voz del Papa exhorta persuasivamente a la devoción imitación de San Francisco, de cuyo espíritu quisiera vernos llenos. «El espíritu franciscano es el medio más eficaz para volver el mundo a la verdadera y sólida práctica del Evangelio», dijo León XIII. Y en nuestros mismos días ha instado apremiadamente Pío XI a todos los Obispos del orbe a que procuren, a una con él y por todos los medios posibles, «avivas en el pueblo cristiano el espíritu franciscano, que en nada se aparta de la virtud y espíritu evangélicos.»
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