Teruel

Justificación

Con motivo de la torna de posesión y entrada en la dos veces leal, abnegada y mártir ciudad del Excmo. v Rmo. Dr. Fr. León Villuendas, O. F. M., Obispo de Teruel y Administrador Apostólico de Albarracín, la Revista LA ACCIÓN ANTONIANA, de Valencia, dedica este número a Teruel, y sin merecimiento alguno por m¡parte, me solicitó estas líneas, escritas, más que con la pluma, con los sentimientos de infinito y tierno cariño que a m¡pueblo profeso.

Invocación

A aquellos de quienes aprendí a amarla, y que formasteis, m¡alma en el culto constante del Teruel de vuestros amores, yo os invoco en m¡ayuda para que de entre sus ruinas calcinadas, rencores escondidos y sangre derramada, broten de nuevo rosas de amor al apagar su sed espiritual, y cual ideasteis en mosaico fuente, nuevamente por las llagas del Padre San Francisco mane el agua milagrosa que haga beber juntos a los hermanos cordero y lobo.

Así es m¡Teruel

Rodeado de ásperos y abruptos montes, que forman el valle por donde discurre el Turia, de alegre huerta, que queda a sus pies cual la serpiente del Paraíso a las plantas de la Inmaculada, se alza la ciudad, con sello -inconfundible de su señorío en la relación armónicas de todas sus proporciones, en el conjunto de sus estructuras y en la belleza arquitectónica de sus. monumentos. Ellos son prueba del entusiasmo que en sus construcciones pusieron sus artífices, que, indudablemente, cual los hijos de esa tierra, soñaban en la grandeza de su Teruel.

La sobriedad de sus arcos; la esbeltez de sus torres mudéjares del Salvador y San Martín; el cimborrio de su Catedral; su cas¡desaparecido Seminario, cuyas bellezas conmovían a un Lampérez; el artesonado de su Catedral, único en Europa; los aleros de sus casas señoriales; los retablos del Yoli, que en Teruel fundó su hogar en el que realizó su obra, comparable en magnitud y grandeza a la de un Berruguete, lodo ello hace señorial y noble a esta ciudad, adornada de tan preciadas joyas.

El cielo de m¡Teruel es cual una bóveda de templo, de un azul tan inconfundible y una atmósfera tan pura y transparente, que los luceros y las estrellas que lo tachonan iluminan con tal intensidad que, al contemplarlo durante la noche, parece que el cielo está más cerca de Teruel que de ningún otro sitio.

En sus crudos inviernos, la nieve lo cubre cual blanco sudario, con flecos de estalactitas de hielo; y este frío que aparentemente lo envuelve, abrasa sus entrañas como el fuego de las chimeneas de sus hogares.

S¡a esta formación material de la ciudad, hija de su ambiente, la investimos de una espiritualidad, nacida de su austeridad de costumbres de hogar cristiano, de hombría de bien, de honradez y pureza, brotan los grandes amores que, dejando empequeñecidos los de una Isabel de Segura y Diego de Marcilla, se polarizan en numerosas Casas de religión, que confundidas entre los hogares, todas rinden sus cotidianas alabanzas al Supremo Creador, el Amor de los amores.

Envío

Excelentísimo y reverendísimo señor: Los designios inescrutables de la Providencia os han designado para ser el pastor de nuestro pueblo. De ello todos nos felicitamos, augurando a vuestro episcopado frutos de paz y bien y ofreciéndoos nuestro filial cariño, que conforte vuestra alma de las abnegaciones y sacrificios que vuestro cargo imponen. S¡en algún momento de vuestras meditaciones y soledades en vuestro palacio episcopal sentís temor de desfallecimiento, asomad a uno de sus balcones, y frente a ellos encontraréis la grandiosa figura del venerable de Aranda ofrendando generosamente a los pobres cuantiosos tesoros, que no dudo que con cristiana caridad han de depositar en vuestras manos los hijos de Teruel, del que he de confesaros que en la tierra es m¡mayor cariño.

Manuel Torán de la Rad

Valencia, octubre de 1944

Teruel recibe a su nuevo obispo

T eruel, la heroica, la mártir, después de larga orfandad, recibe con júbilo a su Padre y Pastor, Exmo. Y Rmo. Fr. León Villuendas Polo... Un día, víctima de la vesanía roja, vio destruidos sus hogares, profanados sus templos y martirizados sus mejores hijos, cuya sangre se juntó con la de su ilustre y virtuoso Prelado, monseñor Polanco. Su noble, recia y majestuosa silueta, que, cual dama aragonesa, se asomaba arrogante para reflejarse en las limpias aguas del Turia naciente, se vio despiadadamente desmochada por los zarpazos de la fiera comunista. Ahora, bajo el calor fecundo de la mirada protectora de nuestro invicto Caudillo, renace mejorada y rebosante de optimismo y esperanza. No es extraño, pues, que también su conciencia religiosa se haya desborda do en noble entusiasmo para rendir filial homenaje al nuevo Prelado, que viene en nombre de Dios a prodigarle los cuidados de padre espiritual. Tanto más cuanto que, a la vez, quien así viene es hijo suyo y va ceñido con el cordón franciscano, el mismo que ciñen sus Santos mártires y venerados Patronos.

La Acción Antoniana se asocia a tan justo júbilo y desea a Teruel y a su Obispo años de ventura para el cielo.

El obispo de Teruel bendice a su diócesis

"Suplico vuestras fervientes oraciones, mientras yo elevo las mías al altísimo"

Fr. León VilluendasMis amados diocesanos de Teruel-Albarracín: Por fin, se aproxima la hora de satisfacer vuestros deseos y los míos. Dios mediante, el día 22 del corriente tomaré posesión de nuestra amada Diócesis, mediante apoderado, y el 5 del próximo noviembre haré m¡solemne entrada en Teruel.

Al comunicar tan interesantes acontecimientos a las Autoridades eclesiásticas y civiles, a las Jerarquías, a los Cabildos, a los Racianeros, a los Párrocos y Sacerdotes, a las Ordenes e Institutos de ambos sexos, a las venerables Ordenes Terceras y Asociaciones piadosas, a las Fuerzas vivas de la Diócesis, a los Profesores y alumnos del Seminario, a todos y cada uno de mis queridos diocesanos, suplico vuestras fervientes oraciones, mientras yo elevo las mías al Altísimo para que os bendiga a todos, como yo, su Embajador y vuestro Prelado, os bendigo, con afecto paterno, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Madrid, 17-X-1944.

+ Fr. León Villuendas Polo, ofm,
Obispo de Teruel y Administrador Apostólico de Albarracín

Teruel

Las almas del Purgatorio son agradecidas

Una revista de París publicaba el siguiente caso, ocurrido a mediados del siglo pasado.

«Una piadosa sirvienta hacía celebrar todos los meses una misa por los fieles difuntos, procurando, además, oírla y rogar en ella fervorosamente al Señor por la salvación de aquella alma que estuviese más cercana de obtener la libertad. Habiéndose trasladado más tarde su dueño a París, llevóse consigo a la piadosa sirvienta, la cual contrajo una larga enfermedad, que la hizo perder la colocación y la obligó a consumir, poco a poco, todos sus ahorros.

Cuando estuvo bastante restablecida para poder salir de casa, le quedaba poco más de un franco. Su primera salida fué para ir muy temprano a la iglesia, y desde allí, a una oficina de colocaciones. Llegóse, pues, a la iglesia de San Eustaquio, donde en aquel preciso momento estaba celebrando misa un sacerdote. Acordóse al momento de que en aquel mes aun no había hecho ofrecer su acostumbrada misa por las almas del Purgatorio. Ella hubiera dado muy gustosa su poco dinero para este fin, pero tenía que desprenderse de sus últimos recursos y afrontar para el día siguiente el tormento del hambre. Entablóse una gran lucha en su alma, hasta que, por fin, se decidió por sacrificar su dinero en favor de las almas; dirigióse, pues, a la sacristía y entregó su óbolo a un sacerdote, que le prometió celebrar en seguida el Santo Sacrificio. Asistió, como de costumbre, a la santa Misa, y rogó al Señor por las almas del Purgatorio y por su propia necesidad.
Al salir de la iglesia y dirigirse, ansiosa, en busca de una oficina de colocaciones, encontró en medio de una calle, llena de gentío, a un joven de noble aspecto, pálido de rostro, que se le acercó, y le dijo:

—Usted busca una colocación, ¿no es cierto? Diríjase a Mme. N. N., que vive en la calle tal, número tal; creo que será usted allí bien acogida.

Y dicho esto, desapareció entre la turba.

Hacia mediodía encontró la muchacha la calle y número indicados por aquel joven; subió la escalera hasta el piso de la señora, mientras por ella bajaba una sirvienta con un paquete bajo el brazo y desatándose en improperios. Llamó a la puerta, y se le presentó una dama anciana, de noble aspecto, que le preguntó qué deseaba.

Le contestó la muchacha:

—Señora, un joven que he hallada por la calle me ha dirigido a usted, diciéndome que necesitaba una sirvienta.

Llena de estupor, contestó la señora:

-Mucho me maravilla. Esta mañana no he visto a nadie y no hace todavía un cuarto de hora que he tenido que despedir a una criada impertinente.

Le hizo entonces diversas preguntas, por las cuales conoció que aquella muchacha decía verdad, por lo que la hizo entrar en su aposento, donde quiso que le refiriese todo lo que le había acontecido aquella mañana. Mientras la muchacha estaba hablando, vió en la pared un retrato de gran tamaño, y después de mirarle largo rato, exclamó.

—Señora, éste es el joven que me ha dirigido a usted.

A lo que respondió la señora:

—Este es m¡hijo, pero, ¿cómo es posible todo eso s¡hace dos años que murió?

Sólo cuando la muchacha hubo contado todo lo referente a su enfermedad, a su miseria y a la misa que había hecho celebrar, comprendió la señora de lo que se trataba; comprendió que Nuestro Señor había querido recompensar a aquella excelente joven de una manera extraordinaria por el socorro prestado a las pobres almas del Purgatorio. No hay que decir que la aceptó por sirvienta y la trató como a una hija propia.»

Las afligidas almas del Purgatorio se muestran siempre agradecidas a sus bienhechores y, aún en este sentido, es útil y saludable por demás la oración por los difuntos.

Spirago (Catecismo.)

El año litúrgico y la vida sobrenatural

El sol, desde lo alto del firmamento, preside nuestros días y mide nuestro tiempo. Año llamamos al tiempo invertido por la Tierra en su movimiento de traslación alrededor del sol. En ese transcurso anual toda la vida de la naturaleza se renueva al beso vivificante del astro del olía. Sus rayos esplendentes visten el aire de luz y hermosura, esmaltan los campos de flores, maduran los sabrosos frutos y difunden por doquier la vida.
También en el mundo de las almas hay un Sol divino que preside nuestros días de gracia y mide nuestra vida religiosa y sobrenatural: Cristo. Y llamamos año Litúrgico al curso de la Iglesia, anualmente reiterado, en seguimiento de Jesucristo, quien la va bañando de luz, calor y vida, con lo que la va embelleciendo, renovando y vivificando en todos sus miembros, hasta reproducir en todos ellos su divina imagen.

Objeto del Año Litúrgico

No se puso el «Sol de justicia» (Malach. 4, 2) tras la cima del Gólgota n¡se eclipsó para las almas en la cruz del calvario, sino que sigue iluminando «a todo hombre que viene a este mundo» (Joh., 1, 9) y comunicando la vida del espíritu. «Yo soy la Luz del mundo» (Joh. 8, 12), dijo Jesús en el Evangelio, y en la Santa Iglesia, donde prolonga su sida místicamente, continúa proyectando su luz y derramando su vida divina a través cíe sus misterios.

Cristo revive en sus misterios y dilata en el seno de la Iglesia su obra redentora. Como cabeza del Cuerpo místico, va obrando en sus miembros su redención, aplicándole sus méritos del calvario y configurándolos con su propia imagen. (2 Cor. 3, 18)

Purificada la Iglesia con su contacto divino, puede entonar himnos de adoración, gratitud, expiación e impetración al Padre celestial, tributándole, en íntima unión con Jesús, «todo honor y toda gloria». (Missa.)

En unión con el Verbo de Dios humanado, supremo Liturgó, ya puede ofrecer, en única y valiosa plegaria, el himno universal que la creación tributa inconscientemente a Dios. Ya el hombre vuelve a ser el sacerdote de la creación, pues s¡un día la profanó con su pecado, ahora, lleno de gracia, puede elevarla y santificarla.
He aquí el doble objeto de la liturgia en las diferentes fiestas del Año-Litúrgico: Tributar a Dios el más rendido homenaje de adoración en unión con Cristo y recibir la gracia redentora que el mismo Jesús nos aplica en la renovación de su vida mística. La Liturgia presenta a nuestras almas a Jesús en su historia y en su vida, mística, es decir, como «Camino, Verdad y Vida».

Reproducción de la historia de Jesús

Durante el Año Litúrgico la Iglesia nos recuerda toda la historia de Jesús. El Evangelio de cada fiesta nos trae un rasgo, un suceso, un día de su vida histórica. Y así, nuestros oídos perciben el eco de su voz, nuestra imaginación reproduce el paso de su vida, nuestra mente comprende la verdad de su doctrina y nuestro corazón se inclina a amar la dulce figura que cautiva todo nuestro ser.

Además del Evangelio hay otras lecturas que nos completan la faceta de Cristo que la Iglesia nos pone a nuestra consideración e imitación. Todo en la Liturgia contribuye a hacer revivir en nuestra mente el paso de Jesús «haciendo bien», enseñando su celestial doctrina, realizando hechos portentosos y obrando, en todo tiempo, la redención del género humano.

Las grandes fechas de la historia de Jesús se traducirán en solemnes fiestas que jalonan el curso anual de la Liturgia.

Renovación de la Redención.- La Liturgia no es mero recuerdo histórico de la obra redentora del Salvador. Ella reproduce y renueva la vida de Cristo de tal manera, que revive en los misterios que dramáticamente representa. Así lo expresa una oración de la Misa que dice «Concedednos, os rogamos Señor, frecuentar dignamente estos misterios, porque cada vez que celebramos la conmemoración de este sacrificio se reitera la obra de nuestra redención.» (Secr. Dom., IX, p. Pent.)

«El misterio litúrgico ya no es un simple recuerdo de lo pasado n¡un simple aniversario ; es un hecho que tiene el carácter de un acontecimiento- presenté, del que la Iglesia se hace una aplicación actual y del que participa ella realmente.

»En el tiempo de Navidad, por ejemplo, celebrando desde el altar el advenimiento del divino Infante, m¡alma puede decir: Hoy, Cristo ha nacido; hoy, el Salvador ha aparecido; hoy, cantan los ángeles sobre la Tierra.» (Chantard.)

Estaciones del Año Litúrgico

Así como la diferente posición que guarda la tierra con respecto al sol en su movimiento traslatorio origina las estaciones de Invierno, Primavera, Verano y Otoño, así, de modo semejante, la Liturgia indica cuatro períodos de tiempo que corresponden a las cuatro estaciones del año natural, y con las cuales guardan cierta semejanza:

Navidad (Invierno): Tiempo sagrado en que conmemora el nacimiento del «Sol de justicia», Cristo Nuestro Señor, que desterró las tinieblas del pecado.

Pascua (Primavera): Celebra la Resurrección de Jesús, y con El la de la Iglesia a una vida más perfecta.

Pentecostés (Verano): Recuerda la Venida del Espíritu Santo, y con ella la plenitud de la vida cristiana por medio de la gracia.

Tiempo después de Pentecostés (Otoño): Indica el crecimiento incesante de la vida sobrenatural en las almas, como fruto del Espíritu Santo.

Ciclo dominical

Todas las fiestas del ciclo litúrgico giran en torno a los dos misterios principales de la vida de Cristo: Encarnación y Pasión (Navidad y Pascua). Ambos ciclos van precedidos de tiempo preparatorio de sabor penitencial: Adviento y Cuaresma, y van seguidos de una prolongación litúrgica: Tiempo después de Epifanía y Tiempo después de Pentecostés.

Ciclo marial y santoral

S¡Cristo es el Sol del ciclo litúrgico, María es la Luna que, llena de luz divina, nos transmite su dulce claridad en las tinieblas de la noche, y los santos son como refulgentes estrellas que participando de la Luz eterna nos reflejan el resplandor divino. A las fiestas del Salvador une la Liturgia un ciclo de fiestas a la Bienaventurada Virgen María y a los santos, para que veamos, cómo en espejo vivo, las maravillas de la gracia y sean nuestros intercesores.

Vivamos el Año Litúrgico

De grado o por fuerza vivimos el año natural y sentimos la renovación vital que la naturaleza produce en nosotros. ¿Por qué no hemos de experimentar la Acción vital que Jesús ejerce en las almas por la reiteración de su Redención a través del curso litúrgico? Por qué hemos de perder la multitud de gracias actuales que Cristo concede a cada período litúrgico, a cada fiesta de la Iglesia?

Principiemos este año a vivir el curso litúrgico. El invierno se acerca, y con él el sacro tiempo del Adviento, entrada solemne del Año eclesiástico.

Fr. Juan Mª Nadal, ofm

Frutos dignos de penitencia

C omo el árbol produce frutos según su especie, así la vida los produce buenos, malos o medianos, según ella es.

Una vida profundamente cristiana es dilatación en nosotros de la vida de Cristo, a quien estamos incorporados por el bautismo. La vida de Cristo fue vida de constante sacrificio desde la Encarnación hasta el Calvario; fue, en verdad, vida de intensa y continuada penitencia para redimir los pecados del mundo. Viviendo ahora Cristo en nosotros por la gracia, no puede menos de querer que contribuyamos a expiar nuestros pecados, asociándonos a su sacrificio mediante la penitencia.

«Haced frutos dignos de penitencia..., pues está puesta ya la segura la raíz de los árboles, y todo árbol que no da buen fruto será cortado y arrojado al fuego.» Así clamaba, con voz de trueno, San Juan Bautista, el precursor de Cristo. (Lc 3, 8-9)

«Nadie puede eximirse de rendir estos frutos de penitencia, como no podían los judíos excusarse de ellos alegando su condición de hijos de Abraham, según agudamente les advertía el Bautista.» (Lc 3, 8)

Quien se siente tocado del espíritu franciscano tiene en sí el anhelo de imitar a Jesucristo, y no puede menos de sentirse impulsado a la vida de penitencia evangélica y a dar los frutos propios de ella. Se extinguiría tal espíritu, s¡no pudiese dar manifestaciones de sí. El espíritu es vida, y la vida no puede estar muerta. Siendo el espíritu franciscano la imitación de Jesucristo crucificado que en la cruz elevó la penitencia a su mayor grado, no pueden faltar los frutos de penitencia en la vida franciscana, que no es más que la vida cristiana completa, intensa y lozana.

Espera Jesucristo estos frutos de nosotros, en quienes, por medio de San Francisco, está derramando su espíritu vivificador. Los espera la Iglesia, que en la oración de la misa de las Llagas cíe San Francisco pide, por los méritos e intercesión del Santo, se nos conceda «llevar con paciencia nuestra cruz y hacer frutos dignos de penitencia

¿Cuáles son estos frutos? Adviértase que fruto de una virtud es llamado todo acto perfecto de ella. Así decimos que los mártires dieron frutos de paciencia, y los Santos Padres los dieron de fe, de prudencia y de divina sabiduría. Los más sabrosos y perfectos de estos frutos son los producidos, no tanto por industria humana, cuanto por la acción secreta del Espíritu Santo que en nosotros mora, haciéndonos participantes de las mismas virtudes de Jesucristo, para que en todo, por dentro y por fuera, vivamos según Jesucristo, y reproduzcamos al vivo en nosotros su divina imagen. San Pablo enumera algunos, no todos los frutos del Espíritu Santo, en su carta a los Gálatas 5, 22-23. De allí los transcribió fielmente el Catecismo que de niños aprendimos, y que aun debemos recordar. Quede, pues, sentado, que todo acto virtuoso perfecto es un fruto de virtud, y que éste se llama fruto del Espíritu Santo cuando es el divino Espíritu quien lo excita en nosotros haciéndonoslo producir con tanta facilidad y tan alta perfección, que deja como efecto suyo en el alma un grato sabor, una íntima alegría y una suavidad espiritual más parecidos a los goces de la gloria que a los de este mundo.

También la penitencia, como virtud cristiana, produce en las almas bien dispuestas los frutos peculiares suyos. Son, en efecto, frutos dignos de penitencia, o pueden serlo s¡tienen el grado de perfección requerido para ello, todas las buenas obras que hacemos, ya que todas, después del pecado original, que dejó viciada con fiera propensión a lo malo nuestra naturaleza, exigen de nosotros algún tanto de sacrificio y de abnegación propia. Frutos hay de penitencia necesarios para la salvación, y obligatorios, por consiguiente, para todo cristiano. Los hay de libre elección, reservados para quien recibe de Dios la fuerza y disposición que ellos requieren. Ciñéndonos ahora a los primeros, aquéllos que en todo tiempo del año debemos producir para cumplir nuestro deber fundamental de configurarnos con Jesucristo, es cosa clara que el cumplimiento de nuestros deberes exige espíritu de penitencia. ¿Por qué los quebrantamos tantas veces sino por evitarnos una molestia o por alargar la mano a un placer prohibido? Han de ser, pues, frutos de cristiana penitencia, con los que expiemos nuestros pecados y merezcamos el cielo, los siguientes, a que todo cristiano debe dócilmente someterse:

1 El cumplimiento fiel de los Mandamientos de la Ley de Dios, de suerte que no cometamos contra ellos pecado deliberado. Son los Mandamientos el camino del cielo que, aunque parezca en ocasiones áspero, empinado y largo a nuestro espíritu decaído, hay que recorrerlo s¡se quiere llegar allá. Para nuestro bien, y no por capricho, nos impone Dios el cumplimiento de sus Mandamientos. Jesucristo va delante con su ejemplo, y nos da fuerzas para seguirle.

2 El cumplimiento de los Mandamientos de la Santa Iglesia, que son para mejor cumplir los de la Ley de Dios. Jesucristo dio autoridad a los Apóstoles y a sus sucesores, es decir, a la jerarquía eclesiástica, para legislar en bien de las almas, y quiso que éstas obedeciesen a la Iglesia. «A quien no oye (u obedece) a la Iglesia, tenedlo por gentil y publicano.» (Mt 18, 17)

3 Cumplimiento de los deberes del propio estado, que son distintos según la variedad de estados. No son iguales los deberes del casado que los del soltero ; n¡los del niño, que los del que llegó a mayor edad. Los deberes de estado son expresión auténtica de la voluntad de Dios acerca del que lo ha tomado. Deben, pues, cumplirse con esmero ofreciendo a Dios, como un holocausto, el sacrificio que nos impone su cumplimiento.

Domar las pasiones desbocadas para que no impidan al cristiano de buena voluntad el cumplimiento de la Ley de Dios, de la Ley de la Iglesia y de lo peculiar del propio estado, he aquí lo fundamental de la penitencia bien entendida, y los frutos dignos de penitencia que Dios quiere ver en el árbol de nuestra vida, para no acabar por cortarlo de raíz.

Fr. Luis Mestre, ofm

Yo soy el camino

¿Dónde vas con la Cruz, Rabí divino?...
¡Como s¡fueras un patibulario
vas subiendo la cuesta del Calvario! ...
¿No dijiste de Ti: «Soy el Camino»?

¿Pues cuál ahora seguís? ... Mas me mirasteis,
como el día que nunca he olvidado,
y escondí la mirada avergonzado...
¡Sí, soy aquel leproso que curasteis! ...

Y comprendiendo, ¡vi! ... Por el sendero
donde eran hitos tus sangrientas huellas,
te fu¡siguiendo, buen Rabí divino...

Y cuando diste tu hálito postrero,
a pleno día sobre las estrellas,
¡v¡ la Luz celestial de tu Camino!...

Pascual Gila