Página litúrgica
Fiesta de la Ascensión
Uno de los tres días que, según el cancionero popular, relucen más que el sol, es el jueves de la Ascensión. Radiante y sin nubes es ese día para la Liturgia, que celebra el triunfo definitivo de Cristo sobre el pecado, la muerte y el infierno, y su exaltación al trono del divino poder y majestad como galardón a su anonadamiento, humillación y pasión afrentosa. Resucitó, como lo predijo, el día de Pascua; permaneció cuarenta días confirmando en la fe a sus discípulos, y al cabo de ellos, en el Monte Olivete, testigo de su dolorosa agonía, y delante de sus discípulos, subió por su propia virtud a los cielos.
Triduo de Oración y penitencia
Como preparación a la fiesta de la Ascensión, la Iglesia celebra, desde el año 470 y por iniciativa de San Mamerto, tres días de rogativas. La Liturgia nos invita a una procesión de penitencia y oración para aplacar la ira divina, agradecer los beneficios e implorar la bendición celestial para los campos, haciendas y personas, rogando nos aparte de todo mal de alma como de cuerpo. Se invoca a la Santísima Trinidad, a Jesucristo y se ponen como intercesores a la Santísima Virgen y a todos los santos.
El pensamiento fundamental de la Liturgia de la misa de Rogativas es recordarnos la necesidad y eficacia de la oración; confiada, como la del niño que pide pan a su padre; perseverante, como la del joven del Evangelio, que despierta a su amigo y, a fuerza de ruegos, obtiene el pan que necesitaba (Lc 11,5-13).
También la Epístola nos habla de penitencia, pensamiento que nos recalca más la Liturgia en el último día en que celebra la Vigilia, día de ayuno y penitencia, indicándonos que la mejor preparación para la fiesta, día de gracia, es la mortificación y la plegaria. Con estass dos alas también nosotros nos elevaremos un día con Cristo a los cielos.
Exaltación de Cristo Jesús
La Ascensión de Cristo a los cielos significa la victoria definitiva sobre el poder de las tinieblas. Sube desde este valle de lágrimas, por su propia virtud, a recibir la corona de Rey que ha conquistado con su propia sangre; asciende para sentarse a la diestra del Padre y recibir el cetro real hasta poner a todos sus enemigos como peana de sus pies. Cristo era Rey pacífico en la cuna; Rey escondido en Nazaret; Rey del dolor ante Pilatos; Rey amoroso en el leño de la cruz; pero hoy principia su reinado de poder y majestad.
Por eso hoy la Liturgia, entusiasmada, exclama: Ensalzad al Rey de los Reyes y cantad himnos en honor de nuestro Dios. Subió nuestro Dios en medio de voces de Júbilo y el Señor al son de trompetas.
Pero hoy celebramos el triunfo de Cristo como Cabeza del Cuerpo místico, como jefe de la humanidad redimida, como divino Adán que ha colocado nuestra frágil naturaleza a la diestra de la gloria de Dios, y así nos abrió de par en par las puertas del cielo. Cristo ha subido a prepararnos la morada y para hacernos participar de su divinidad (Prefacio).
Otro de los motivos de la Ascensión (le Cristo a los cielos es el de enviarnos al Espíritu vivificador, quien había de enseñarnos toda verdad. Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, no vendrá a vosotros el Consolador; mas si me fuere. os lo enviaré (Jn 16, 5).
Solmne canto de nona
Si quieres sentir la emoción litúrgica de esta solemnidad asiste a la Misa con espíritu recogido; oye con devoción la Epístola y Evangelio que nos narran la última bendición de Cristo y su triunfante ascensión al empíreo; repara, como leído el Evangelio, se apaga y desaparece el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, y luego quédate al Canto de Nona.
Entre los acordes del órgano, y quizá el trinar de multitud de pajarillos, escucha la sublime despedida que la Liturgia pone en labios de Jesucristo, allí presente: Asciendo a mi Padre y a vuestro Padre; a mi Dios y a vuestro Dios, ¡aleluya! Seguramente que después de recibir la bendición de Jesús Sacramentado, al igual que los discípulos en aquella despedida, te quedarás, como ellos, con los ojos suspensos y el corazón lleno de la nostalgia que expresó nuestro Fr. Luis de León:
«¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro aire,
te vas al inmortal seguro?»
Fr. Juan Mª Nadal
María, estrella del mar
Virgen, fulgente de la mar estrella, Tú que me escuéhas desde el cielo empíreo, oye benigna de mi pecho el canto, Bosque es el mundo halagador y umbrío |
Mas, cuando preso, el corazón a él corre ¡Ah! Si yo hubiera convertido otrora Sola en la playa desolada y triste Mírala empero, que si Tú la miras E. J. Varone |
Lo que pasó en Fátima
No hace mucho tiempo en una amable tertulia se hablaba de mil asuntos, y entre ellos, salió a colación el caso de Fátima. Uno de los asistentes demostraba especial atención, y al fin, exclamó «¿Y qué pasó en Fátima?»
Pues en Fátima, mi buen amigo, un hermoso día de la primavera de 1917, es decir, el 13 de mayo, tres niños portugueses guardaban, como de costumbre, los rebaños de sus padres en el conocido lugar llamado Cova-da-Iria, perteneciente a la parroquia de Fátima. Eran dos niñas y un niño; la niña mayor contaba diez años; le seguía el niño Francisco, de unos meses menos, y Jacinta, la más pequeña, tenía siete años. Estos dos últimos eran hermanitos y primitos de Lucía.
Era hacia el medio día cuando oyeron las campanas del Angelus y al punto dejaron sus juegos para rezar el Rosario, según tenían por costumbre. Pero al terminar este rezo, volvieron gozosos de nuevo al juego. De pronto un relámpago los deslumbró , y los niños quedaron sorprendidos cuando, alzando los ojos, vieron el sol radiante de medio día y el cielo completamente despejado de nubes. Temiendo, sin embargo, que les sorprendiera alguna tormenta, reunieron a toda prisa los rebaños para emprender la vuelta a casa; pero un segundo relámpago les llenó de miedo, deteniéndoles a pocos pasos, y al dirigir la mirada hacia arriba, vieron con asombro muy cerca, sobre las ramas de una encina, a una señora de extraordinaria hermosura y más luminosa que el sol.
Aterrados los tres niños por la visión, estaban para emprender la fuga, cuando la hermosa señora los detuvo diciéndoles:
—No temáis, no os haré ningún mal.
Después de unos momentos de silencio imponente, y un tanto rehechos del pánico, preguntó Lucía:
—¿De dónde sois?
—Yo soy del cielo.
—¿Y a qué habéis venido?
—He venido a pediros que vengáis aquí el 13 de cada mes durante seis meses seguidos. En el mes de octubre osdiré quién soy y lo que quiero.
El diálogo continuó entre la hermosa señora y Lucía, en los términos más candorosos:
—¿Iré yo al cielo?—, preguntó Lucía.
—Sí, tú irás al cielo.
—¿Y Jacinta?
—Jacinta también.
—¿Y Francisco?
—También Francisco; también irá al cielo, pero antes es preciso que rece muchos rosarios.
Aquí terminó el diálogo, que duró unos diez minutos. Y antes de desaparecer la hermosa señora les hizo esta recomendación:
—Hijos míos, continuad rezando siempre el Rosario con devoción.
Los tres niños referidos cumplieron el encargo de la Señora de acudir al lugar de la cita durante seis meses seguidos; pero ya no fueron solos, porque a besar del silencio que prometieron guardar sobre la visión, quiso Dios que el lecho extraordinario no quedara oculto. Los visitantes de la Cova-da-Iria fueron en aumento, desde 60 curiosos, que acudieron el 13 de junio, hasta 70.000 espectadores, que vinieron en peregrinación el 13 de octubre.
Era hacia medio día de ese día, y bajo una lluvia torrencial apareció por sexta vez la resplandeciente señora:
—Señora, ¿quién sois y qué queréis?—, preguntó Lucía.
—Soy la Virgen del Rosario. Quiero que los hombres se arrepientan de sus pecados, que cambien de vida y que no ofendan más al Señor, que está muy ofendido. Quiero que recéis el Santo Rosario... Si los hombres cambian de vida terminará pronto la guerra.
Esta aparición, como las anteriores, fué hecha sólo a los tres niños; pero al desaparecer la Santísima Virgen les señaló el cielo, donde apareció la señal de su presencia: el sol estuvo dando vueltas durante unos doce minutos, como «una rueda de fuego rodeada de chispas». La muchedumbre inmensa contempló este fenómeno sorprendente presa de temor y espanto, convenciéndose de la realidad de las apariciones. El fenómeno solar fué tanto más extraordinario cuanto que no fué registrado por ningún observatorio astronómico.
Esto es lo que pasó en Fátima hace veintiocho años.
M. F.
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