Página litúrgica
Oración privada, común, litúrgica
I
El acorde del órgano, la llama de la vela, la nube de incienso acompañando a hermosas oraciones, embellecidas por expresivas ceremonias, forman el conjunto sublime de la oración de la Iglesia que llamamos Liturgia. Etimológicamente no significa otra cosa que servicio público al Creador; homenaje de la humanidad pecadora a su Dios Padre y Redentor. Glorificar a Dios en alma y cuerpo es el fin de la Liturgia, y los actos sensibles de que se vale es precisamente el objeto de la misma.
De tres maneras puede el hombre hacer su oración y rendir a Dios su debido homenaje: privadamente, en comunidad y oficialmente.
Glorifico yo a Dios en el campo o en el momento cuando rezo y hago oración a mi Dios; pienso en sus beneficios o lloro mis pecados en lo recóndito de mi corazón. Digna de todo encomio es mi oración. Jesús lo aprueba con estas palabras: «Cuando tú quieras orar, ve y escóndete en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre en la soledad. Tu Padre, que ve lo más recóndito, sabrá recompensarte.» (Mt 6, 6).
La segunda clase del culto divino es el que se realiza en comunidad. Las funciones vespertinas, el rezo del Santo Rosario en familia, las Cuarenta Horas y otras tantas laudables oraciones que son medio para que Dios derrame abundantes gracias sobre la humanidad doliente. Que Dios tiene sus complacencias en esta clase de oración lo manifestó con estas palabras: «Cuando dos de vosotros sobre la tierra pidáis algo en común, el Padre celestial que está en los cielos os lo concederá. Pues donde dos o tres se reúnen en nombre mío, allí estoy yo en medio de ellos.» (Mt 18, 19-20).
El primer escalón del culto es, pues, el culto privado. El segundo, el culto del pueblo, y el tercero es el culto litúrgico o el culto de la Iglesia. Se celebra una misa, y aunque nadie la oiga, se realiza una oración oficial en nombre de toda la Iglesia y, por lo tanto, muy aceptable a Dios y muy meritoria para nuestras almas. El rezo del breviario, aun en la soledad, es una oración pública no sólo del ministro de Dios, sino de toda la Iglesia triunfante, purgante y militante, que se asocia y tributa con él ese tributo de alabanza a Dios. Toda la Iglesia adora, da gracias, llora y ama en el santo sacrificio de la misa, acto esencialmente oficial de la Iglesia. Aquí no es el hombre quien ora y sacrifica, sino es toda la Iglesia, es el mismo Jesucristo, como cabeza de ese cuerpo místico que El formó desde el lecho de la cruz. Y así el sacrificio de la cuz se convierte en sacrificio de la Iglesia, y como tal, redunda en inmediato provecho para el hombre. Pues si en la cruz se mereció la redención, en la oración litúrgica, y sobre todo, en el Sacrificio Litúrgico, se nos aplica, ya que la acción meritoria de la cabeza se extiende luego a sus miembros. De modo que la oración de Jesús es en la Liturgia mi oración, y si glorifica a Dios «con todo honor y toda gloria», me transforma y santifica ex opere operato.
De aquí nace la diferencia inmensa que hay entre la oración privada pública. El culto privado tiene tanto valor como tiene la persona que ora, según sean su buena voluntad y sus buenas intenciones. El culto del pueblo tiene tanto valor como sea la fe, la intención y la confianza con que oren a Dios. El culto litúrgico es infinitamente de más valor, porque allí el Dios Hombre, Jesucristo, es el sacerdote.
Con la oración litúrgica se glorifica a Dios plena y satisfactoriamente, tributándosele oninis honor et gloria, y el hombre recibe la mayor gracia, ya que es el propio Jesucristo, como cabeza, quien nos comunica su gracia cual la madre comunica la sangre a sus hijos. No depende el fruto de la oración litúrgica de la persona que aparentemente realiza la acción, sino de su agente real, que es Jesucristo.
Buena es la oración privada, mejor la oración común, pero mucho mejor es que el Hijo del Rey presente nuestras súplicas, nuestro tributo, nuestras lágrimas y obsequios. Así serán aceptados.
Fr. Juan Mª Nadal
[Biografía del P. Juan Mª Nadal]
Competencia entre santos y la cruz de Paquita
Fué para mí una novedad que jamás había oído, y es que San Antonio tuviera competencia de otro Santo en su acreditada facultad de encontrar las cosas perdidas. Y lo fué en una acreditada librería donde entramos para comprar un centenar de estampas. Presentáronme una serie de estampas de buen tono, y entre ellas me llamaba la atención la estampa de Santa Elena ostentando la gran Cruz del Salvador. El instinto del librero comprendió que me era agradable y comenzó a realzar el mérito de su género, diciéndome: «Esta es una estampa moderna que hace la competencia a San Antonio para encontrar las cosas perdidas, con la particularidad de que esta Santa no pide nada y hace los favores gratis, y a San Antonio hay que prometerle y darle, porque de lo contrario, no te hace el favor.»
Quedé unos momentos suspenso ante la novedad nunca oída, cuando se me ofrece a la vista la estampita de San Antonio, que allí estaba muy maja compartiendo su felicidad con la de Santa Elena; y al verla me inspiró el mismo Santo la explicación. «Verdad será —dije al librero—, pero es que usted no ha caído en la cuenta de que Santa Elena lo que busca son las cruces, como buscó la de Cristo, y su facultad está en buscar las cruces propias de cada uno, que a veces hemos perdido por cargar con alguna otra cruz que no nos pertenece; y como siempre es más pesada la cruz que no nos corresponde, acudimos a la Santa dichosa que supo encontrar la cruz del Redentor, y ella nos favorece haciéndonos encontrar la cruz propia. Pues sabido es que cada uno tiene su cruz, y llevando la cruz que nos compete tenemos la correspondiente gracia que da Dios para llevarla, y la llevamos no sólo con resignación, sino a veces hasta con gusto. Pero como la cruz siempre es cruz y, por consiguiente, pesada, no va la Santa a pedirnos correspondencia de paga, que harto hacemos de llevarla con amor. En cambio, San Antonio no nos da cruces, sino satisfacciones y alegrías de encontrar las cosas perdidas, y justo y razonable es que le paguemos con el óbolo de la limosna para sus pobres, para que también sus pobres puedan de vez en cuando encontrar las satisfacciones y alegrías de la vida saciando su hambre y sus necesidades.»
A propósito de la cruz perdida, viene ahora bien el caso de la cruz de Paquita.
Erase una niña, y más que niña una linda mujercita que ya había trabado sus relaciones con un joven elegante, de buenas prendas y, sobre todo, piadoso y buen cristiano, cono ella. Enamorada en extremo, solía decir que jacinto era su cruz; y la cruz de los enamorados bien podemos suponer que más que cruz es un rayo de sol que todo lo embellece y regocija. Pero tuvo Paquita la mala ocurrencia de querer poner a prueba la sinceridad del buen amor de su prometido, y comenzó a hacer la remolona y la esquiva, y hasta darle un poquito de celos por ver la realidad de aquel amor, que sobradamente tenía bien comprobado.
Ofendióse el galán, y viendo la sinrazón de aquel extraño proceder, resignado, pero herido, en vez de pedirle explicaciones se retiró y emprendió un largo viaje, hasta más ver.
Arrepentida, aunque tarde, de su imprudencia, lloraba Paquita la pérdida de su cruz, y sorprendiendo sus amarguras un amigo del alma, vino a preguntarle el motivo de sus tristezas; mas ella, no queriendo decirle la verdad, se contentó con decirle que había perdido su cruz.
—Que has perdido la cruz? Pues, hija —le dijo—, acude a Santa Elena para encontrarla.
Esto dicho, se le grabó en el alma de Paquita y comenzó a rogarle a Santa Elena que le devolviera la cruz. Pasaron días y días y la cruz de Paquita no se encontraba, y con el ansia del que espera y se ve en el desengaño, volvió a buscar al amigo y contarle la ineficacia de su oración. No encontraba su cruz.
—Pero entendámonos —le replica el amigo—, ¿de qué cruz se trata?
Entonces Paquita lo contó todo a su buen director.
—¡Ah! Entonces —le dice él— esa cruz nadie puede encontrártela si no es San Antonio. Acude a él y prométele alguna limosna para sus pobres, que ya volverá la cruz.
Fuése Paquita, arrodillóse a los pies de San Antonio y le prometió cinco pesetas si le devolvía su cruz, que había perdido.
Si hubiéramos estado presentes y hubiésemos podido penetrar en el interno sentir de la imagen del Santo, hubiéramos visto, sin duda, la sonrisa de San Antonio, como diciendo: «¡Que te crees tú eso! Por cinco pesetas no me muevo yo a buscar esa cruz.» Y así fué que pasaban los días v la cruz no llegaba. Volvió a quejarse la niña de su desengaño, y le dijo su director:
—¿Pero tú que le has prometido?
—Cinco pesetas—, responde ella.
—¡Cinco pesetas! ¿Tan poco vale tu novio? Echale, échale margaritas, que si por Cristo dieron treinta monedas de plata, con valer tanto, algo más debes dar por tu querido.
Volvió Paquita a los pies del Santo. San Antonio pareció quedar complacido, y tomando su varita mágica, fuése a dar unos golpecitos en el corazón de jacinto, y aquel corazón se ablandó.
Estaba Paquita a los pies de San Antonio rogando con plena confianza, cuando sintió que le daban unos golpecitos en la espalda. Sorprendida se volvió, cuando oyó que le decían:
—¿Qué haces aquí?
—¡Ah! ¿Eres tú? ¿No me engaña la ilusión?
Era él.
—Aquí estoy —le dijo— pidiendo a San Antonio que me devuelva la cruz que había perdido.
—¿Esa cruz no era yo? —le dice él. Pues ya la tienes aquí; carga con ella.
— Gracias, San Antonio—, prorrumpió Paquita llorando de alegría. Y acercándose al cepillo de los pobres depositó cien pesetas.
— ¿Qué has puesto ahí?
— Nada, cien pesetas para los pobres de San Antonio.
—¡Cien pesetas!
—Te parece poco? Mucho menos dieron por Cristo y valía mucho más que tú.
— Si tú has encontrado tu cruz —dice él—, yo he encontrado mi tormento, justo es que lo pague.
Y fué también a depositar su limosna.
— ¿Qué has dejado?—, preguntó ella.
—No quiero que te envanezcas, que tampoco tú vales más que Cristo.
Y la cruz y el tormento, rebosando de alegría, salieron de la iglesia con la promesa firme de no volver a reñir y tomar a San Antonio por guía y norma de su felicidad.
Fr. Manuel Balaguer, ofm
[Nota biográfica del P. Manuel Balaguer]
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