Índice del número 208
Del mes de abril de 1946. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
- ¡Los Santos Lugares!. Editorial
Transubstanciación. F. M. M.
María al pie de la cruz. Fr. Rafael Fuster, ofm
Redención.
La última lección del Maestro. Fr. José Antonio Arnau, ofm. - Fr. Antonio de Guevara y su "Monte Calvario. Fr. Domingo Savall, ofm
Raquel, la betlemita. Fr. León Villuendas Polo, ofm
Informaciones de Pego y Carcagente.¡Los Santos Lugares!
¡Tierra Santa! ¡Los Santos Lugares! He ahí dos nombres de palpitante actualidad. Cuando este número de La Acción Antoniana llegue a tus manos, querido lector, verás sin duda ya cubiertos los altares de las iglesias y la Liturgia te hablará del tiempo de Pasión. Corto, ciertamente, es este período litúrgico; pero ¡qué emocionantes sus funciones! Apenas te darás cuenta ya estarás en la Semana Santa, tan sugestiva para todo cristiano. Paso a paso irá desarrollándose a tu vista interior el gran drama de la Pasión y Muerte de nuestro divino Redentor, vivido en Jerusalén, hace dos mil años. Oirás aquel final, repetido con frecuencia: «¡Jerusalén!,¡Jerusalén!, conviértete al Señor, tu Dios. » ¡Cristiano!, al oír esta apremiante invitación, reza, ora, medita en silencio... Y al propio tiempo que elevas tu corazón a Dios, alarga tu mano generosa en favor de Los Santos Lugares.
Transubstanciación
El primero y el último de los milagros de Jesús son un mismo milagro: la Transubstanciación.
Caná de Galilea y el Cenáculo son el paréntesis de las maravillas de Jesús. En ambos, y a los postres de unos banquetes, realiza el Salvador repetidamente el milagro de transubstanciación; convirtiendo, en Caná, el agua en vino, y en el Cenáculo, el vino en su Sangre redentora, que después, en el Calvario, había de verter hasta la última gota con el agua, salidas ambas de su Costado abierto por la lanza.
La inventiva de la leyenda bien puede tomar aquí asunto piadoso para suponer que el regalo de Jesús a los esposos de Caná fuera conservado cuidadosamente por ellos, con la amistad personal del Hijo de María, como recuerdo de bodas, y servido misteriosamente luego en la noche de la última Cena para la institución de la Eucaristía. Nada más delicadamente verosímil. El Evangelio no expresa n¡el nombre del esposo de Caná n¡el del dueño de la sala espaciosa del Cenáculo. ¿Serán la misma persona? ¡Silencio misterioso!
Quédese la fantasía para los apócrifos y narradores, y tomemos de la abundancia del Evangelio y de la piedad religiosa las verdades y sentimientos que nos ofrecen para este nuestro trabajo devoto.
La vida y obra de Jesús son un constante milagro de transubstanciación. S¡grande es el prodigio de sacar todas las cosas de la nada, aun es más prodigioso transubstanciarlas y rescatar y restaurar las que se habían degenerado y corrompido, sacándolas de su propia miseria y elevándolas a superior naturaleza sobre su estado primitivo. (Deus, qu¡humanae substantiae dignitatem mirabiliter condidisti, et mirabilius reformasti...)
«Todos sirven al principio el vino mejor...» Sólo Jesús nos embriaga al final con el mejor de sus vinos, su propia doctrina y su propia sangre. Primero nos sirve el vino de las parábolas, tomadas de las cosas de la naturaleza, aun de las más viles, para elevarnos y recrearnos con las sobrenaturales del Cielo. «El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, a la levadura, a la red barredera...» Primero reparte el pan de cebada y lo multiplica prodigiosamente, y una vez saciada la multitud, les propone el misterio anticipado de la Eucaristía, el pan bajado el cielo, que San Juan expone ele manera inequívoca y amplia en cas¡todo el capítulo sexto, notando la ceguera contumaz de los judíos. Todos los discursos y sermones de Jesús están explanados sobre cosas naturales, para sacar consecuencias y frutos sobrenaturales.
La pascua o salida de Egipto, que los judíos redujeron a fórmula de banquete, es elevada por Cristo en la nueva Pascua, de la que aquélla era sólo una imagen, a institución eucarística de consubstancialidad ; y luego de la cena legal, regala a sus discípulos y a toda su Iglesia con el Pan de su propio Cuerpo y con el Vino de su propia Sangre.
S¡el manjar del árbol prohibido trocó el lazo amoroso de la dependencia que nos unía como criatura al Creador, este otro Manjar divino nos entraña y nos convierte en su propia substancia, hasta hacer prorrumpir al Apóstol: «Ya no yo, sino Cristo, vive en mí.» Los testamentos, que dictamos siempre con efecto para después de la muerte, como expresión de última voluntad, sancionan y acreditan los actos que aun nos quedan por realizar en vida, y por eso suelen modificarse a veces ante lo imprevisto.
La Eucaristía es llamada también testamento de Cristo, por el cual nos hace herederos de su Cuerpo y Sangre, que son la substancia de la Misa, y ésta, la renovación incruenta del Calvario. Así en la última Cena, sacrificio incruento y Primera Misa, que comprende la inmolación real de Cristo en la Cruz, su último acto expresado y previsto en el testamento eucarístico; por un prodigio de su Amor y de su omnipotencia, se invierte el orden de ambos sacrificios; y es primero, en el tiempo, el incruento, que renueva el que ha de suceder al día siguiente en el Gólgota; pues uno y otro los instituye y realiza el que es a un mismo tiempo Sacerdote y Víctima, ofreciéndose a sí mismo en holocausto por la redención del mundo y estableciendo la perpetuidad redentora, mediante este sacrificio, hasta el fin de los siglos y en eterno nacimiento cíe gracias.
Este último y soberano milagro del amor divino es la tercera manifestación de la transubstanciación, al convertir su Sangre en manantial de aguas vivas que saltan hasta la vida eterna.
F. M. M.
El doctorado de San Antonio de Padua
En fecha 16 de enero de 1946, fiesta de los Protomártires franciscanos, S. S. Pío XII, en una Carta Apostólica que empieza "Exulta Lusitania Felix", declara solemnemente al Santo Paduano Doctor de la Iglesia Universal, distinguiéndole con la designación de Doctor Evangélico. La Acción Antoniana se complace en dar esta información a sus lectores, y para celebrar cual merece esta alta distinción al Santo, publicará un número extraordinario dedicado al efecto, para lo cual, atendidas limitaciones impuestas por la escasez del momento, se juntarán los números de mayo y junio en uno mejorado, que, Dios mediante, saldrá hacia el 25 de mayo.
María al pie de la cruz
Acababa de llegar Jesús a la colina del Gareb llamada Gólgota, lugar destinado a la ejecución de los malhechores; muy cerca de El habían llegado también los dos compañeros condenados al mismo
suplicio. Era como la hora de sexta, según la computación romana; alrededor de las doce, según la nuestra,
cuando Jesús, despojado de sus vestidos y ceñidas sus sienes con la corona de espinas, fue crucificado con recios clavos y levantado en alto. La presencia de Jesús en alto arrancó un griterío infernal de aquel populacho feroz, que veía ya cumplidos sus votos porque la sangre de la Víctima empezaba a caer sobre sus cabezas y sobre las de sus hijos.Y mientras se frotaban las manos de puro gozo y se daban mil parabienes los dirigentes de esta tragedia, eran asimismo levantados en alto los otros dos crucificados, situados a uno y otro lado de la cruz de Jesús. Parece que nadie reparó en los nuevos condenados, pues la atención del pueblo judío continuaba centrada en Jesús de Nazaret. Y ¡qué contraste entre los tres reos! Jesús sufría en silencio y en una calma toda divina los agudos tormentos de la crucifixión, y- los otros se retorcían en sus dolores y agitábanse en violentas convulsiones, acompañadas de terribles imprecaciones. Mas de pronto cambió la escena, acentuándose una diferencia notable entre los dos malhechores que frente a frente acompañaban a Jesús en su pasión. Uno proseguía maldiciendo de su suerte, y unía sus blasfemias e insultos a las de los circunstantes; éste ha pasado a la historia con el triste nombre de mal ladrón. El otro, en cambio, bien pronto empezó a reflexionar seriamente en la majestad de Jesús y en la dignidad regia de su semblante. Su mirada ya no se apartó del divino crucificado, y esta mirada, fija en El, parecía calmar sus dolores, al tiempo que le transformaba el corazón. Empezaba a vislumbrar un nuevo mundo, en donde Jesús era ciertamente Rey. Una mirada más, y se atreve ya a hacerle un ruego humilde: Acuérdate de mí cuando estuvieres en tu Reino. Su demanda fue al instante oída: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Dichoso reo que mereció pasar a la historia con el título paradójico de buen ladrón.
Pero el regocijo de los dirigentes judíos no era completo, se ensombrecía por momentos. En lo más alto de las cruces se leía la causa de la sentencia de los tres reos: la de los compañeros de Jesús, escrita sólo en arameo, aludía a sus crímenes y delitos vulgares; pero la que aparecía sobre la cruz central, y escrita en las tres lenguas conocidas, aramea, griega y latina, era, más bien que una sentencia condenatoria, un título altamente honorífico: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. ¡Se habían pisado los dedos! Aquella inscripción era un baldón para el Senado judío y los sacerdotes, ¡ya que no reflejaba delito alguno...! Y corriendo, se llegaron a Pilatos para que enmendara la sentencia, cosa que no lograron gracias al único gesto varonil que tuvo el gobernador romano en todo el proceso de Jesús. Ya dije que este hombre era inocente. Lo que escribí quedará escrito para siempre.
Tres clases de gentes había: en el Calvario, según refieren los Evangelios: el centurión o jefe romano, al frente de las fuerzas encargadas de la ejecución. El pueblo judío, acaudillado por los senadores, leguleyos y sacerdotes. Aquéllos, paganos e idólatras, y éstos creyendo, tal vez alguno, prestar un servicio a la religión judía, insultaban constantemente a la Víctima inocente y blasfemaban contra Ella.
Pero en contraste con esas gentes, había un grupito reducido de amigos de Jesús que sufrían en silencio los
ultrajes hechos al Maestro y compadecían sus tormentos. San Mateo y San Marcos, sin mencionar a su Madre; dicen que este grupo, todo el de mujeres, seguía de lejos el curso de la Pasión. Mas San Juan, testigo presencial de la Pasión, señala en primer lugar a la Madre de Jesús. Según estos datos, cabe distinguir dos categorías en el grupo de los seguidores de Jesús. María y Juan Evangelista, que se había situado junto a la Cruz, y en segundo lugar, las mujeres discípulas de Jesús que le habían seguido desde la Galilea y entre las cuales se hallaban María Magdalena y otra María, pariente de Madre de Dios.
Corrían ya las tres de la tarde, y Jesús, como olvidado de sus dolores, repara en su pobre Madre y en el discípulo fiel que la acompaña. Jesús ya no puede hacerse cargo de María; pero no se ha olvidado de ella, traspasando su deberes y derechos de hijo en su buen discípulo: Mujer, he ahí a tu hijo. Y para que este traspaso y adopción tenga toda la fuerza de ley, señala a seguido s¡reprocidad: Hijo, he ahí a tu madre.
María dio a la humanidad a Jesús al hacerse hombre, en sus purísimas virginales entrañas; y Jesús, al morir como hombre, confía la humanidad a su Madre, para que fuera realmente Madre de Dios y Madre de los hombres.
Redención
La Cristiandad se estremece de honda emoción religiosa cada año cuando la Liturgia Católica, con su austera y solemne pompa, celebra el aniversario del Sacrificio de Jesús.
Es que siente la inmensidad del dolor del que, siendo Dios, se hizo hombre y se anonadó hasta la muerte de Cruz para librar de la muerte a sus hermanos, los hombres pecadores. También se siente aligerada de sus culpas merced al amor más grande que prendió en la tierra y la purificó a los ojos de la Majestad divina, ultrajada por el pecado.
España, nación entrañablemente cristiana y de profundo sentido humano, tal vez más que otras naciones, siente por lo mismo con más patética emoción la tragedia del Calvario y el benéfico fruto redentor que de allí dimana. Por eso el pueblo español se vuelca en esos días a los templos y con-vierte sus plazas y calles en glorificación de los pasos dolorosos del Divino Nazareno y de la Madre de los Dolores.
Una coincidencia venturosa hace que estas jornadas de Redención divina coincidan con la fecha gloriosa de la Liberación nacional.
España prevaricó, pero después de sangriento Vía Crucis y de acerba agonía de crucifixión, vio el amanecer de una nueva era. Encontró su camino, que no es otro que el marcado por Jesús: El único que conduce con seguridad a una resurrección gloriosa y feliz.
En la cumbre del Calvario
La última lección del Maestro
«Jesús —dijo muy atinadamente San Cirilo Alejandrino— vino para hacernos mejores.»
Y este prodigio, en palabra del mismo Jesús, lo realiza en el Calvario: «Cuando sea levantado en la cruz sobre la tierra, lo atraeré todo a Mí»; es decir, lo levantaré, lo mejoraré todo.
Somos portadores de valores eternos, se ha dicho entre los clarinazos que apuntaron el resurgir de España. S¡esta afirmación no ha de quedar como una más de tantas frases bonitas, quiere decir felizmente: Que somos predestinados por Dios, desde la eternidad, para ser conformes a la imagen de su Unigénito y llegar a la adopción de hijos suyos. Por lo mismo, la educación, s¡ha de merecer con exactitud tal dictado, debe desenvolver y sacar afuera ese germen de valor eterno que lleva consigo todo hombre que viene a este mundo.
Es, pues, empresa eminentemente sobrenatural, y en tal caso a solo Cristo le corresponde el título de «El Pedagogo», «El Maestro» por antonomasia. No llaméis sobre la tierra a nadie padre, pues uno sólo es vuestro Padre, que está en los cielos; n¡debéis ser llamados maestros, pues uno sólo es vuestro Maestro, el Cristo.
Estas palabras de Jesús podríamos parafrasearlas cual s¡dijera: «El valor eterno que lleváis en vuestro seno es el de la filiación divina; desenvolverlo y hacerlo llegar a perfección debe ser vuestra principal y absorbente preocupación; mas para lograrlo necesitáis un pedagogo; ése no puede ser otro que el Hijo que viene del seno del Padre. Vosotros me llamáis Maestro, y lo soy en verdad.»
En armonía con esta misión trascendental, Jesús nos enseña: en el Sermón de la \Montaña nos ofrece una síntesis en que resplandece la idea de perfección íntegra del. hombre con el avasallador desenvolvimiento del germen divino, del valor eterno de que somos portadores.
Es la nueva vida que fluye afuera y se convierte en sal del mundo, en luz del mismo. Las bienaventuranzas, las leyes de la caridad, de la templanza, del dominio de las pasiones, etc..., son lecciones sublimes que elevan al hombre a un plano tan superior, que le invitan y obligan a buscar la perfección suma, a semejanza del Padre Celestial.
Como singular y perfecto Pedagogo, Jesús, a la sublimidad de doctrina, añade la potencia de la vida. El enseñó; mas su doctrina la grabó no en el papel, n¡sobre tablas de bronce o de piedra, sino en el corazón de cuantos creyeren en El. Mas para llegar al corazón humano hubo de pasar por el mayor de los sacrificios. El corazón no se rinde s¡no es ante el sacrificio. Por eso Jesús, que compendió su Mensaje en el Sermón de la Montaña, puso su firma en el Monte Calvario, donde sacrificó su vida por sus hermanos. Allí nos dio su última lección, consumó su obra.
Los Evangelios nos han conservado las palabras que Jesús pronunció desde la Cátedra del sacrificio:
Padre, perdónales, pues no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Son eco vivo de aquellas otras dichas en el otro monte: Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian (Mt 5).
Doctrina nueva, locura para los paganos, escándalo para los mismos judíos; pero para el cristiano, doctrina del cielo. Después que Jesús la practica desde la Cruz, el corazón de sus fieles discípulos, atraído por el del Maestro, podrá amar
como El, a semejanza del Padre Celestial, que hace salir cada día el sol sobre buenos y sobre malos.En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23, 43). La fe en la doctrina de Jesús entabla en el corazón del creyente una lucha con el mundo, con la carne y con Satanás. Proclamar en medio de tales enemigos la verdad cristiana, es algo heroico. Prometer como Señor absoluto un paraíso, mientras se está agonizando, es algo divino. El Buen Ladrón tuvo aquel gesto heroico; Jesús, agonizante, le premió con este rasgo divino.
Y el episodio tendrá fecunda resonancia en la historia de la Iglesia. La impiedad creerá poderla destruir, pero Ella, con la misma virtud del Crucificado, clamará siempre con voz infalible: El que crea, se salvará; el que no, se condenará.
«Mujer, he ahí a tu hijo». Después dijo al discípulo: «He ahí a tu Madre» (Juan, 19). Jesús pide para pertenecer a su Reino un nuevo nacimiento. Este supone la abnegación del hombre viejo, la humildad más profunda. Delicadamente, en el Calvario, cuando nos va a dejar, nos da el amor de una Madre, para que nos forme en la nueva filiación y nos introduzca en el reino de la luz, de los hijos de Dios.
¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27). Estas palabras abren un portillo al Corazón del Maestro, por el que nos es permitido rastrear un poco la inmensidad de su dolor. Algunos, impíamente, quisieron oír en estas palabras la confesión de su fracaso; pero el cristiano fiel aprende por ellas la tremenda desgracia del pecado, separación de Dios, y el amor inmenso de Jesús, que borra con su sacrificio más horrendo la sentencia de condenación dictada contra la humanidad prevaricadora.
Y para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed» (Jn 19). En repetidas ocasiones Jesús había invitado a cuantos tuvieran sed de vida, de luz, de amor, para que acudieran a El, prometiéndoles alumbrar en su corazón un manantial que saltaría hasta la vida eterna. Ahora Jesús, desde la Cruz, con una sola palabra nos recuerda sus ansias de nuestra elevación. Para que ésta se realice, hemos de cooperar, ser fieles a la gracia. Jesús, en forma delicada, nos urge a que pongamos nuestra parte. Saber que podemos dar un gusto a Jesús, apagar su sed, es un poderoso estímulo para obrar siempre el bien.
Y cuando hubo gustado el vinagre, dijo: «Todo está cumplido» (Jn, 19). Jesús es el único Maestro que completa su obra. Es, a la vez, Maestro y Doctrina viva; por eso El solo puede dar el gozo completo que nadie pueda quitar. Quien se aparte de Jesús no podrá darse el testimonio de perfección cumplida; no podrá poseer el gozo completo y duradero, porque la consecución de su destino, dar gloria a Dios, no la conseguirá s¡no es mirando a Jesús.
Padre, en tus manos encomiendo m¡espíritu (Lc 23). La suprema lección. ¿Qué se dice en el momento en que el alma se ve suspendida, sin el apoyo del andamiaje del mundo sensible? Misterio para la pobre razón. Nuestro Maestro no podía dejar de ilustrarnos en este trance. Entonces el alma seguirá a quien sirvió en vida. Su amor marcará la trayectoria a seguir en la eternidad. ¿Amó a las criaturas?... Sentirá el horror del abismo y de la desolación sempiterna... ¿Amó a Dios en Jesucristo? Volará al descanso y gozo sempiternos.
Cristiano, discípulo de Cristo, medita, aprende, vive según tu Maestro.