PARTE PRIMERA
RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios
Convento de Chelva
Casa religiosa de Sagrado Retiro en la Seráfica Provincia de Valencia, situada a 2 kilómetros de distancia de la villa, en paraje ameno.
Durante la revolución marxista el edificio del convento y el huerto anejo sufrieron grave quebranto. En la iglesia se destruyeron altares, imágenes, cuadros, ventanas, marcos, mesas y muebles, e incluso las instalaciones de agua y gas. Desapareció la vajilla y la ropa y destrozaron cuanto hallaron a mano. Del huerto cortaron un bosquecillo de pinos, una encina centenaria de enorme corpulencia y la mayoría de los árboles frutales.
La horda roja, asesinó seis religiosos de esta observantísima comunidad. A continuación damos la biografía y muerte de cada uno de ellos.
P. Francisco Palací Ruesques
Nacido en Cocentaina, fue siempre un verdadero religioso franciscano. Desde la edad de doce años, en que vistió el hábito seráfico en el Colegio de Benisa, pasando luego por el Noviciado de Santo Espíritu del Monte y continuando después en los estudios de la carrera eclesiástica hasta su ordenación en 1906, mostrose en todo tiempo como modelo de obediencia, piedad, aplicación al estudio, abstracción del mundo y fidelidad a la gracia de la vocación religiosa. Estas virtudes, practicadas y llevadas hasta el heroísmo, le impulsaron a formar parte en 1909 de la primera comunidad del Sagrado Retiro de Chelva, la que nunca abandonó y de la que fue una de sus piedras angulares.. En los veintisiete años consecutivos que moró en aquella tranquila mansión, en que todo respiraba santidad, no cambió su género de vida, siendo la admiración de las gentes de la comarca por su humildad, pobreza en el hábito, espíritu de oración y anhelo de ser perfecto imitador de su Seráfico Padre San Francisco, siguiendo fielmente las huellas que trazó a sus frailes. A tal extremo llevaba su completa abstracción, que nunca se le vio un periódico en las manos, ni sabía hablar de política o cuestiones sociales.
Conocedores los Superiores del mérito de sus relevantes cualidades y cuán rara era su admirable prudencia, le nombraron en 1933 Guardián de aquella observantísima comunidad, y en el desempeño de su cargo se superó a sí mismo dando copiosos ejemplos de abnegación a los virtuosos religiosos que gobernaba.
Conocido de todos por el celo apostólico que desplegaba en las misiones que daba por los pueblos, tan pronto estalló la revolución marxista, en julio de 1936, fue objeto de persecución por parte de los dirigente rojos de la localidad, que tuvieron mucho interés en apoderarse de su persona y en hacerle, como superior del convento, blanco de sus iras.
Detenido con casi todos sus súbditos y encerrado en la cárcel del partido, fue víctima de toda clase de privaciones, amenazas, insultos y malos tratos. Se le exigió que entregase el capital que, según los rojos, poseía la comunidad, que todo el mundo sabía pasaba de limosna. A bofetadas le hincharon las mejillas, se las amorataron; le ensangrentaron el rostro y, en el furor del paroxismo, de un puñetazo le hicieron saltar un ojo. El P. Palací sufrió en silencio estos durísimos ultrajes, y solamente habló para pedirles humildemente que descargasen contra él sólo el odio que abrigaban y dejasen en paz a sus súbditos y Hermanos de hábito.
Cuando los milicianos se convencieron de que aquel santo religioso, forjado en el yunque del sacrificio, no se doblegaba a sus exigencias, acordaron su muerte y la de sus compañeros; y cuando le conducían maniatado a las afueras del pueblo para asesinarle, el P. Palací animaba a sus súbditos a sufrir el martirio por Cristo, les absolvía en alta voz y perdonaba de todo corazón a sus verdugos. Cuando pronunciaba estas palabras de perdón descerrajaron un tiro sobre su cabeza, cayendo a tierra su cuerpo bañado en sangre, siendo la primera víctima de la revolución marxista en Chelva. Esto ocurrió, el día 9 de agosto de 1936, en la carretera de Valencia. Tenía a la sazón cincuenta y seis años de edad y treinta y seis de hábito.
En el lugar donde piadosas manos recogieron su cadáver, la hierba que tocó sangre del mártir se mantuvo fresca y tierna por espacio de algunos días, no obstante los rigores caniculares de la época y estar ya seca la de los alrededores. La villa toda atribuyó este suceso extraño a una manifestación del Señor en favor de los méritos de su fiel siervo.
Su fama de santidad, extendida por toda la comarca, sirvió para que, cuando en 1939 se exhumaron sus restos mortales, las gentes pasaran toda clase de objetos piadosos por encima de su cadáver y se encomendase a su patrocinio.
P. Godofredo Aleixandre Romaguera
Nacido en Valencia. De complexión delicada, pero de una fuerza de voluntad inquebrantable. En la Provincia Regular tuvo los cargos de organista, Secretario y Definidor Provincial, siendo en el desempeño de estos oficios modelo de actividad y espíritu de sacrificio. Sintiéndose llamado a mayor perfección, dentro del estado religioso, propuso la fundación el año 1909, a tenor de las Constituciones Generales de la Orden (Cap. 10, par. 8), de un convento de Sagrado Retiro en Chelva, del que fue siempre el principal sostén de su observancia y disciplina regular. Para mejor desenvolvimiento de sus actividades, dedicose de manera especial a la dirección espiritual de almas de vida interior, práctica de Ejercicios Espirituales, administración del Sacramento de la Penitencia y fomento de vocaciones entre religiosas. Esta labor, muy en consonancia con su trato austero, pobre, ordenado, metódico y retraído del mundo, le cobró entre la gente que se relacionaba con él opinión y fama muy merecidas. Todo en la comunidad de Chelva y en las personas relacionadas con el convento, iba señalado por el espíritu de renunciamiento propio de aquel varón de Dios
No es extraño, pues, que los marxistas de la localidad concitasen contra el P. Godofredo el odio que abrigaban en sus corazones. Desde el advenimiento de la República, y especialmente desde el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, se dirigieron mil calumnias y difamaciones contra su persona; mas el paciente y sufrido varón, con su conciencia bien tranquila, todo lo sufrió sin inmutarse, con inalterable paciencia, siempre confiado en la voluntad de Dios.
Nunca jamás pensaron los religiosos que formaban la observantísima y pobre comunidad de Chelva que hubiesen en el pueblo personas que atentasen contra sus vidas; de ahí que no tomasen ninguna medida de previsión al estallar el Movimiento para ponerse a salvo, siendo, en consecuencia, detenidos todos cuantos formaban la pequeña comunidad. Encerrados seis religiosos en la cárcel, no hubo para ellos desde el primer momento ocasión y medio de que no se valiesen los rojos para escarnecer y atropellar a sus víctimas, de manera especial al P. Godofredo, con los más soeces nombres e insultos.
Varias fueron las personas piadosas que les visitaron en la cárcel con el doble fin de socorrerles materialmente y aprovecharse espiritualmente. Algunas de ellas manifestaron su temor de quedar algún día el pueblo sin sacerdote que pudiera absolverlas; y el P. Godofredo, con espíritu profético, les dijo: "A nosotros nos matarán, pero quedará en Chelva el señor Coadjutor, don Francisco Cervera, con quien podréis confesaros". Y así sucedió en efecto.
En el acto del martirio, contra quien más desahogaron su odio los enemigos de Dios y de la Patria, fue contra el virtuosísimo P. Godofredo, sabiendo que así lastimaban los sentimientos de las personas cristianas. Primero le descerrajaron un tiro en la cabeza, y luego, viendo que no caía su cuerpo en tierra, con ensañamiento feroz le dieron una puñalada, con tal furia, que no sólo le hundió el pecho la fuerza del golpe, sino que lo desgarraron hasta la cintura, dejando el cadáver, casi abierto en canal, en posición supina. Esto sucedió, el 9 de agosto de 1936, a un kilómetro del pueblo, en la misma carretera de Valencia. Los mismos asesinos, que fueron fusilados después de la liberación, confesaron que les impresionó la muerte del P. Godofredo, no sólo por el perdón que les otorgó, sino por la valentía con que vitoreaba a Cristo Rey, y de manera especial porque, al caer en tierra su cuerpo exánime, estaba aureolado con luz extraña. La muerte del buen P. Godofredo fue la de un santo mártir que derramó generosamente su sangre por la confesión de Cristo.
Muchas son las personas piadosas, hijas en confesión del esforzado mártir, que desde su muerte le invocan en sus necesidades de alma y cuerpo; algunas afirman haber conseguido favores extraordinarios por su intercesión; otras conservan objetos de su uso personal con veneración, y todas le recuerdan con gran consuelo de sus corazones.
¡El Señor sea glorificado en la confesión que el bendito Padre hizo de su santo nombre en este mundo!
Cuando murió el P. Godofredo tenía sesenta años de edad, cuarenta y seis de hábito y treinta y seis de presbiterado.
P. Ricardo Bueso Arquívola
Hijo de Valencia; de familia muy cristiana y acomodada en bienes de fortuna. Sintió la gracia de la vocación religiosa desde sus primeros años y, estudiando el Bachillerato en el Instituto, dejó el brillante porvenir que le brindaban sus dotes de aplicación e ingenio para tomar el hábito seráfico en el Colegio de Benisa. Desde entonces se distinguió por su piedad, pureza de costumbres y amor al retiro. Terminados con notable aprovechamiento los estudios de la carrera eclesiástica, pasó al Colegio de Onteniente como profesor de Dibujo y Caligrafía, para cuyas asignaturas tenía especiales aptitudes. Pero padeciendo una intensa debilidad de vista, viose precisado a abandonar forzosamente la enseñanza, y llevado de su natural inclinación a la soledad solicitó de los Superiores la admisión en el convento del Sagrado Retiro, de Chelva.
Obtenido el permiso, su vida durante los veinticinco años consecutivos que permaneció en tal delicioso apartamiento del mundo fue más angélica que humana. Su única aspiración fue la santificación propia y el celo por la salvación de los demás. Modelo de obediencia, de constancia en el estudio, de espíritu de trabajo, de resignación continua en la voluntad de Dios, era un religioso apreciado en la comarca por su temperamento ecuánime, compasivo y comprensivo.
En las misiones que anualmente daban los Padres del convento de Chelva por los pueblos de la diócesis de Segorbe, el P. Bueso era siempre el insustituible catequista, que llamaba la atención de los fieles por el gracejo de su dulce palabra y adaptación a la calidad de los auditorios.
Antes del Movimiento Nacional, y como presintiendo el trágico fin de su persona, llevaba metido en las sandalias de sus pies descalzos un tubito de cristal, y en él encerrado un escrito en el que consignaba su nombre y apellidos, edad, profesión, deseo de morir por la fe de Cristo y de ser enterrado en lugar sagrado. Este papel se le encontró al exhumar sus restos mortales en 1939.
Cuando después de sufrir en la cárcel del partido toda suerte de privaciones, injurias y malos tratos, era conducido, como sus demás Hermanos de hábito, al lugar del martirio, el P. Bueso exhortaba en alta voz a sus verdugos a que renunciaran a los horrendos crímenes que cometían con indefensos religiosos e inocentes sacerdotes, y les perdonó de todo corazón la muerte que iban a darle.
Tal impresión produjo en el pueblo el asesinato de los religiosos, que la gente reaccionó de manera tan violenta contra los rojos, que éstos ya no se atrevieron a cometer ningún otro crimen de sangre durante el tiempo que duró la revolución.
La memoria de las virtudes del P. Ricardo Bueso perdura todavía entre las buenas personas de la población que se encomiendan a sus oraciones.
Cuando murió contaba cincuenta y ocho años de edad, treinta y nueve de vestición y treinta y dos de sacerdote.
P. Dionisio Boix Palanca
Pertenecía de familia a la comunidad de Santo Espíritu del Monte y estaba accidentalmente en el Sagrado Retiro, de Chelva, preparándose para futuras tareas de apostolado. Era un espíritu amplio, dotado de simpatía natural y temple catequístico. Poseía el don de atraer y enfervorizar con su cálida palabra a las multitudes por la difícil facilidad de saber en todo momento amoldarse a la clase de su auditorio, siendo por ello popular y apreciado su nombre. Recorrió innumerables veces los pueblos de la huerta de Valencia, en uno de los cuales, Benifaraig, vio la luz de este mundo, dando misiones y ejercicios espirituales, ensayando cánticos sagrados, organizando excursiones a Santo Espíritu y predicando en gran número de fiestas, siempre escuchado con singular complacencia.
Recién ordenado de presbítero, en 1900, fue profesor en el Colegio de Onteniente; luego ostentó cargos subalternos en la Provincia Regular, y posteriormente marchó a América con los títulos de Comisario de Tierra Santa de la República de Uruguay y Superior del convento de Montevideo, dejando en todas partes grato recuerdo de su espíritu de trabajo.
Desde que en 1930 regresó de nuevo a España, se encontraba de morador en Santo Espíritu del Monte (Gilet), que era su convento predilecto; pero al principiar el verano de 1936 e iniciarse la tormenta revolucionaria en España, creyendo más segura su persona en Chelva, trasladose al Sagrado Retiro, buscando con ello, además de un descanso a sus tareas apostólicas, acompañar a los religiosos allí moradores en su vida de abstracción y austeridad. Y ajeno a cuanto sucedía en el mundo exterior, le sorprendió el Movimiento Nacional.
Detenido, como los demás frailes, por los dirigentes rojos de la localidad, y siéndoles desconocido completamente su nombre, no entraba en sus planes, calculados de antemano, no ya matarle, pero ni siquiera detenerle ni molestarle:."Tú no eres de éstos -le decían-; a ti no te queremos matar". Mas el animoso P. Dionisio al ver desde el primer momento los malos tratos que los revolucionarios daban de palabra y de obra a sus buenos Hermanos de hábito, no pudo tolerarlo, e increpó diferentes veces con frases duras y enérgicas su perversa conducta de atropellar a aquellos indefensos religiosos que nunca hicieron en Chelva otra cosa que dar ejemplos de virtud. Y aquella indigna conducta él no podía tolerarla sin protesta.
¡Cosa rara! Los esbirros del comité nunca replicaron en forma destemplada a las razonadas palabras del intrépido P. Dionisio, y por el respeto que les infundía dejaron algunas veces de molestar a sus inocentes víctimas.
El día en que acordó el comité la inmolación de los santos moradores del Sagrado Retiro, que fue el 9 de agosto de 1936, al ver el P. Dionisio que sacaban de la cárcel a sus Hermanos de hábito, se impuso a los rojos con enérgica valentía y voluntariamente les acompañó hasta el último momento, pues era propósito suyo no perder la ocasión que se le presentaba de morir confesando a Cristo y derramar su sangre con aquellos benditos religiosos, entre los cuales había convivido en lazos de mutua fraternidad. Su lema 'fue este: "Juntos vivíamos, juntos nos han detenido, juntos hemos de morir, para presentarnos juntos, como buenos hermanos, ante el tribunal de Dios".
En aquellos momentos de intensa emoción, el P. Dionisio abraza a los cinco religiosos que iban, como él, a morir; perdona a los criminales, entona el Himno eucarístico, pone los brazos en cruz, se vuelve hacia los asesinos y cae herido a tierra por el plomo asesino, dando un sublime ejemplo de morir en defensa de Cristo y de la verdadera hermandad franciscana.
Tenía entonces sesenta años de edad, cuarenta y tres de votos y treinta y seis de ordenación.
Fr. Francisco Oliver Navarro
Virtuoso y admirable Hermano lego, de vida humilde, sencilla y ordenada. Su lema fue: "Ser útil a sus Hermanos de hábito", y lo cumplió admirablemente. Dos oficios desempeñó durante sus cuarenta y tres años de vida religiosa: portero y sastre. Para los dos tenía aptitudes especiales. Como portero, poseía el don de la amabilidad, del respeto, de la corrección, de la paciencia y de la discreción. Como sastre, tenía cualidades muy estimables de habilidad, paciencia y gusto natural, pasándose las horas que le dejaba libres la portería, cosiendo, remendando y zurciendo la ropa exterior e interior de los religiosos, pues toda pasaba por sus manos. En estos menesteres empleó su vida silenciosamente, sin ningún alarde de notoriedad. Era la verdadera estampa del buen Hermano franciscano.
En el Sagrado Retiro, de Chelva, pasó la mejor parte de su vida. Había día que sólo hablaba contadas palabras. Alma de vida interior y recogida, su oficio de sastre le brindaba una concentración, que procuraba no perder para poner en el desempeño de su arte una atención tan delicada en todo cuanto salía de sus primorosas manos. Pero más que ello, era la buena voluntad y el espíritu de sacrificio que ponía en todo cuanto ejecutaba. Además atendía con verdadera caridad a los pobres que acudían a la portería en demanda de limosna material, a los que suministraba el alimento espiritual también de su palabra suave y de su ejemplo siempre fervoroso. Esto era fruto de su vida piadosa, que nunca perdió la íntima unión con Dios por medio de la oración y del sacrificio. Podemos decir que su vida estaba calcada al molde de los Hermanos legos de que hablan las Crónicas Seráficas, que abrillantaron los Sagrados Retiros con sus costumbres más angélicas que humanas.
Como religioso lego y más de Chelva, desconocía por completo lo que sucedía en el mundo y las ruindades de la política; y así, un día del mes de julio de 1936, al abrir la portería del convento, se encontró con unos hombres armados que, vomitando blasfemias, le encañonaron sus fusiles, y turbando la paz de aquella mansión recoleta, exigían a gritos y risotadas que les llevase al lugar donde se encontraban los frailes. El bendito Fr. Francisco condujo a los forajidos al coro de la iglesia, donde la comunidad se hallaba en oración, y fácilmente se entregaron los religiosos sin resistencia.
Como oveja conducida al matadero, así el buen Fr. Francisco dejó su portería y su oficina de sastre, y llevado a la cárcel, donde conoció prácticamente qué malos pueden ser los hombres. Oía blasfemias horrendas; escuchaba voces destempladas; recibía golpes en sus inclinadas espaldas; le llamaban con nombres mal sonantes, y él callaba y no respondía palabra, como Jesucristo en su dolorosa Pasión. Lo que más le dolía eran los malos tratos que recibían los Padres de aquellas gentes tan perversas; aquellos Padres tan santos, que tanto bien habían hecho siempre a los mismos que entonces les golpeaban y maltrataban. Mas Fr. Francisco padecía ya años una afección del corazón, y esta afección cardíaca, agudizada ahora por las circunstancias, le impedía pronunciar palabra, y sólo hablaba por las lágrimas que salían de sus ojos, por la ofrenda que hacía de su vida a Dios y por el perdón que otorgaba a aquellos hombres de instintos tan malos.
Cuando sacaron a los sacerdotes para martirizarlos de manera tan cruel, el bendito Fr. Francisco les seguía inconscientemente, pidiendo de continuo a su Superior la bendición y la absolución de sus pequeños defectos, hasta que una descarga cerrada de improperios y de balas hizo caer en tierra el cuerpo del bendito Fr. Francisco Oliver, mientras su alma iba a reunirse en el cielo con sus Hermanos de comunidad.
Fray Oliver era natural de Carcagente, de familia muy buena y cristiana, y al ocurrir su fallecimiento contaba la edad de sesenta y nueve años, de los cuales pasó cuarenta y tres en la religión franciscana.
Hno. Diego Peris Serralta
Vio la luz de la vida en Cocentaina. Al ingresar en la Orden Seráfica en calidad de terciario profeso, no tuvo más pretensiones que las de trabajar y santificarse. Trabajar en la limpieza de la casa, trabajar en el huerto sin retribución alguna, trabajar en
la postulación por los pueblos de la comarca de Chelva, caminando a pie, en verano e invierno, cargado con las limosnas que le daban los bienhechores. Así se santificaba el bendito Hermano Diego, siempre contento, siempre alegre de poder vivir en una comunidad formada por santos, como eran, según él, los religiosos penitentes del Sagrado Retiro. A pesar de sus pocos años de convivencia con aquellos buenos frailes, muchas veces les edificaba por su espíritu de abnegación, de renunciamiento, por la fuerza de voluntad que ponía en cualquier sacrificio que practicaba. Y esto un año y otro año, y hasta nueve años seguidos, en la plenitud de su vida, en la espléndida floración de un cuerpo bien formado, pletórico de salud, sin hacer amistades, ni conocimientos, ni crearse necesidades de ninguna clase, sin sentir ninguna apetencia, por lícita que fuera; para el bendito Hermano sólo había obediencia, pobreza, retiro, laboriosidad y caridad hacia aquellos seres que él quería llamar con el dulce nombre de hermanos el día en que los Superiores determinasen su pase al Noviciado de Santo Espíritu del Monte.
En este ambiente de espiritualidad vivía el Hermano Diego, cuando una mañana lo condujeron a la cárcel maniatado, rodeado de gentes que llevaban escopetas y proferían blasfemias horripilantes. El buen Hermano Diego se preguntaba: "A qué obedece esto?" El vio cómo aquellos hombres de mala catadura, armados hasta los dientes, habían entrado en el convento, y que luego, atados codo con codo, llevaron los religiosos a la cárcel, entre las burlas y las amenazas de un pueblo amotinado y hostil. Mas el buen Hermano Diego no podía comprender cómo eran tratados tan inhumanamente aquellos religiosos del Sagrado Retiro que no habían hecho daño a nadie y que pasaban su vida en el estudio, la mortificación y la práctica del bien.
Pero lo doloroso era que, en. la estrechez de la cárcel, al buen Hermano le pegaban puñetazos, le daban palos, le decían palabras soeces, le dirigían insultos, le llamaban con un mote feo. El callaba y no decía nada, por que una vez que intentó hablar y protestar le pegaron tan fuertemente que rompieron un grueso bastón sobre sus espaldas. A los pocos días de permanecer en la cárcel, casi muertos de hambre, de sueño y de sufrimientos, los del comité se llevaron los religiosos a las afueras de la villa, y suponiendo dicho Hermano el trágico fin que iban a tener, y no sintiéndose con fuerzas para morir, se puso a llorar y daba voces lastimeras, diciendo a los verdugos: " ¡No me matéis, por Dios; no me matéis!" El pobre Hermano, en su deseo de conservar una vida de treinta y cuatro años que se le escapaba, vida no curtida todavía con el espíritu de negación de sí mismo, como la de los religiosos, intentó la huida, y recogiendo sus escasas fuerzas echó a correr para escapar a la acción de los criminales; pero detenido al momento, se operó en la persona del Hermano un cambio radical, y aquella pusilanimidad de que acababa de dar muestra, se trocó en arrojo y valentía, y al ver y oír los animosos arrestos de los Padres, encendido en amor de Dios, sólo pensó en prepararse para recibir dignamente la palma del martirio, y arrodillándose a los pies del Superior, pidió perdón de su debilidad y flaqueza humana, y pronunciando estas palabras: " ¡Señor, misericordia; en tus manos encomiendo mi espíritu!", cayó de bruces el cuerpo del Hermano Diego, saliéndole varios hilillos de sangre que empaparon la tierra. Verdadero asesinato contra un hijo del pueblo, contra un hombre desconocido y que no había hecho mal a nadie en Chelva. Su cuerpo fue recogido y enterrado, como los demás, en el cementerio, hasta que después de la liberación fueron trasladados a un mausoleo que les erigió la villa.
