PARTE PRIMERA

RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios

Convento de Santo Espíritu del Monte

Este convento, fundado a principios de siglo XV por la Reina de Aragón Doña María de Luna, esposa de Don Martín el Humano, sirvió en 1878 para la restauración de la actual Provincia Seráfica de Valencia. El Noviciado se estableció desde entonces en él, y los religiosos lo tienen en gran estima por considerarlo como la casa Madre. Está situado en ameno paraje, a 3 kilómetros de Gilet y cerca de Sagunto.

Durante el período revolucionario el edificio conventual fue desvalijado totalmente, en julio de 1936, al abandonarlo los religiosos. Primero fue convertido en cuartel de milicianos; luego, cuando los rojos se apoderaron de Teruel, a últimos de 1937, trasladaron allí los alienados de aquella provincia; finalmente, se habilitó para hospital de sangre, adaptando el edificio según convenía a sus necesidades. Los cuadros de buenas firmas, dignos de un museo de pintura, desaparecieron por completo, como igualmente la hermosa biblioteca, formada por más de 8.000 volúmenes, algunos de ellos incunables de gran valor. También fueron arracadas las cuatro campanas y el reloj público.

La iglesia y sacristía saqueadas por completo, no dejando ningún utensilio del culto sagrado. En cambio, los dos huertos y la propiedad rústica no sufrieron daño alguno.

Nada menos que siete religiosos de esta comunidad ofrendaron sus vidas por Cristo en la revolución. He aquí sus nombres y biografías.

P. Pascual Fortuño Alemela

P. Pascual FortuñoDe todos los caídos en la Provincia de Castellón de la Plana, nadie como este meritísimo religioso levantó mayor cúmulo de admiración por su vida ejemplar, por su horrendo martirio, por la aureola de santidad que envolvió su recuerdo y por el perfume de las virtudes que practicó en el claustro. Su memoria aun perdura entre cuantos le conocieron, y los mismos asesinos que le dieron cruel muerte atestiguaron la impresión profunda que les causó las circunstancias del trágico momento.

Había nacido en Villarreal, y desde la edad de diecinueve años, en que vistió el hábito franciscano en el convento de Santo Espíritu del Monte, se dio a conocer como religioso de virtudes singulares. Su rasgo principal, que fue el guión de su vida, era el invariable plan metódico a que sujetó todas las horas del día. Fue como un cronómetro de constancia ejemplar, lo mismo dentro que fuera de casa. Este plan, a base de piedad, pero de piedad interior, le dio un dominio de sí mismo que lograba no alterar sus nervios, ni siquiera contraer sus músculos. Esta vida metódica, unida a una virtud interior, le hizo distinguir en la asistencia a los actos de comunidad, en la práctica asidua de la oración mental, en la lectura provechosa de libros piadosos y en el estudio de la Sagrada Escritura; todo lo cual le sirvió para consagrarse a la predicación y a la dirección espiritual con gran fruto de las almas.

Estuvo varios años en la Comisaría de Argentina, y en aquellas casas donde moró son muchos los que recuerdan todavía, con alegría íntima, la vida de aquel religioso, que por su inalterable aspecto de paz exterior indicaba la paz interior que, a su vez, disfrutaba aquella alma privilegiada.

Vuelto a España, desempeñó en los conventos de esta demarcación provincial los cargos de Vicario, Maestro de donados e Inspector del Colegio Seráfico. Últimamente se encontraba de morador en Santo Espíritu del Monte.

Esta vida, más angélica que humana, tuvo en el martirio su coronación más completa. Fue como broche de oro que el Seráfico San Francisco quiso poner a aquella existencia que mereció ver los días de Rivotorto y la Porciúncula, en los que el Santo Padre y Fundador amaestraba a sus hijos en la práctica de la humildad, sencillez, abnegación y amor a Dios. La revolución de julio de 1936 expulsó al P. Fortuño de su amado retiro y tuvo que ir a buscar la paz y sosiego, que conturbó la horda en su incomprensión, a su casa de Villarreal, donde su santa madre le acogió con los brazos abiertos. Los días que pasó en su mansión solariega no alteraron la vida metódica y cotidiana del convento. A su hora levantábase: la meditación, el rezo, la lectura, la comida, la disciplina, el recreo, el descanso, es decir, un religioso vestido de seglar, y por clausura, las puertas de su casa; por superior, su propia conciencia, siempre escrupulosa.

Pero los perseguidores, sanguinarios en Villarreal como en todas partes, o tal vez más que en otras partes por tratarse de una ciudad eminentemente piadosa y eucarística, pronto echaron mano sobre el virtuoso P. Fortuño y le encerraron, como otros muchísimos presos políticos, en el convento de religiosas dominicas. El día 8 de septiembre, después de una corta temporada de peligros y ansiedades, fue designado por los milicianos para el sacrificio de su víctima. Le llevaron a Castellón de la Plana y en sus inmediaciones le hicieron descender del coche; le mandaron que se desnudase de todos sus vestidos, a lo que se opuso resueltamente el santo varón; no pudiendo conseguirlo, los mismos individuos encargados del crimen le arrancaron sus ropas, destrozándolas a tirones, golpes y blasfemias.

El verse desnudo delante de aquellos hombres fue lo más doloroso para el siervo de Dios, siempre modelo de candor y de pureza, y para evitar, en parte, el sarcasmo de la chusma, con la mano derecha cubrió sus carnes. Entonces uno de los verdugos disparó varios tiros de pistola casi a quemarropa sobre aquel cuerpo; mas las balas, al rozar el cuerpo del mártir de Cristo, rebotaban y caían en tierra, con estupor de los asesinos. Entonces el bendito Padre les dijo: "Así, a tiros, no me mataréis; es necesario que empleéis el arma blanca, dándome un fuerte golpe en el corazón". Y cuando el cobarde asesino se acercó al mártir, el Padre, teniendo su mano derecha cubriendo su desnudez y con la izquierda señalando el lugar del corazón, levanta la voz y grita: " ¡Padre, perdónalos; en tus manos encomiendo mi alma!" A la fuerza del golpe del puñal cayó en tierra el esforzado confesor de la fe de Cristo, mientras el hilo de sangre que brotó con fuerza del cuerpo inerte salpicó los vestidos del criminal. Este no tuvo más remedio que decir con voz temblorosa: " ¡Esta muerte hace meditar, y a mí me hace sentir miedo!".

Su cadáver fue llevado al cementerio de Villarreal, y después de la liberación trasladado al panteón que poseen los PP. Franciscanos de la ciudad. Ante los insistentes deseos de la población, al conducir por las calles el santo cuerpo una multitud innumerable se arrodillaba invocando el patrocinio que ante Dios gozaba el P. Fortuño. El pueblo se apoderó del santo cadáver, y no sólo pasaba sobre él objetos piadosos, sino cortó en pedazos casi todo el hábito que le servía de mortaja y hasta incluso arrancó parte de algunos dedos que le faltan de las manos. ¡Sea Dios glorificado en sus siervos!

Murió el buen Padre a los cincuenta años de edad, treinta y uno de vestición y veintitrés de sacerdocio.

Fr. Diego Campos Campos, hermano laico

Fr. Diego CamposEra este bonísimo Hermano el prototipo del lego franciscano: sencillo, humilde, resignado y obediente; nunca le vieron ocioso, siempre estaba alegre, lo mismo en sus años mozos que, cuando lleno de achaques y cargado de años, era el ejemplo y edificación de las angelicales Hermanitas de los Pobres, de Valencia, que le atendían con singular cariño y amorosa solicitud.

Nació en Montserrat (Valencia) el 21 de septiembre de 1855, y después de una juventud modelo de piedad, entereza cristiana y santidad de costumbres, vistió el hábito franciscano en abril de 1883, haciendo su profesión de votos simples y solemnes los años 84 y 87, respectivamente. A los pocos años de profeso fue enviado por los Superiores a Cuba, donde sirvió en los conventos y casas de la Orden en aquella isla, hasta que se encargó de dicha Comisaría la Provincia regular de Cantabria. Vuelto a España, le vemos, morador en el convento de Agres, como hortelano, cuidando con esmero los campos, que eran la admiración de cuantos visitaban aquel devoto Santuario de la Virgen del Castillo. Aquejado por la uremia y buscando un clima más benigno a su edad avanzada, pasó a Santo Espíritu del Monte, ayudando en todo cuanto podía a los Hermanos legos encargados de las oficinas, y siendo el apoyo eficaz y el consuelo de los mismos.

Al proclamarse en 1931 la República en España, con los consiguientes trastornos políticos que le acompañaron, y viendo la inestabilidad que en aquel régimen tenían las Ordenes religiosas y el peligro que corrían los ancianos y achacosos Hermanos legos de vivir en un despoblado como en Santo Espíritu, acordaron los Superiores mayores de nuestra Provincia el traslado de Fr. Diego y otros dos venerables religiosos, casi impedidos por sus achaques, al Asilo de las Hermanitas, de Valencia, mientras las circunstancias no aconsejaran otra cosa.

Durante los años que Fr. Diego estuvo en las Hermanitas, venía los domingos y días festivos a pasarlos en compañía de sus Hermanos los religiosos del convento de San Lorenzo, y manifestaba de continuo los deseos que tenía de volver a su amado convento de Santo Espíritu para hacer la vida normal de la comunidad. En el Asilo era Fr. Diego el mismo de siempre: alma de oración, de vida interior, de recogimiento, de retiro, de trabajo; las religiosas estaban edificadas y encantadas de tener en su casa varón tan bueno y ejemplar.

Al producirse la revolución, los marxistas fueron a buscar a indefensos y venerables ancianos que, para salvaguardar mejor su seguridad personal, solicitaron albergue en aquel centro benéfico, siempre hospitalario; y ¡parece increíble!, uno de los arrancados a la fuerza de aquella casa de caridad y hasta entonces de amor cristiano, fue el bendito Fr. Diego, que no podía comprender hubiera en el mundo hombres tan malos que, sin hacerles ningún daño, atentasen contra su vida a los ochenta años de edad. Dos días estuvo el buen Hermano encerrado en la Cárcel Modelo, de Valencia, sin articular palabra. Allí encontró la dulce compañía de algunos otros Padres y Hermanos de nuestra Provincia Seráfica, cautivos como él por haber amado a Dios y por haber confesado públicamente la fe de Jesucristo. En la noche del 29 de septiembre, en una trágica "saca" de presos, fue llevado el bonísimo Fr. Diego al picadero de Paterna y colocado en la fila de una larga cuerda de beneméritos españoles; el tableteo de una ametralladora iba segando en flor aquellas vidas humanas, mientras las gargantas enronquecían a .los gritos de " ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva el Corazón de Jesús!". Los restos mortales de Fr. Diego Campos, encontrados en el cementerio general de Valencia, reposan en un nicho del panteón de la comunidad de San Lorenzo.

Fr. Fernando Pellicer Pellicer, hermano laico

Fr. Fernando PellicerEl cobarde asesinato de este religioso demuestra la insensatez marxista, que no se detenía ni ante los años, ni ante el dolor, ni ante la inocencia. Se trata de un buen Hermano septuagenario, indefenso, enfermo cardíaco crónico, incapaz de molestar a nadie, retirado en la soledad de Santo Espíritu del Monte, que se pasaba la vida engarzando rosarios, haciendo cilicios y disciplinas, rezando y encomendándose a Dios. Tal fue la vida de Fr. Fernando Pellicer durante más de cuarenta años. Antes, como natural de Bellreguart, era muy entendido en el oficio de agricultor. Sus padres, cristianos y humildes, eran también labradores de la huerta de Gandía, y él, como sus demás hermanos, se había criado en el amor y apego a la tierra, que cuidaba con esmerada solicitud, haciéndola producir abundantes cosechas. Para hortelano de los huertos que poseen los conventos de la Seráfica Provincia de Valencia entró en la Orden Franciscana, y con ese anhelo, más el de santificarse, profesó el año 1894.. ¡Nunca estuvo el huerto de Santo Espíritu tan bien cuidado como cuando Fr. Fernando lo trabajaba! ¡Nunca dio tanto rendimiento en verduras, legumbres, hortalizas, frutos y flores! Pero todo aquello se terminó. Un día, yendo de camino, le cayó encima un tremendo aguacero que le empapó el hábito exterior y la túnica interior, y como se encontraba en despoblado y no tenía ropa para cambiarse, enfermó de calentura por el resfriado que sufrió, y como consecuencia, padeció desde entonces ataques de disnea, con la consiguiente hinchazón de su cuerpo y moradura de su rostro.

Al quedar inútil para el trabajo del campo en plena virilidad de los treinta y cinco años, se dedicó, para servir a sus Hermanos de hábito, al trabajo manual de cosas que podía realizar estando siempre sentado. ¡Con qué perfección engarzaba rosarios! ¡Qué habilidoso era! Durante el verano marchaba, con permiso de los Superiores, a Bellreguart para estar en compañía de sus buenos padres y hermanos, y con el ejemplo edificaba a sus paisanos y familiares.

Encontrándose, pues, en el verano de 1936 en su pueblo natal, vino el Movimiento salvador de España; pero dueñas las turbas populares de los destinos de la Patria y habiendo hecho dejación el Gobierno central de sus derechos en favor del marxismo, éste desahogó su odio sobre las personas más destacadas en los pueblos por su fe, devoción y posición social. El comité rojo local sabía que Fr. Fernando se encontraba en el pueblo. Además su familia era considerada como desafecta al régimen entonces imperante en España. Sin embargo, nada ocurrió en los primeros días. Más a últimos de septiembre irrumpió en el pueblo un sujeto catalán de mala catadura, y a sus amenazas e intrigas doblegáronse los milicianos de la localidad, que no habían cometido hasta entonces ningún atentado personal.

Una de las víctimas señaladas entonces para el sacrificio fue el bondadoso Fr. Fernando, que cada vez que se hacía en casa de sus hermanos un minucioso registro se agudizaba la afección cardíaca que le ahogaba. El día 5 de octubre fue el último de su vida. Por la mañana le obligaron a presentarse en el comité para someterle a un interrogatorio, al que, por cierto, no pudo contestar por su lamentable estado de salud. Por la tarde le llevaron a las inmediaciones de Jaraco, y al descender del coche se encontraba ya moralmente muerto. Un tiro de pistola, disparado a bocajarro, le dejó exánime.

Su cadáver reposa en el cementerio de Bellreguart. Tenía entonces setenta años de edad y cuarenta y dos de vida religiosa.

Fr. Pascual Planells Gozalvo, hermano laico

Fr. Pascual PlanellsEste Hermano era sumamente habilidoso. Todo en una pieza, era: hospedero, sacristán, sastre y peluquero. De aquí puede colegirse lo útil que sería a la comunidad de Santo Espíritu del Monte, única a la que había pertenecido en sus nueve años de vida religiosa. Era tan activo y trabajador que no se le veía un momento de reposo, y unido ello a estar un poco duro de oído, le abstraía de tal modo del mundo exterior que siempre vivía dentro de sí mismo. El silencio, pues, era su nota destacada, pero un silencio simpático, amable; tenía siempre la sonrisa en los labios y la actividad como norma de conducta.

Todos apreciaban a Fr. Pascual, por la sencilla razón de que se hacía de querer. Lo mismo los religiosos que los sacerdotes, que en gran número practicaban allí los Santos Ejercicios, e igualmente los innumerables seglares que se acogen de continuo en la hospedería, todos se fijaban en el buen Hermano, siempre tan ecuánime, tan suave, tan educado; el buen Hermano, que estaba en todos los detalles, que adivinaba los pensamientos de los demás, que para todos tenía una sonrisa amable, una palabra cariñosa, una atención respetuosa.

En la hospedería y en la sacristía, oficinas que le obligaban a estar en contacto casi continuo con seglares, es donde Fr. Pascual más se esmeraba, con el ejemplo y la palabra, en que se llevaran buena impresión del pintoresco convento cuantos iban a visitar a Santo Espíritu. En la hospedería, porque allí reinaba la limpieza, el aseo y el orden; en la sacristía, porque era alma de oración, de vida interior y sentía y tenía los dones de piedad y temor de Dios. ¡Qué bueno era el angelical Fr. Pascual, alma no contaminada con las miserias humanas! Todo en la iglesia, en el oratorio de la hospedería, respiraba ambiente de espiritualidad; en todo, en ornamentos, alhajas, libros, imágenes, altares, utensilios de culto; en todo, repito, se veía siempre la mano cuidadosa, siempre limpia, de Fr. Planells. Era de esas almas privilegiadas que saben hacer amable la virtud.

Fue siempre un espíritu de sacrificio. Ayunaba cuantas cuaresmas se lo permitía su naturaleza, no muy robusta; mas, en cambio, sus disciplinas eran diarias, su oración ininterrumpida y sus devociones y mortificaciones continuas. En ese ambiente de cordialidad para los demás y de austeridad para consigo mismo, sorprendió a Fr. Pascual la revolución marxista en la dulce y apacible soledad de Santo Espíritu. Fue de los últimos religiosos que salieron, y estando aún allí vio irrumpir en los claustros y dependencias del convento una chusma soez, atraída sólo por la idea del robo y destrucción. ¡Qué pena daba aquel triste espectáculo! Fr. Pascual, con dolor en su alma, abandonó su retiro conventual y se dirigió a su pueblo natal, Torrente, a encontrar en la amable compañía de sus hermanos el refugio acariciador que le negaba el mundo impío.

Mas también en su hospitalario pueblo había gente mala, que tan pronto supo que se encontraba allí fueron a buscarle, y él, sin oponer resistencia, se encontró un día entre los muros de la Cárcel Modelo, de Valencia, como si hubiera sido toda su vida un indeseable malhechor. Allí encontró la amable compañía de algunos Padres y Legos franciscanos, con los que fraternizó y vivió varias semanas, haciendo incluso actos de comunidad. ¡Qué buenos ejemplos daban aquellos sencillos religiosos!

Por fin, el día 28 de septiembre de 1936, hubo en la Modelo de Valencia una "saca" de presos a altas horas de la noche. Se dio el inconcebible caso de estar incluídos en la "saca" todos los Hermanos legos que había en la cárcel, mientras quedaban allí dos sacerdotes religiosos franciscanos de esta Seráfica Provincia, y que eran espiritualmente el consuelo de sus hermanos de infortunio. ¡Qué grande es la bondad de Dios para con los suyos!

¿Dónde fueron inmolados aquella noche cuatro religiosos legos llamados: Campos, Caldés, Tarín y Planells? Se ignora en absoluto. ¿Qué muerte les darían? Nada se sabe; sólo uno de ellos, el primero, fue encontrado su cadáver y reconocido en el cementerio general de la ciudad. De Fr. Pascual apareció en la Administración de dicho campo santo una fotografía, que lleva la fecha del 29 de septiembre y que le semeja algo; mas por tener ensangrentado el rostro no se le pudo identificar. Es de presumir que los cuatro benditos legos morirían como habían vivido: proclamando públicamente lo que en el retiro del claustro habían profesado.
Fray Pascual Planells, cuando cayó víctima del odio brutal del sectarismo rojo, tenía de edad treinta y cinco años y nueve de vestición de hábito.

Fr. José Mª Tarín Sánchez, hermano laico

Fr. José María Tarín SánchezDe este bonísimo Hermano se pueden decir las palabras del Libro de la Sabiduría (IV-13): "Con lo poco que vivió (en Religión), llenó la carrera de una larga vida". Sólo fue profeso un año en esta Provincia Seráfica y Dios le encontró digno de merecer la palma del martirio.

Era natural de Cheste (Valencia), y allí aún se conserva viva la memoria de los ejemplos edificantes en la vida social, parroquial y familiar que daba continuamente.

Llevado de esta bondad natural y, sobre todo, aspirando a mayor perfección de su alma, a los veinticuatro años de edad dejó el mundo e ingresó como Hermano donado en el convento de Santo Espíritu del Monte, del que no salió más que para encontrar la muerte. Al año de vestir la túnica le concedieron los Superiores permiso para pasar al Noviciado. Tres años vivió entre religiosos, siendo profeso sólo uno de ellos, edificando a la comunidad por su humildad profunda, espíritu de sacrificio y piedad fervorosa. Su actividad era incansable, poniéndose de manifiesto en el desempeño de la ayuda de cocina que le encomendaron.

Al producirse el Movimiento y clausurarse el convento de Santo Espíritu, marchó a Cheste, y siendo de antemano conocido por sus ideas y sentimientos, el comité rojo local lo detuvo y lo encerró en la Cárcel Modelo, de Valencia. Allí encontró a otros tres Hermanos legos y a dos Padres de esta Provincia Franciscana. Los Padres eran testigos oculares de la vida de austeridad, de renunciamiento y de los sacrificios que practicaban en común aquellos cuatro benditos Hermanos que edificaban en la prisión a sus compañeros de infortunio, siendo el paño de lágrimas de muchos de ellos y prestando varios servicios estimables, sin querer más recompensa que oír esta frase: "¡Hermano, Dios le pague su caridad!". Una noche que los cuatro Hermanos estaban rezando la Corona franciscana y se habían confesado aquella tarde para celebrar más dignamente la festividad del Arcángel San Miguel, fueron llamados los cuatro, les obligaron por fuerza a salir de la cárcel y nada más se ha sabido de ellos. Todos ofrendarían su vida a Jesucristo, especialmente Fr. Tarín, que era el más joven de los cuatro Hermanos, en edad y en religión, pero no menos virtuoso en la vida claustral.

Tenía veintisiete años de edad y uno de profesión.

Hno Vicente Ambou Abad, terciario profeso

Fr. Vicente AmbouDurante treinta y cuatro años consecutivos vivió en Santo Espíritu del Monte este buen Hermano. Ya antes, en 1894, estuvo también algunos años, pero los Superiores lo mandaron a Cocentaina, y después de corta permanencia, regresó a su amado retiro, que él llamaba cariñosamente su casa. Y efectivamente lo era. Todo en Santo Espíritu iba señalado por las actividades del Hermano Ambou. Era el carretero, el limosnero y el que cuidaba y labraba los campos de secano, plantados de olivos y algarrobos, que rodean el convento. El huerto llamado vulgarmente "de abajo", lo trabajaba él sólo por entero; allí, plantaba, regaba y recogía la comida para los animales. Con el carro iba todas las semanas a Sagunto y hacía la compra; a Estivella, estación de ferrocarril más próxima, para las facturaciones; a Valencia y a los pueblos de la huerta, cuando era preciso. En una palabra, el Hermano Ambou era el enlace entre el Superior del convento y los Hermanos de Cartilla de la demarcación y los bienhechores de la Casa. Con su carácter atractivo y amable y con los presentes que les hacía de verduras y hortalizas que daba el huerto, se captaba las simpatías de cuantos miraban con cariño el convento de Santo Espíritu.

Era, además, el gran limosnero. La comunidad, los ejercitantes y cuantos buscaban hospitalidad en aquella Casa, no podían vivir de las reducidas propiedades que rodean el convento, y el Hermano Ambou se valía de sus innumerables amistades, y rara era la semana que no llevaba su carro lleno de provisiones de toda clase para las necesidades de la comunidad. Su buen corazón no sólo miraba a sus Hermanos de hábito, se hacía extensivo a los animales y bestias que tenía a su disposición, y de los que cuidaba con interés especial.
Contadas serían las personas relacionadas con Santo Espíritu que no conocieran y estimaran al Hermano Vicente Ambou, el que no entendía de odios, ni rencores, ni sentía animadversión de ninguna clase. Por eso, cuando vino la revolución, lo que menos pensó fue marcharse a Vall de Uxó, su pueblo natal, en busca de familiares. Para él sus familiares eran los buenos Hermanos de Cartilla, que trataba muchos años y en cuyas casas se consideraba como de familia. A casa de la bonísima Hermana de Cartilla, de Sagunto, doña Concepción Monzó Lloréns, marchó a últimos de julio de 1936, y como creía no tener enemigos, porque él era incapaz de hacer mal a nadie, se confió demasiado en sí mismo y no tomó ninguna precaución de elemental prudencia. Reconocido por los milicianos en medio de la calle, fue detenido en el acto y encerrado en la cárcel del partido, donde estuvo varios días en unión de compañeros de infortunio que adivinaban su trágico fin dado el_ proceder que seguía el comité rojo de la localidad.

Según testimonio de los mismos presos, el Hermano Ambou no perdió la serenidad en la cárcel; rezaba de continuo; confesó varias veces con un sacerdote que murió también por Cristo; animaba a todos con su palabra, con su ejemplo y con su oración asidua, y dijo repetidas veces que deseaba morir mártir por defender la causa católica. Sus deseos no se hicieron esperar. La mañana del 16 de agosto de 1936 fue sacado de la cárcel por un individuo tristemente célebre en la ciudad, y con la perversa intención de matarlo con placer sádico se lo llevó por la carretera del Puerto. Al llegar a un kilómetro de distancia de la población, de pronto le echó encima el contenido de un bote de gasolina, que le roció todo el traje, e inmediatamente le disparó a quemarropa un tiro de pistola y el fogonazo incendió las ropas del Hermano. Este, al verse de repente envuelto en llamas, echó a correr campo traviesa dando saltos y gritos desaforados, hasta que, desfallecido y sin fuerzas, cayó a tierra, muriendo completamente carbonizado.

El criminal, después de cometido el horrendo asesinato, volvió a Sagunto, y en un café público se vanagloriaba de haber matado a un fraile de Santo Espíritu, y contaba, entre risotadas y blasfemias, los detalles del monstruoso homicidio, terminando su relato con la siguiente frase: "Así debían morir todos los fascistas". Al liberarse Levante, este feroz criminal, por esa y otras fechorías que cometió, fue detenido en Sagunto y acusado públicamente por los mismos que durante la revolución le habían oído el relato de su feroz hazaña, y no tuvo más remedio que confesarlo, y en la vista causa, que se celebró en Valencia, ante el Tribunal militar refirió cínicamente las circunstancias de la muerte del pobre e inocente Hermano Ambou. Dicho está que el asesino fue seguidamente ejecutado. Este escopetero, se llamaba Julián Álvarez Gisbert.

El Hermano Vicente Ambou, nacido en Vall de Uxó (Castellón de la Plana), tenía a su muerte sesenta y dos años de edad y treinta y siete de profesión en la Tercera Orden Regular de San Francisco de Asís.

Hno Vicente Ortíz Martí, pretendiente

Hno Vicente OrtizOtra víctima inocente de la revolución, sacrificada sin más finalidad que la de saciar su odio contra Cristo y su Iglesia.

Lo único que en concreto se sabe de este Hermano es que fue detenido en Villarreal en casa de una hermana suya. Seguidamente lo encerraron en el convento de las religiosas dominicas, cuyo edificio lo habilitaban los rojos para cárcel. Allí se encontró con numerosos presos, tanto seglares como sacerdotes, y algunos religiosos franciscanos. Sabiendo todos el fin próximo -que les esperaba, ya que iban sacándoles de noche en grupos de cincuenta y sesenta, limpiaban sus conciencias, oían las exhortaciones de los sacerdotes encaminadas a la abstracción del mundo, aceptaban el género de muerte que les deparase la Providencia divina y prepararse para recibir la corona y la palma del martirio.

En efecto, la noche del 7 de septiembre de 1936 sacaron a sesenta víctimas para inmolarlas en el altar del sacrificio por Cristo. Entre ellas se encontraba nuestro querido Hermano Ortiz. A treinta los mataron en Cabanes y a otros treinta en las inmediaciones de Almenara. Entre estos últimos iba el buen Hermano donado, ametrallado en bloque por los asesinos rojos de su pueblo natal.

Vio la luz primera en Villarreal, siendo hijo de honradísimos padres; en la Asociación de Jóvenes Antonianos se recuerda con cariño su labor cristiana y social en favor y beneficio de los necesitados. La frase " ¡Era muy bueno!" es generalmente usada por la gente de la ciudad cuando se le pregunta algo relacionado con la persona del mártir de Cristo, cuya conducta era intachable y digna de admiración. Por su continuo trato con los PP. Franciscanos sintió la gracia de la vocación al estado religioso. Y en Santo Espíritu solicitó el ingreso a fines de 1935. Desde esta fecha hasta el Movimiento moró allí, ayudando al Hermano hospedero en los múltiples menesteres que lleva consigo el atender a cuantos demandan acogida en aquel convento. Siempre estaba contento, y podía servir de ejemplo a los religiosos ancianos por su porte honesto, por su gravedad natural, su piedad bien entendida, su obediencia rendida y su espíritu equilibrado.

Este cariñoso Hermano Ortiz, que pasó por el mundo practicando el bien, dejó de existir a los treinta y seis años de edad y siete meses de permanencia en el convento de Santo Espíritu del Monte.