PARTE PRIMERA

RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios

Convento de Onteniente

Del Colegio desapareció todo el material científico, como gabinetes, laboratorios, oficinas, biblioteca, salones de estudio, etc., destinándolo a hospital militar de sangre y acondicionándolo según sus nuevas necesidades, sin reparar gastos.

En la iglesia se alargó el coro hasta el presbiterio, formando con ello dos pisos. De ella desapareció todo lo relacionado con el culto divino. Se desmochó la torre gótica y se llevaron las campanas.

El huerto quedó yermo. Para restituir todo el cuerpo del edificio a su carácter docente han tenido que realizarse obras cuantiosas y rehacer todo el material escolar.

La comunidad fue pródiga en dar su sangre. Siete de sus religiosos ofrendaron su vida por Dios y por la Patrio, escribiendo con ello una página gloriosa en la historia del Colegio de la Concepción. Sus nombres y vidas, aureoladas por la corona del martirio, forman las páginas siguientes:

P. Juan Bautista Botet Esteve, Definidor provincial

P. Juan Bta. BotetEra uno de los valores científicos y morales de la Provincia Seráfica de Valencia. De inteligencia despejada, comprensión nada vulgar y amor al estudio, logró licenciarse en Filosofía y Letras en nuestra Universidad literaria, lo que le valió ostentar cargos fuera de la Orden. Desempeñó una cátedra en el Seminario y otra en el Instituto de Segunda enseñanza, de Teruel; fue Vocal de la Junta del Archivo de Aragón, de la Asociación de Luis Vives, etc., y colaboró en varias revistas científicas. Dirigió algún tiempo LA ACCION ANTONIANA; fue Prefecto de estudios y profesor del Colegio de la Concepción. Superior de algunos conventos, Lector de Filosofía, Secretario y Definidor Provincial. Una de sus especialidades fue la dirección de Ejercicios Espirituales al clero y comunidades.

La cultura que poseía era muy extensa y sabía aprovecharla en todo momento, con ventaja de sus numerosos alumnos. Sabía y podía explicar con pasmosa facilidad todas las asignaturas del Bachillerato, y esto daba tal relieve a su persona, tal prestigio a su nombre, que profesores y alumnos le consideraban como una eminencia de erudición. Estuvo su larga vida religiosa consagrado a la enseñanza, y la mayoría de los jóvenes sacerdotes de la Seráfica Provincia pasaron por su aula de Filosofía, reconociendo el valor cultural de aquel varón sencillo y humilde.

Porque el valor del P. Botet no se lo daba tan sólo su inteligencia despierta y vasta cultura, sino la virtud que atesoraba en aquel corazón bien formado. Tenía virtudes acrisoladas: la paciencia, la ecuanimidad, la prudencia, la humildad, la sencillez, la constancia, el espíritu de sacrificio y el don supremo de atraer a las gentes con el dominio de una palabra siempre suave, de acento cariñoso, de fluidez agradable. Estas cualidades personales, que fueron gracia que Dios le concedió, sirviéronle para granjearse numerosas amistades en todos los órdenes de la vida social, que utilizaba no en beneficio propio, sino en provecho de los demás. Estas bellas cualidades y la amable simpatía que despertaba por doquier le engañaron cuando, al sobrevenir el Movimiento, se retiró a su ciudad natal, Manises, en busca de la seguridad personal que no encontraba en parte alguna.

El comité rojo de Manises demasiado sabía lo que valía el P. Botet y el tesoro cultural que acumulaba su noble inteligencia; pero para los milicianos españoles, detritus social, eso no tenía valor alguno. Y el buen Padre, después de haber permanecido un mes de cautiverio en el convento de religiosas carmelitas descalzas, que habilitaron los rojos para cárcel, y de sufrir hambre, sed, sueño, impertinencias, insultos, bofetadas y amenazas, el día 8 de septiembre 1936 le hicieron subir a un coche celular en compañía de varios sacerdotes con quienes había hecho vida común, y les sirvió para animarse unos a otros y para inmolarse por la fe de Cristo cuando llegase el momento del sacrificio. Ese momento llegó ya, y se les presentaba ocasión de saber morir como cristianos, como sacerdotes, y al P. Botet también como religioso.

Al cabo de un corto trayecto el coche se detuvo y ante los ojos de las pobres víctimas apareció el fatídico "Picadero de Paterna"; momentos después forman los reos en fila, junto a un paredón, ante un piquete de milicianos con fusil al hombro, y en el embarazoso silencio que entonces reinaba, el cura párroco de Manises, don Vicente Añó Catalá, que se halla entre las víctimas, levanta el brazo y, con la mano extendida, hace la señal de la cruz, pronunciando en alta voz las palabras de la absolución sacramental, última que recibe aquel puñado de esforzados sacerdotes que van a morir por Cristo y por confesar su fe; el párroco, en nombre propio y en el de sus compañeros de martirio, perdona a sus verdugos, y en el preciso momento en que las víctimas contestan al grito de " ¡Viva Cristo Rey!", una seca descarga de fusil siega cinco preciosas vidas, que la revolución troncha por odio a Dios; entre ellas se cuenta la del ilustre religioso franciscano P. Juan Bautista Botet.

Tenía entonces sesenta y dos años de edad, cuarenta y dos de votos y treinta y siete de presbiterado. Sus restos mortales fueron trasladados con la máxima pompa al cementerio de Manises.

P. Antonio Torró Sansalvador, Prefecto de estudios

P. Antonio TorróCuantas gestiones se han hecho por parte de la Orden, de la familia y de los amigos para saber el género de muerte que la horda roja dio al ilustre P. Torró y averiguar dónde se encuentran sus restos mortales, han resultado infructuosos. Sólo se sabe que fue detenido en Alcoy el 7 de marzo de 1937.

Al día siguiente de su detención se consternó la ciudad al divulgarse la noticia de que en el Círculo Industrial se habían cometido horribles asesinatos. Se daban nombres de víctimas; se decían cosas espeluznantes. Pero en concreto, en detalle, nada; la más elemental discreción obligaba a los familiares de las supuestas víctimas ahogar en silencio su dolor y sus lágrimas. Mas vino la liberación; en los jardines, en los sótanos, desvanes y huecos del edificio del Círculo se hicieron excavaciones y búsquedas para encontrar restos de víctimas; todos los trabajos resultaron infructuosos, cuando por una casualidad se vino en conocimiento del nombre de uno de los asesinos, y sujeto a tortura acabó confesando la verdad de lo sucedido la noche del 7 de marzo y dando el sitio donde fueron enterradas las víctimas inmoladas por el furor marxista. En efecto, en un campo de la partida rural de Barchell y en el punto señalado por el asesino, aparecieron once sacos conteniendo otros tantos cadáveres descuartizados. Reconocidos los restos humanos, fueron todos identificados por las ropas y los detalles personales. pero ninguno coincidió con la ropa y características del desaparecido P. Torró.

Algún tiempo después de la liberación se dijo que en los días que fue detenido dicho Padre apareció un hombre muerto violentamente en las inmediaciones de Benifallim (9 kilómetros de Alcoy), cuyo cadáver estaba en la carretera de Penáguila.

Sabemos que sobre este detalle no se ha practicado ninguna gestión.

Nació el P. Torró en Cocentaina, el 6 de abril de 1887, y recibió esmerada educación cristiana en el Patronato de la Juventud Obrera de Alcoy. Vistió el hábito franciscano en mayo de 1904. Hizo su profesión al año siguiente, y terminada de manera brillantísima su carrera eclesiástica, se ordenó de sacerdote en 1913. Inmediatamente marchó a Roma, y en dos años sacó el título de Lector General de Filosofía. Más tarde se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid. Sirvió a la Provincia Regular como Lector y como Prefecto de estudios. Desde el año 1921 residió continuamente en Onteniente, dedicando todas sus actividades al triple ministerio de la enseñanza, de la pluma y de la palabra.

Frutos de su prodigiosa inteligencia son las siguientes obras, en que campean la profundidad de las ideas y la pureza del lenguaje:

P. Plácido García Gilabert, Lector

P. Plácido GarcíaEl P. Joaquín Sanchis Alventosa, en su libro Colegio de la Concepción de Onteniente (Valencia, 1945; págs. 134-35), dice lo siguiente de este admirable varón: "Religioso observantísimo (el P. Plácido), había cursado en Roma sus estudios superiores, alcanzando el título de Lector General en Teología Moral. Su vida estuvo enteramente dedicada a la enseñanza y educación de nuestros teólogos. Aún siendo Rector del Colegio compartía los cuidados del cargo con los de la cátedra. También fue Prefecto de estudios de la Provincia.
"Durante su rectorado ocurrió un suceso que seguramente tuvo repercusiones e influencia en su martirio. Era en diciembre del año 1933. Los rojos de Onteniente preparaban alguna maniobra, seguramente en combinación con la intentona revolucionaria que siguió al triunfo electoral derechista del mes anterior. En una casita de campo cercana al convento se reunían algunos cabecillas y se dedicaban a fabricar bombas. Ya habían estallado algunas en diversos lugares, con la subsiguiente alarma. La dueña de la casa, Carmen Soler, cristiana a carta cabal, a pesar de que sus tres hijos tenían parte en aquel maligno negocio, decidióse a delatar el hecho. La Guardia Civil cayó sobre los criminales y los detuvo, sirviéndose como de primer retén de nuestra Casa por estar cercana al lugar dé la fechoría. En el salón de visitas estuvieron encerrados los hermanos Soler algunas horas. Como era natural, guardaron mal recuerdo de aquel lugar. Entre los correligionarios corrió la especie de que la denuncia había sido cosa amañada entre los frailes y la madre de los desgraciados; los "fabricantes" de bombas así lo creyeron. Hijos desnaturalizados, decretaron ellos mismos, el año 1936, la muerte de su madre. Nada extraño que quisiesen participara de la misma suerte aquel que ellos recordaban como Superior de la casa en que fueron detenidos, a pesar de que el virtuoso Padre procuró atenderles y prestarles los servicios de la caridad cristiana. Lo cierto es que, cuando el día 22 de julio de 1936 llegó el P. Plácido a Cocentaina, ya estaban avisados los rojos de allá de su llegada, y por su causa sufrió un registro la casa de don Salvador Pérez, en que se hospedó. Sin duda alguna que desde Cocentaina se daría aviso a los de Onteniente de la dirección tomada por el P. Plácido al salir de la villa contestana. Así, pues, en la noche del 15 al 16 de agosto unos desconocidos se personaron en Benitachell, pueblo del P. Plácido, y le sacaron de la casa de sus familiares, conduciéndole hacia la carretera de Jávea, donde se le sometió a un horroroso suplicio. A la mañana siguiente encontróse su cadáver horriblemente mutilado. Tenía a la sazón el mártir de la fe cuarenta y un años de edad, veinticinco de hábito y dieciocho de sacerdocio. La noticia del bárbaro martirio causó profunda impresión, sobre todo en el ánimo de los que le tuvimos de maestro y conservamos vivo recuerdo de su bondad".

Hasta aquí el P. Sanchis Alventosa.

El detalle de las horribles mutilaciones que sufrió el cadáver del P. Plácido fue confirmado por el Juez municipal de Denia, en funciones de Juez de instrucción y primera instancia, don Francisco Doménech Beltrán, hoy fallecido, al cronista que redacta esta nota.

Fr. Alfredo Pellicer Muñoz, Seminarista franciscano

Fr. Alfredo PellicerDe las víctimas de sangre que inmoló en esta Seráfica Provincia de Valencia la revolución marxista Fr. Pellicer fue la más joven de todas. Solo tenía veintidós años de edad, de los que pasó seis vistiendo nuestro santo hábito. Sin embargo, manifestó tal desprecio a la vida que, pudiendo salvarla con un poco de esfuerzo, la ofrendó gustosamente a Cristo, derramando su sangre para mantener sin mácula la gracia de su vocación. He aquí los hechos.

Nació en Bellreguart en abril de 1914, de familia tan honrada y piadosa que cuenta con varios religiosos del mismo apellido en nuestra Provincia Regular, siendo un tío suyo Hermano lego de la comunidad de Santo Espíritu, asesinado igualmente en la revolución. A los dieciséis años de edad ya había emitido su profesión, destacándose como ejemplo de virtudes seráficas. En ese ambiente de piedad se mantuvo durante seis años consecutivos, en los cuales estudió la facultad de Filosofía y parte de la Teología, con notas brillantes en las asignaturas. Todo el tiempo de religioso profeso lo pasó en el Colegio de Onteniente, siendo por su conducta y aprovechamiento muy apreciado de Superiores y compañeros, que veían en F. Pellicer una esperanza para nuestra Provincia Regular.

Desgraciadamente, la revolución, que se interpuso en el camino a recorrer del fervoroso y aplicado Corista, truncó los planes que sobre él se habían forjado. En julio de 1936 tuvo que dejar con dolor el hábito, abandonar su pacífico convento y marchar a Bellreguart, donde sus cristianos padres y hermanos le esperaban con ansiedad. Durante los meses de agosto y septiembre nadie turbó la vida de retiro y trabajo, de estudio y oración, que llevaba en el interior de su casa, sin ser molestado por el comité rojo local, a pesar de saber que vivía en el seno de su familia. Sólo le hicieron la observación, que cumplió al pie de la letra, de que no se hiciese visible en parte alguna del pueblo. Así transcurrían tranquilos los primeros tiempos del Movimiento, y nadie creyó que por parte de los milicianos de la población pudieran darse los crímenes y fechorías horrorosos que se contaban de otras partes. Pero he aquí que a primeros de octubre hace su aparición en Bellreguart un individuo sospechoso, de pronunciación extraña, que se impone al comité local ordenando la demolición de la iglesia parroquial y la matanza de sacerdotes, religiosos y destacados católicos de la villa.

Al tener conocimiento Fr. Pellicer de estos propósitos nefandos hubiese podido muy bien cambiar el domicilio, marchando a otro pueblo de la huerta de Gandía; sin embargo, no lo hizo. Recibió luego la visita en su propia casa de unos desconocidos que le preguntaron si era religioso, y pudiendo negarlo, tampoco lo hizo. Tenía conciencia de su personalidad y no quería desperdiciar la ocasión que se le ofrecía de morir por la confesión de su fe. Repetidas veces dijo que era religioso y que deseaba morir como tal haciendo ante el mundo pública protestación de su amor a Dios.

El mismo día de N.S.P. San Francisco, 4 de octubre del año 1936, recibió un aviso de que se presentase en el comité, y desde aquel preciso momento tuvo la seguridad completa de que ese día, tan grande para todo religioso hijo del Serafín de Asís, sería el último de su vida. Sin llorar, más aún, dando ánimo a sus atribulados padres y hermanos, se despidió de todos ellos marchando sereno a escuchar su sentencia de muerte. Así sucedió. Los criminales que actuaban en el comité de salud pública le preguntaron: % Tú qué eres? El contestó: " ¡Soy religioso!" % De qué Orden?" "De la Franciscana". "¿En qué clase? "Como estudiante de Teología". "¿Y tú qué piensas hacer? ¿Quieres cambiar de vida?" "No, señor. Cuando las circunstancias lo permitan vestiré de nuevo el hábito que encarna mis ideas y sentimientos cristianos". Con estas valientes respuestas tuvieron bastante los asesinos. La tarde de aquel mismo día Fr. Pellicer, en unión de Fr. Vicente García y dos seglares más, fueron conducidos, como ovejas destinadas al matadero, a la cantera situada en las cercanías de Gandía y junto a la carretera de Valencia. Allí, puestos en fila los reos, fueron ejecutados por malhechores vestidos con el odioso mono del miliciano. Se sabe por el testimonio del sacerdote don Enrique Morant que el Corista Fr. Pellicer animó a sus compañeros en levantadas y sublimes palabras de heroísmo cristiano. Y antes de caer en tierra las víctimas dio los vivas rituales que atestiguaban su fe en Cristo y el derramamiento de su sangre por la extensión del Reino de Dios. Su cuerpo, horriblemente destrozado, dio libertad a su alma franciscana, que voló a la gloria para unirse a la gran familia seráfica en el día de su Patriarca San Francisco de Asís.

Sus restos mortales descansan en el cementerio de Bellreguart.

Fr. León Borrás Armengol, hermano laico

Fr. León BorrásLa muerte de este venerable religioso fue motivada por una vil delación. Era mallorquín de nacimiento y, como al estallar la revolución no podía dirigirse a su pueblo natal, se refugió en Onteniente en casa de unos amigos. Estos lo fueron hasta que, amenazados de un registro que había de efectuarse en su domicilio, le obligaron a esconderse en otro lugar. De este segundo refugio tuvo igualmente que salir para evitar compromisos a la familia que le recogió. Entonces tuvo que marchar al campo a vivir solo, apartado de todo contacto con la sociedad. Mas en el campo, en la humilde casita que le abrió sus puertas, fueron un día a buscarle unos milicianos guiados por la asquerosa denuncia de un malvado.

Cuando Fr. León se vio sorprendido, detenido y maniatado, en poder de unos verdugos sin conciencia, creyó llegado el fin de sus días. Desgraciadamente, así sucedió. Menos mal que en su vida de treinta y cuatro años de religioso no había hecho más que trabajar y practicar la virtud y el bien. Todos sus Hermanos de hábito sabían de su humildad, de su sencillez, de su caridad, de su fidelidad, de su obediencia, de su vida de oración y de sacrificio, de su conformidad a la voluntad de Dios. Había estado treinta y cuatro años consecutivos en el Colegio; fue siempre el panadero que, a toda hora, estaba en el horno preparando el punto de la masa, cociendo y entregando el sabroso pan que alimentaba diariamente a centenares de jóvenes estudiantes que miraban al anciano Fr. León con cariño de segunda madre.

Ahora el buen religioso, solo, achacoso, cogido en sus setenta y dos años, lo llevaron camino de Ayelo de Malferit, donde el 25 de noviembre de 1936 caía acribillado a balazos en las cercanías del pueblo. ¡Muerte ignominiosa para el comité que la decretó! ¡Muerte gloriosa la de aquel bendito Hermano de cabellos blancos, encorvado por los años, de manos temblorosas, de mirada dulce, de candor de niño; de aquel buen Hermano lego Fr. León, que murió por Dios teniendo en su corazón el sentimiento del perdón!

Fr. Juan Bta. Climent García, hermano laico

Fr. Juan Bta ClimentEl compendio de la vida y las circunstancias de la muerte de este buen Hermano las cuenta el P. Joaquín Sanchis Alventosa en su libro Colegio de la Concepción de Onteniente (págs. 132-33, Valencia, 1945), de la siguiente manera.

"Nacido en Rotglá, ingresó en la Orden, el año 1902, a los veinticuatro de edad. Permaneció algunos años en la Comisaría de Tierra Santa del Uruguay. A la sazón prestaba los servicios de enfermero en la enfermería de la comunidad, donde yacía desde algunos años el anciano P. Luis Torres Fuentes. Viéndose la comunidad arrojada del convento, el P. Rector buscó lugar para el enfermo en el hospital de la ciudad, y el enfermero se prestó a quedarse a su servicio. Sus familiares le suplicaron con insistencia que buscase a su lado un lugar más seguro. Pero Fr. Juan no quiso nunca abandonar a su enfermo. Un día, como de costumbre, el P. Torres requirió al amanecer los servicios de Fr. Juan. En vez del buen enfermero, se presentó una Hermana de la Caridad. En su rostro se leía la fatal noticia, que no pudo encubrirse al P. Torres por mucho tiempo. Aquella noche (23 de agosto de 1936) Fr. Juan había sido sacrificado por los rojos. En la carretera de Albaida, término de Benisoda, se encontró su cadáver acribillado a balazos. En sus bolsillos llevaba el religioso las cartas en que sus familiares le apremiaban a abandonar la ciudad de Onteniente. Bien puede llamarse el buen enfermero mártir de la caridad.

Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Benisoda. Identificado después de la revolución, ha sido objeto en estos días de un caluroso homenaje. El 11 de diciembre de 1944, con ocasión de la celebración anual del Día de los Caídos del Colegio, su cadáver fue trasladado desde el cementerio de Benisoda al de Onteniente. Recibido en la plaza de la Concepción por la comunidad, el Colegio y devoto público, presentes asimismo las autoridades locales, fue conducido en imponente cortejo a la iglesia del Colegio. Allí se celebró con grandísima solemnidad la misa de cuerpo presente, al final de la cual pronunció una sentida oración fúnebre el P. Rector, que quiso en el humilde Hermano lego honrar la memoria de todos los religiosos de la comunidad de Onteniente caídos por Dios y por España. A continuación el cuerpo del mártir de la caridad fue acompañado al campo santo de la ciudad y enterrado en la parcela de los religiosos, donde espera el día glorioso de la resurrección de los muertos".

Fr. Juan Bta Pons García, hermano laico

Fr. Juan Bta PonsEra cocinero del Colegio de Onteniente; oficina pesada tanto por la numerosa comunidad cuanto porque había de atender a más de trescientos alumnos internos diariamente. Esta labor agotadora y continua la realizaba el buen Hermano Juan-Bautista padeciendo una úlcera en el estómago que le obligaba a estar a régimen, medicinándose y viniendo con frecuencia a Valencia para visitar al doctor especialista que le atendía en su pertinaz dolencia. Así, que estaba siempre delgado, con mal color de cara, con el rictus del dolor en el rostro, y a pesar de ello se le veía complanciente, atento, dispuesto a sacrificarse para cumplir y desempeñar el penoso oficio que le asignaron los Superiores. Es que Fr. Juan Bautista Pons era bueno y virtuoso; tomó por lema de su vida trabajosa y doliente no quejarse nunca, y lo cumplió tan a maravilla que era la admiración de los religiosos y de los alumnos internos del Colegio.

Sólo estuvo en su breve vida religiosa de nueve años en dos conventos, desempeñando en ambos la misma oficina, para la que sentía vocación, gusto y arte, a pesar de que la salud no le acompañaba; mas se lo hacía llevadero la voluntad que ponía en todas las cosas.

Triunfante la revolución roja en España, tuvo que abandonar su amado convento y marchar a su pueblo natal, Puebla de Vallbona. El comité rojo local, advertido por el de Onteniente, le detuvo y le encerró en la Cárcel Modelo, de Valencia, donde vivía en la amable compañía de otros religiosos que sufrían el mismo cautiverio. La dureza del trato penitenciario, más un recrudecimiento físico de la úlcera que padecía, debido a la mala calidad de la alimentación, agravó su estado de salud. Pero su resignación y conformidad en la voluntad de Dios era tanta, que ni la guardia, ni los enfermeros, ni los reclusos, le oyeron quejarse jamás.

Sin previo aviso, la noche del 15 de septiembre de 1936, le sacaron de la cárcel en compañía de un grupo de buenos católicos, haciéndoles firmar antes, para ¡mayor escarnio!, la autorización de libertad total y absoluta, y conducidos todos ellos a la inmediata carretera de Torrente fueron asesinados en bloque, apareciendo sus cadáveres, en la mañana del 16 de septiembre, tendidos en posición supina.

Se ignoran más detalles, así como el lugar donde reposan sus restos mortales. Cuando murió tenía cuarenta y cuatro años de edad y nueve de vestición de hábito.