PARTE PRIMERA
RUTAS DE SANGRE
Destrucciones y martirios
Convento de Cocentaina
Este convento lo habilitó la República desde el año 1931 para escuelas públicas de niños de ambos sexos, haciendo en el edificio cuantas mutaciones estimó oportunas. La iglesia y sacristía, convertidas en almacenes de explosivos y material de guerra, sufrieron graves deterioros, ya en su mayor parte repuestos. Las campanas también han sido ya colocadas, como igualmente la artística cruz de piedra de la plaza. Del Calvario público no quedó absolutamente nada.
El huerto, que era de propiedad particular, fue conservado y respetado, ya que los religiosos sólo tenían el usufructo.
P. Juan María Carbonell Sancho
Cuando la quema de conventos en mayo de 1931, la comunidad del convento de Cocentaina se vio obligada a abandonar su casa, que ocupaba desde el año 1880, en que abrió de nuevo el antiguo convento de Franciscanos, con gran alborozo de los piadosos vecinos de la villa. El primer Ayuntamiento de la República se incautó del edificio conventual, dedicándolo a escuelas y negando por puro sectarismo a sus legítimos poseedores el derecho de habitarlo. Por este motivo la comunidad, para no perder el derecho de la fundación, se vio obligada a vivir en una casa particular, reduciendo en gran manera sus efectivos. Así y todo estaban entonces los religiosos encargados del Monasterio de Nuestra Señora la Virgen del Milagro, donde existe una edificante comunidad de monjas Clarisas que guardaban rigurosa clausura papal.
El Presidente de aquella reducida comunidad, en 1936, era el P. Juan María Carbonell. De carácter emprendedor y activo, de palabra fácil y abundosa, de caridad abnegada y que se había granjeado las simpatías de sus paisanos; mas precisamente por eso mismo deseaban eliminarle los elementos rojos de aquella industriosa población.
El P. Carbonell había nacido en Cocentaina en agosto de 1901; principió, continuó y terminó sus estudios en los Centros de cultura de nuestra Seráfica Provincia, y en diciembre de 1927 subía al altar. Enviado poco después a la Argentina, vivió diez años en las Casas religiosas de aquella Comisaría. La labor apostólica y de enseñanza que realizó en dicha República es recordada con cariño y aplaudida sin reservas.
Vuelto a España en 1934, en la plenitud de sus fuerzas físicas y con arrestos de luchador evangélico, por lo cual no conocía dificultades, se dio a conocer como elemento organizador en la dirección de Terceras Ordenes, a las que imponía su espíritu animoso, y en la práctica de Ejercicios Espirituales, con estructura personal para conseguir grandes frutos en las almas, y en la ardua obra de las misiones, con éxitos insospechados; gracias al vigor de su palabra elocuente esta labor de apostolado, fecundada por el espíritu de sacrificio, movió a los Superiores a confiarle el cargo de Presidente de la reducida comunidad de Cocentaina y, a la vez, el de Capellán del Monasterio de la Virgen del Milagro. En estos dos cargos, difíciles de desempeñar por las circunstancias del momento, puso a contribución todo el esfuerzo de que era capaz, y con tal éxito logró lo que se proponía, que se impuso por su carácter, por su laboriosidad y por su adaptación al medio ambiente en que entonces se desarrollaba la vida, que consiguió el aprecio y estimación de sus paisanos, con el consiguiente acrecentamiento de la piedad.
La horda marxista no pudo sufrir que un religioso humilde se destacara con tanto relieve en aquel pueblo industrial, y tan pronto se vio dueña de los destinos de la villa, detuvo al incansable P. Carbonell, que al ingresar en la cárcel del Partido encontrose con un pequeño grupo de paisanos amigos, sacerdotes y seglares, todos destinados al sacrificio personal por el comité de la localidad. Las presuntas víctimas se encontraban en estado de abatimiento, mas la entrada en la cárcel del P. Carbonell cambió por completo la decoración. Animó a todos; les dio unos Ejercicios Espirituales que sirvieron para inyectar vida interior; confesaba, distribuía diariamente la Sagrada Eucaristía y fue el alma y consuelo de los presos en aquellos días de incertidumbre mortal.
Llegó, por fin, el fatídico de la "saca", y en un autobús fuertemente escoltado por milicianos armados hicieron subir a once de las inocentes víctimas que iba a tragar la fiera revolucionaria. El coche pasó en carrera veloz por Alcoy, Ibi, Castalla, y tomando la carretera de la Algueña, cerca de Sax se detuvo e hicieron descender a los reos. Conociendo que era llegada la hora, el P. Carbonell, que durante el largo trayecto no dejó de hablar y de alentar a sus compañeros de infortunio, de absolverles, de explicarles la Pasión del Señor, haciendo hincapié en las Siete Palabras que Cristo pronunció desde la Cruz, superándose a sí mismo y no dejando que la emoción le embargase, dijo: "Ahora semitonemos el tedeum en acción de gracias, porque vamos a dejar esta vida por Dios". Mas luego se dirigió a los verdugos con estas palabras: "Os pido el último favor; quisiera ser el último a quien dierais muerte". Y mientras el invicto Padre levantaba los brazos para bendecir por última vez a sus queridos paisanos y con voz firme perdonaba en nombre de Dios a sus verdugos la ofensa que iban a inferirles de segar sus vidas en flor, cada vez que la descarga homicida hacía caer en tierra el cadáver de una víctima, con voz clara y potente gritaba: " ¡Viva Cristo Rey!" Cuando le llegó el turno, dijo a los criminales señalándoles el corazón: "Apuntad y apuntadme bien; disparad, pero antes dejadme decir que muero tranquilo por la confesión de la fe de Cristo y por la salvación eterna de vuestras almas". Varias balas, incrustadas a la vez en el cuerpo del mártir, le hicieron desplomarse en tierra.
Los cadáveres fueron reconocidos y llevados a enterrar a Villena. Después de la liberación la villa de Cocentaina se honró trasladándolos al propio Cementerio Municipal, donde el Ayuntamiento cedió gratuitamente los nichos en que reposan los gloriosos mártires de Cristo.
Murieron el 2 de octubre de 1936, y el P. Carbonell tenía entonces treinta y cinco años de edad y diecinueve de hábito.
