Índice del número 222

Junio de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

San Antonio de Padua y el Corazón de Jesús

La fiesta del gran taumaturgo paduano está enclavada, no sin especial designio de la divina Providencia, en el corazón de junio, que es el mes eucarístico por excelencia y que la Iglesia dedica especialmente al Sagradp Corazón de Jesús.

Y es que de la misma manera que San Antonio fue durante su vida el amigo fiel del Divino Corazón y el incansable apóstol de la Eucaristía, así quiere ahora atraer, con la palanca de su inmensa popularidad, las almas de sus devotos al Corazón de Cristo, en que está la fuente de la verdadera vida y la base y perfeccionamiento de toda santidad.

Todo el extraordinario poder taumatúrgico del Santo de Padua, toda la amable y graciosa simpatía que su recuerdo irradia por los cuatro confines del orbe cristiano, emana del divino y sonriente Niño que estrecha jubiloso entre sus brazos.

San Antonio ha fundido su vida, su alma, su corazón y todo su ser en el crisol de amor infinito del Corazón de Cristo, y Cristo ha hecho suyo el corazón de Antonio y le ha transfundido todo lo que ha podido darle, en la medida que a una pobre criatura humana le es posible recibir.

De ahí el maravilloso poder del Santo de los Milagros, la virtud mágica de su palabra y la eficacia constante de su acción, siempre en bien de las almas y en favor de la paz de Dios, que es la única verdadera, entre los pueblos a los que alcanza la irradiación feliz de su apostolado.

Por eso La Acción Antoniana, al celebrar la fiesta de su Patrono y Protector, hace fervientes votos al cielo para que la filial y ardiente devoción que profesamos al Santo de todo el mundo sirva para acercarnos más al Corazón de Cristo y merecer de El los celestiales efluvios de su amor y los bienes inestimables de su divina paz.

San Antonio, maestro de oración

"Es San Antonio de Padua insigne doctor y maestro en asuntos ascético místicos" (Pío XII, Exulta).

San Antonio de Padua es siempre el Santo de actualidad porque es el Santo de los milagros, como dijo Pío XI; milagros que están a la orden del día en favor de sus innumerables devotos, que, para hallar las cosas .perdidas, o para el éxito en sus empresas, o para salir bien de sus apuros, le invocan constantemente en todo lugar conocido, pues San Antonio es también, en frase de León XIII, el Santo de todo el mundo.

Una nueva razón ha destacado a San Antonio de Padua en el primer plano de la actualidad católica: el Papa lo ha declarado solemne y oficialmente Doctor de la Iglesia. San Antonio es el Doctor Evangélico, como San Buenaventura es el Doctor Seráfico. No tenemos de aquél tantos escritos como de éste. La profunda sabiduría de San Antonio, como su vasta erudición, se vertieron de viva voz ante inmensos auditorios, a quienes afianzaron en la pureza de la fe y mejoraron en las costumbres. Los únicos escritos auténticos que de San Antonio nos han llegado son sus sermones, editados en dos volúmenes, cuya reimpresión se está tratando de hacer en España.

Aunque los escribió para tener en ellos el esquema o compendio de la doctrina teológica, que oportunamente exponía en el púlpito y quería legar a los jóvenes predicadores discípulos suyos, son de gran valor para nosotros, y el Papa, al proclamar Doctor a San Antonio, nos recomienda que los leamos atentamente, asegurándonos que encontraremos en ellos copiosa doctrina escriturística, teológica, ascética y mística.

Recojamos para nuestro provecho las enseñanzas de San Antonio acerca de la oración perfecta, llamada contemplación, tomándolas de lo que en portugués escribió acerca de este importante asunto el P. José Montalverne.

Dos variedades o grados de contemplación menciona San Antonio en sus sermones: el primer grado es de contemplación incipiente y de transición, que tiene algo de activo o adquirido y algún tanto de infuso; es una contemplación mixta en que el elemento intelectual predomina sobre el afectivo. El otro grado es contemplación más elevada, producida por un don infuso de Dios. Esta contemplación es en gran manera afectiva. A la primera, fruto a un tiempo de la actividad humana y de la divina gracia, llámala mentis elevatio; a la segunda, efecto exclusivo de un don de Dios que con propios esfuerzos no puede alcanzar el alma, la llama mentis alienatio.

Acerca de esta contemplación infusa, llamada también pasiva o mística, instruye San Antonio detenidamente a los fieles en sus sermones, advirtiéndoles, para que a ella se aficionen y dispongan, que la contemplación consiste en una acción secreta de Dios, por la que va poniendo o infundiendo en el alma conocimiento de Dios y amor de Dios, ambas cosas a un tiempo, a fin de dejar al alma abrasada en el amor de Dios por virtud del Espíritu Santo, que mora en ella como en un templo. Se sigue de aquí que Dios está entonces presente en el alma de un modo particular y especial. No está tan sólo como lo conocido en el cognoscente, sino más bien como lo amado en el amante; y al darse cuenta de esto el alma, siente la presencia de Dios, a quien experimentalmente gusta y saborea, como paladeándolo, en lo más íntimo, de su ser.

La contemplación, dice a este propósito San Antonio, es una dulcísima miel; es un opíparo banquete en el que Dios se hace alimento del alma. Sólo gustando la suavidad de Dios puede saberse lo que ella es: Gustate et videte quoniam suavis est Dominus,[Gustad y ved qué bueno es el Señor] dijo ya el Salmista. Sólo gustando a Dios se llega a la sabiduría de Dios, que vale tanto como sabor infuso de Dios. Excelente camino para llegar ahí es la Sagrada Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, arca de oro en que se contempla el maná de la divinidad. Ya antes de San Antonio proclamó esta trascendental verdad N. P. San Francisco. Quizá la enseñanza de San Antonio es reflejo de lo que aprendió de su Santo Padre.

En cuanto a la naturaleza íntima o proceso psicológico de la contemplación, explícala San Antonio como actuación de las dos facultades del alma, entendimiento y voluntad. Siguiendo a San Agustín, compara el contemplativo con el águila que mira de hito en hito los esplendores del sol. Más potente que el del águila, el ojo de la contemplación posa en el Sol Eterno su mirada y descansa a su sabor en El, no porque lo vea intuitivamente, ni descubra la divina esencia, ni llegue jamás a las claridades de la visión beatífica, sino porque por los inefables afectos de paz, de dulzura, de alegría espiritual y demás frutos del Espíritu Santo que Dios pone en el alma, siente ésta la presencia de Dios, a quien no ve cara a cara, sino como cubierto con un velo: per speculum in aenigmate. Esto en cuanto al elemento intelectual, que no es el principal en sentir de San Antonio.

Más importancia que al intelectual concede el Santo al elemento afectivo, basándose en la autoridad de San Agustín, San Gregorio y San Bernardo, para quienes todo conocimiento místico viene del amor de Dios y conduce a mayor amor de Dios. El Doctor Evangélico, fiel hijo y discípulo del Serafín de Asís, sigue como él el ancho cauce de la vía afectiva, concediendo al amor más importancia que al conocimiento en la contemplación infusa. Con insistencia contrapone la visión de la fe al gusto de la contemplación, comparando éste al calor del sol y aquélla a la luz del mismo, y afirmando rotundamente que la contemplación infusa consiste esencialmente en el gusto y el sabor del amor de Dios.

Este sabor no lo percibe el alma ni a todas horas ni cuando ella quiere. La contemplación no es un don persistente, sino un don gratuito de Dios, que puede cesar y aun puede perderse por nuestra falta de correspondencia. Mas no por ser un don transitorio deja de producir en el alma efectos muy saludables y duraderos, que va mencionando San Antonio con singular cariño y con la firmeza de quien trata un asunto práctico que le es bien conocido por experiencia propia. «El primer buen efecto de la contemplación —dice San Antonio— es la profunda paz de que queda inundada el alma mientras reposa y descansa en Dios.» Otro fruto de la contemplación, que él debió beber a grandes sorbos puesto que lo menciona repetidas veces, es una suavidad, dulzura y alegría espiritual que sobrepuja a todo placer sensible y calma con su eficacia toda suerte de dolor.

No hay huerto de delicias que se le pueda comparar; es un anticipo de los goces de la gloria. Iluminada por el Sol Divino alcanza el alma contemplativa tan profundo conocimiento de Dios y de sí misma, que pasa de vuelo cuanto el entendimiento puede adquirir con sus fuerzas y medios naturales. De ese doble conocimiento infuso de Dios v de si mismo se origina una profunda y sincera humildad, pues nunca aparece más de bulto nuestra miseria que cuando la vemos a la luz de la santidad de Dios. El principal efecto de la contemplación es, sin embargo, para San Antonio, como para los místicos occidentales, el notable aumento de amor de Dios en que durante ella se siente inflamado el corazón, de suerte que ya no anhela otra cosa sino la unión definitiva con su celestial Esposo.

Este ardiente amor infuso no queda, según San Antonio, limitado a la región de los afectos y sentimientos; es un amor esencialmente operativo que mueve al alma a huir del pecado, a librarse de imperfecciones y a poner todo su conato en la práctica de la virtud, amando a Dios no sólo con la lengua y de palabra, sino con la sincera verdad de las obras. No es, pues, de extrañar que, entre las virtudes del contemplativo, haga especial mención del celo apostólico citando las palabras de San Gregorio, según el cual, «los santos alternativamente suben a la contemplación y bajan a la acción impulsados por el vehemente deseo de la salvación de las almas».

En esto, como en todas las enseñanzas del gran predicador franciscano, no sólo se percibe el eco de la tradición católica, se transparenta, además, el íntimo pensar y sentir del Santo, avalorados, sin duda alguna, por lo aprendido en el trato con los religiosos de nuestra Orden y con la rica experiencia propia de que estaba henchida su alma.

Ahora bien, esta contemplación, con sus copiosos y sólidos frutos de santidad, ¿se ofrece a todas las almas? Dicho con otras palabras: ¿están llamadas todas las almas a la contemplación infusa? ¿Es la contemplación un medio necesario para la santificación? Fácil es advertir la importancia práctica de este asunto así como va en la última pregunta formulado. Al tocar repetidas veces este punto en sus sermones, afirma resueltamente San Antonio que todas las almas son llamadas a la contemplación infusa, lo que vale tanto como decir que la contemplación es necesaria para la perfección cristiana. Cualquier fiel cristiano, sin distinción de clase ni de estado, puede recibir la gracia de la contemplación, que Dios infunde «a quien quiere, cuando quiere y como quiere».

No a todos la da Dios por igual, ni a todos hace experimentar los mismos fenómenos místicos. Dios es dueño de sus dones, y siempre libérrimo y original en la comunicación de ellos; pero tomada la contemplación infusa, en cuanto a sus caracteres esenciales y en sus líneas generales, a todos, sin acepción de personas, entiende San Antonio que la ofrece Dios, y por esto habló de ella y de los bienes que reporta al alma no sólo en los sermones al clero y a los religiosos, sino también predicando a los seglares metidos en el tráfico del mundo. No deja de reconocer San Antonio que la vida monástica es excelente preparación para la contemplación, mas reconoce que también fuera de ella puede haber contemplativos, y exhorta, en consecuencia, a los simples fieles que viven en el mundo a desear la contemplación y a pedirla humildemente a Dios.

Siendo esto así, ¿cómo es tan reducido el número de los contemplativos? «¡Ah! —dice San Antonio—, porque son pocos los que se disponen a la contemplación con la práctica de las virtudes y con el perseverante ejercicio de la oración mental; que si a todos hallara Dios bien dispuestos, a todos haría participantes de este don de la contemplación.» La buena preparación del alma para ella es lo que suele llamarse vocación próxima a la contemplación, y consiste ésta, según San Antonio, en desprendimiento de criaturas y unión amorosa con Dios. De todo lo que no es Dios, y muy particularmente de sí misma, ha de desprenderse y despegarse el alma, procurando con la penitencia expiar sus pecados pasados; con la mortificación de los sentidos, sujetar la carne al espíritu; con la humildad, hundirse en su nada; con la castidad perfecta, apagar el hervor de la sensualidad; y entonces, libre ya de obstáculos consentidos, podrá lanzarse con ardiente amor de caridad en brazos de Dios, y ser presa, si a Dios place, del dulce sueño de la contemplación, cuyo acceso preparan y predisponen el recogimiento interior y el espíritu de oración, el cual mantiene el alma atenta a Dios aun en medio de las ocupaciones del día.

Lo que San Antonio practicó y enseñó nos sea dado por intercesión suya a sus devotos; es a saber: que extirpando de ,raíz nuestros defectos, cultivemos la virtud sólida y nos halle Dios dispuestos en todo momento para hacer de nosotros y en nosotros lo que le plazca.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Ansias de altura...

Alma, ¿no sientes algo que te llama, que te eleva, que te mantiene sobre ti, que no eres hecha para ti misma? Un infinito Bien te llama: es Dios mismo quien te extiende los brazos...

En el grande e infinito viaje, en el que debemos caminar sin descanso y avanzar sin tregua, yo noto tres etapas y como tres zonas donde tenemos la costumbre de detenernos. O nos detenemos en los placeres de los sentidos, o en la satisfacción de nuestro amor propio y en el ejercicio de nuestra libertad, o bien, en fin, en la mira de nuestra perfección. En otros términos, o nos detenemos debajo de nosotros, en nosotros o sobre nosotros.

Bossuet


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

V. De la severidad con que un santo juzgó a otro santo

Durante la estancia de Fr. Humilde en Benisa formaba parte de aquella comunidad el P. Jaime Sala, religioso muy mortificado y fervoroso. Tanto entre religiosos como entre seglares gozaba de muy buena fama. Precisamente no hace más que unos días, un venerable párroco, recordando unos ejercicios que, bajo la dirección del P. Sala, hiciera como ordenando en Santo Espíritu, y ponderando el espíritu del santo Director, me refería una anécdota que habla elocuentemente de su fervor. Trataba en una plática del .desconsuelo y abandono de Jesús, y habló con tanta emoción que, como si se hubieran puesto todos de acuerdo, Director y ejercitandos rompieron a una en sollozos, que hicieron imposible la continuación de le plática. Sé también que a su muerte, ocurrida el 18 de febrero de 1914, muchas personas devotas conservaban como reliquias objetos de su uso.

Pues bien, llevado el devoto Padre de su entusiasmo por las glorias franciscanas, del que ha dejado prueba patente en sus numerosas publicaciones franciscanas, fue recogiendo en los últimos días de Fr. Humilde datos acerca de su vida, con el fin de poder escribir su biografía.

Era en febrero del año 1905, cuando Fr. Humilde, al terminar un trabajo del huerto, se sintió repentinamente enfermo. El médico apreció al momento la gravedad del caso. Fr. Humilde tenía el tétanos. Yerto como un cadáver, con la paciencia del Santo Job, perseveró con su habitual afabilidad durante los ocho días que duró todavía en vida.

El P. Jaime, convencido de que estaba ante un santo y emulando las glorias de una agonía alegre como la de N. S. Padre San Francisco, le hacía continuamente cantar; y el moribundo, siempre obediente, sencillo y fervoroso, obedecía lo mejor que podía, cantando alabanzas al Señor, a pesar de la parálisis de sus músculos.

Sucedió, pues, que entretenido un día el P. Jaime con las notas que escribía del virtuoso lego, oyó un quejido.

—¿Quién se queja?—, preguntó.

—Fr. Humilde—, le contestaron.

Y al punto el bendito Padre rasgó sus papeles, convencido de que un santo no podía quejarse. Así desaparecieron unas notas biográficas que hoy nos hubiesen prestado un gran servicio.

El gesto del P. Jaime fue gesto de un santo joven. El P. Sala tenía la sazón treinta y cuatro años y rendía culto extremado a la mortificación, que le cegó en una cosa tan humana como era el tenue quejido de un doliente. En realidad, el médico depuso que si lo que padecía Fray Humilde lo sufriera otro, los gritos se hubieran oído de la otra parte del pueblo.

Así fue consumiéndose la llamita de la vida de Fr. Humilde. Siempre preocupado porque los demás no sufrieran, se dirigió la última noche de su vida a los familiares y religiosos que le velaban, diciéndoles que se retiraran, puesto que si le velaban, al día siguiente no estarían para nada. Esto decía, seguramente, aludiendo a la muerte que se avecinaba, y que les traería el consabido trabajo.

Y cuando se negaban a retirarse, advirtiéndole que estaba muy mal, respondía: «Para morirme no necesito a nadie.»

Aquella madrugada —25 de febrero de 1905— entregaba Fr. Humilde su alma al Creador. En el mismo instante una mujer que se hallaba enferma en el Mas del Rafelet, de nombre María, oyó unos golpes extraños. Ella había pedido al Señor le avisara a la hora de la muerte del santo hermanito, y tuvo aquellos golpes por la señal deseada. Efectivamente, al día siguiente pudo comprobar la coincidencia de la señal con el paso del alma del virtuoso Hermano camino del cielo. Que desde las alturas ruegue por sus hermanos de la Seráfica Provincia de Valencia.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Predica el Santo

La Cruz y el mundo

Tres enemigos capitales disputan a Jesús la conquista de nuestro corazón: el mundo, el demonio y la carne. Pero de los tres puede triunfar el hombre mirando atentamente a la Cruz.

Hoy, hija mía, sólo te voy a decir cómo el hombre puede vencer al mundo mirando atentamente a la Cruz.

El mundo, según el Evangelio, no es esta tierra con sus ríos y sus mares, con sus montes y sus valles, con sus plantas y sus flores, no. La tierra, así considerada, es buena, puesto que recibió las fecundas bendiciones de Dios: Et vidit Deus quod esset bonum. Y vio Dios que eran buenas todas las cosas que El había creado.

El mundo, en sentido evangélico, es el conjunto de hombres, de pensamientos, de doctrinas, de obras y de procederes malos que enrarecen la atmósfera del espíritu y le impiden dirigir su mirada hacia Dios.
Sal de casa. Recorre las calles y pronto encontrarás señoras elegantes, resplandecientes de colores, coronadas de plumas y flores, exhalando perfumes que, aunque agradables, parece que marean el sentido y la fantasía: eso es el mundo. Más adelante encontrarás a una y otra parte lujosos mostradores, que te llamarán poderosamente la atención y te brindarán todo cuanto pudieras apetecer: eso es el mundo. Prosigue la marcha, y aquí verás un teatro; allá, un cine; acullá, un casino, un bar, un salón de baile u otros espectáculos, en cuyas reuniones de todo se piensa, de todo se habla y de todo se hace, menos de Dios, que es nuestro supremo bien: eso es el mundo.

En fin, el mundo, según el Evangelio, es todo ese conjunto de bienes terrenos, riquezas, vanidades, lujos, frivolidades, grandezas, diversiones y espectáculos, que cautivan nuestro corazón y le impiden volar a Dios.

Pues bien, a este enemigo capital del hombre, llamado mundo, podemos vencerlo mirando atentamente a la Cruz. Porque la Cruz nos enseña a despreciar las riquezas y bienes terrenos, como los despreció Jesús que, siendo el Señor de cielos y tierra, desnudo y despojado de todo vino a este mundo y desnudo y despojado de todo murió en la Cruz. Porque la Cruz nos enseña a despreciar las glorias, las pompas y las vanidades de este mundo, como las despreció Jesús que, siendo el artífice, el Creador de todo cuanto bueno existe, vivió la mayor parte de su vida oculto a las miradas de los hombres en el retiro de Nazaret. Porque la Cruz nos enseña a poner el mundo bajo los pies y nuestro espíritu en manos de Dios, como lo hizo un día sobre el Gólgota nuestro adorable Redentor.

Cuando el mundo, con sus riquezas, con sus lujos, con sus diversiones, con sus pompas y vanidades, solicite fácilmente tu corazón, mira atentamente a la Cruz, que el ejemplo de Cristo te dará fuerza para vencer a este enemigo capital de tu salvación. Sigue las huellas del Seráfico Padre San Francisco: como él, pon al mundo bajo tus pies; como él, abrázate a la Cruz; como él, acerca tus labios a los oídos de Cristo y dile con todo el amor de tu corazón: Deus meus et omnia. Dios mío y todas mis cosas. En Dios tengo todas las cosas.

Fr. Antonio de Padua

¡Ya soy santo, mamá!

Paquito es el hijo mayor de Luchi. En su fisonomía exterior irradia la calma de un cielo claro o de la mar en sosiego. De cabeza casi esférica, con rostro igual de ancho que de largo; ojos reposados y oscuros; pelo entre negro y castaño; pómulos rellenos y barbita roma con hoyo en el centro, haciendo tresillo con los correspondientes de las dos mejillas, parece una copia barroca de los angelitos de Murillo, pero con lentes, que lleva para remedio de su aguda miopía.

Cuando' le vi vestía delantalito de rayas azules, con cuello y puños blancos; por la parte superior asomaba camisa marrón claro, para dar conjunto armónico a sus pantaloncitos del mismo color, pero más oscuros. Sus sandalias raídas, calcetines empolvados y greñas caídas casi hasta los ojos, con pátina de sudor la frente y la cara a guisa de encerado, claramente me decían que en el juego no se mostraba apático, sino que tomaba interés.

Cinco años y gordete, con talla chaparrita, al parecer por la anchura manifiesta de su caja torácica, daban a entender que su cultivo físico no había sido descuidado; pero su porte, modos y tonos al responder, hacían creer que, paralelo a éste, se había procurado en él la educación del sentimiento y la formación religiosa y moral.

—¿A quién quieres más en el mundo, Paquito?—, le pregunto.

—A la mamá—, responde sin titubeos.

—¿Y después?

—Al papá.

—¿Y después?

—A mi Luchita.

— ¡Magnífico! ¿Te gusta ir al colegio?

El niño se ve que es sincero porque calla. Demuestra tener conciencia va de su responsabilidad, y prefiere esta prudencia antes que mentir o desbarrar con respuesta fuera de razón.

Su tía interviene gustosa para ampliar la encuesta, deseosa de dar toques de hermosura al alma candorosa de Paquito, y dice:

—Tiene Paquito su reloj, y aunque no anda, pues es de juguete lo hace coincidir a las horas con las de su distribución según su plan de vida, y sabe avivar a su hermanita de esta manera:

—Luchita, que es la una, a comer. Luchita, que son las dos, a jugar. Luchita, que son las tres, los muñecos a la escuela.

¡Qué Paquito más discreto! Se ve que, en pequeño, ya es un hombre que esquiva los compromisos y quiere dejar bien a sus mayores, sin negar sus gustos. Sus aficiones las tiene puestas en los dulces y en las flores. Aunque no es partidario del colegio, porque allí se le sujeta, no llora cuando va, y a Sor Petra, que es su monjita predilecta, la obsequia con frecuencia con ramos de flores, que de vez en cuando las presenta, para más elevado destino, con estas palabras:

—Sor Petra, éstas las entrego para que las ponga en el Sagrario junto a Jesús.

¡Qué belleza y pulcritud de alma demuestra tener Paquito! ¿Presagio de qué?

Por lo menos, lo es de caballero y de galante hombre. No hay que esperar de él brotes bordes de pasiones desatadas; cuanto se le nota hace pensar que su porvenir ha de tener tonos de paz y sabor de dulces suavidades.

Tranquilo estaba cierto día, sin pensar más que en sus juguetes. Su tía, que piensa como nadie en su futuro y lo quiere bueno y piadoso, le hace una invitación rara.

—Paquito, te vas a confesar.

El niño se deja sin resistencia gobernar por su tía, y bien preparado se acerca al confesonario sin horror, atraído por unas peladillas que le ofrece el confesor. No sé qué impresión experimentaría aquel niño en su primera confesión. Sólo sé que después de ella voló al encuentro de su madre y, contentísimo, le dijo:

—¡Deja que te bese la mano! ¡Ya soy santo, mamá!

Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva (Valencia)

Estampas evangélicas

El campo de las espigas (Lc 6,1)

El camino desciende rápidamente, dejando atrás los montes que tienen encerrada como en una concha la perla de Nazaret. 500 metros se elevan sobre el nivel del mar esas colinas nazarenas, y por ellas se arrastra penosamente el camino que desde Jerusalén viene subiendo y bajando sucesivamente, según las alternativas del accidentado terreno. Pero desde este punto sólo hay cuesta abajo, salvo humildes ondulaciones de algún wadi que viene a alterar la monotonía del paisaje.

El camino que desde Jerusalén venía siempre en dirección Norte, al llegar aquí se desvía hacia el Nordeste, huyendo así del macizo montañoso, que va elevándose en la Galilea septentrional hasta alcanzar cimas superiores a 1.000 metros, que forman como el pedestal del gran Hermón o gebel es-Seich, como lo designan los árabes, tal vez por su venerable cumbre cubierta de nieves perpetuas.

Jalonando esta ruta viven muchos recuerdos de generaciones pasadas, desde las anteriores a la Era cristiana hasta los de nuestra generación. A la vista quedan las ruinas de Sephoris, patria de Santa Ana, madre de la Virgen Santísima. Kefr-Kenna guarda como un tesoro una de las seis ánforas que, llenas de agua por orden de Jesús, tuvo la suerte de ver convertido en rico vino en aquellas bodas santificadas por la presencia de Jesús y de (Lc 6, 1) su Madre Santísima. No lejos debió estar plantada la higuera debajo de la cual se hallaba Natanael cuando a distancia le vio el Maestro. ¡Y tantos otros recuerdos reviven para el que recorre este camino, cual lo recorrió Jesús y sus discípulos! Pero detengámonos en uno en el que tal vez no hayan reparado mis lectores.

* * *

Caminaba un día Jesús con sus discípulos por los campos de Galilea, cuyas mieses, ya en sazón, alegraban a los campesinos galileos, que veían abundante cosecha. ¿Venían de Nazaret? ¿Iban a Cafarnaúm? No podemos cerrar con certeza esos interrogatorios por los datos evangélicos, aunque el relato evangélico nos ofrece el ambiente galileo como marco de este episodio de la vida de Jesús. «Y aconteció que, caminando Jesús a través de los sembrados un sábado, sus discípulos arrancaban espigas y, frotándolas con las manos, las comían...» Coinciden los tres evangelistas sinópticos en los pormenores de este episodio y del incidente provocado por los fariseos. El tiempo fue, probablemente, después de Pascua, y si la expresión de San Lucas, «en el sábado segundo primero», tiene algún sentido obvio, significa tal vez el sábado primero después del segundo día de la Pascua. Porque a partir del segundo día de Pascua, en que se ofrecían a Dios en el Templo las primeras gavillas, primicias de la siega, se contaban siete sábados hasta celebrar la fiesta de Pentecostés, llamada también fiesta de las siete semanas o fiesta de la recolección. Serían, pues, los primeros días después de la segunda Pascua celebrada por Jesús durante su ministerio apostólico. Sus discípulos tenían hambre, dice San Mateo, 12,1, y por eso se entraron por los trigales para matar el hambre con unas espigas restregadas entre las manos.

¿Por qué tenían hambre? Tal vez por la fatiga del camino, a no ser que Jesús hubiera querido sujetarse a la práctica judía de no caminar más de cinco estadios en día de sábado; pero es fácil que Jesús no diera mucha importancia a esta práctica. Lo cierto es que no la dio a la interpretación farisaica de la observancia del reposo sabático. «Maestro —dijeron—, tus discípulos están haciendo lo que no es lícito el día del Sábado.» Se habían escandalizado de bien poca cosa; no habían reparado en que David, huyendo de Saúl, hizo más, pues tomó los panes sagrados de la mesa llamada de la Proposición, que sólo podían comer los sacerdotes, y se los llevó como sustento necesario en su fuga. De esta suerte tapó la boca Jesús q los impertinentes fariseos, y sus discípulos calmaron las exigencias del hambre.

* * *

Los peregrinos de la Edad Media que recorrían el camino de Nazaret al lago de Tiberíades, siguiendo con devoción y ternura todos los pasos de la vida de Jesús, al llegar a la fértil llanura de Es-Segerak, sembrada de hermosos trigales, a medio camino, aproximadamente, entre Nazaret y Tiberíades, localizaban aquí el episodio antes referido. No sé qué fundamento encontrarían para tal localización. ¿Serían, acaso, tradiciones anteriores recogidas por ellos? Como quiera que sea, el paisaje es sugestivo y se presta a escenas como la nuestra. Y más si Jesús quiso observar la ley del descanso sabático en lo referente a no caminar más allá de cinco estadios. Podría haber sorprendido aquí el día de sábado a Jesús y sus discípulos viniendo o yendo a Cafarnaúm, a Nazaret o hacia el Tabor, pues a todas esas hipótesis hay lugar, y no encontrando otra cosa qué comer entrarían en los sembrados para coger unas espigas de trigo. Hoy existe una pequeña aldea en estos lugares. ¿La hubo en tiempos de Jesús? No es extraño que existiera, y allí habría pasado la noche de aquel sábado nuestro divino Redentor con sus apóstoles.

Amigo lector, acompaña también tú en espíritu a Jesús en este lugar de Galilea, no como le acompañaron los fariseos, sino cual lo hicieran los fieles discípulos de Jesús, y aprende algo de la mansedumbre del divino Maestro, tan patente en esta como en otras escenas evangélicas.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

Cosas de papá

—Recuerdo —dijo el padre narrando una historia a su hijo— que en mi juventud tuve que pelear con veinte antropófagos para salvar mi vida.

— ¡Pero, papá —dijo el hijo— el año pasado me contaste lo mismo y me dijiste que eran solamente diez lo antropófagos!

—¡Ah, hijo mío —respondió el padre sin inmutarse— es que el año pasado tú eras todavía demasiado niño para conocer toda la horrible verdad!


Magisterio de amor

Fray Juan de los Ángeles

III. Grandeza y firmeza de espíritu

Su corazón, como el de San Pablo y el de San Jerónimo, es múltiple: se cree capaz de todo en el que todo lo puede y se tiene por el último y más inútil, como veremos. Su vehemencia temperamental le servía de acicate; y su profunda humildad era el freno que regulaba sus empresas, acometidas para la mayor gloria y veneración de Cristo y de su Iglesia Santa. Brío y suavidad son dos notas constitutivas de su carácter, ennoblecido por el escudo de la gracia divina.

Con frecuencia leemos pasajes como éste, donde el P. Ángeles sé nos descubre llanamente: «Discípulo: Parece que tomas cólera diciendo eso. Maestro: ¿Pues no quieres que me encolerice y salga de mí viendo el abuso tan grande que hay en la Iglesia de Dios acerca del oír misa y asistir a los Divinos Oficios?» En otras ocasiones, contristado, dice que se le enciende el corazón, que se le aflige el alma, que se enfada, que se espanta mucho. Expresiones son éstas que exteriorizan el apasionamiento vehemente con que obraba. A grandes pasiones, grandes obras pueden seguirse, como vemos en Cisneros y Santa Teresa.

Gran carácter, de criterio amplísimo y seguro, era enemigo de toda sombra de adulación. «Temo —escribió a don Maximiliano de Austria, Arzobispo de Santiago— este malo y afrentoso nombre de adulador, que yo siempre he aborrecido.» Ningún hombre de grandeza de espíritu se rebaja nunca adulando.

De aquí le nacía una gran libertad de corazón, pues no le atan los respetos humanos ni los deseos ilegítimos: «Todo el mundo sabe —osó escribir— la libertad de mi espíritu en materia de intereses», aserción que su vida comprueba.

Su palabra, por estas cualidades nobles de, su alma, era eficaz en quienes le oían o con él conversaban: «Espantado me ha mucho lo que has dicho del amor propio», expresa su Discípulo; y en otra ocasión: «Por cierto, Padre, yo estoy espantado de oírte. Maestro: ¿De qué?»

Un hombre as!, denodado, ansioso de que las almas alcancen el ápice supremo de la perfección, de que conquisten el Reino de Dios, no podía sufrir ánimos apocados, aniñados, pusilánimes y sin brío. Andaba a caza de valientes: «Los señalados —escribe—, los que vestían de oro de Ofir, que pasando por las hornazas de fuego, por los dientes de las fieras, por las cruces, cuchillos y peines de hierro, quedaban más puros y más claros, ya se han trocado por vasos de barro que no sufren un muy pequeño golpe.»
Y preocupado e inquieto espiritualmente, continúa: ¿A dónde tengo yo de hallar uno de estos valientes con quien tratar de esta guerra [espiritual y amorosa], imperando Faraón en el Mundo y teniendo mandado y trazado que los varones mueran y las hembras vivan?» No quiere «damerías, ni hombres femeninos y de alfeñique, sino valientes, robustos, de pelo en pecho y bien enseñados en el arte militar».

De aquí la conclusión sobre su temperamento y carácter, que nos confía él mismo: «No volver atrás, aunque pierda mil veces en esta empresa la vida [la de conquistar el Reino de Dios]», aunque «yo lo confieso —añade— que no me han faltado tentaciones y que he tenido (como dicen) el agua a la garganta, pero de todas me libró el Señor». «Ya no puede conmigo el temor de no ser acepto, que ése vencí por Dios.»

(Continuará)

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Homenaje al venerable P. Vives

El día 8 del pasado abril se celebró en Murla (Alicante) un grandioso homenaje al venerable P. Vives, autor del Breve Catecismo de la Doctrina Cristiana, con motivo del cumplimiento del segundo centenario de su muerte.

El programa de los actos organizados por las autoridades de Murla se desarrolló dentro del mayor entusiasmo de toda la población y de los pueblos circunvecinos que se sumaron espontáneamente al homenaje.

La Banda Municipal de la villa anunció la víspera el comienzo de las fiestas con alegres pasacalles, uniéndose al estallido de las tracas un volteo general de campanas, como brillante principio de los festejos.

Todo el pueblo aparecía adornado con artísticos arcos triunfales y las casas lucían sus mejores colgaduras.

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Aspecto de la plaza de Murla (Alicante) durante los festejos en honor del venerable P. Vives

La fiesta principal se inició con una misa de Comunión, que se vio muy concurrida. Acto seguido tuvo lugar la recepción del Colegio Seráfico de la Orden Franciscana en Benisa y de la representación de la Casa de los Obreros, de Valencia, cuya Hermandad de la Cruz es la iniciadora de la erección del monumento al P. Vives.

A continuación tuvo lugar la misa solemne, en la que actuó la Schola Cantorum del Colegio de Benisa, compuesta de sesenta y cinco voces, que interpretó la segunda pontifical de Perosi, bajo la acertada dirección del P. Francisco Agulló, O. F. M., secundado por el notable organista don Antonio Ibáñez.

Ofició el Sr. Cura párroco de Benisa, don Francisco Martínez Ciudad, asistido por el P. Antonio Mª Pastor y Juan Bautista Font. Ocupó la sagrada cátedra el P. Guardián de Benisa José Antonio Arnau, que enalteció la venerable figura del ilustre hijo de Murla P. Vives y tuvo frases de gratitud para la Hermandad de la Cruz de la Casa de los Obreros, de Valencia, por el tesón que demuestra en su propósito de revivir la memoria del autor de la famosa dotrineta.

Por la tarde se celebró un grandioso acto literario-musical, en el que intervinieron, declamando bellas poesías, las niñas Juanita Riera y Elena Torres, de Muría; los niños del Colegio Seráfico, Romualdo Jordá y Roberto Oltra, y el maestro nacional don Vicente Nicolau, en nombre de la Hermandad de la Cruz.

Hicieron uso de la palabra don Vicente Ferrer, en representación de la Casa de los Obreros, de Valencia; el P. Juan Font, O. F. M., por la Orden Franciscana, y Fr. Ángel Calatayud Guerri, O. P., hijo de la villa, que glosaron la gran figura del humilde franciscano, siendo todos ellos constantemente ovacionados por la población entera que acudió al acto. El resumen de éste lo hizo brillantemente el Sr. Cura de Benisa.
Los intermedios fueron amenizados con bellos cantos de la Schola Cantorum del Colegio Seráfico de Benisa y escogidas piezas por la Banda Municipal de la villa.

Una nota simpática fue la presencia de cinco bellísimas señoritas ataviadas con la clásica mantilla española, que antes de comenzar el acto, y acompañadas por las autoridades y representaciones, depositaron sendos ramos de flores ante la efigie del P. Vives a los acordes del Himno Nacional.

Como grata sorpresa hay que destacar la interpretación de un himno al P. Vives, compuesto ex profesamente para el acto por el P. Luis Ángel, con música del director de la Schola Cantorum.

Plácemes merecen el pueblo de Murla por los actos celebrados y sus autoridades por los desvelos puestos en la realización del programa, mereciendo destacarse la labor entusiasta del Sr. Cura don José María Mestre Pizarro, la del señor Alcalde don Antonio Giner, secundados con abnegación y sacrificio por el Secretario de la villa don Enrique Mengual.

Enhorabuena.