Índice de los números 223-224
Julio-agosto de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
- ¡Reina asunta al cielo!... Editorial
Necesidad de llevar nuestra cruz. Fr. Luis Mestre, ofm
Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia. Fr. Joaquín Sanchis, ofm
La Cruz y el Demonio. Fr. Antonio de Padua
La viuda Leonila. Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Estampas evangélicas. Fr. Rafael Fuster, ofm
Fr. Juan de los Ángeles. Fr. Juan Bautista Gomis, ofm
- Tu camino. Amón
San Antonio, Apóstol de la Asunción. Fr. Pacífico Torres, ofm
A San Luis, obispo de Tolosa. Jesús Galbis
Un sabio terciario y una niña mártir en los altares. Fr. José Mª Pou y Matí, ofm
Consultorio religioso. Fr. Agnello
Raquel la Betlemita (XIII). Fr.
León Villuendas Polo, ofm
Noticias.
¡Reina asunta al cielo!...
Con gusto comunicamos a nuestras lectores que se acerca un día grande para la Iglesia: el día en que el Vicario de Jesucristo declare d0gma de fe la sublime y piadosa creencia de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma a los cielos.
Nuestro Santísimo Padre el Papa Pío XII se ha dirigido a todos los Obispos del orbe católico pidiéndoles su parecer acerca de la conveniencia de declarar dogma de fe la creencia asuncionista, y esta solicitud pontificia ha determinado un formidable movimiento en toda la cristiandad a favor de la tan anhelada declaración dogmática.
En este clamor universal que se levanta de la tierra al cielo en pro de la máxima glorificación de la Santísima Virgen María, figura a la vanguardia nuestra Seráfica Orden, fiel a su tradición eminentemente mariana.
También nuestra patria ocupa un puesto de honor en este gran plebiscito mariano, como lo prueban, entre otras voces españolas, la del Cardenal Primado, cuya respuesta al Sumo Pontífice constituye una razonada y ardiente defensa del dogma de la Asunción, y la de nuestro Generalísimo Franco, que ha firmado un artístico pergamino, en el que, recordando la gloriosa tradición española en favor del dogma de la Inmaculada Concepción, ruega a Su Santidad, en nombre de España, se digne proceder cuanto antes a la definición solemne de este nuevo dogma.
Nosotros, como cristianos, como españoles y como admiradores de San Antonio de Padua, que defendió can tal claridad ,y fervor la resurrección corporal anticipada de la Santísima Virgen que mereció ser llamado «El Apóstol de la Asunción», nos unimos en espíritu a este gran movimiento asuncionista, y hacemos fervientes votos al cielo para que pronto se agregue a la Letanía de la Virgen, con categoría de dogma de fe, la bellísima invocación con que empezamos estas líneas: Regina Assumpta in Coelum!... Ora pro nobis.
Necesidad de llevar nuestra cruz
«Con Cristo estoy clavado en la cruz» [San Pablo]
Toda la vida de Cristo, desde el momento mismo de su encarnación hasta que en la cruz entregó su espíritu en manos del Padre fue un continuado y cruel martirio, cual nadie soporta ni es capaz de soportar.
Este martirio de Jesucristo fue principalmente interior. En lo secreto del corazón, allí a donde no pueden llegar las miradas de los hombres, allí pasaba crueles agonías nuestro buen Jesús. Mas no sólo allí; padeció también muchísimo en su cuerpo; muchísimo más de cuanto inteligencia creada puede calcular ni vislumbrar. Este martirio corporal de Jesús no, quedó reducido a las tristes y penosísimas horas de su sagrada pasión; fue mucho más dilatado y extenso.
Padeció todos los dolores humanos en mayor grado que ningún mortal: sufrió en Belén el frío y la carencia de lo más elemental para las necesidades de la vida; trabajó en Nazaret el que es Rey de la creación para ganarse el pan de cada día; en Judea y Galilea viajó a pie por malos caminos, con fatiga, hambre y sed, fríos y sudores; su doctrina moral, opuesta a las pasiones y procederes mundanos, le creó nutrida pandilla de feroces enemigos, que no cejaron en su odio ni cuando le tuvieron clavado en la cruz, ni luego de sepultado. De exquisita finura y sensibilidad de alma y cuerpo, nadie padeció tanto ni tan atrozmente como Jesucristo; y sin embargo, no rehuyó el padecer; lo anhelaba ansiosamente, como Él mismo lo significó diciendo: «Con un bautismo de sangre tengo de ser bautizado, y ¡cómo traigo en prensa el corazón mientras no lo veo cumplido!» (Lc 12, 50). Es que este martirio, llevado hasta la angustiosa y desolada muerte de cruz, pondría fin a lo que torturaba, triturándolo con vivo e inaudito tormento, su corazón, a saber: el imperio del pecado en el mundo, que tenía sumidas en la muerte
sobrenatural a las almas y privaba a Dios de la gloria que la creación visible debe tributarle.
No lo echemos en olvido: padeció Cristo toda su vida, llevando cruz interior aun en medio de sus sonrisas infantiles, de su jovialidad juvenil y de su bondad y amabilidad perennes.
¡Jesús estuvo siempre crucificado!
Con respecto a nosotros, no es la cruz de Cristo para dispensarnos de llevar la nuestra, sino para enseñarnos y alentarnos a llevarla digna y santamente: «Quien no lleva su cruz en seguimiento mío, no es digno de mí ni puede ser mi discípulo», ha dicho Jesucristo (Mt 10, 38, y Lc, 11, 27).
Jesús crucificado es nuestro obligado modelo: modelo de hijos de Dios; modelo de perfectos cristianos. Atendamos a lo que nos dice: «Aprended de mí»; «ejemplo os he dado»; «segadme e imitadme» (Mt 11, 29; Jn 13, 15; Mc 10, 21).
Por el bautismo estamos incorporados a Jesucristo; somos miembros de Jesucristo, corno dice San Pablo. Por esta incorporación vital, Jesucristo, que es el camino para ir al Padre Celestial, es también nuestra vida; nuestra vida sobrenatural, que no ha de fenecer ni morir porque es inmortal y eterna, como eterno es Jesucristo. Teniendo tales prerrogativas esta vida, nuestro bien se cifra en conservarla, desenvolverla y acrecerla; y esto sólo se logra teniendo clavadas las propias pasiones en la cruz de Cristo y conformando con la pasión de Jesús nuestra vida de cristianos.
Hecha esta doctrina carne viva en San Pablo, decía él para enseñanza nuestra: «Clavado estoy en la cruz juntamente con Cristo, de suerte que no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 19-20). «Traigo impresas en mi cuerpo las señales del Señor Jesús», marcadas por los azotes y las pedradas que be sufrido por su amor (Gal 6, 17). «Líbreme Dios de gloriarme en otra cosa que en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo» (Gal 6, 14).
Perfecto imitador de Cristo, no anhelaba otra cosa Nuestro Seráfico Padre sino configurarse en alma y cuerpo con Jesús crucificado. Estas eran sus ardientes súplicas en el monte Alvernia dos años antes de su muerte: «Señor mío Jesucristo, dos gracias te ruego que me concedas antes de morirme: la primera, que sienta yo en mi cuerpo y en mi alma, en cuanto sea posible, el dolor que Tú, dulcísimo Jesús, sufriste en tu acerbísima pasión; la segunda, que sienta yo en mi corazón, en cuanto sea posible, aquel excesivo amor que a Ti, Hijo dé Dios, te llevó a sufrir voluntariamente tantos tormentos por nosotros pecadores.»
Pocos días después el Señor le concedió ambas gracias en aquella maravillosa estigmatización que hizo de San Francisco el Cristo de la Edad Media. Desde entonces, en el alma y en el cuerpo estaba Francisco crucificado y llevaba en sí las llagas de Jesucristo.
Es cierto que mi amor a Jesucristo dista inmensamente del ardiente amor de Pablo y del amor seráfico de Francisco; por esto mismo no gusto yo de la cruz como ellos. Sin embargo, no puedo decorosamente huir de Cristo cuando me toca con su cruz. Dejaría con esto de ser discípulo de Cristo. Haré, pues, mío el consejo de San Pablo: «Armados de paciencia corramos al combate que nos aguarda, mirando a Jesucristo, Autor y Consumador de la fe, el cual, poniendo ante sus ojos el gozó de nuestra redención, sufrió la cruz y no hizo caso de la confusión y abatimiento del mundo» (Hebr 12, 1-2).
Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm
Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia
VI. Un misionero de extraordinario temple
Esta vez nos desviamos de la senda que seguíamos para recoger una florecilla que los lectores no esperan. En vez de mirar al pasado, nos fijaremos en el presente.
Coincidiendo con el interés que el público valenciano ha demostrado en, estos últimos meses por nuestros misioneros, recibo desde China una carta del reverendo P. Gonzalo Valls, de la que entresaco unas líneas que hablan de otro misionero, del P. Severino González, antaño compañero de estudios de quien esto escribe. No hay peligro de que se ofenda su modestia, puesto que,estas páginas no pueden llegar hasta él.
«Del P. Severino puedo decirle que es misionero auténtico y de una sola pieza, que honra a nuestra Provincia. Ama sinceramente a los chinos, por quienes se sacrifica sin ahorros. Estos, a su vez, le corresponden de corazón, y es amado no, sólo de los cristianos, sino aun de los paganos y de los mismos comunistas, con quienes ha vivido y continúa viviendo. Es custodio del Montserrat de esta Provincia, y, después de la Virgen, se debe a él si aquel santuario se ha conservado incólume entre» las repetidas incursiones militares de los beligerantes, algunos de los cuales iban allí con ánimo tan pacífico que le saludaron a bofetones. Más tarde,
convencidos de la bondad de aquél con quien trataban, cambiaron de conducta y le llenaron de atenciones. Hoy es conocido, respetado, venerado, defendido y protegido por todos sin distinción.
Se ha dedicado al estudio cíe todas las yerbas medicinales de aquellos montes, y sabe sacar tal provecho de sus propiedades curativas que se tiene fe ciega en sus indicaciones y se le consulta como a un oráculo. Se ha acreditado de tal manera, que unos médicos alemanes que aquí han implantado un laboratorio médico le regalan sus específicos a cambio de las yerbas que él les proporciona. Tiene algo de maravilloso lo que hace, y suscita la memoria de los prodigios de San Diego con el aceite de la lámpara de la Virgen. Bien puede estar satisfecha la Provincia Seráfica de Valencia de haber dado tal misionero a China.»
Así termina el P. Gonzalo su relato acerca del P. Severino. Nosotros podemos añadir que sentimos orgullo por misionero de tanto relieve; pero también por el que nos da sus noticias. Tengo, en efecto, en mi poder una carta del P. Delegado General de los franciscanos en China, en la que, respondiendo a las instancias de la Provincia por la vuelta de este su hijo, dice que «la ida del P. Gonzalo sería una grandísima desgracia para el Seminario de Tai-yuan-fu, y que todos los Obispos de la misión clamarían en contra de tal medida». Sentimos, en fin, santo orgullo por todos los misioneros que la Provincia ha enviado en estos últimos años a China. Uno de ellos —el mártir Fr. Pascual Nadal— nos dará materia abundante,para llenar algunas páginas. De otros, como mis connovicios P. Fabián Castellá y Fr. Ezequiel Gazulla, que sucumbieron víctimas del clima de China, vayan aquí al menos los nombres, portadores de glorias que no se marchitan.
Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Valor es magnanimidad y grandeza de ánimo, por la cual el hombre promueve las grandes cosas y sobrepasa a los demás en virtud.—Dante.
Predica el Santo
La Cruz y el Demonio
Además del mundo, hay otro, enemigo encarnizado que disputa a Jesús nuestro corazón: el demonio. Pero el demonio también lo podemos vencer, hija mía, mirando atentamente la Cruz del Redentor.
Los demonios, que, como sabes, son los ángeles rebeldes arrojados al infierno en castigo de su rebelión, odian de tal manera a Dios, que Le maldicen, Le desprecian y hasta Le harían desaparecer si a su odio sin límites acompañara el necesario poder para aniquilarle. Mas como saben que nada pueden en lucha directa contra él, concentran toda su rabia contra los hombres, que son imágenes vivas de Dios, y que ellos, si acceden a sus engaños, pueden perjudicar.
Por eso, tan pronto como apareció el hombre en el paraíso, acudió allí el demonio en forma de serpiente, y por medio de palabras engañosas lo hizo esclavo suyo y enemigo de Dios: le indujo a Comer el fruto que le había prohibido Dios.
Le salió bien la prueba, y animado con esta primera victoria continúa el demonio presentando la misma batalla a todos los hombres, con el fin perverso de alistarlos a su bandera de rebelión y separarlos del servicio de Dios.
Y no creas, hija mía, que el maligno ataca solamente a los hombres de mundo, respetando a los que buscan a Dios; pues, por el contrario, como aquéllos ya los tiene ganados, ataca con más saña e insistencia a los que andan por el camino de la perfección. Ya nos dice esto el Señor: «Hijo, cuando te llegues al servicio de Dios..., prepara tu alma para la tentación.»
No hay hombre en la tierra que se libre de los titánicos embates del tentador. Pero no temas, hija mía, porque Jesús nos ha enseñado a vencerlo con la Cruz, con las armas del ayuno y de la oración.
Antes de comenzar su vida pública se retiró Jesús al desierto, donde con el ayuno y la oración de cuarenta días y cuarenta noches continuos venció las tres asechanzas que al fin de ellos, le armó el tentador. Y cuando al finalizar su, vida pública se acercó la hora del poder del demonio, dijo a sus dos discípulos que, vencidos por el sueño, no habían podido velar una hora con El en Getsemaní: «Velad y orad, para no caer en la tentación».
Si quieres, pues, hija mía, seguir a Jesús, que es el único camino que conduce a la eterna bienaventuranza, prepárate para ser combatida por el demonio. Disfrazado de serpiente engañosa y maldita te saldrá al encuentro en todos los pasos de la vida, enroscándose en una amistad, en un libro ameno, en un vestido de moda, en un deporte, en un espectáculo elegante, en una fotografía, en una cinta de cine, en todo, hasta... en las mismas obras buenas.
En esos momentos de ruda pelea entre la fuerza del deber y la fuerza de la tentación..., no desmayes..., levanta la cabeza y mira la Cruz; y pon en práctica las' enseñanzas del Crucificado...; mortifícate y ora como te dice Cristo desde la Cruz, y así triunfarás del demonio, enemigo encarnizado de tu salvación.
Fr. Antonio de Padua
La viuda Leonila
Cerrado por demás veía el cielo de la dicha cierta mujer que, apenas siete años casada, tuvo la desgracia de perder a su marido. Dos retoños de temprana edad lloraban junto a sí la orfandad del padre al mismo tiempo. Y para ella, con sus haberes, era problema difícil su crianza.
¡Qué de imaginaciones siniestras cruzaban su frente el primer día de su viudez!
Todo lo veía tan negro como los crespones que servían de fondo al sitio dónde yacía el cadáver de aquel marido, honrado y laborioso, cuya muerte la tenía sumida o, mejor, anegada en un mar de pena. La vida para ella ya no tenía otro color que el dramático de la tempestad trágica, con la que había de luchar a brazo partido para salvar del seguro naufragio los bienes de su casa y del infortunio a su pareja de hijitos, tan pequeños que casi cabían en una cesta.
—¿Quién será ya capaz de alumbrar mis días en estas amarguras—, se decía.
Su pena era profunda y no fingida-Por ella, de golpe, sintió la depresión total de todo su ser y se creía la más infeliz del mundo. Ni la distraía el sol con toda su fuerza de luz del medio día; ni la luna en noche estrellada y sin nubes, reflejando la del astro rey; ni las flores del campo, tan provocativas a la alegría en días de primavera.
¡Nada era capaz de abrir a la esperanza aquel corazón torturado por el mayor desconsuelo!
— ¡Animo! —le susurraban las amistades—: ¡No te acobardes! Todo pasará, como en este mundo todo pasa.
—¿Y creéis que yo, después del suceso de este día, con la perspectiva de mi casa, me podré reponer, llevarla adelante, recuperarme la calma?
—Claro que sí, chica. De mayores se han visto y nada ha quedado sin solución.
—No esperéis en mi caso tal cosa. Mi marido lo era todo para mí. Gracias a sus brazos el negocio del horno iba viento en ¦popa, y yo, aunque enferma, me podía cuidar y atender al desarrollo de estos mis
hijos, hasta el punto de sus seis, años el primero y cuatro de la pequeña.
—¡Dios no abandona a nadie!
—Con mi marido me creía una reina, a pesar de los achaques de mi falta de salud. A la vez que rogáis por él, rogad por mí. La viudez es la mayor de las desgracias.
—¡Parece mentira! ¿Es que has perdido la fe? ¿Tú no sabes que Dios no abandona a nadie? ¿Que a las viudas las mantiene, aunque sea con sopas?
—¿Qué me dices, Petra? Tus palabras ya me iluminan, ya me traen la esperanza, ya abren mi pecho de nuevo a la vida. Esas sopas tuyas, las de la Providencia, reaniman mi estómago caído y confortan mi corazón. ¡Qué buena eres! Dios te ha mandado aquí para ser mi confortación. Tu fe ha encendido la mía. No me dejes; acompáñame. No me abandones; y si desfallezco, repíteme esas cosas buenas que nadie te ha podido inspirar sino Jesús del Sagrario, a quien recibes todos los días. La Religión será mi salvación y mi dicha.
—Cobra valor, Leonila. Y aunque sea natural tu pesar, sobreponte al sentimiento y usa de razón. No te acobardes.
—Haré lo que pueda; contigo iré ya a beber a la misma fuente de energía. Tú ayúdame a rezar por el difunto y por mis intenciones. ¡Que acabe de hacer hombre y mujer a mis dos hijos!
Aquella mujer ha vuelto a creerse otra vez reina. Triunfó por la fe de la miseria; su hijo es un excelente panadero; su hija, una pasable modista. Entre los dos han dado cima a la inyección de optimismo de su amiga Petra, y ha probado hasta hartarse las sopas de la Providencia, cuyo sólo anuncio la reanimó.
—El dicho de aquella mujer buena fue la clave de mi reposición y el secreto dé mi retorno a la confianza.
¡Así habla cuando se presta la ocasión la viuda Leonila!
Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Estampas evangélicas
"Quien tenga sed venga a mí" (Jn 7, 36)
Eran los primeros días de Tisri, el octubre judío, cuando las caravanas de galileos se encaminaban hacia Jerusalén para celebrar la fiesta de los Tabernáculos. Jesús se hallaba entonces en Cafarnaúm, y unos parientes le invitaron a tomar parte en su peregrinación, invitación que declinó, según San Juan, por no dar ocasión a los judíos a alguna emboscada, ya que trataban de matarle.
Pero a pesar de esa nota exegética del cuarto Evangelista, Jesús hizo su aparición en Jerusalén en el momento más interesante de la fiesta.
* * *
Moisés había fijado su celebración para la primera quincena de octubre, precisamente cuando empezaba el año hebreo. De esta suerte el nuevo año quedaba bajo la protección de Yavé, como el que acababa de terminar. Su principal significado religioso era una solemne acción de gracias por los beneficios alcanzados de Yavé durante el año transcurrido. La generosa bendición de Dios les había dado una cosecha abundante y colmada: los graneros estaban ya repletos de trigo y cebada y el rico mosto llenaba las tinajas y los odres; las higueras aún daban sus últimos frutos codiciados y los parrales, a cuya sombra tanto habían gozado, descargados de sus dorados racimos empezaban a perder sus hojas, que eran arrastradas por el viento.

En fin, la primera estación del año hebreo marcaba el final del año agrícola. La tierra pedía descanso, pero suplicaba del cielo unas lagrimas, ya que reseca por los ardores estivales había perdido la humedad necesaria para su fertilidad. Allí estaban los olivos de Samaría y Galilea y los de la región de Sudá, aguardando impacientes las primeras lluvias. ¿Vendrán a tiempo? Dios las ha prometido, pero no está de menos pedirlo. Y es precisamente lo que dio origen a una de las más solemnes ceremonias de esta fiesta otoñal.
* * *
Siete días duraban las fiestas de Pascua y otros tantos duraban las de las tiendas; y como en aquéllas era el principal el último día, así vino a ser llamado gran día el séptimo de esta festividad.
Las notas folklóricas introducidas en el correr de los siglos daban un interés particular a la fiesta de los Tabernáculos. En primer lugar, era el recuerdo de sus padres, de los momentos históricos de su historia como pueblo. ¡Qué años aquellos en «que por casa tuvieron las estrechas pieles de sus tiendas! Durante cuarenta años anduvieron errantes por el desierto...
Y este recuerdo llegó a estimular de tal manera su amor patrio, que en torno a la ciudad santa se improvisaba una nueva urbe de chozas, plantadas con troncos de árboles revestidos de ramaje. Los peregrinos de la lejana Galilea aceleraban su
marcha para poder encontrar dónde poder levantar su cabaña a la falda del monte Olivete.
* * *
Y al amanecer del gran día, último de la fiesta, el Templo lucía sus mejores galas. Miles de luces brillaban así en el interior como en el exterior del Santuario, y su resplandor aumentaba poderosamente por los reflejos del oro tan profusamente repartido en los enseres y ornato del Templo.
De pronto todo el interés se centraba en la región de Siloé, hacia donde concurría todo el pueblo con los ramos de sus deshechas tiendas. Bien luego se dirigían también los sacerdotes, revestidos de sus amplios vestidos de seda y lino, y los levitas, con sus instrumentos músicos. El pueblo aguardaba impaciente, en silencio, hasta el momento emocionante de sacar un poco de agua, con una vasija de oro, de la fuente de Siloé. A partir de ese momento todo era júbilo y alegría.
Las trompetas lanzaban al aire sus agudas notas, acompañadas de las melodiosas cítaras y salterios, y el pueblo, preso de frenético entusiasmo, agitaba en alto sus ramos. Y volvía la procesión al Templo, ¡levando un sacerdote el ánfora de oro con el agua sagrada.
La ceremonia terminaba con las siete vueltas que daba el Pontífice al altar de los holocaustos, después de haber hecho la libación del agua traída de Siloé. El Pontífice repetía en tal ocasión las palabras del profeta: Sacarás con gozo agua de las fuentes del Salvador.
Jesús estaba allí y no pudo menos de recoger esas palabras. El era, en verdad, el Salvador, y. su doctrina la fuente de aguas vivas. Siloé ya no era la fuente a donde había que ir por agua. Jesús era fuente y perenne manantial: El que tenga sed venga a mí...
Fr. Rafael Fuster Pons, ofm
Tres preguntas papales y... tres respuestas formales
León XIII solía revistar con frecuencia la Guardia Suiza del Vaticano, y en tal ocasión gustaba de entretenerse a conversar con alguno de los apuestos jóvenes que formaban dicho cuerpo, a quienes invariablemente hacía estas tres preguntas y por este mismo orden:
- ¿Cuántos años tienes?
- ¿Cuánto tiempo estás a mi servicio?
- ¿Viven tus padres?
En una de esas revistas pontificias, el augusto anciano dirigió las tres preguntas de rigor a un gallardo mancebo recién incorporado a la Guardia Suiza, el cual, como no conociera ni una sola palabra de
italiano, fue instruido previamente para dar a Su Santidad las respuestas adecuadas a las preguntas que él solía hacer, de acuerdo con el orden seguido por el Santo Padre en estos breves diálogos.
Mas aquel día el Papa, olvidándose del orden acostumbrado, le preguntó primero:
—¿Cuánto tiempo estás a mi servicio?
—Veinte años—, contestó el gallardo mozo.
Admirado el Pontífice, le siguió preguntando:
—¿Cuantos años tienes?
A lo que sin titubear, replicó el joven:
—Dos meses.
Entonces el Papa, más admirado todavía, le dijo:
—O tú o yo estamos locos.
—Ambos, Santísimo Padre—, fue la última respuesta del flamante gendarme pontificio.
Magisterio de amor
Fray Juan de los Ángeles
IV.
Pequeñuelo siervo de Dios
Entremos en el santuario de las intimidades de su alma, abierto por él en las páginas de sus libros, tan confidenciales:
«Discípulo: ¿Qué te has hecho estos días, Maestro mío, que no te he podido dar un alcance? Maestro: Retiréme a una casa de monte para vacar a Dios sin estorbos y distraimientos de la Corte. Discípulo: No sé cómo algunos pueden vivir en ella... Maestro: No hablemos de esa manera de gentes que en mis ojos, y pienso que en los de Dios, no creen vivamente la inmortalidad del alma.»
No pareciéndole bastante seguros los claustros madrileños por estar envueltos y ceñidos por la Corte, huye de cuando en cuando a gozar de la soledad campesina, para vacar a Dios alejado del ruido mundanal.
Trabaja nocturnamente, pasando . en vela gran parte de la noche orando, estudiando o escribiendo. A cada paso lo confiesa en sus Diálogos. Sin embargo, madruga. «Tú —le dice a su Discípulo— ten mucho cuidado de acudir temprano aquí a la huerta, que es lugar solo y bien apacible..., aparejado para coloquios y pláticas espirituales.»
«Decláranos [dirigiéndose al rey Felipe III] su encogimiento y cobardía, por no dar lugar a algún pensamiento de retorno.» Esta idea o sentimiento frenábale; repugnaba la posibilidad de mostrarse interesado en el retorno, pues su alma sensitiva y delicada quería servir por amor y con amor, si,n otra mira.
Temía ofender o molestar al prójimo en lo más mínimo aun tratando del bien de sus almas: «Ayúdeme Dios —exclama— que, con harto temor de ofender a muchos, entro en esta materia [de las amistades], aunque espero en Dios que serán más los desengañados y aprovechados. ¿Y por qué se ha de ofender de mí el que va a caer y le tengo para que no caiga, o estando caído, le doy la mano para que se levante?»
Teme, así también, perder el tiempo, sentimiento que suele preocupar a los siervos de Dios: «Y no más —dice— porque no pierda yo por hablar, lo que ellos [los escrupulosos] por especular.»
En otro lugar: Al Discípulo: ...«La noche nos convida a silencio, y es justo que le guardemos; por la mañana te diré lo que deseas* y otras cosas que no habrán llegado a tu noticia.»
Obediente, como imitador de Cristo, de su Padre Seráfico y de su Maestro San Pedro de Alcántara: «Cómo por la obediencia —nos revela— se han de dejar todos los particulares gustos, aunque sean del espíritu, ni pude dejar de acudir a ella, ni venir con la priesa que tú has deseado.»
Benévolamente excusa a sus «falsos censores», y añade: «Yo sufriré de buena gana sus reprensiones.»
Sobre todo era humilde, con humildad de tipo teresiano, amigo de la verdad en todo, el Fr. Juan de los Ángeles. «Yo —nos declara—, el más rudo de todos [los escritores], el de menos experiencia y espíritu, me he atrevido a escribir este tan pequeño tratado del amor de Dios.» De aquí que se contente con tener un solo «lector y juez».
Su actitud humilde ante los graves y difíciles problemas que sus estudios le planteaban, es bien notoria: El fundamento —nos dice— «que yo tengo para prometerme buen fin en ellos [en los lugares escabrosos de los Cantares], es el
conocimiento de mi pequeñez y de mi grande insuficiencia, condición necesarísima para acertar».
Nunca engreído, se valía de «religiosos doctos y espirituales» para mayor seguridad y para ver más y mejor.
Idea humilde de sí mismo: «Testigo es mi Señor Dios que ningún otro sentimiento tengo de mí que el que pudo tener el Ladrón que se salvó, el cual no tuvo obra ninguna buena a que volver los ojos, sino a sola la misericordia de aquel que tan miserablemente veía padecer en un palo por librar de la miseria eterna a los míseros pecadores.»
Humildad práctica, ingeniosa y devota: «Si alguna vez me representa el Ángel para consolarme algunos conocidos servicios que por mí, indigno ministro suyo, se le han hecho a Dios, tómolo en las manos como dos palomitas o tórtolas y abrázome con su Hijo muerto por mí (Lc 2) y ofrézcosele todo junto.»
Declara su pequeñez, con ser tan grande, y pide oraciones al lector Con humildad edificante: «Alúmbrete Dios, cristiano lector, para que puedas gozar de tanta riqueza [espiritual], y ora por mí, pequeñuelo siervo suyo, para que sienta por el afecto lo que con el estudio y especulación del entendimiento tengo alcanzado, porque todos mis trabajos serán sin fruto si el corazón no siente lo que la lengua dice, aunque sea de Ángel.»
V.
Corazón amante: sus amigos
«La amistad es una benevolencia o bien querer recíproco, no encubierto (que el amor verdadero no puede encubrirse) ni por mal fin, sino por razón del bien honesto.» Así nos adoctrina Fr. Juan de los Ángeles; y añade consecuentemente: «Amigo se dice, como si dijéramos, guarda del ánimo o del amor.»
Así, tan calificada fue su amistad y
tan preclaros en virtud y en sabiduría sus amigos.
En la Conquista, diálogo V, VIII, leemos esta noticia: «Dada tengo palabra a un gran siervo de Dios, religioso de nuestra Orden, de hacer un Tratado de la Pasión de Cristo.» En la Visita Canónica Regular, que por designio superior hizo a la Provincia Seráfica de Valencia, trató e intimó con el Beato Juan de Ribera, Arzobispo, Patriarca y Virrey de Valencia; además recibió las confidencias espirituales y el abrazo filial del Beato Andrés Hibernón. En Valencia y en Madrid amistó con el varón extático Beato Nicolás Factor, de quien dice: «Le conocí yo y traté.»
Fueron asimismo del círculo de su amistad los siervos de Dios, ricos en virtud, Fr. Juan Bautista Madrigal y fray Martín de San José, cuyos nombres se leen con elogio en el Martirologio de la Orden Franciscana.
De los prelados no hago mención, ni tampoco de los reyes, príncipes, títulos de Castilla y hombres sabios que le contaron entre sus amigos y le honraron como un tan excelso varón merecía.
Nos consta que la suavidad y dulzura de su trato, junto con su saber, y virtud, le granjeaban amigos, y era su conversación espiritualmente fructuosa. Se le oía «con grande gusto».
En la Conquista y en todas sus obras dialogadas tenemos pruebas inequívocas: «Discípulo: No te puedo significar cómo es eso; las horas que estoy contigo se me hacen minutos, y las que me detengo en venir por estorbarlo la noche, días enteros, si ya no digo años.»
Comunicación santa y fructífera la de maestro tan noble y espiritual: «Discípulo: Cierto, padre de mi alma, que siento en ella el ver que me despides; por que esta conversación ordinaria de Dios me ha reformado y vuelto en mí, que andaba distraído y olvidado de mi profesión.»
Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
(Continuará)
El verdadero valor no consiste en llamar la muerte, sino en luchar contra el infortunio. Séneca.
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