Índice del número 225
Septiembre de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
- La Natividad de María, aurora de nuestra redención. Editorial
Por la Cruz, a la Luz. Fr. Luis Mestre, ofm
Al P. Pedro Vives, autor del Catecismo. Poema. Fr. Luis Ángel
Exequias y fama de santidad de Fr. Humilde. Fr. Joaquín Sanchis, ofm
El claustro de Santo Espíritu. Enrique Barrachina Gil, Pbro
El granito de mostaza. Estampas evangélicas. Fr. Rafael Fuster, ofm
Llamas y sangre en el peñón del Alverna. Fr. A. Martorell, tor
En el calvario de San Francisco. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Quedar bien. Amón
Los ojos de San Francisco. Poema. Jesús Galbis
- San Pacífico de San Severino. Fr. Luis Mª Fernández Espinosa
A San Pacífico. Poema. Jesús Galbis
La Señal de la victoria. Fr. Antonio Torró, ofm
P. José Mojica. Carlos Jesús Aranda
De nuestras misiones en China. Fr. Gonzalo Valls, ofm
A nuestra Señora de Fátima. Poema. Fr. Luis Ángel
Consultorio religioso. Fr. Agnello
¡La vida eterna!. B. G. P.
Cullera eucarístico-mariana.
Noticias.
Nuestros difuntos: Fr. Buenaventura Arener y Fr. Ramón Roig Bayarri
La Natividad de María, aurora de nuestra redención
Asociada la Virgen María al plan de nuestra regeneración por los designios de la Divina Providencia, su natividad en el mundo marca el comienzo feliz de nuestra dicha; es como la aurora bella y rutilante del espléndido día de nuestra redención.
Todas las fiestas de la Virgen son como estrellas luminosas que en el cielo de la liturgia católica proyectan sobre el mundo ríos de luz, torrentes de dulzura y esperanza, destellos de alegría y de paz, que alivian nuestros corazones del peso de sus amarguras y atraen nuestras almas hacia Ella, que tiene ternuras de madre celestial para todas nuestras miserias y bálsamo cicatrizador para todas nuestras, heridas y nuestras lágrimas.
Pero esta del nacimiento de María es como lucero anunciador de todas sus festividades; como estrella matutina que vierte sobre la humanidad, agobiada por sombras de muerte, los primeros destellos de vida; como capullo que, al abrirse en flor, inunda toda la tierra con la suavísima dulzura de sus perfumes, y nos ofrece su cáliz de .oro para ahogar allí el caudal de nuestras amarguras...
Al abrirse a la vida, los ojos de la que iba a ser Madre de Dios y madre nuestra, se alegra el cielo, sonríen los ángeles, se regocijan los espíritus de los Patriarcas, Profetas y justos de la Ley antigua, y brilla sobre la triste humanidad una floración de estrellas que, reflejando el divino candor de aquellos ojos, siempre llenos de misericordia, derraman sobre nuestras almas la luz de la verdad, el calor de la vida y la esperanza firme y alentadora de nuestra felicidad eterna del cielo.
Por la Cruz, a la Luz
Los que son de Cristo tienen crucificada su propia carne con los vicios y pasiones, nos dice San Pablo. Tienen crucificada la propia carne... El que está crucificado no puede mover brazos ni piernas; ni puede hacer cosa por su cuenta como no sea sufrir con paciencia, esperando resignadamente, la consumación de su sacrificio, que le une al sacrificio de Jesús y le hará luego participante de la gloria de Jesucristo en el cielo.
¿Qué será, pues, tener crucificada la carne? Por carne se entiende aquí el peor de los enemigos del alma; en tal sentido, la Carne es el conjunto de nuestras pasiones mal domadas y de nuestros vicios mal reprimidos. Tenerla crucificada será, por tanto, tenerla de tal modo sujeta a los dictámenes de la razón y de la fe, que no haya en nosotros movimiento vicioso ni apasionado que en sus comienzos no sea ya refrenado, para ser luego proscrito y anulado, dando lugar al acto virtuoso contrario.
No siempre podrá lograrse esto por entero y triunfalmente; pero si la voluntad no consiente en el desordenado movimiento, crucificada está la pasión a los ojos de Dios; lo cual es lo que más importa y lo único que en ocasiones nos es dado hacer, «por cuanto la carne tiene deseos contrarios al espíritu, y el espíritu los tiene contrarios a la carne, como que son cosas entre sí opuestas» (Gal 5, 17).
El mismo San Pablo sentía dentro de sí esta molesta contradicción y tortura, y se lamentaba de no poder evitarla, y lo que es más, deploraba haber hecho más de una vez aquello precisamente que jamás hubiera querido hacer (Rm 7, 15 ss).
¿Es que no tenía San Pablo crucificada su carne y sus pasiones? La tenía como el que más. No sólo las tenía crucificadas voluntaria y resueltamente; se gloriaba de tal crucifixión allá en el fondo de su conciencia, sabedor de que así pertenecía ciertamente a Cristo; y se gloriaba discretamente ante sus discípulos para alentarlos a la mística muerte por Jesucristo.
«A mí —les decía— líbreme Dios de gloriarme sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo.» (Ga 6, 14)
¿Queremos saber en qué consiste eso de que el mundo fuese cruz para San Pablo, como él lo era para el mundo? Prestemos atento oído al Apóstol: «Con gusto me gloriaré en mis tribulaciones y enfermedades para que haga morada en mí el poder de Cristo. Por lo cual yo siento satisfacción y alegría en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias en que me veo por amor de Cristo.» (2 Co 12, 10)
¿Ha dicho jamás cosa tal, ni es capaz de decirla el mundo? No; que tienen criterios opuestos y no cabe inteligencia entre San Pablo y el mundo. Está el uno crucificado para el otro. Lo que agrada al mundo y aquello en que el mundo se deleita, eso lo aborrece San Pablo; lo aborrece y lo desprecia como basura para ganar y poseer a Cristo (Flp 3, 8). Aquello, en cambio, que el mundo detesta y desprecia porque duele y aflige al sentido, eso busca y en eso se afianza y asegura el corazón de Pablo, ardientemente enamorado de Jesús crucificado.
«¿Quién —exclama lleno de entusiasmo—, quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Habrá tribulación o angustia, o hambre o desnudez, o peligro o cuchillo que esto pueda... Cierto estoy que ni muerte ni vida..., ni las cosas presentes ni las venideras, ni fortaleza ni bajeza, ni otra criatura alguna, será bastante para apartarnos del amor de Dios que se funda en Jesucristo.» (Rm 8, 35 s).
Esto es tener crucificada la carne y las pasiones: no guiarse ni dejarse conducir por los incentivos de ellas, sino llevar con paciencia la privación de lo que les gusta; y todavía más: hacer lo contrario de lo que nos viene en gaña, siempre que el gusto propio vaya contra el amor de Dios y el obsequio que le debemos.
Por aquí se comienza a pertenecer
en verdad a Cristo. Por aquí, heroicamente por cierto, comenzó N. P. San Francisco su conversión a Dios y su entrega a Jesucristo. Tocado en el corazón por las palabras del Crucifijo de San Damián, renunció a su herencia paterna, trocó su rico vestido por una túnica usada, en la que él mismo marcó la señal de la cruz, y se la vistió alegremente pensando que, a imitación de Cristo, quedaba desde entonces para siempre fijado su cuerpo en la cruz de su túnica, como el alma estaba crucificada al mundo y a la concupiscencia, para no tener otro amor que Jesucristo, ni otro movimiento que imitarle esforzadamente.
Así quiere Nuestro Santo Padre a sus hijos, aunque no pide a todos igual grado de perfección; pero sí que nos exhorta encarecidamente a no dejarnos dominar
de nuestras pasiones, guardándonos «de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, cuidado y solicitud de este mundo»; amando por Jesucristo «a los que nos persiguen, reprenden y acusan, según lo que dice el Señor: "Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen y calumnian."»
Por lo demás, débiles y flacos como somos, felices seríamos si, como dice San Francisco de Sales, «lográsemos perfecto dominio de nosotros mismos un cuarto de hora antes de morir».
¡Jesús, hijo de Dios vivo, que en la cruz derramaste tu preciosa sangre en remisión de nuestros pecados; concédenos por tus méritos que llevemos nuestra cruz con paciencia y qüe un día entremos triunfantes en los goces de la gloria.
Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm
Al P. Pedro Vives, autor del Catecismo
¡Viva» nuestro Padre «Vives»,
cuya gloria es inmortal,
y en sus obras, siempre «vivo»
«vida» da a la humanidad.
En el cielo y en la tierra
se oiga, pues, nuestro cantar
ensalzando su grandeza,
Su saber y santidad.
Murla fue el dorado Oriente
por do vino él a asomar
y esparcir entre las almas
su calor y claridad.
El alumbra nuestros pasos
y delante siempre va
en la senda que conduce
a la oscura eternidad.
De Francisco la librea
viste ese hombre singular,
todo luz y todo fuego,
que ha abrasado este erial.
El ocaso en Santo Espíritu
este sol vino a encontrar,
y de allí, con nuevos bríos,
alumbrándonos esta.
Fr. Luis Ángel Roig, ofm
Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia
VII.
Exequias y fama de santidad de Fr. Humilde
Volvemos de nuevo al camino que abandonamos, para despedirnos por ahora con ello del bendito varón de Dios Fr. Humilde Soria.
Ya vimos cómo su muerte vino rodeada de maravillosos signos, reveladores de la santidad del bendito hermano. Nada extraño que el afecto y religiosa veneración del pueblo de Benisa se manifestasen también de manera extraordinaria.
Su cadáver fue depositado en la Iglesia, adonde acudió un gentío inmenso deseoso de contemplarle por última vez y de lograr un recuerdo del santo varón. Sucedió, en efecto, que como si se hubiesen dado la voz los devotos de Fr. Humilde, comenzaron a cortarle pedacitos del hábito, que se llevaban como reliquias, hasta el extremo de que hubo de ponerse coto a esta indiscreta devoción por no faltar a la decencia y al respeto que se merecía el cadáver.
El entierro fue apoteósico. Los testigos afirman que aquello parecía más bien una procesión que un cortejo fúnebre.
Algunos de sus familiares no pudieron llegar a tiempo de ver el cadáver y pidieron se abriera el féretro en el cementerio. Entre ellos había una sobrina, que al mirar el rostro del tío vio que éste abría los ojos y los fijaba en los suyos. Aquella mirada impresionó a la joven, que, abandonando el mundo, entró en un convento de clarisas, donde sirve hoy al Señor.
También otro familiar de Fr. Humilde —y sea dicho de pasó— fue agraciado con un favor particular en la muerte del santo varón. Mientras éste se debatía en la agonía y yacía casi yerto y sin habla, llamó a su presencia a un hermanó suyo a quien los negocios absorbían la atención de su alma. Y como si hubiera recobrado instantáneamente la salud, comenzó Fr. Humilde a hablarle, añadiendo que lo hacía por especial providencia divina. Qué le dijo, no lo sabemos. Lo cierto es que tanto el aludido como el P. Guardián, allí presente, se derretían en lágrimas mientras el bondadoso hermanito hablaba. Al terminar su reconvención, encargó a su hermano se portase siempre bien con los frailes franciscanos y les hospedara en su casa, que el Señor por esta obra de caridad tendría misericordia de él.
El cadáver fue depositado en un nicho del cementerio. En varias ocasiones ha sido abierto por santa curiosidad. La última el año 1935, con motivo de la colocación de su lápida. Después de treinta años el cadáver conservaba todavía incorrupta la cabeza. «El humilde será ensalzado.»
En Benisa, con el recuerdo de sus virtudes, ha quedado la fama de muchos hechos maravillosos atribuidos al humilde religioso. Tal vez algún día nos refiramos a ellos. Hoy sólo aduciremos algunos, que demuestran distintos rasgos de su virtud.
Las gentes sencillas le concedían tal clarividencia profética, que en casos de enfermedad preguntaban a Fr. Humilde por la suerte que el Señor les tenía reservada. El bendito hermano rehuía contestar a tales preguntas. Pero alguna vez su caridad vencía a su humildad. Así sucedió que, instándole una viejecita a que se interesase por la salud de un nietecito que tenía consigo, Fr. Humilde le contestó que se resignase, pues el niño moriría. Entonces la pobre mujer le suplicó pidiese a Dios que no muriera el niño sin estar presentes sus padres, a la sazón lejos de Benisa. Al día siguiente, Fr. Humilde le contestó que el Señor le concedería la gracia solicitada. En efecto, el niño se agravó, y hubo de ser llevado a Valencia, adonde acudieron sus padres para hacerse cargo del mismo, que murió en sus brazos.
La confianza que todos tenían en su
oración la revelan muchísimos casos. Cito entre ellos el siguiente. Un día acudió Fr. Humilde al Superior P. Conrado Arnau, diciéndole que no tenía pan para los colegiales. El P. Conrado le contestó: «Ya sabe que hay en casa Alguien que puede más que yo. Vaya y pídale a Él.» Se fue Fr. Humilde al Sagrario. Y apenas se arrodilló para hacer su oración tocaron a la puerta, trayendo una limosna de pan, con que pudieron ser servidos todos los colegiales.
Para probar la humildad del bendito lego, el señor Obispo de Segorbe, que con ocasión de la fiesta del Corpus había ido a Benisa, hizo el P. Provincial Fray Francisco Jordá salir a la culpa a Fr. Humilde. Le reprendió ásperamente de faltas imaginarias. Y al terminar su reconvención y darle la penitencia, el hermanito pronunció con un tono de gratitud tal su "Sea por el amor de Dios", que el señor Obispo no pudo menos de exclamar, alzando la voz: «Verdaderamente este religioso tiene el mundo bajo sus pies.»
En fin, todo lo que se refería a Fray Humilde venía aureolado para las gentes con fama de prodigio. Todavía hoy recuerdan los labradores de Benisa el «campet des frares», que cuando Fr. Humilde lo trabajaba no había parcela más frondosa en todo el término; mientras que antes y después no ha sido más que un erial. ¿Era efecto del trabajo? ¿Era cosa de prodigio? Los labradores aseguran que esto último. De todas formas, buen símbolo. Fr. Humilde supo hacer del «erial» de su alma un campo florido de virtudes.
Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Hemos de ser decididos y valientes
Unos días antes de la primera guerra europea, en la Universidad de Turín, un profesor ateo empezaba sus explicaciones con estas palabras:
—Voy a demostraros que no existe Dios. Expondré pruebas tan aplastantes que si alguno de vosotros, al finalizar el curso, sigue creyendo en. Dios, será un cretino.
Se hace silencio general entre los jóvenes que escuchan el insolente reto.
En la pausa angustiosa se levanta la mano de un estudiante pidiendo permiso para hablar.
—¿Qué quiere decir usted?—, pregunta el profesor.
—Sólo quiero decir —responde una voz vibrante:— que ese cretino seré yo.
El silencio de los estudiantes se convierte en un aplauso cerrado ante aquella pública confesión de fe, y todos los ojos se clavan en el que así ha respondido.
Era Adolfo Ferrero. Y tres años más tarde, el 19 de junio de 1917, Adolfo daba su vida como un héroe frente al enemigo en los campos de batalla.
La pureza de fe del estudiante lleva a la vida perfecta del hombre.
(Reinado Social del Sagrado Corazón)
El claustro de Santo Espíritu
Su arquitectura no tiene nada de notable. Techo abovedado con sencillas crucerías de aristas. Paredes encaladas; piso de porland; zócalo de azulejos modernos, sin ningún detalle que pueda darle importancia artística de valor material extraordinario.

Claustro en panorámica forzada. Foto de E. Bolufer
La portería, que da acceso inmediato, anuncia su interior recoleto y de belleza franciscana, con unas máximas bien dibujadas en los lienzos de pared, y sobre el portón, dotado de mirilla cuadrada con reja en forma de cruz, unos esmaltes con la efigie pintada del Santo Patriarca de Asís.
Ya se adivina que allí todo ha de sonreír con la alegre pobreza del Seráfico Padre y que el espíritu de sus reglas ha de orear hasta las paredes que han de ambientar la vida de los religiosos moradores.
El claustro es toda una exposición de los detalles del quehacer frailero, y al efecto, presenta en su corredor bajo, de cuatro lados, que bordean cinco arcos de luz por cada uno, sobre los que se sostiene el alto, una serie de cuadros representativos de la vida de San Francisco en unión con sus hijos y de los triunfos de sus más esclarecidos, sin faltar la alusión en dos de ellos a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a la Porciúncula, cuyo privilegio monopoliza como una distinción la Orden.

Frente a la portería, un retablo profusamente engalanado con flores del tiempo y macetas variadas con plantas de adorno, ofrece a la vista un cuadro de la Inmaculada de reciente composición, rodeada de San Francisco y los Doctores Seráfico, Evangélico y Sutil, como dando a entender que en este convento, como en todos los de la Orden Franciscana, recibe culto de predilección.
Enmarca un jardín, que parece ufanarse de alegrar, con su colección de cactus, trepadora, geranios, jazmines, lirios, rosales, naranjos y palmeras, las almas, que necesariamente han de mirar los famosos desengaños que en veintitrés maravillosas octavas con pulcra caligrafía, sobre fondo amarillo para dar mayor relieve a sus rasgos negros, alguien escribió en las pilastras, rubricándolas con el famoso estribillo: «¡Ay cuán amarga es la muerte a quien fue dulce la vida!»
En su centro geométrico una graciosa fuente, adornada con plantas acuáticas y estanque de peces de color, combina este paisaje con pedazos de azul del cielo, que se mira en el cristal de sus aguas y sintetiza toda la esencia del vivir franciscano, tan en contacto con la naturaleza y tan absorto en las criaturas con el amor fraternal que les prodigó el fundador, para servirse de ellas sin hostilidad a la glorificación de Dios y ayudarse para escalar la eternidad dichosa.

Por eso son los novicios, los benjamines del manso cenobio, los encargados de mimar con sus riegos las plantas del claustro y de otear a plena libertad el estanque. En éste también se retrata la estrella de los siete dones, que con su leyenda, en forma de semicírculos concéntricos, resalta en el muro alto de la parte del Oriente y se enciende el ánimo en deseos de llenarse del divino amor. Ellos, que aprenden allí a vivir por el camino de la paz y del bien que señaló el Caudillo Enamorado, N. P. San Francisco, lo miran como un espejo, donde componen su modo de ser para poder mirar sin horror al Señor e intimar con él amorosamente.
Cuando pienso esto, ¡cómo me explico el por qué tanto ciprés en el camino y en la plaza del calvario que dan acceso al claustro de Santo Espíritu! Comprendo, además, por qué los árboles de este claustro son los elegidos por miles de pajarillos como albergue de la noche y por qué los Caballeros de la Cruz han puesto su corazón allí y se honran de mejorar con sus dones sus rincones y estancias.
Es, sin duda, el más clásico lugar del franciscanismo valenciano, digno de ser admirado por todas las almas enamoradas de lo bello y ávidas de lo sobrenatural.
Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Estampas evangélicas
El granito de mostaza
Junto a mi celda crecen airosos unos arbustos de endeble tronco y finos ramos, con hoja perenne, aunque poco abundante. Su sombra es muy clara, tanto que creo no se atrevería un hombre a sestear en los meses de verano debajo de estos arbolillos. Digo arbolillos por la sutileza de su tronco y ramaje, pero no por su altura, que sobrepasa la de cuatro metros.
Como es tan poco consistente su tronco, se mueven constantemente en una pieza, ora balanceándose con suavidad al soplo de la brisa marina, ora agitándose como energúmenos cuando sopla fuerte y arrecia el viento, lo que sucede con harta frecuencia.

Y ¡qué conciertos improvisan los astutos gorriones que vienen a posar sobre ellos! Se les ve saltar nerviosos de ramita en ramita, y éstas, cediendo al peso de aquéllos, se doblan, meciéndose al compás y ritmo del brincar de los pajaritos.
Ni es raro observarlos picoteándose con rabia en sus riñas o pararse muy juntitas las parejitas, expresando en su piar monótono y molesto el idilio de su apasionado instinto.
¿Llegan acaso a anidar en estos arbustos? Mal se presta la rara espesura de su ramaje, pero mucho menos el continuo zarandeo del viento, que pocas veces los deja en calma y sosiego.
Árbol de mostaza es el nombre vulgar y corriente de los que acabo de describir plantados junto a los muros del convento.
* * *
Caminaba Jesús por la región de Galilea y le seguían las gentes, seducidas por su atractivo divino y su doctrina totalmente nueva. Y Jesús, acomodándose al alcance de aquellas gentes aldeanas y sencillas, les amaestraba con ejemplos y símiles que brindaba la vida campesina o del lago de Tiberíades, y en general, la vida ordinaria y casera.
Pasaba un día junto a estos árboles de mostaza, no raros en Palestina, y se
paró, sin duda, haciendo un alto en su camino. Eran buenos ejemplares en esta especie botánica. La escena de las avecillas saltando de rama en rama y cantando alegremente debió repetirse a la vista de Jesús. ¡Qué buena coyuntura para enseñar a sus admiradores los galileos!

Fe como un grano de mostaza (De Radio esperanza)
Y sin más, les propuso esta parábola: ¿A qué compararemos el Reino de los cielos? Semejante es a un grano de mostaza, que cuando se siembra en la tierra es la más pequeña entre las semillas, mas después, crecida, es mayor que todas las legumbres, y se torna en árbol, de suerte que vienen las aves del cielo y anidan en sus ramas.
¿Se dieron cuenta los oyentes de Jesús del valor y sentido espiritual de la parábola?...
* * *
Era corriente y popular en tiempo de Jesús un refrán sobre el diminuto grano de mostaza. Los judíos creían, desde luego, que la mostaza era la más pequeña de todas las semillas, y designaban proverbialmente con el grano de mostaza la cosa más menuda e insignificante. Jesús se acomoda a la mentalidad judía y saca buen partido en sus enseñanzas. Y ¿qué mejor ocasión que ésta para predecir la futura expansión y crecimiento exterior de la Iglesia, el Reino temporal y visible de los cielos?
Como de tan diminuto grano nace y se desarrolla tanto el árbol de la mostaza, así de tan humildes principios la Iglesia había de desarrollarse fecunda y poderosamente, llegando su influencia benéfica y saludable hasta el más apartado rincón de la tierra.
Esto se ha verificado en los veinte siglos que lleva de existencia, y su crecimiento aún no ha terminado, ni terminará hasta que todos los hombres puedan llegar a cobijarse en el seno acogedor de la santa madre Iglesia católica.
Fr. Rafael Fuster Pons, ofm
Llamas y sangre en el peñón del Alverna
De cara a un mundo rabioso y desvencijado, se levanta en el bloque saledizo del Alverna, con serenidades inefables y fuegos cegadores, el Pobrecillo de Umbría, rígido y grácil el cuerpo, con los brazos extendidos como un Cristo, con unas como llamas en las manos, pies y costado.
Fray León que, a hurtadillas, bajo la desahuciada lumbre de la pálida luna, osó alguna que otra vez acercarse quedamente hasta el lugar de los misteriosos encuentros, nos dirá como menudeaba el Serafín de Asís los tratos íntimos con la Divinidad, y como un día, en éxtasis arrobador, se abrazaron la materia con el Espíritu, el tronco con la Llama, Francisco con el Dios. Y de aquel abrazo enfogado brotó un nuevo Cristo, vivo y taladrado.
El Amor golpeó con su blanda y ardiente vara, más hechizada que la de Moisés, en la roca de carne del enamorado consorte de Madona Pobreza, y por las resquebrajaduras de su cuerpo hizo saltar sangre bermeja cual la púrpura del poniente.
En la cera blanda y dúctil de aquel cuerpo endiosado moldeó el divino Arquitecto la estupenda figura del Verbo Dios.
Y ahí está aquel panal que gotea miel rojiza por las místicas celdillas de sus hendiduras: miel de amores y dolores, que depositara en los huecos de aquella piedra agrietada la divina Abeja.
Cinco soles ven asomarse por los agujeros sangrientos de aquel Cristo reencarnado, que anuncian al orbe que el sol de la fraternidad y del amor no conocerá ocaso. Desde las breñas de aquel Sinaí radiante bendice Francisco ampliamente las brunas campiñas, los bosques ondulantes y mil lejanos pueblos que se pierden en el horizonte añil. ¡Paz y bien!
No más lobos zahareños. Todos corderillos mansos. Hermanos todos. Hermano el halcón guarecido en la roca, que todas las noches con su canto avisa para Maitines; hermana la fragua pura y rusiente, que consume la escoria y regala calor; hermana el agua, que se escurre
límpida en los senos de la tierra y es casta y virginal; hermano el ladrón y toda su pandilla, aun a trueque de tener que llevarle comida a su guarida, por si la blandura le vence.
De la parte del Aquilón vio Jeremías avanzar, en vertiginosas rotaciones, hacia sí una caldera hirviente, que era pronóstico de inminentes calamidades y devastaciones (Jr 1, 13). La abrasada y bulliente ola que revienta de los senos de la caótica olla del Profeta hoy reduce a pavesas todo el universo. El restallido de las armas y la humareda, siniestramente iluminada por los más asoladores incendios, son la única algazara y lúgubre espectáculo que goza hoy la mísera y desjarretada humanidad. Después de tamaña ruina no va a quedar del mundo sino una vasta sementera de huesos y un páramo desierto, palacio de los búhos.
Tan sólo la paz que rezuma el cuerpo llagado del Serafín de Umbría, que extiende sus brazos maternales para apretujar contra su pecho dentellado a todo el orbe desgaritado, puede acarrearnos el sosiego apetecido. Solo la beatífica fraternidad que pregona el Vidente del Alverna puede traernos aquellos idílicos tiempos bíblicos en que el lobo habite con el cordero.
Como el desconcertado navegante, tras duro bregar con la furia marina en noche cerrada, busca entre los nubarrones un ventanuco para divisar la constelación con lo que orientar su rumbo, del propio modo urge miremos hoy hacia el rasgado cielo del Alverna —pedazo de Paraíso y peñón de Calvario—, que brilla como un meteoro boreal, do se nos aparece, riente y arrebolada, la preciosa constelación de cinco divinos luceros, engastados en el maderamen curtido de la carne de Francisco, quien, con gesto ultraterreno y cumpliendo celestial embajada, lanza al espacio su clemente y prolífica bendición de paz y amor, augurio de mullida serenidad y quietud dulcificante.
Fr. A. Martorell, tor.
En el calvario de San Francisco
Luz
La luz irradia bella y cristalina
del Alverna en abruptas oquedades;
no disipa y..., graciosa, pura y fina,
lleva al alma a las dulces soledades.
Es luz de placidez..., suave...; es un beso
florido y perfumado que adormece
al posarse en la frente con exceso,
del ser que, en Dios sumido, en Él se mece.
Al poder de esa luz suave y serena
el alma, de fulgor y de paz llena,
convierte en rosas su pesada cruz...;
las espinas las trueca en bellas rosas,
y las penas en dichas venturosas...
Ese es Francisco, que encontró allí luz.
Volcán
Es Francisco de Asís volcán de amores...;
por la senda florida del camino
va sembrando suspiros y fulgores
que esmaltan y embellecen su destino.
Las estrellas, las flores y jilgueros
son chispas desprendidas de su hoguera,
y los trata cual seres verdaderos
dotados de razón firme y sincera.
Pero es aquí en el monte del Alverna
donde su pecho arroja lava eterna
de suspiros, deliquios y de afán;
y exclama: «¡Jesús mío!, yo te entrego
mi corazón, que exhala eterno fuego;
conviértelo desde hoy en un volcán.»
Amor
Las ansias de su pecho, sin medida,
no le dan a Francisco paz ni calma;
suspira porque le abran honda herida
y cesen los ardores que hay en su alma.
Ronda por valles, campos y colinas;
penetra en oquedades y espesuras;
nadie calma las ansias peregrinas
que anhelan el caudal de linfas puras.
En el Alverna encuentra dulcemente
un sedante a su fuerza abrasadora;
y un día, a los fulgores de la aurora,
siente un beso de luz sobre su frente.
Levanta la cabeza y ve al Señor,
que le ha abierto las Rosas del Amor.
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
A la simpática Fifí
Quedar bien...
Espero que hoy no me regañes, pues, como advertirás, he suprimido de la dedicatoria aquellas palabritas que tal te molestaron.
En verdad no veo motivo para que levantaras el grito a la estratosfera al leer aquello de «muchacha moderna», cuando persistes en que hay que ser modernos.
Y el caso es que tú misma te revelaste el calificativo.
Lee por favor, Fifí.
¿No me dijiste, entre otras cosas, que la juventud debe quedar bien con Dios?
Y con sinceridad, ¿no es eso una revelación de joven moderna? Es lo que la sociedad tiene admitido en la ficción de la vida de nuestros tiempos, de esa vida en que se busca contentar al amigo y al vecino o conocido tirándole al rostro unas flores con sonrisas y zalamerías, trocadas en punzantes espinas —en burlas y acres censuras— apenas abandona su presencia. Porque...
—¡Si son ridículos los de Fulano! Qué mal gusto tiene aquella combinación. Todo son apariencias, y los pobres..., etc.
Por eso no te admito aquello de quedar bien con Dios. Advierte que no hay sinceridad. Es una cosa como para salir del paso, y no se nos moteje de ingratos y poco agradecidos.
En sociedad podemos quedar bien por la sencilla razón de que el hombre no puede adentrarse en el secreto de los corazones, pagándose harto con las apariencias.
Con Dios no se puede quedar bien. No te escandalices, simpática. Quien se le acerque para quedar bien al estilo del mundo, precisamente queda mal. Pues Dios, que creó el alma humana, creó igualmente lo más escondido de ella, y por lo tanto sabe cuanto allí se agita. Como la mamá que cuida de la despensa sabe cuanto guardado en ella tiene.
Dios todo lo ve, y por eso conoce perfectamente lo que acontece en el interior del alma que se le acerca para quedar bien. Y como sabe que es puro formulismo, insinceridad, ficción, aprecia la maldad del acto.
Con Dios no se puede quedar bien. Las relaciones entre Dios y los hombres no son de igual a igual, sino entre superior e inferior. ¿No recibimos de El nuestra existencia? ¿No se sirvió redimirnos y espera podernos coronar con los resplandores de una feliz eternidad?
A Dios se le sirve, se le adora, se le bendice, se cumple su Santa Ley, se acata su Divina Voluntad.
Pero... ¡jamás! se queda bien con Él.
¡Es demasiado moderno el quedar bien con Dios! Y por eso lleva en sí una grave deformación del culto que se le debe.
Quedar bien es puro compromiso; es decir, implícitamente, que se tiene el corazón empleado en cosas más importantes. Y así es. Nuestra juventud vive para la tierra. Sus conversaciones, pensamientos y deseos son para el mundo. Nada resta fuera del divertirse desde la mañana hasta la noche. La vida se ha de pasar bien. Y pasarlo bien es entregarse a la sensualidad.
Si toda la semana es para el mundo, la media hora de la misa dominical, ¿verdad que es para quedar bien? Un puro compromiso, Fifí.
¡Quedar bien!
Pero a Dios no se le engaña. Si ha querido siempre lo mejor para su santo servicio, no le vengamos a dar lo peor.
Toda tu sal y tu gracia, tus alegres conversaciones y devaneos juveniles, los dedicas al mundo. ¿Qué le dejas a Dios? Media hora. ¡Y qué media hora! Aquella en que te acabas de levantar, con distracciones, aturdimientos y los regaños de tenerte que levantar un poco más temprano... Y aun... pensando, como sabes que es verdad, en lo que no es de Dios.
Quedar bien con Dios es andar muy bien con el mundo, con la carne y... hasta con el demonio. ¿Lo oíste, simpática?
Y Jesucristo dice: «El que no está conmigo, contra mí está.» Por eso dijo a los fariseos: «Vosotros sois del diablo.»
Amón
Los ojos de San Francisco
Los ojos de San Francisco
manaban ternura y llanto...
Aquellos ojos tan dulces,
aquellos ojos tan castos...
Jesús se miraba en ellos
como en un espejo claro;
y ellos a Cristo subían,
ardientes como dos dardos,
a saciarse de amor puro
en el pecho del Amado...
Le brillaban como estrellas
en sus juveniles años,
a la bondad siempre abiertos,
al rigor siempre cerrados...
Ojos que sólo sabían mirar
con dulzura..., ¡amando!;
ojos tan acogedores
cual nadie pudo soñarlos...
El amor le entró por ellos
al pecho para abrasarlo,
y fijar allí la imagen,
de Jesús crucificado...
Desde entonces, en torrentes
de lágrimas transformados, |
el llanto a la luz vencía
en aquellos ojos santos...
La hermana luz poco a poco
se iba en ellos apagando...
¡Bendita y feliz ceguera
la de esos ojos preclaros!...
En divinas claridades
inundaba mientras tanto
al corazón de Francisco
el Corazón del Amado,
hasta hacerlo imagen
suya por estupendo milagro...
Los ojos de San Francisco
están ya secos de llanto,
y lágrimas no le quedan,
ni luz que dar al Amado...
Mas un Serafín entonces
le rasga con dulce dardo,
mientras en éxtasis ora,
el corazón, pies y manos;
y él, hecho imagen de Cristo,
al cielo ofrece, cantando,
gotas calientes de sangre,
en vez de perlas de llanto... |
Jesús Galbis
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