Índice del número 232

Abril de 1948. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

Pastor angelicus

El día del pasado marzo se cumplió el noveno aniversario de, la coronación dé nuestro Santísimo Padre, el Papa Pío XII, y el domingo siguiente, 14 de dicho mes, se celebraba en España con filial devoción y fervoroso entusiasmo el Día del Papa.

Con tal motivo nosotros unimos nuestras oraciones a las de los católicos del mundo entero, pidiendo al supremo Pastor de las almas fortalezca y asista en todo momento a su digno Vicario en la tierra cuyo augusto corazón de padre tanto se desvela y sufre por las miserias que aquejan a nuestra pobre y desquiciada humanidad.

Y puesto que en nuestro número de marzo, dedicado por entero a la conmemoración del Drama del Calvario, 110 pudimos darle el debido realce a este acontecimiento, tan grato para nuestros corazones de hijos fieles de la Santa Sede, lo hacemos en este que sale a la luz pública, durante el Ciclo Pascual, en cuya segunda dominica nuestra Santa Madre la Iglesia nos trae a la consideración la parábola del Buen Pastor, que ha tenido y tiene tan exacta realización en la sagrada persona del actual Pontífice.

Recibid, Santísimo Padre nuestro, Pío Papa XII, Pastor Angélico de la cristiandad, paladín esforzado de la justicia y de la paz, el homenaje filial y la adhesión inquebrantable de nuestros corazones, que hacen suyo este ardiente anhelo de Cristo, al que también vuestra alma generosa y magnánima dedica su, constante y abrasadora ansiedad: "Que .todos los hombres oigan la voz de Jesús y se hagan un solo rebaño y un solo Pastor"...

Carta del Papa al General de los Franciscanos

Conmemora el VII Centenario de Juan de Montecorvino, Apóstol de China

Con ocasión del VII centenario del nacimiento del apóstol de China, Juan de Montecorvino, franciscano menor, el Padre Santo ha dirigido al Ministro general de religiosos franciscanos menores, P. Pacifico Perantoni, la siguiente carta, en latín, cuyo texto en castellano hemos recogido de la revista Ecclesia.

«A nuestro amado hijo Pacífico María Perantoni, Ministro general de la Orden de Frailes Menores, Pío Papa XII. »

Amado hijo: Salud y bendición apostólica.

Hace ahora veintiún años, con ocasión del sexto centenario de la muerte de Juan de Montecorvino, nuestro predecesor Pío XI, de santa memoria por medio de sus cartas gratulatorias, se dignó anticiparse a vosotros mismos en la celebración de las alabanzas de este gran misionero de vuestra familia.
Y ahora, al ocurrir felizmente el séptimo centenario de su nacimiento, se nos presenta una ocasión favorable de añadir nuestros votos y nuestras exhortaciones a fin de que los actos que habéis organizado adquieran así mayor brillantez y solemnidad, porque, efectivamente, ¿qué podría haber más adecuado y más útil para reforzar los escuadrones de vuestros misioneros y reparar las ingentes ruinas ocasionadas por la guerra, y proponer a vuestros aspirantes al apostolado la imitación de un hombre como éste, clarísimo entre todos los hijos de la Orden Seráfica, que, primero en Persia y en Armenia, luego en las misiones de China, trabajó infatigablemente durante muchos años para cultivar y fundar con gran habilidad y constancia aquellas misiones? ¿Acaso no fue él quien, dotado de doctrina y de virtud no comunes, conocedor de varias lenguas, lleno de facundia en el enseñar y predicar la palabra de Dios, primero entre todos en aquel vasto campo del apostolado chino, derramando el buen olor de Cristo y fundando muchas obras e instituciones de caridad, llegó con la ayuda divina a convertir las almas de muchos infieles y a guiarlas por el camino del bien?

Fueron tantos los méritos ganados por este propagador del Evangelio, que Nicolás IV le nombró legado en Extremo Oriente, y Clemente y lo elevó a la dignidad de Arzobispo, eligiéndolo luego Patriarca de todo Oriente y asignándole como sede Cambalique, hoy Pekín, de tal manera, que, por medio de Juan y de sus colaboradores, se echaron felizmente en China los primeros cimientos de la jerarquía eclesiástica.
Es también digno de alabanza y de un recuerdo especial el hecho de que este hombre prudente, casi adelantándose a los tiempos, se diera a formar y a instruir, ya desde entonces, el clero indígena con cuidado solícito.

Por eso, Nos, amado hijo, firmemente esperamos que, como fruto de las próximas solemnidades dedicadas a honrar la memoria de Juan de Montecorvino, los hijos de vuestra seráfica Orden, encendidos en el espíritu apostólico que él nutrió en favor de las almas y llenos del mismo, se prepararán animosamente en vuestras casas de formación para las misiones de China, y se especializarán para conquistar cada día más almas infieles a Jesucristo.

Con esta ardiente confianza, y como obsequio de las bendiciones celestiales, te damos a ti, amado hijo, a toda la familia de Frailes Menores y a todos los que han de asistir y tomar parte en las sagradas conmemoraciones o de cualquier manera contribuir a ellas, con gran afecto, la bendición apostólica.

Pío PP. XII.»

Juan de Montecorvino

Beato Fr. Juan de Montecorvino, misionero franciscano

La obra Pontificia de San Pedro Apóstol
para el clero indígena

El primer domingo de mayo próximo se celebra en España el Día del clero Indígena.

Amado lector: si eres de veras devoto de San Antonio, resuélvete a favorecer, según la medida de tus fuerzas, al Clero Indígena. Su urgencia es apremiante. Así lo proclama la voz de los Sumos Pontífices y de los Obispos Misioneros, que puede resumirse en esta frase de Nuestro Santísimo Padre, el Papa Pío XII, gloriosamente reinante: «La formación del Clero Indígena es uno de los sueños más ardientes de la Iglesia en estos tiempos».

Y es que en las Misiones existe un gravísimo problema, que los resume todos: la falta de Clero Indígena. No hay sacerdotes propios, y sin ellos, como dijo Pío XI, se impedirá y retardará mucho tiempo el establecimiento y organización de la Iglesia en los países infieles.

Por lo tanto, si quieres que la Iglesia de Cristo arraigue, que su conquista no sea flor de un día, ayuda a la formación del Clero Indígena. Ayuda a la erección de nuevos seminarios. Ayuda a su sostenimiento, pues por falta de recursos los superiores de Seminarios de Misiones se ven obligados a rechazar a muchos jóvenes que tienen vocación.

Qué responsabilidad la tuya, si pudiendo, no prestas esta ayuda. ¿Cómo? De una manera muy sencilla. Inscríbete hoy mismo en la OBRA PONTIFICIA DÉ SAN PEDRO APOSTOL PARA EL CLERO INDIGENA. No te obliga más que a una pequeña oración diaria y a una cuota también insignificante al año: DOS PESETAS como mínimo.

Te parece esto poco, ¿verdad? Pues inscríbete con cuota superior. O demuestra tu generosidad más ampliamente y contribuye a esta obra con el medio más eficaz que se recomienda. Suscríbete con una ADOPCION COLECTIVA ANUAL, sistema de adoptar no un Seminarista (para eso son las Becas), sino un Seminario de Misiones.

Cuántas veces habrás pensado en fundar una Beca (12.000 pesetas), cantidad superior a tus fuerzas, pero has tenido que desistir. En cambio, quizá con facilidad puedas desprenderte del donativo anual de QUINIENTAS PESETAS, para una ADOPCION COLECTIVA. Y si no puedes con tus propios medios, asóciate con tus amigos, con tu «peña» de ambos. Entre todos lo podemos conseguir con su facilidad. Este medio de ayudar al Clero Indígena es muy propio para familias, entidades, asociaciones, comunidades, colegios, seminarios, parroquias, etc. Algunos ya lo han hecho. ¿No querrás hacerlo también tú?

La Dirección Nacional se ha comprometido a adoptar, siguiendo instrucciones de Roma, 18 SEMINARIOS INDIGENAS, 18, Seminarios que dirigen su mirada a España Misionera, para que les ayuden en sus múltiples necesidades.

Y se les ayudará, si cada uno ponemos de nuestra parte un granito.

Suscríbete, pues, con una ADOPCION COLECTIVA ANUAL y haz que otros también se suscriban. No ceses hasta conseguir que tu familia, tu colegio o entidad, tu parroquia... se haga socio de una ADOPCION COLECTIVA ANUAL.

Para tu inscripción en esta magna Obra y cuantos informes o detalles necesites sobre ella, dirígete a OBRAS MISIONALES PONTIFICIAS. Secretaría Nacional. Plaza de las Comendadoras, 11. Madrid.

Dios te recompensará largamente tu generosidad por mano del gran apóstol paduano, que tanto deseo consumar su vida y derramar su sangre en las Misiones, conquistando almas para Cristo.


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

XII. Del celo de la observancia del P. Molíns

Amante en extremo de la observancia regular, visitaba el P. Molíns con frecuencia los conventos sin previo aviso. Repentinamente se presentaba en la portería; ordenaba al portero no dijera nada del nuevo huésped, y se iba directamente al coro. Al tocar al próximo acto de Comunidad, se tropezaban los religiosos insospechadamente con el Superior Provincial, que de esa forma se daba cuenta de las virtudes y negligencias de sus frailes.

Como padre de todos, se veía en la obligación de ser el primero en el cumplimiento de las obligaciones del fraile menor, sin dispensarse nunca en nada.

Convocado un día a Capítulo interprovincial en Olite, no quiso dispensarse por razón ninguna de la prohibición de usar pecunia, a pesar de que un viaje así parecía imposible realizarse sin llevar dinero. Cómo salvó las dificultades naturales del cambio de líneas de ferrocarril sin dinero para propocionarse un nuevo billete, no lo sabemos. Lo cierto es que la Providencia no le faltó, y llegó a Olite.

Sucedió que durante las sesiones capitulares —por precisión desagradables para un temperamento pacífico como el del P. Molíns— enfermó nuestro P. Provincial. El P. Vicecomisario Apostólico Fr. Serafín Linares, temiendo empeorara, le dio la bendición y permiso para volverse a su Provincia. Sin embargo, el P. Molíns no se movía de Olite. Le volvió a insistir el Reverendísimo; y el P. Provincial de Valencia contestó humildemente que no podía comprar billete. El P. Linares se conmovió al escuchar aquella nueva; mandó se le acompañara a la estación, se le sacara billete, y se le entregara la cantidad suficiente para los nuevos billetes hasta la estación de Valencia. Recibió el Padre Molíns, agradecido, el billete pero rehusó el dinero. Al volver el Administrador que le acompañaba, al Convento, y contar al Reverendísimo lo acaecido, no pudo éste menos de reunir a los capitulares para elogiar ante ellos el espíritu franciscano del Superior provincial de Valencia.

Este y otros rasgos de delicadeza de espíritu de que fue testigo el P. Linares en su trato con el P. Molíns, le ganaron totalmente la voluntad. Así que cuando en 1896, y a la temprana edad de 43 años, murió el santo Provincial, no pudo el Reverendísimo reprimir un grito de dolor: «¡Desgraciada Provincia de Valencia —dijo— que ha perdido al hombre verdaderamente capacitado para gobernarla!».

Su cuerpo descansa en el cementerio de Santo Espíritu, a donde fue llevado por expresa voluntad del difunto Prelado desde Valencia, donde le sobrecogió la muerte el día de la Purificación de la Santísima Virgen del citado año de 1895. Durante su enfermedad, el Sr. Arzobispo dio bien patentes muestras del afecto que profesaba al P. Provincial y del aprecio que le mererecía la naciente Provincia franciscana, que el P. Molíns gobernaba. Al lado del enfermo se veía siempre a un sacerdote de la Curia, enviado por el Prelado diocesano, para consolarle y asistirle. La seráfica Provincia lloró durante mucho tiempo la muerte de su Padre y Prelado, el cuarto que desde la restauración fallecía en el oficio.

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

Estampas evangélicas. Evangelio del Domingo II después de Pascua

Alegoría del buen pastor

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: "Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Pero el mercenario, y el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, en viendo venir al lobo, desampara las ovejas, y huye, y el lobo las arrebata, y dispersa el rebaño; el mercenario huye, por la razón de que es asalariado, y no tiene interés alguno en las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, y conozco mis ovejas, y las ovejas me conocen a mí. Así como el Padre me conoce a mí, así conozco al Padre, y doy mi vida por mis ovejas. Tengo también otras ovejas, que no son de este aprisco, las cuales debo yo recoger, y oirán mi voz y se hará un solo rebaño y un solo pastor" (Jn 10, 16).

Jesucristo, el Buen Pastor

La alegoría del buen Pastor es una de las más hermosas del Evangelio. Es la que revela el carácter de la persona de Jesús en su celo y amor por las almas inmortales. Es muy apropiada y posee una gracia y una frescura orientales, una finura y una delicadeza indefinibles. Mas, para saborearla bien, es necesario saber algunas cosas sobre las costumbres de los pastores de Oriente.

En las regiones de Judea, sobre todo hacia la parte del desierto, los pastores, por las noches reúnen los rebaños en un cercado a cielo abierto, como en verano en nuestras casas de campo. Estos corrales, construidos en lugares oportunos al aire libre, suelen consistir en un trozo de terreno rectangular, protegido por una pared de piedras o de tapia y rodeado de zarzales. Tienen una sola puerta, y, en el interior, hay un espacio cubierto, donde se recogen las ovejas chanclo hace mal tiempo. Uno de los pastores, a guisa de centinela, veía sentado sobre la pared, mientras sus compañeros duermen en tiendas, alrededor, o bien (como en la gruta de los pastores de Belén) en una cueva del interior del corral.

Por ser varios los pastees que encierran sus rebaños en un mismo aprisco; para defenderse y defenderlos de los asaltos de los bandoleros, y de las bestias feroces, acontece que, dentro del cercado, los distintos rebaños se confunden en uno solo. Pero, a la mañana siguiente, al abrir la puerta y al salir fuera las ovejas, comparecen les pastores, cada uno de los cuales profiere un grito, propio y distintivo, y comienzan a andar, tomando diferentes caminos. Aquella masa compacta de millares de ovejas comienza a moverse y agitarse impacientemente.

En seguida comienza a distinguirse algunos puntos que se alargan rápidamente, hasta que el núcleo central queda definitivamente disuelto. Todas las ovejas han oído la voz del propio pastor y han corrido presurosas tras él. Que intente algún extraño disfrazado con la indumentaria del pastor, imitar este reclamo tan personal; las ovejas levantarán la cabeza azoradas y huirán despavoridas. Que las llame entonces el propio pastor, aunque vaya cubierto con la pelliza del forastero, y las ovejas irán tras él, sin vacilar. Señal inequívoca de que siguen al pastor, no por su vestido, sino por su voz, que distinguen plenamente.

Este fenómeno curioso y singular era conocido de los que aquel día, componían el auditorio de Jesús, en el cual, según costumbre, no faltaban algunos escribas y fariseos. Éstos, que por su significación habían de ser los educadores y los protectores del pueblo, sus pastores no tenían celo ni amor, poseídos como estaban de la envidia y de la ambición y de la concupiscencia.

Por esto, Jesús, ante os escribas y los fariseos, dice a la multitud que él es el buen Pastor. El, exclusivamente, es el pastor vigilante, el que ama y ampara. En nada se parece al que, en lugar de ser pastor, es ladrón, ni al hombre alquilado, que no es sino un mercenario. El primero, movido por el egoísmo y por su espíritu maléfico, busca tan sólo la manera de perder a su rebaño. El mercenario, movido tan sólo por el interés y por la ambición, cuando ve acercarse el lobo, teme y abandona las ovejas. Como no son suyas, poco le interesan. En cambio el buen Pastor no huye, sino que las protege y defiende. No le espantan ni los calores de estío ni las heladas del invierno, ni la presencia de los bandoleros o de las bestias feroces. Hasta el sueño huye de sus ojos, cuando le toca estar en vela.

El buen Pastor ama a sus ovejas; conoce sus debilidades, sus necesidades y sus peligros, y acude, presto en su auxilio. Las llama con amor, las toma en sus brazos, les da calor en su seno, las conoce y las llama y es de ellas conocido y amado.

* * *

Únicamente Jesús es el buen Pastor de nuestras almas. No sólo les ha dado la existencia y la vida, sino que, al verlas extraviadas por su propia culpa, ha querido morir por ellas, o mejor dicho, les ha dado su propia vida. Por esta causa le pertenecen, porque las ha creado, las ha redimido y las ha santificado. Ellas constituyen su heredad, son su tesoro. Las conoce una por una y las llama por su nombre.

¡Qué ternura tan inefable la de Jesús! El conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen a É; las conoce con el sentimiento del amor que le ha hecho bajar del cielo a la tierra y con el cual cumple todos los deberes de un pastor vigilante. Y el afecto que les tiene es tan efusivo, tan excelente, que no repara en compararlo con el amor sublime y divino, que existe entre su Padre y Él, los cuales se aman en unidad de esencia.

Este amor intelectual y afectivo entre Dios y los hombres es tan grande, esta comunicación tan íntima, que parece superior a la de los ángeles, pues Jesucristo, principio y fuente de toda gracia, nunca tomó la naturaleza angélica, ni dio su vida para salvar a los celestiales espíritus.. El alma fiel y devota, con la gracia santificante, se convierte en miembro vivo del cuerpo místico de Cristo, y, en la sagrada Comunión, participa, cuanto es posible, de la divina naturaleza y de sus infinitas perfecciones. He aquí por qué puede decir con el Apóstol: «Vivo yo, pero no yo, sino que Cristo vive en mí».

Conviene, pues, si realmente somos ovejas del rebaño del buen Pastor, que sepamos conocer distintamente su voz y que le sigamos constantemente con amor y confianza.

Pedro Ginebra Espona. Pbro.
Licenciado en Sagrada Escritura.

Proyecto de actos a celebrar con motivo del XXV Aniversario de la Coronación de
Nuestra Señora de los Desamparados

Días 3, 4 y 5 de mayo

Triduo preparatorio en todas las parroquias.

Miércoles, día 5

Solemne Vigilia de Adoración Nocturna en la Santa Iglesia Catedral. Plática por el señor Obispo de Segorbe.

Jueves, día 6 FIESTA DE LA ASCENSION

Día de Mujeres, para las de Valencia y arciprestazgo de la capital. Rosarios de Aurora, siguiendo, total o parcialmente, el itinerario de la procesión, aprovechando la instalación de altavoces, para terminar en la Santa Iglesia Catedral.

Misa Pontifical, oficiada por el señor Obispo de Lugo.

Primer día del Triduo solemne eucarístico-mariano (por la noche), predicando el señor Obispo de Palma.

Viernes, día 7 DÍA DE LOS NIÑOS

Comuniones generales en parroquias y colegios. A lo largo de la mañana, cuatro visitas jubilares procesionales a la Virgen de los Desamparados. Breve función eucarística, con plática a los niños.
Segundo día del Triduo, predicado por el señor Obispo de Palencia.

Sábado, día 8 DIA DE HOMBRES Y DE SACERDOTES

Rosarios de Aurora para los hombres.

Acto sacerdotal eucarístico-mariano en la Catedral, a las once. Dirigirá la Hora Santa el señor Obispo de Solsona.

A las seis de la tarde, juramento mariano, con asistencia de autoridades y alcaldes de la diócesis.
Tercer día del Triduo, predicando el señor Obispo de Orihuela.

Domingo, día 9

A las cinco, Misa de Aurora. A las ocho, Misa de niños. Traslado de la Virgen —inverso— de la Santa Iglesia Catedral a la plaza de la Virgen y solemne Misa Pontifical, oficiada por el señor Arzobispo de Zaragoza, predicando nuestro señor Arzobispo.

Por la tarde, procesión con la imagen original de Nuestra Señora de los Desamparados. A lo largo del mes de mayo, peregrinaciones de los arciprestazgos y pueblos importantes de la diócesis. Se pedirá a la Santa Sede la gracia del Jubileo para dicho mes.

Los niños en las apariciones de la Virgen

Diálogo entre niño y niña

Niña
¿Viste, niño, alguna vez
distinción más admirable
que esa que la Virgen Santa
siempre de las niñas hace?
Cuando al mundo quiere dar
alguno de sus mensajes,
busca niñas ante todo,
y encarga que lo propaguen.
Pobrecitas las escoge,
sin que por hermosas pasen,
sin nobleza ni instrucción,
y aun de muy cortos alcances.
Por ello estoy orgullosa,
y gracias doy a esa Madre,
que tal cariño nos muestra,
y distinción tal nos hace.

Niño
Lo dirás por Merceditas,
la buena niña de Cáceres,
que veía tantas cosas,
y no la cree ya hoy nadie,
O asimismo por Raquel,
aquel angelito en carne,
que a los cielos y a la tierra
hacia sí con fuerza atrae.
Y aun tal vez por Marcelina,
que del Dolor a la Madre
viendo allá en La Codosera
a sus pies rendida cae.

Niña
¡Oh! por ellas no lo digo,
que allá el Lourdes sobresale
la inocente Bernardeta,
entre todas la más grande.
La de las bellas visiones,
la que hoy está en los altares
y todo el mundo la aclama,
y la mira como un ángel.

Niño
¿Lo de La Saleta, dime,
por qué callas si aun fue antes?
¿Es acaso porque un niño
interviene en hechos tales?
¿Y allá en la Cova de Iría
no tiene otro niño parte?
No busca, pues, sólo niñas
del Cielo la dulce Madre.

Niña
Hecho de tal importancia
no puede hoy día negarse;
pero el papel de los niños
no es gran cosa, como sabes.
Francisquito ni siquiera
oyó la voz dulce y suave
de la Reina de los Cielos,
ni por lo tanto el mensaje

Niño
¿Y esto sabes tú, por qué?

Niña
Porque así a la Virgen le place.

Niño
Yo creo que hay algo más en hechos tan singulares.

Niña
Si es que lo sabes, pues, dilo

Niño
¿Quién hizo, niña, caer
que eso será interesante.
a Adán, nuestro primer Padre?
¿No es verdad que tal caída
a Eva bien puede imputarse?
Pues, la que hizo tanto mal...

Niña
La serpiente.

Niño
¿Quieres que hable?
La mujer, aunque engañada,
es justo que lo repare.
Esa gran reparadora,
hija del mismo linaje,
es la Reina Inmaculada,
nuestra buena y dulce Madre.

Niña
Todo está, pues, comprendido,
y nadie de ello se extrañe:
la Virgen busca a las niñas
para que también reparen,
como mujeres que son,
con María, mal tan grande.

Niño
Y a esa gran reparación
el niño debe asociarse.
Oración y penitencia
hagamos todos unánimes,
y cumpliremos así
de la Virgen los mensajes.

Niña
A cumplir nosotras, niñas,
como mujeres formales.

Niño
Pues, a los niños, como hombres,
otro tanto hacer atañe.

Niña
Hemos de ganar nosotras.

Niño
Al niño no hay quién le gane.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

La puerta estrecha y la puerta ancha

¿Por cuál de ellas quieres entrar tú?...

No me respondas en seguida, que ya sé lo que me ibas a decir. Espera un poquito, mientras fijamos el sentido de la pregunta.

Mira a la derecha ésa puerta estrechita por donde no pueden pasar dos a la vez, ni quizá uno sólo si no es pequeñito, pequeñito en su propio concepto. Por ella tiene acceso una senda que rectamente y sin curvas sube a lo alto de un monte donde está edificado un castillo. Los castillos encumbrados eran en otro tiempo los más seguros contra los asaltos de los enemigos. Es el castillo del reino de Cristo.

Vuelve la vista a la izquierda. Mira ahí la puerta ancha y espaciosa por donde puede pasar un nutrido grupo de gente bullanguera. Mira cómo se meten por ella y toman un camino ancho, llano, sombreado por verdes árboles en plena floración que embalsama el ambiente. No se ve desde aquí a donde conduce este camino. ¿Ves la multitud que por él corre? Pues no sabe a dónde va. Mejor dicho: no quiere pensar a dónde irá a parar. Ya se le ha dicho que por ahí no se llega a la felicidad y bienestar que busca; pero como el camino es llano y espacioso y agradable, por él se lanza la gente, encandilados sus ojos con la belleza del panorama y arrastrada por la muchedumbre que en continúo jolgorio corre despreocupada, saltando, riendo y cantando.

No hay otras puertas ni otros caminos fuera de estos dos que ves a derecha e izquierda. Toda la gente va por uno de ellos, anda que andarás. Nadie puede estarse parado. Es forzoso pasar adelante o volver atrás. Detenerse de intento no es permitido.

Que ¿cómo puede ser esto?

Ya habrás comprendido que hablamos en lenguaje figurado. Caminar es vivir, y tomar uno u otro camino es vivir según dicta la recta razón y enseña la fe, o de espaldas á ellas siguiendo los ímpetus de la pasión. No hay término medio, aunque no todos los caminantes se ajusten por igual a la fe ni sean todos igualmente apasionado. Hay grados en esto; mas en definitiva y mirado el conjunto de la vida o de las obras de cuyo tejido ella se compone, o se vive según la fe o contra la fe. En otros términos: o está uno en gracia de Dios o en pecado mortal. No hay escapatoria; y por esto mismo la vida está simbolizada por aquellos dos caminos y por las dos puertas que les dan acceso.

Las leyes de la vida cristiana nos hubieran sido muy suaves, fáciles y agradables en el estado de inocencia de que se gozaba en el paraíso. Perdido aquel dichoso estado, nos son ásperas, duras y penosas. De ahí la puerta angosta y la senda estrecha que las simbolizan. Esta senda es para cada cual el calvario de su vida, y la puerta para tomarla es la penitencia.

No puede desenvolverse ni prosperar la vida cristiana sin congrua penitencia del pecado y sin represión de las incitaciones a cometerlo, ya procedan de nuestras pasiones, ya del ambiente mundano que nos envuelve y se nos infiltra solapadamete.

Frente a esto no hay opción para hacer lo que nos venga en gana. Nuestro deber fundamental es vivir cristianamente ya que es éste el único medio de lograr la felicidad eterna para la que Dios nos ha criado. El ansia de felicidad que brota de nuestro corazón como perenne manantial de agua cristalina, no puede lograrse, sino viviendo a imitación de Jesucristo. El vivió primero la vida cristiana y nos enseñó luego el modo de vivirla: «coepit Jesús facere et doceré», [Escribí el primer libro, querido Teófilo, sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar] (Hech 1,1) y no hay quien pueda cambiar lo hecho y enseñado por Jesucristo, ni quien pueda evitar las deplorables consecuencias del apartamiento de su doctrina. «¿De qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?» (Mt 16, 26).

Es, pues, necesaria la mortificación de las pasiones; es necesario combatir y luchar contra los enemigos del alma: contra el mundo que nos seduce con sus diversiones, con sus modas, con sus costumbres opuestas al Evangelio; contra la carne que es la nativa mala inclinación que sentimos hacia los deleites sensuales; contra el demonio, aliado del mundo y de la carne que maquina nuestra perdición eterna y nos tienta obstinadamente dándolo todo por bien empleado si logra hacernos caer en el pecado y apartarnos de las prácticas de piedad cristiana.

Contra los asaltos de tales y tan furiosos e implacables enemigos hay que estar siempre prevenidos y preparados; pues, a pesar de ellos, hay que cumplir cada día los preceptos de Dios, los deberes de nuestro estado y los que nos imponen la justicia, la caridad y la convivencia social.

Porque esto no puede hacerse de ordinario sin esfuerzo, sin trabajo ni cansancio, por eso dice Jesucristo que es «angosta la puerta y estrecha la senda que conduce a la vida eterna». (Mt 7, 14).

Por el contrario, es ancha la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina o perdición eterna.
¡Sí! La vida de diversiones, de placeres, de satisfacción de los sentidos, de hacer cada uno lo que le dé la gana, de salimos con la nuestra, de hacer nuestra voluntad y seguir nuestro antojo; el imponerse a los iguales, rebelarse contra los mayores, usar palabras y gestos iracundos, buscar lo cómodo y lo halagüeño, es vida que no presenta de momento dificultades; es vida cómoda, fácil, agradable de pronto, y por eso se lanzan tantos por ese camino atrayente y anchuroso, y se amontonan y se apretujan frente a la puerta ancha de la disipación, dé las diversiones, del olvido del infierno, del descuido de la oración y del retraimiento de sacramentos que conducen por ancho camino al pecado y a la condenación eterna.

El camino estrecho de la penitencia siguiendo a Jesús con nuestra cruz a cuestas es ciertamente estrecho en sus comienzos; después se ensancha bajo las pisadas del fervoroso discípulo de Jesucristo que lo recorre denonadamente y con alegría. El amor a Jesús da fuerzas abundantes para llevar la cruz y renunciar alegremente a todo lo que no «sea Jesús. «Vámonos, Gema, —decía resueltamente esta santa de nuestros días al husmear algún peligro de ofender a Dios;— vámonos pronto, que aquí no está Jesús».
Todos seríamos santos si con esta firme resolución siguiéramos la senda de la perfección cristiana por la que vamos andando medio distraídos y despreocupados.

Esta despreocupación y descuido nos hace perder un tiempo precioso dando rodeos o caminando de un lado para otro, o quizá volviendo atrás y saliéndonos del camino estrecho. Desdichados de nosotros si tal nos acaece. No sabemos ni podemos calcular el inmenso daño que esto nos ocasiona. Es mayor que toda desgracia temporal, porque nos pone verdaderamente en riesgo de condenación, y ¡ay! de nosotros si nos condenáramos. Más nos valiera no haber nacido.

Es cierto que sólo se condena el que muere en pecado mortal; pero también es cierto que se expone a morir en pecado el que sigue un día y otro día el anchuroso camino del mundo...

Se deduce de esto que el camino ancho lo es en sus comienzos; pero su paradero es triste, punzante, lleno de miseria y de dolor, de llanto, de amargura y de desdicha espeluznante.

¡Ay! de los que sólo miran lo divertido del camino sin reparar en lo espantoso de su término.

Para ellos son estas palabras de Jesucristo: «La puerta ancha y el camino espacioso son los que conducen a la perdición, y son muchos los que entran por él» (Mt 7,13).

Dime, ahora que ya sabes de qué se trata, o más bien, dilo a Jesús que conoce los repliegues de tu corazón: ¿Quieres entrar por la puerta ancha o por la puerta estrecha?

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Fiesta de San Vicente Ferrer en Valencia

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La imagen del Santo a su llegada al altar de la Plaza de la Virgen

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Momento de la representación del milagro "Un testic del altre mon", en el mismo altar

El Patrocinio de San José

Como Dios se ha definido con relación a nosotros «el que es» y Cristo «camino, verdad y vida», el Espíritu Santo ha querido canonizar a San José apellidándole «justo». Es el mayor honor tributado a un puro hombre, porque la justucia subjetiva en toda su integridad, como se entiende en él, supone la asistencia de todas las virtudes y la nulidad de defectos morales y formales.

Admitido esto, se ve la razón de la corpulencia que en la Iglesia Universal ha tomado la devoción josefina cuando la Humanidad se ve insegura por tanta corriente de brutalidad traída por la impiedad de los que creyéndose superhombres caminan sin corazón con todos los instintos desbordados por falta de control de conciencia moral.

¡Mal se espera el remedio si no sé tiene clavados los ojos en Dios, que es el que puede romper los lazos tendidos para ahogar la espiritualidad! Ríos de inmoralidad corren en todas las direcciones amenazando envolvernos a todos para conquistarnos sin resistencia a un materialismo degradante. Los escándalos públicos se multiplican. Son muchas las familias cuarteadas por el desafecto de los íntimos que aventa los corazones y los dispersa por caminos de perdición. La paternidad ya no es tenida por la generalidad de los progenitores como signo de colaboración en el plan de los poderes de Dios para hacer crecer al mundo en dirección de perfecciones. Se la considera como mordaza de un libertinaje admitido ya en muchos matrimonios como compensación de sus angustias para el que se educa a cara descubierta con tanta licencia de refinadas malas costumbres.

Dios puede salvar nuestra sociedad y detener sus pasos hacia la barbarie total; pero no la salvará si los hombres no nos armamos de una buena voluntad y no nos hacemos a una vida de verdadera justicia que nos obligue a dar a Dios lo suyo y a respetar a los demás.

Vivir la Iglesia personificando en nosotros sus notas esenciales con asimilación del espíritu de Jesucristo es el gran medio de la justicia a realizar en este mundo tan teorizante, pero prácticamente impío, en el que el capricho individual tiene parte principal cómo causa de los movimientos y en el que la estabilidad moral es planta exótica por falta de firmeza de las voluntades.

Vacías las mentes de ideas cristianas, que son las que salvan, los corazones fluctúan a merced de las pasiones desatadas. A falta de ideal sobrenatural, el placer se ha hecho meta de todas las aspiraciones y su imperio descomunal amenaza convertir al mundo entero en sentina ancha de vicios.

Nunca se han hecho más actuales las palabras de León XIII implorando el patrocinio de San José haciéndolo mirar como modelo de justicia contra todos los desórdenes. Recordémoslas: «Como José, Virrey de Egipto, salvó e hizo prosperar los intereses domésticos de su señor y luego maravillosamente aprovechó a todo el reino, así nuestro Patriarca, destinado a custodiar el nombre cristiano, debemos pensar que defiende y protege a la Iglesia, que es la verdadera casa del Señor y reino de Dios en la tierra. En verdad, pues, hay motivo para que todos, de cualquier condición y lugar, se encomienden y confien al patrocinio de San José.

En San José tienen los padres de familia el modelo más excelente de vigilancia y providencia paternas; tienen los esposos el dechado del amor, concordia y fe conyugal; tienen las vírgenes el ejemplar y al mismo tiempo protector de la virginal integridad. Poniéndose por delante la imagen de José, aprendan los que nacieron de linaje ilustre a conservar, aun en las ruinas de sus fortunas, la dignidad; entiendan los ricos cuáles son los bienes que deben principalmente apetecer y con todas las fuerzas allegar. Más los proletarios, los obreros, cuantos se hallan en inferior condición, a José deben, con derecho suyo propio, acudir y de él tomar ejemplos que imitar»,

Enrique Barrachina Gil, Pbro