Índice del número 235

Julio de 1948. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

La ruta estelar de nuestra fe

Guarda España, como joya de incalculable valor, el sepulcro del Apóstol Santiago, que desde la magnificencia de la Basílica Compostelana irradia sobre el mundo católico los fulgores de una Fe valiente y recia, y atrae la predilección de la Iglesia, que derramando sobre el famoso santuario los tesoros de innumerables y singulares privilegios, lo equipara en dignidad y categoría a los dos máximos lugares sagrados del mundo cristiano, como son el Santo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén, y la tumba de los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo, en Roma.

El brillo milagroso de la estrella, que a principios del siglo IX indicó a unos pastores el sitio preciso en que se encontraba el cuerpo del glorioso Apóstol, extendió muy presto sus fulgores por todo el orbe católico católico y fue el imán que a través de los siglos medioevales atrajo interminables caravanas de peregrinos de todo el mundo a los pies de Santiago, a cuya sombra y bajo su protección se formó y creció la maravillosa ciudad que lleva su nombre, y de cuyo suelo brotó la filigrana de su majestuosa e imponente catedral.

Esa misma estrella misteriosa y radiante ilumina los destinos da España, y en las crisis más graves de su historia afianza su fe, sostiene su esperanza y enciende en su espíritu aquel ardor intrépido del Hijo del Trueno, para confesar a Jesucristo entre los hombres y extender el dulce imperio de su amor a las más apartadas regiones del planeta.

Sigamos la ruta estelar de nuestra Fe; vayamos a Santiago, al menos con el espíritu, los que no podamos ir personalmente, para reafirmar ante nuestro invicto Patrón nuestro carácter indivisible de católicos y de españoles, y aprestarnos a seguir fielmente sus ejemplos en esta hora turbulenta y aciaga de la humanidad; ya que hoy más que nunca se hace necesario, según la ardiente plegaria de la Iglesia, seguir en todo las normas de aquéllos, por quienes tuvo principio la divina religión que profesamos.

El Jubileo compostelano y la apertura de la puerta Santa

El origen de los Años Santos compostelanos es generalmente conocido, siquiera sea en sus líneas esenciales. Al Pontífice Calixto II, devoto insigne del Apóstol Santiago el Mayor, debe la Iglesia compostelana esta altísima distinción, a partir del año 1122, confirmada por Eugenio III, Atanasio IV y Alejandro III, cuya Bula, dada el 25 de junio de 1179, contiene, entre otras, estas solemnes palabras: «Así es que, siendo la sacrosanta basílica compostelana digna depositaría del inestimable Cuerpo del glorioso Apóstol Santiago Zebedeo, aprobamos, confirmamos, revalidamos y declaramos que hayan de tener perpetuo vigor y firmeza todas y cada una de las indulgencias susodichas (refiriéndose a la enumeración hecha por Calixto II), comprendido entre ellas el santo Jubileo compostelano, bajo la misma forma y manera en que lo tiene la Iglesia romana.

Queremos, pues, que por todo un año entero, esto es, aquel en que la festividad del Santo recayere en domingo, cuantos visitaren su iglesia puedan ganar, todos los días, indulgencia plenaria...» No explica el texto pontificio si las palabras «todos los días» se han de entender como «toties quoties», o sólo una vez al día; de cualquier suerte, plenamente generosa es la concesión otorgada a la Basílica compostelana en Años Santos. Y crece en generosidad si se considera que es mucho más fácil lucrar la indulgencia plenaria en nuestro Jubileo que en el Romano, ya que para lucrarla en la capital del orbe cristiano se requieren múltiples visitas a determinadas basílicas y determinadas oraciones, mientras que en Compostela basta visitar piadosamente una sola vez el templo jacobeo orando mental o vocalmente... Otra gracia singular del Jubileo compostelano es la de poder el peregrino elegir, con motivo de su viaje a la tumba de Santiago, cualquier confesor ya en general aprobado para oír confesiones, quien, por esa elección, queda facultado, en virtud de la facultad que el Romano Pontífice le otorga, para absolver por una vez a su penitente peregrino de todos los reservados que tenga, exceptuando únicamente los especialmente reservados al Sumo Pontífice.

De todos es sabido,que el Año Santo compostelano tiene su fiesta inicial en la solemne apertura de la Puerta Santa, símbolo adecuado de las gracias ingentes que en el interior de la Basílica pueden obtener los peregrinos jacobeos.

Cuatro meses antes de la solemne apertura de la Puerta Santa, oficia el Cabildo Metropolitano a todos los Prelados y Cabildos catedralicios de España, anunciándoles jubilosamente la buena nueva y suplicándoles hagan llegar a sus diocesanos tan interesante noticia. A este antiguo medio de publicidad se agregan modernamente otros eficaces, tales como la campaña de prensa y radio, etc.

El día 26 de diciembre visita el primer Maestro de Ceremonias al Rvdmo. señor Arzobispo para invitarle oficialmente a oficiar en la ceremonia de la apertura. Al propio tiempo, el discreto Provisor del arzobispado oficiará, a su vez, a todas las autoridades civiles y militares de la comarca, rogándoles que asistan a la fiesta y con ellas las fuerzas armadas de sus respectivos mandos. De igual suerte invita el Provisor a las comunidades religiosas, asociaciones piadosas, gremios y cofradías, a fin de que, aportando sus respectivos estandartes e insignias, formen en la magnífica procesión de esta tarde memorable en que, abierta la puerta Santa con extraordinaria pompa, se inicia el Año Santo.

Convenientemente valladas las cercanías de la Puerta Santa, a fin de evitar posibles aglomeraciones que obstruyan el paso de la magnífica comitiva, tendrá el día 30 el Chantre del Cabildo fijada, en su propio lugar, la lista completa de los ministros que han de intervenir en la ceremonia de la Apertura. Todo prevenido, el día 31, y a la hora de Vísperas, se procede a la procesión en la forma siguiente: Primero van los Gremios con sus pendones, luego siguen los Religiosos y Asociaciones, con velas encendidas y propias insignias; a continuación, el Guión de la Santa Iglesia, incienso, Cruz y ciriales, acólitos y ministros inferiores; vienen luego la Cofradía del Apóstol, los Capellanes e inmediatamente los beneficiados y señores capitulares, cerrando la procesión el Sr. Arzobispo, acompañado de los señores canónigos que inmediatamente habrán de ayudarle en la apertura. En el centro de la comitiva marchará el Capellán encargado de portar la Cruz arzobispal; luego tres Capellanes, uno, revertido de dalmática, portador de una bandeja argéntea con el martillo de plata que servirá al Prelado en la ceremonia de abrir la Puerta Santa, y otros dos, portadores del agua bendita y de sendos manojos de hisopo con que el Arzobispo rociará el dintel sagrado. También formarán en el cortejo, unidos a los señores capitulares, los Caballeros del Hábito de Santiago y demás miembros de las tres restantes Ordenes Militares presentes en Compostela. A continuación de la comitiva eclesiástica formarán las autoridades de la región, Capitán General, gobernadores civiles y militares, alcaldes de las ciudades que integran el antiguo Reino de Galicia, etc.

Sale la procesión por la Puerta de las Platerías, y después de cruzar la plaza de la Quintana de Muertos, acercándose de frente a la Puerta Santa, se detendrán, formando dos filas, todos los miembros de las comitivas ya descritas, mientras el Prelado y sus inmediatos ministros acompañantes se acercan a la sagrada Puerta cruzando entre filas. Revestido de pleno Pontifical y descubriéndose todos los restantes asistentes del Clero y autoridades, golpeará el Prelado tres veces la Puerta cerrada, mientras los coros entonan las preces rituales prescritas en el Ceremonial Compostelano; al tercer golpe se derrumbará hacia dentro todo el material pétreo que ocupaba la entrada, quedando expedita y franca la Puerta Santa, cuyos dinteles el Arzobispo procederá a bendecir, ínterin los coros prosiguen el canto litúrgico de la fiesta. Y ya removido todo el material del derribo, penetrará el Prelado y tras él todo el cortejo por la sagrada entrada hacia el interior del templo, para terminar la ceremonia en la Capilla Real, presidida por la imagen sedente del Patrón de las Españas, con el canto de Vísperas.

Huelga decir que durante el día anterior a la solemne apertura de la Puerta Santa, las campanas de los cincuenta templos de Compostela tocarán a júbilo todo el día, mientras varias bandas de música y gaitas del país recorren las calles de la ciudad sagrada, en medio del ruido ensordecedor de bombas y tracas que, atronando el espacio, despiertan a los dormidos del cuerpo y también a los muertos del alma, invitando a todos a lucrar cabe el glorioso sepulcro del «Hijo del Trueno» las gracias mil que la Santa Iglesia otorga a todos los piadosos peregrinos de Compostela.

¿Quedará alguno de nuestros lectores sin hacer un esfuerzo para figurar en las filas jacobeas durante este Año de Gracia de 1948?

D. Andrés Lago Cizur Goñi


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

XIV. Un mártir del deseo

Entre los pocos religiosos exclaustrados que vivían al tiempo de la restauración de nuestra Provincia y que se agregaron a la primitiva Comunidad del Santo Espíritu, figura el P. Vicente Valls Barrachina.

Al cerrarse el año 1835 las puertas de los conventos franciscanos en España, por el impío decreto de Mendizábal, pidió el entonces corista Fray Vicente Valls, admisión en la Custodia de Tierra Santa, donde prestó largos y valiosos servicios.

Moraba en Damasco cuando arreció la persecución religiosa de los drusos. Enviado por el P. Superior, el Bto. Manuel Ruiz, a prestar un servicio ministerial fuera de la ciudad, recibió carta del mismo de que no se reintegrase a Damasco hasta nueva orden, porque durante aquellos días los musulmanes estaban muy exaltados y se temía algún desmán. Efectivamente, pocos días después los enemigos de la religión asaltaban el Convento, martirizando a toda la Comunidad. Era esto el 10 de julio de 1860.

Cuando llegó la noticia al P. Valls rompió en grandes sollozos, humillándose en la presencia del Señor, que no le había considerado digno de ser mártir, de derramar su sangre por la fe. Lo mismo hacía siempre que en sus años últimos giraba la conversación sobre su estancia en Tierra Santa.

Nosotros no pensamos fuera por falta de méritos, sino porque el Señor le reservaba para que edificara con su porte ejemplar a la naciente planta de la Provincia Seráfica de Valencia.

En efecto, a pesar de sus muchos años, era tal el vigor de su espíritu que no quería dispensarse de ningún acto de Comunidad. A media noche acudía como el más joven al coro a cantar maitines, tanto en verano como en invierno. Y así continuó, con la puntualidad de un novicio, hasta que los Superiores se lo prohibieron.

Un día, un joven hermano, compadecido de sus achaques, le increpa:

—Pero, Padre, ¿por qué se levanta a maitines?

—¿Acaso —contesta el Padre— no soy fraile como los demás?

—Efectivamente; mas sus años le excusan y dispensan.

—¡Ah, hermano, mis años! Allá arriba se hila más fino que acá abajo.

No consentía tampoco tuviesen miramientos con él y se le prestasen los servicios que suelen hacerse los propios religiosos. En ocasiones, los hermanos le quitaban de las manos el cántaro con que se servía el agua para la celda. El se quejaba de ello, diciendo que el religioso no debe acostumbrarse a comodidades.

Muy celoso de la observancia, no permitía se introdujera ningún abuso en la Comunidad, poniendo especial atención en las cosas pequeñas, que forman la contextura de la vida conventual, corrigiendo como Guardián y haciendo salir a la culpa hasta por un minuto de retraso en el toque de la campana.
Poseía, además, una delicadeza extremada de conciencia. En cierta ocasión creía se le había tomado un objeto de su uso. Al hacerle observar que lo llevaba encima, fue tal su consternación, que pidió al P. Guardián se llegase al coro para pedirle perdón del mal juicio, y recibir la absolución.

Así terminó sus días el que deseó y no pudo ser mártir. Purificándose más y más, hasta que el Señor se lo llevó de este mundo el último día del año 1895, a los 83 años de edad. Treinta y un años después eran elevados al honor de los altares los religiosos que formaban con él la Comunidad de Damasco. Entre ellos habían otros dos valencianos: los Beatos Carmelo Volta y Francisco Pinazo.

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

Una fecha gloriosa para los Santos Lugares

Los Santos Lugares que en los tres primeros siglos de dominación musulmana, no habían sido maltratados con exceso, gracias a la caballeresca actitud del primer califa y conquistador Omar, cuya conducta imitaron más o menos fielmente sus primeros sucesores en el gobierno de Tierra Santa, corrieron la misma suerte que los cristianos, a partir del siglo X, sujetos a mil vejaciones y atropellos. Esto sucedía particularmente durante el mando de los feroces y fanáticos fatimitas, descendientes de Fátima, hija de Mahoma, que se adueñaron violentamente del poder y gobernaron durante casi dos siglos. Durante este tiempo fueron saqueadas repetidamente las iglesias del Gólgota y del Santo Sepulcro y los cristianos cruelmente perseguidos alcanzando la persecución mayor saña y ferocidad, bajo el sultán Hakem, cuyo nombre es execrable en los anales Tierra Santa por su barbarie y crueldad.

Ni fue mejor la suerte de los cristianos de Tierra Santa y de sus veneran dos Santuarios cuando de los fatimistas, pasaron a manos, de los turcos selyúcdos que conquistaron el país de Jesús el año 1072.

Tan malas noticias sobre la situación de los Santos Lugares llegadas a Europa, levantaron un clamor general de Cruzada para libertar aquella tierra bendita de tan pérfidos señores.

* * *

Tras varios conatos de Cruzada frustrados por la indisciplina y por terrenas apetencias, salió el verano de 109B e¡primer ejército disciplinado, a las órdenes del duque de Lorena, Godofredo Buillón. Este poderoso ejército llegó, vencidas serias dificultades, a Emaús, el 6 junio 1099. Un breve descanso y en seguida la última marcha sobre Jerusalén. La Ciudad Santa está situada de suerte que no se descubre hasta haber llegado cerca de sus muros, por eso es mayor la sorpresa del que allí se dirige por primera vez. ¡Qué escalofriante alegría debió apoderarse de aquellos heroicos Cruzados que al llegar al monte Scopus divisaron por primera vez él objetivo de su largo peregrinar abriéndose paso, ante los terribles enemigos del nombre cristiano! Besan una y otra vez aquel suelo bendito entre sollozos y lágrimas y entonan cantares alegres en acción de gracias. ¡Y a la conquista de la Ciudad Santa!

Al grito de «¡Dios lo quiere!» planean rápidamente el asedio y se lanzan con coraje al asalto. A las órdenes de Godofredo mandan las fuerzas atacantes el intrépido Tancredo, Roberto de Flandes, el conde Raimundo de Tolosa y otros invictos capitanes que se emulan en audacia y valor.

Los jefes religiosos y militares del ejército cruzado tienen una idea feliz que les va a asegurar el triunfo. Recordando las gestas del pueblo de Dios en la conquista de Tierra Santa, van a renovar las trazas de aquel pueblo acaudillado por Josué en la conquista de Jericó. Y así inician el ataque con un día de oración y de penitencia durante el cual dan vueltas a Jerusalén en devota procesión. Los defensores de Jerusalén escarnecen la actitud piadosa y recogida de los cristianos sitiadores, burlándose de su oración, y esto da más bríos a la esforzados soldados de la Cruz en su ataque.

¡Qué terribles sacrificios exigió Dios a los cristianos! El calor es sofocante y no hay agua para calmar la ardorosa sed. pues son los días más duros del estío.

Como Josué, aguardan seis días después de aquel primero de Oración, y el último día, en un asalto de insuperable valor y arrojo, penetrar, en la Santa Ciudad, Godofredo de Buillón el primero y tras él sus valientes capitanes y soldados.

Sucedía esto el día 15 de julio de 1099, viernes, a las tres de la tarde.

La Iglesia ha instituido en memoria de este hecho, la fiesta del Santo Sepulcro del Señor.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

Estampas evangélicas

Petición de la madre de Santiago

En aquel tiempo, la madre de los hijos del Zebedeo se acercó a Jesús, con sus dos hijos, y le adoró, manifestando querer pedirle una gracia. Jesús le dijo: «¿Qué quieres?» Y ella respondió: «Dispón que estos hijos míos tengan asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Mas Jesús les dio por respuesta: «No sabéis los que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo de beber?» Le dicen: «Bien, podemos». Les replicó: «Mi cáliz sí que lo beberéis; pero el asiento a mi diestra o siniestra no me toca concederlo a vosotros, sino que será para aquellos a quienes lo ha destinado mi Padre» (Mt 20, 20-23).

Sacrificio y humildad

Se acercaba la última Pascua de la vida pública de Jesús que, por aquellos días no se dejaba ver, como soba, en los pórticos del Templo, sino que se había dirigido hacia el desierto, a una ciudad llamada Efrem, donde estuvo algunos días con sus discípulos.

Entre tanto, los caminos que conducían a Jerusalén, estaban repletos de grupos de peregrinos, que subían a la Ciudad Santa, para celebrar en ella la gran fiesta de los judíos. En su mayor parte eran galileos, de los pueblos y lugares cercanos al mar de Tiberíades. Todos ellos buscaban al Señor y se preguntaban mutuamente la causa de su ausencia. Pronto, empero, se enteraron de la orden dada por el Sanedrín de que, si alguien veía a Jesús o sabía dónde estaba, lo denunciase, para que pudiesen prenderle...

Mas el Salvador, que conocía la proximidad de su sacrificio, se hallaba ya en camino para subir a Jerusalén. Iba acompañado de los doce apóstoles y de otros discípulos. Caminaba delante de ellos, como capitán valeroso que no teme la muerte. Los discípulos, en cambio, temían, pues no ignoraban el odio implacable de los judíos al divino Maestro, y presentían algunos hechos sangrientos. Jesús llamó a parte a los doce y queriéndolos preparar para aquella prueba suprema, les dijo: «Mirad que vamos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre ha de ser entregado a los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles, para que sea escarnecido y azotado y crucificado, mas Él resucitará al tercer día». Acababa Jesús de pronunciar estas palabras y de anunciar, de esta manera, su inminente sacrificio y las humillaciones que le aguardaban, cuando, a renglón seguido, la madre de los hijos del Zebedeo, que, como los apóstoles, tenía excesivamente arraigadas las ideas judaicas sobre la naturaleza del futuro reino mesiánico, que creían un reino temporal, de un resplandor más brillante que el de David y Salomón, se le acercó con sus hijos, y le dijo que deseaba pedirle una gracia.. Jesús le preguntó cuál era ésta, y ella, que nada entendía del sacrificio y de los sufrimientos indicados momentos antes por Jesús, le dijo: Dispón que estos dos hijos míos, tengan asiento en tu reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

El contraste de esta petición con las palabras poco ha pronunciadas por Jesús no podía ser mayor. Por esto Jesús les replicó: «No sabéis lo que pedís». Y no queriendo salirse de la realidad dolorosa en que se había colocado, ante la inminencia de su Pasión y Muerte, añadió: «¿Podéis beber el cáliz que yo tengo de beber?» Por tercera vez, les había predicho la Pasión con más pormenores y de una manera más cruda que las dos veces anteriores, más ellos, al acercarse con su madre, para hacer tan singular demanda, dieron a conocer bien a las claras que vivían fuera de la realidad y que nada habían entendido, como si Jesús les hubiese hablado en lengua desconocida.

Por esta causa les pregunta si están dispuestos, como el, a sufrir la pasión. «Bien, podemos», le responden, y Jesús, sin apearse del sacrificio, al ver su buena voluntad y al oír la decisión de su respuesta, les promete la gracia del martirio: «Ciertamente beberéis la copa que yo he de beber, y seréis bautizados con mi bautismo de sangre; con él obtendréis la gloria del martirio, y, después la gloria eterna, no una gloria efímera y terrena como la que soñáis».

En efecto, Santiago fue el primero entre los miembros del Colegio Apostólico que tuvo el honor de derramar su sangre por la fe en Jesucristo, y San Juan, si bien no murió en el tormento, sufrió el martirio de la cárcel, del destierro, de la flagelación y del aceite hirviendo.

El secreto, pues, para llegar a ser grande en el reino de Dios es la humillación, el dolor y el sacrificio.

* * *

También en muchos cristianos se observa esta ceguera espiritual, al no querer entender el camino de las humillaciones morales y de los sufrimientos materiales, por el cual hemos de andar en este mundo, antes de conseguir la vida eterna. Predicamos, sabemos y repetimos que es menester padecer con Cristo, para poder reinar con Cristo y sentarnos en su gloria. Y no obstante, la mayor parte de los cristianos, al sentir los dolores de la realidad, se quejan, se lamentan, se abaten cobardemente. Sólo piden el bienestar material, la prosperidad terrena, la salud del cuerpo; se espantan ante la pobreza, el sufrimiento y el deshonor, y su oración sube hacia Dios únicamente para pedir los primeros lugares en un reino de bienestar material, que sueñan como posible en este mundo, a pesar de las palabras de Jesús y de las enseñanzas del Evangelio. Cada vez que piden cosas materiales, han de hacer cuenta que oyen la voz de Jesús, que les dice: ¿Podríais sufrir como yo?

Si Jesús nos enseñó, a costa de tantos dolores, la manera de sufrir y de merecer, ¿cómo podemos pedirle honores y placeres? Una sola cosa hemos de pedir: que sepamos beber nuestro cáliz de amargura en unión de Jesús, y que la Pasión del Señor no sea para nosotros una cosa predicada en lengua extraña y desconocida. Si no sabemos sufrir, a lo menos resignadamente, las penas y las humillaciones de esta vida, ello es debido a que ni siquiera tenemos noción de lo que es el verdadero reino de Dios.

Pedro Ginebra Espona, Pbro
Licenciado en Sagrada Escritura

Las palomitas de la Virgen

La Reina de los cielos
triunfal pasea
por las calles y plazas
de su Valencia...
Los valencianos
enloquecen por Ella,
de amores santos.
Al paso de la Virgen
truenan las tracas,
¡se embelesan los ojos,
arden las almas...
y manos buenas
unas blancas palomas
al aire sueltan.
Las tiernas palomitas
vuelan felices,
y sus castos arrullos
dan a la Virgen;
a cuyas plantas
dos de ellas, las más puras,
presto se amparan.
A la Virgen en triunfo
traen y llevan
pero la palomitas
allí se quedan...;
que es dicha grande
vivir sin apreturas
junto a la Madre...
A las plantas benditas
de la Señora,
nos dicen elocuentes,
esas palomas:
Mirad cristianos
cuán dulce es refugiarse
bajo este manto...
En verdad, es muy dulce,
¡oh Virgen bella!
pasar en tu regazo
la vida entera,
cual palomitas,
que atraen tus arrullos
y tus caricias...
¡Oh Madre de los pobres
Desamparados!,
acoge nuestras almas
bajo tu manto;
y allí que encuentren
como esas palomitas
plácido albergue...
Y cuando nuestras vidas
a su fin toquen,
llevando en nuestros labios
tu santo Nombre,
haz que volemos,
como raudas palomas,
contigo al cielo...

Jesús Galbis

Lo que S. Antonio dice en sus obras sobre la Virgen

«El lirio trace en tierra no aclimatada: es fragante y cándido. Si está sin abrir no irradia perfume, pero es de una fragancia extraordinaria después de abierto. Tiene seis lóbulos y estambres dorados con un pistilo en el centro...

El lirio es imagen de la Bienaventurada Virgen toda cándida, gracias al esplendor de su virginidad. Semejante al Lirio, cuando difunde gracia, María ha dado a luz su Hijo divino... Los estambres de oro de este lirio son la pobreza y la humildad de que estuvo adornada la virginidad de. María. El pistilo es la excelencia del divino amor...

Como los lirios en las márgenes de un arroyuelo conservan su frescor, su belleza y su perfume, así la Bienaventurada Virgen María, cuando dio al mundo a su Hijo conservó intacto el frescor y la belleza de su virginidad.» (S. Ant. Pat. sermo in partu V., Locatelli, 715.)

El peregrino seráfico

Desde el instante mismo en que prende en el corazón de Francisco aquella chispa de ardor seráfico, que había de consumir su vida entera al servicio del GRAN REY, el dulce y humilde profeta de Asís ya no se da punto de reposo y, convertido en Caballero Andante de la Cruz, surca un día los mares, rumbo a la tierra de Jesús y otro emprende largo y fatigoso peregrinaje, para visitar en Compostela —Jerusalén. de Occidente— la tumba gloriosa del Apóstol Santiago.

Para estos viajes no lleva Francisco otra provisión que la aconsejada en el Evangelio a los fieles seguidores del Divino Maestro. Su amor exaltado a la pobreza y aquella su filial y tierna confianza en los cuidados de la Providencia, apenas le permiten llevar consigo suelta la lengua y libre la garganta, para predicar a las almas, por doquiera pase, su bello mensaje de PAZ Y BIEN, o para cantar por los floridos valles y las ásperas serranías de la Iberia sus trovas encendidas de juglar de buen Dios.

Mas no se crea que es sólo la piedad íntima y fervorosa de su alma el resorte que mueve los pasos del POVERELLO en estas duras andanzas. En ellas hay también, y sobre todo, afanes de conquista espiritual, inquietud apostólica, encendido y vigoroso celo por la gloria de Cristo, a cuyo conocimiento y amor quisiera atraer todos los seres, animados o inanimados, racionales o irracionales, de la creación.

A los pies del bendito Apóstol Santiago se ensancha el corazón de Francisco, y en su alma, sencilla y transparente, como la de un niño, se estampan con encantadora nitidez la inquebrantable fidelidad del discípulo a su Divino Maestro, su entrega total a la misión que se le confía y su ardor incansable en la propagación del Evangelio...; pero queda envidiando ¡ay! la suerte de aquél, de sellar con su sangre la abrumadora y colosal tarea.

Recorriendo España en ese heroico y austero peregrinar, asoma Francisco al balcón del mahometismo y allí se ofrece a sus ojos un horizonte inmenso de apostolado, que sueña coronado en lontananza con la Palma del Martirio. Ésa gloria no estaba ciertamente reservada para él, a quien el Redentor tenía preparado un distinto martirio de sangre, pero no tardaron en recogerla otros afortunados hijos suyos.

Por lo demás, del paso de Francisco por España quedan vestigios imborrables y frescas leyendas que saturan de franciscanismo los aires de nuestra patria y queda, sobretodo, vivo y palpitante su espíritu en la perenne floración de hijos suyos que ha dado y sigue dando esta tierra de bendición; cumpliéndose así a la maravilla lo que le fue revelado por un Ángel, cuando oraba ante la tumba del Apóstol: «que sus hijos se multiplicarían sobre el suelo de España, como las estrellas del firmamento...»

En ellos vive el Seráfico Peregrino con su alegría y paz, su humildad y pobreza y, sobre todo, con aquella caridad abrasadora y expansiva, que pareciéndole estrechos los límites del viejo mundo, se lanza al descubrimiento y conquista del nuevo continente (la mayor epopeya humana de la historia), para levantarlo al cielo y ofrecerlo al Divino Crucificado, en frase de un genial tributo español, atado con el cordón franciscano.

Jesús Galbis

Ceñidor de pureza

Siempre fue símbolo de la pureza de costumbres el cordón ceñido a la cintura. Recordemos el caso de Santo Tomás, ceñido por un ángel en premio de su victoria contra la tentación impura y en presagio de que, en adelante, sería preservado por Dios de tales tentaciones.

Esto que se concedió a Santo Tomás pide la Iglesia para los Terciarios franciscanos en el momento de admitirlos a la V. O. T. y de vestirles el hábito de ella: «Cíñate el Señor con el cordón de la pureza y apague en tu carne el ardor de la lujuria para que te mantengas firme en la virtud de la continencia y de la castidad».

Así suplica a Dios la Iglesia por medio del sacerdote debidamente facultado para dar el hábito de la V. O. T. de Penitencia a quienes desean acogerse a los méritos y protección del Padre San Francisco para más fácilmente lograr su salvación eterna.

Ya nos dijo Jesucristo exhortándonos a la vigilancia en el cumplimiento de nuestro deber y en la práctica de la virtud: «Tened las cinturas bien ceñidas». Entonces andamos ceñidos y bien dispuestos, dice a este propósito San Gregorio, cuando con la continencia refrenamos la lujuria de la carne.

Nadie puede impunemente descuidar, se en esta materia sin peligro serio de ser arrastrado hasta el fango del pecado por el más tenaz y encarnizado de los enemigos del alma, y precipitado luego sin remedio en el fuego eterno del infierno.

Nadie puede presumir de valiente a la proterva inclinación a los deleites de la carne.

A todos dice Jesús: «Traed el cinto ceñido» (Lc 12, 35). «Estad alerta, vigilad» (Mc 13, 33 ss). «Vigilad y orad para no caer en la tentación» (Mt 26, 41). Vigilemos y oremos para no caer en el pecado impuro que degrada cuerpo y alma y los hace reos del infierno.

Por el pecado deshonesto van al infierno más del noventa por ciento de los que se condenan, si hemos de creer al docto San Alfonso de Ligorio.

Fácilmente evita otros pecados el que se libra de la lujuria; mas el lujurioso se suele echar de cabeza a toda ralea de pecados hasta dar no pocas veces en la impiedad, en la infidelidad o quizá en la apostasía.

De ahí el conato varonil con que todos los santos defendieron la pureza de su alma y de su cuerpo, y el solícito cuidado con que quieren que procedamos nosotros para asegurar así nuestra salvación eterna. Pensamientos; palabras y obras, todo debe ser en el cristiano para Cristo y para Dios. Puesto que somos de Dios, entera y radicalmente de Dios, para Dios debe ser toda la actuación de nuestras potencias y de nuestros sentidos; para Dios debe ser todo nuestro amor. Debemos amar sólo a Dios y lo que Dios quiere que amemos. Cuando amamos al prójimo por Dios, amamos a Dios en nuestro prójimo.

El amor que va a Dios, ya derechamente mirando su bondad infinita, ya por medio de aquellos a quienes amamos por Dios, es un amor casto y santo. El amor que de esta rectitud se desvía, es un amor impuro y malvado. Y como el amor es el eje de nuestra vida, un amor ordenado según Dios es raíz fecunda de todas las virtudes; un amor impuro es germen de todos los vicios.

Si nuestro amor a Dios fuese en rectitud, ya que no en intensidad, como el de N. P. S. Francisco, seríamos santos en la medida que nos corresponde según los designios de Dios acerca de nosotros. Así nos quiere nuestro seráfico Padre, por que así nos quiere Dios que nos ha creado para que, amándole con todas nuestras fuerzas, nos hagamos santos y lleguemos a ser felices con la misma felicidad de Dios.

Para amarle así llevando una vida casta según el estado de cada uno, es decir, para guardar la castidad propia del virgen, del célibe o del casado, es necesario estar muy sobre aviso, ceñida la cintura para echar pronto a correr refugiándose en los brazos de Dios así como columbremos el peligro de pecado.

A dos cosas fundamentales se puede reducir esta cuidadosa vigilancia: a huir de las ocasiones de pecado y a tener oración perseverante. La oración facilita y favorece la fuga de ocasiones pecaminosas, y ésta, a su vez, estimula a la oración haciendo sentir la necesidad de ella y sus benéficos efectos. No puede ser suficiente la sola fuga ni la sola oración, las cuales, desconectadas entre sí, ni siquiera son posible. Las dos son necesarias y mutuamente se complementan. Las practicaron los santos, y nos las encargan encarecidamente.

Escuchemos a N. P. San Francisco orientando y estimulando a los seglares en la V. O. T. de Penitencia en el capítulo II de la Regla. Allí prescribe la oración diaria y la frecuencia de sacramentos que es también un modo de oración. Allí insiste en la fuga de ocasiones de pecado, mencionando algunas de las más generales y peligrosas: «Eviten los Terciarios el lujo; no asistan a bailes ni a espectáculos inmorales; absténganse de comilonas en las que se falta a la templanza; no lean libros que puedan poner en peligro la virtud ni reciban mala prensa; eviten toda palabra indecente».

No es cosa nueva el precepto de la oración, ni se prohíbe al Terciario franciscano cosa que sea lícita al buen cristiano. Todo el que quiere salvarse ha de orar y ha de abstenerse del pecado y de la ocasión de cometerlo. Dios lo manda a todo hombre. La regla se lo recuerda al Terciario y debe éste agradecerlo.

¡Qué saludable y eficaz penitencia es mortificar el propio pernicioso gusto! Mortifícate y no vayas a ver aquella película; ni te quedes a solas con aquella compañía; ni te permitas hacer en presencia de Dios lo que no harías ante una persona de respeto; ni mires ni escuches lo que instila lascivia en el corazón.

Es todo esto deber de un buen cristiano. Su regla lo recuerda e inculca al Terciario para que aproveche el corto tiempo de esta vida haciendo frutos dignos de penitencia.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

San Buenaventura Obispo, Confesor y Doctor

En el año 1225 nació el doctor Seráfico, la figura más grande de la Orden Franciscana, después de su fundador.

Una grave enfermedad le puso a las puertas de la muerte, y su madre, rica y piadosa matrona, invocó a San Francisco, cuya fama llenaba toda la Europa, prometiéndole, si sanaba, consagrarle a su Orden. Después de curado milagrosamente, pasó por Bagnorea el Seráfico Patriarca, y al ver al niño, que se llamaba Juan exclamó extático, previendo la grandeza de su futuro sucesor: ¡Oh, Buena Ventura!, con cuya apelación se le conoció desde entonces y con la que le canonizó la Iglesia.

Pasada su juventud en la piedad y el estudio, a los veintiún años, cumpliendo el voto de su madre, tomó el hábito de fraile Menor; y fue enviado a París, en donde aprovechó, tanto, bajo el magisterio de Alejandro de Ales, que a los siete años se doctoró y publicó los «comentarios sobre las sentencias».

Llevado de su humildad y atormentado por injustos temores, se juzgaba indigno de recibir a Jesús Sacramentado, y un día, que oyendo misa estaba absorto en la meditación de los divinos misterios, y se consumía en ardorosas ansias de comulgar, voló una parte del pan consagrado del sacerdote, posándose en sus labios. Se ordenó de sacerdote y a los treinta y cinco años, por aclamación unánime del Capítulo de Roma, fue nombrado General de la Orden, que gobernó por espacio de dieciocho años, sabia, prudente y benignamente

Dictó reglas para la más regular observancia, instituyó piadosas costumbres, que aún perseveran en la Iglesia universal, como el rezo del «Ángelus» a la caída de la tarde; que se haga un Oficio general de difuntos para los padres y parientes de los religiosos en Adviento; que en las fiestas de la Santísima Virgen se terminen los himnos con la estrofa «Jesu tibi», y otras muchas cosas. Vindicó de las calumnias de un doctor parisiense a las Ordenes Mendicantes; trasladó los restos de San Antonio de Padua; visitó muchas provincias, corrigiendo abusos y velando en todas partes por la pureza de la fe y la dignidad de las costumbres.

En tiempos difíciles, pusieron los cardenales en su mano la elección de Sumo Pontífice, y pudiendo elegir a sí mismo, nombró a Gregorio X.

Rechazó el Obispado de York, pero habiendo sido nombrado por el Papa legado suyo, para presidir el Concilio de Lyón, y para que lo hiciese dignamente, le honró con el capelo cardenalicio y el Obispado de Albano. Se cuenta que los legados del Papa sorprendieron al Santo General, cuando le llevaban el capelo, lavando los platos con los demás religiosos (como era costumbre), y San Buenaventura lo colgó de un cerezo seco que floreció milagrosamente y se conservó durante muchos años; recibiendo, cuando terminó su tarea, con todo el honor debido a los legados pontificios.

Dirigiendo los trabajos del Concilio, le sorprendió una grave enfermedad, y sabiendo el santo que estaba próximo su fin, se preparó para él.

La consternación del Concilio fue inmensa. El mismo Papa le dio la Extremaunción; y no pudiendo comulgar, pidió el santo que le aproximaran la Eucaristía al pecho, pero el amoroso Jesús saltó de manos del Pontífice, y haciendo una señal en su carne, penetró en su corazón, con asombro de todos los circunstantes.

El milagro eucarístico y la santa muerte del Seráfico Cardenal impresionaron a toda la Iglesia, que congregada en aquellas circunstancias, asistió en masa a sus funerales. El Cardenal Obispo de Ostia pronunció la oración fúnebre sobre aquel texto: «Hago duelo sobre ti, amabilísimo y amado hermano mío Jonatás». El Papa mandó que todos los sacerdotes le dijesen una misa, como obsequio de lo mucho que había trabajado por la Iglesia.

Fue humilde y caritativo cual ninguno; enemigo del odio, sabio y dulce, y la Iglesia le nombró doctor, con el apelativo de Seráfico.

Su tránsito tuvo lugar el día 15 de julio de 1274, a los cincuenta y tres años de edad.

Glorioso en milagros, lo canonizó Su Santidad Sixto IV, y la Orden Franciscana lo venera como su segundo Fundador.

Fr. Luis Mª Fernández Espinosa

235_01

San Buenaventura

Abrasado en caridad
el Seráfico Doctor,
su pluma destila amor
y su espíritu bondad...
La más profunda humildad
con la ciencia en él se hermana,
de manera soberana;
siendo por ello tenido,
cual Maestro preferido
de la Orden Franciscana...
En el libro de la Cruz
aprende Buenaventura
esa ciencia que satura
sus obras de vida y luz...
Allí le muestra Jesús
de su amor el rico don,
allí se nutre de unción
y se derrite, cual cera,
su corazón en la hoguera
del Divino Corazón...

Jesús Galbis