Y los suyos no le recibieron

Noche fría y oscura de invierno. Silencio, sólo interrumpido por el silbido del huracanado viento que levanta nubes de polvo...

Un joven matrimonio llega a la población, llevando por hato el polvo del camino y por alivio el cansancio en el rostro y la angustia en el corazón.

Se acercan a una puerta. Sí, aquí es; esta es su casa, la de nuestro pariente: él nos alojará. Llamemos... (golpes en la puerta que se pierden en el silencio). ¿No estará? Es extraño. Llamemos otra vez, más fuerte. Nada: nadie responde. Es fácil que se haya cambiado de domicilio. ¿Dónde está? Difícil es que lo averigüemos y demos con él. Vámonos.

En esta otra calle vive aquel nuestro conocido y amigo. El nos recibirá en su casa con gusto. Esta es..., también cerrada y oscura como todas. Siento molestarles, pero sin duda que lo sentirán si no lo hacemos. Además, la necesidad obliga: llamemos. (Tam... tam.) Se oye ladrar un perrillo: parece que se va acercando a la puerta: ven irá con el dueño... Mucho tarda en abrir...: repitamos los golpes. De nuevo es oye ladrar al perrillo..., ¡calla!, se oyen voces, hablan... ¿Qué dicen? Nada..., amenazan al perro para que calle. Sin duda les habremos molestado. No abren, es inútil que esperamos más aquí. Vayamos al mesón. Está en aquella calle...

El frío, la ingratitud y los desengaños habían afectado de tal modo las fuerzas y ánimos de nuestros pobres viajeros, que apenas si tenían fuerzas para resistir y dar un paso más. Pero urgía salir de aquella situación y poner término a sus fatigas, encontrando el suspirado albergue.

No bien nuestros viajeros, dieron la vuelta a la esquina, un fuerte golpe de viento les arrebató la capa que les servía de abrigo... ¡Yavé sea bendito!, exclamaron, y al polvo levantado, se juntaron los primeros copos de nieve que dan en sus rostros y se derriten al contacto del calor de las lágrimas que brotan de sus ojos.

Al fondo de la calleja divisan como un rayo de luz: Debe ser el mesón, se dicen. Vayamos hacia allá. Al menos en él no dejaremos de encontrar refugio para pasar la noche y librarnos de las inclemencias del tiempo..., ya estamos: entremos. Se oye gran murmullo de gentes que hablan al mismo tiempo. Llamemos... Nadie acude. A ver..., pasemos adelante: aquí se acerca uno. ¡Buenas noches, buen hombre! Haría el favor de..., oiga buen hombre, a usted es a quien preguntamos,.escuche, soy yo quien llama...

No nos hace caso; se va; quizá esté sordo.

Veremos si vienen otros con quien nos podamos entender y tengamos más suerte... Mira..., allá vienen dos cargados con sus equipajes. Ellos nos dirán algo. ¡Buenas noches nos dé el Dios de nuestros padres! Dispensen: ¿tendrán la bondad de...? sí..., van tan cargados que ni siquiera se han dignado mirarnos.
Entremos más adelante, donde se oye hablar a tantos. ¡Ay cuánta gente aquí todos gritan a la vez y nadie se entiende, ¿cómo nos vamos a entender nosotros?... Nadie nos hace caso... ¿qué hacemos?... Espera: iré y me meteré entre ésta gente... Oye muchacho, ¿quién es y dónde está el dueño del mesón? Si desea Vd. alojamiento, no se tome la molestia de pedirlo, porque toda esta gente reclama lo mismo sin conseguirlo: está la posada que no caben ya, ni de pie. Prueben suerte en otro sitio... Pero..., ¿dónde vamos a estas horas?... Allá se las entiendan..., aquí no es posible; pues no queda lugar para ustedes...

Un hondo suspiro hizo que brotaran cálidas y copiosas lágrimas de los afligidos ojos de la joven esposa... Veía acercarse el sublime momento, sin posibilidades humanas que ofrecer a su divino Infante: sin ningún alivio, al venir, por vez primera, a este mundo...

Vamos fuera de la población. Quizá allí encontremos lo que en ella nos niegan los hombres. Mira.,., allí hay una cueva abandonada: nadie nos la disputará..., un poco más...,, ya estamos en ella.

Pero..., ¿es posible? Parece que el campo esté iluminado. ¡Ah!, es el reflejo de la blanca nieve que está cayendo y cubre todo el suelo..., apresuremos el paso, antes que nos borre la senda. Hela aquí; está vacía: no hay nadie..., entremos; por aquí... ¡Cuidado!..., alguien se mueve aquí dentro: se oyen ruidos extraños. ¿Qué será ello?... ¡Ah!, son dos mansas bestias que vienen a recibirnos... ¡qué diferencia de comportamiento...!, demuestran alegría y cariño. En este rinconcito estaremos resguardados del tiempo..., quieren calentarnos con su aliento..., hasta han dejado el heno del pesebre.

Y sobre aquel heno, se improvisó la primera cuna del Niño Jesús...

Esto que parece pura fantasía y que tuvo un día triste realidad, sucede millones de veces, ahora, en el mundo de las almas.

¡Cuántas veces se presenta este mismo Señor, oculto en los azares de la vida, y ellas vuelven a repetir las escenas de Belén!... ¡De cuántas puedo yo mismo dar fe, por haber sido su protagonista! Viene Jesús a pedir alojamiento a mi alma, con la ofrenda de una virtud, de un sacrificio, de una negación de mí mismo y yo le respondo con la fría nieve de la ingratitud, con el huracanado viento de mis pasiones, caprichos y comodidades..., con el abandono y hasta el desprecio en mis culpas y pecados...

Verdaderamente que nos llena de indignación la conducta de los de Belén..., pues aprendamos la lección... y no repitamos sus yerros.

ESE.

Páginas de historia franciscana

El Almirantazgo de Castilla

De cara al mar. Francisco surcó varias veces las aguas azules del Mediterráneo: unas yendo a Siria a convertir los sarracenos y otros infieles; oirás, viniendo de ella a predicar a los países cristianos. La trayectoria de aquella barquichuela al extenderse hacia un lado y a otro iba a bautizar al mar de franciscanismo; la espuma formó los brazos abiertos de una cruz blanca; y el monte y las aves, y el río y las flores tuvieron un hermano más.

El cordón de Francisco era el Jordán.

Cuando vino el Santo a España volvió a bautizarlo, y si en las empresas españolas hay un injerto sobrenatural, como diría Mella, de franciscanismo, en las del mar el cordón franciscano lo ha sido todo: sostén de velas, cadena de anclas y brújula de navegantes.

Un día, en las costas bravías de La Coruña, Francisco, enterado de los estragos que las tormentas ocasionaban a las familias pescadoras, clamaba: «Si Dios quisiera cristianizar el mar». Frente a la Peña de las Animas alzaba una capilla para rogárselo; y, desde entonces, hecho vida otra vez el pasaje del Evangelio, buscando el reine de Dios, a España, en el mar,-se le dio todo por añadidura.

Francisco en la obra piadosa de la caridad hacía símbolo esa cruz trazada en el nombre del Padre, del
Hijo y del Espíritu Santo. Fue una viuda a quien el mar le arrebató el esposo, la que impulsó al misticismo generoso de Francisco. ¡Una mujer! Misiones idénticas en diversos destinos; pero todo hecho lazo en el cordón franciscano: una pescadora para bautizarnos el mar. Y una reina para confirmarnos el Imperio hacia Dios.

Ahora, acabamos de conmemorar el VII Centenario de la Marina Castellana, y si nadie lo ha dicho nosotros le diremos: el rey Fernando III, el Santo, fue terciario franciscano. El rey castellano creó el almirantazgo de Castilla —no de la marina española— en aquella gloriosa empresa de la Conquista de Sevilla, que acaeció el 23 de noviembre de 1248. Y, su primer oficial, el Almirante Bonifaz, formó su tropa de pescadores, los hombres siempre escogidos para doble oficio.

Así, desde el puertecito de Salou a la legendaria Torre del Oro; desde el Convento de la Rábida a las tierras de México o de California; o, aún, desde la tragedia de Lepanto el cordón franciscano va sirviendo unas veces de sostén de velas, otras de cadena de anclas y otras de brújula de navegantes, con ese timón que es nuestra efigie topográfica que guía a toda la carabela de Europa.

Salvador Riera
Terciario Franciscano

Esos tus ojos

Tienen mágicos destellos
en esta tierra de abrojos
esos tus divinos ojos,
que son gloria del Edén;
pues siempre reflejan ellas,
sin la más leve mancilla,
la gracia y candor que brilla
en el Niño de Belén...

En la fuente clara y pura
de tu celestial mirada
busca el alma atribulada
calmar su acerbo dolor...,
y de inefable dulzura
rebosa cuando a Ti llega,
y por tus ojos se anega
en el volcán de tu amor...

Vuelve, ¡oh Madre!, compasiva
tus ojos, prenda de amores,
a los pobres pecadores,
esclavos de su maldad...,
y que por ellos reciba,
para aliviar su amargura,
consuelo, paz y ventura
la doliente humanidad...

Y al llegar, ¡oh Virgen bella,
de la muerte los instantes,
vea en tus ojos amantes
nuestro pobre corazón
la fulgentísima estrella,
de amor divino imantada,
que nos lleve a la anhelada
luz de la eterna mansión...

Jesús Galbis

Navidad

Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!, cantaron los Ángeles en la noche de Navidad. Y ese canto jubiloso fue oído primeramente por unos pastores de Belén, gente ruda y sencilla de menté recta y limpio corazón. Y a ellos también, los primeros, les fue anunciado el nacimiento del Niño Dios, de una Madre sin mancilla, de la que cantó Lope de Vega:

De una Virgen hermosa
celos tiene el sol
porque vio en sus
brazos otro sol mayor.

Jesús «manso y humilde de corazón», quiso ser anunciado primero a los humildes de la tierra. Y recibir de ellos los homenajes a su divinidad que le tributaron con modestos obsequios, pero con fina voluntad.
La humanidad se debatía a la sazón en los pueblos cultos (Grecia y Roma), entre el vacío más desolador en las creencias (dioses mitológicos en que nadie creía), y la corrupción y crueldad más espantosas en las costumbres (vicios contra natura, esclavitud, luchas sangrientas del circo). Sabios como Platón, ante la imposibilidad de alcanzar la verdad para lograr su destino, exclamaban: «La verdad debe venirnos del cielo». Y el pueblo judío, depositario de verdades divinas, las mezclaba con supersticiones y andaba aferrado a prácticas rituales, sin eficacia para guiar su conducta. Su religión, estrechamente nacional, le hacía creer que las bendiciones de Dios le estaban reservadas: todos los demás pueblos tenían que ser objeto o instrumento de las venganzas divinas.

Pero la esperanza en un Mesías era general en el mundo antiguo, cuando nació nuestro Redentor. Los judíos lo esperaban como libertador del yugo extranjero: los paganos para que elevara a la humanidad de la degradación en que yacía. Escritores de Roma, como Tácito, Suetonio, Josefo, Virgilio y Cicerón, se hacen eco de esta expectación.

Y el Mesías nació. Vino al mundo en un establo, el que Isaías llama Príncipe de la paz. Y vino para establecerla. La paz es la tranquilidad en el orden. Y el hombre puede disfrutarla, por tres diferentes maneras, como dice Fr. Luis de León: «Una si estuviere bien concertado con Dios, otra si él dentro de sí mismo viniere en concierto y la tercera si no se atravesare ni encontrare con otros». O sea: puede tener paz con Dios mediante la gracia obtenida por la Redención; consigo mismo por la victoria de la gracia sobre las pasiones, y con los demás hombres mediante el vínculo de la caridad. Símbolo de esta paz espiritual era la matinal que disfrutaba el orbe, al nacer el que era su Príncipe.

El que es Señor del Universo, quiso por un exceso de su amor, nacer pobre y desvalido, empezando su vida mortal con un gran ejemplo de humildad «guarda y hermosura de todas las virtudes» (S. Buenaventura). Las ejercita todas durante su vida que «pasó haciendo el bien» y muere perdonando a sus enemigos y mostrando una grandeza de ánimo de tal calidad que hace exclamar a un incrédulo como Rousseau: Si la vida y muerte de Sócrates son de un sabio, la vida y muerte de Jesús son de un Dios».

Nuestro adorable Redentor al restablecer el orden alterado por las pasiones, predicando y dando ejemplo de las virtudes cristianas, quiso que la caridad, reina entre todas, fuera el distintivo de sus discípulos de todos los tiempos. Y en vano quieren los poderes da la tierra, establecer una paz duradera fundada sólo en el temor a nuevas guerras, pues difícil es poner de acuerdo a quienes luchan en una pugna de egoísmos. Sólo una verdadera fraternidad fundada en las ideas cristianas (comunidad de origen y destino de todos los hombres), podría concertarla. Y sólo así podría realizarse el augurio de los Ángeles: la paz a los hombres de buena voluntad. ¡Dios lo haga!

Arturo Fosar Bayarri

Adoración de los pastores

El idilio de Belén

He aquí el idilio más tierno y conmovedor de la historia del mundo. La Virgen - Madre contempla con inefable arrobo al Hijo de Dios, formado, según la carne, en su purísimo seno, y le dirige en coloquios de encendida ternura, las más dulces y exquisitas palabras, que labios maternales hayan pronunciado jamás.

Ese Niño a quien sus ojos no se cansan de mirar, tiene en sus pequeñas manecitas el gobierno del cielo y de la tierra. Sin embargo, aquí oculta su poder y, sensible, como la más pobre y abandonada de las criaturas, a las inclemencias del tiempo, vedle sobre las toscas pajas del pesebre recibir en sus miembros ateridos de frío el tibio vaho del aliento de las bestias...

Las estrellas del cielo iluminan con sus más puros resplandores la destartalada estancia, medrosas de empañar con su brillo aquel ambiente, al que los dulces ojuelos del Niño Dios dan categoría de divino.
Los Ángeles celebran estas maravillas cantando himnos de gloria y de paz, cuyos acentos electrizan y conmueven a los pastores, que, sencillos y rústicos, se apiñan en torno a la paupérrima cabaña y penetran en ella, para rendir al recién nacido la adoración más íntima de sus almas y ofrecerle sus presentes, impregnados del más ingenuo y delicado amor...

Aquí todo es transparencia y cordialidad, ternura y sencillez, armonía y paz...

Venid mortales y, dejando en el umbral de este humildísimo aposento cualquier resabio de odio, malquerencia y doblez, entrad a ofrecerle al Niño Jesús la sinceridad de vuestros afectos, seguros que recibiréis de sus divinos ojuelos el tesoro infinito de la paz, prendido en la chispa de su inefable y celestial amor.

Amor de madre

La humilde y hermosa doncella,
tan pura y tan bella,
cual mística flor,
al Hijo que tanto adoraba
así le cantaba
con íntimo amor...

Divino y radiante lucero,
va sabes que muero
de amores por Ti;
pues siempre de tu alma prendidos
están los latidos,
que vibran en mí...

Tu dulce y fragante boquita
de gracia infinita
encierra un caudal,
que premia mi inmensa ternura
con una dulzura,
que es don celestial...

Atraen tus lindos ojuelos
mis ansias y anhelos
de madre y mujer...
La luz que tus ojos inflama
es célica llama,
que abrasa mi ser...

Cubrirte quisieran mis brazos
de fuertes abrazos
con gran frenesí...
y en ellos, ¡oh cándido Niño!,
decirte el cariño,
que siento por Ti...

En sólo brindarte caricias
mis tiernas delicias
cifradas están...,
y sienten sagrado embeleso
mis labios, si un beso
de amores te dan...

¿Por qué, vida mía, tus ojos
reciben enojos
del mundo cruel?...

¿No endulza la humana amargura
tu almita tan pura
con gotas de miel?...

¿No vienes a dar con largueza
divina riqueza
al pobre mortal?...
Entonces, encanto del cielo,
¿por qué tanto hielo
en este portal?...

Si sufres y lloras de frío
acepta, bien mío,
el tibio calor,
que da mi regazo materno
tan dulce, tan tierno
y henchido de amor...

Entorna tus párpados de oro,
mi joya y tesoro,
mi dicha y mi bien...,
y duerme, quedito y en calma
Tú que eres de mi alma
la vida y sostén...

Reciba tu pecho divino,
cual plácido trino
mi tierna canción...
que anhela mi voz leve y pura
llenar de dulzura,
tu gran corazón...

En tanto la Madre cantaba
el Niño soñaba,
radiante de luz...,
y el brillo fugaz de una estrella
voló sobre ella,
trazando una cruz...

Dos perlas divinas de llanto
cerraron el canto
de amor maternal...
y en su alma de lirio sentía
la Virgen María
dolor sin igual...

Jesús Galbis

P. Maximiliano Kolbe, ofm: héroe y mártir contemporáneo

Supongo que los lectores de La Acción Antoniana no tienen noticia del Padre Maximiliano Kolbe, y casi estoy seguro de que, si tienen paciencia para leerme, me han de agradecer el trabajo que me tomo para trazarles de él un bosquejo biográfico. Es un notable dechado de cristianos y de religiosos en vida y en muerte, y, para mí, nada extraño sería que nuestra santa Madre la Iglesia Católica, a su debido tiempo lo elevara al honor de los altares.

Su infancia y su juventud

Nació el 6 de enero de 1894 en Pabianca Lodz (Polonia), y en el bautismo recibió el nombre de Raimundo, que cambió en la Religión por Maximiliano.

De él dice su madre: Raimundo era un muchacho muy despierto, ágil y también un poco revoltoso. Pero de mis tres hijos era el más obediente, el más humilde y el más sumiso. Constituía mí única ayuda cuando yo iba con mi marido al trabajo; hacía de cocinero, dejaba como un espejo la casa y, en fin, despachaba todas las tareas. También se distinguía de sus hermanos por la forma en que recibía el castigo de cualquier pequeña falta. Nos alcanzaba el instrumento ejecutor de la penitencia, sin dudar se postraba sobre el banco y luego, recibido el castigo, agradecía e imperturbable volvía a colocar la vara en su sitio.

Mucha sumisión y humildad reflejan estas palabras de su madre, en el niño; pero no por esto deja ésta el instrumento del castigo con que lo corrige, pues tiene muy presente aquella máxima del Sabio Salomón: «El que excusa la vara, quiere mal a su hijo». El pequeño Raimundo ni llora ni resiste cuando le castigan, pero sé deshace en lágrimas cuando reconoce su culpa, después de haber meditado y rezado en un rincón de su casa, delante de un pequeño altar en el que hay un Crucifijo y un cuadro de la Virgen de los Dolores. La espada que atraviesa los corazones de Jesús y de María, hiere también el corazón de Raimundo. Con ellos y por Ellos quiere sufrir, y por eso llora, no por los palos que le ha dado su madre.

Su devoción a la Santísima Virgen se aumenta a medida que el niño crece en edad, y la manifiesta rogando larga y fervorosamente en la iglesia ante el atar de su Mater Amábilis, como él la llama. Esta le presenta un día dos coronas, una blanca y otra bermeja. El niño ve en ellas el símbolo de la virtud, de la pureza y del martirio, y, generoso como era, elige las dos. Siente la vocación religiosa, y en 1905, cuando sólo, tenía once años, deja el mundo e ingresa en el Colegio Seráfico de los PP. Franciscanos de Leopoli. En 1912 lo vemos en Roma, dedicado al estudio de la Filosofía en el Colegio Seráfico Internacional. En 1915 obtiene el lauro de dicha facultad en la Pontificia Universidad Gregoriana. Sigue sus estudios de la carrera sacerdotal; recibe las Ordenes Sagradas en 1918, celebra su primera misa en S Andrea delle Fratte, en el altar de la Virgen del Milagro, y en 1919 recibe el Doctorado en Teología.

Fr. Buenaventura Meseguer, ofm

(Continuará)

Noticias

Tomas de hábito

En nuestro convento de Santo Espíritu del Monte tomaron el santo hábito para novicios de coro, el 27 de agosto último, Fr. Acacio Serra Millo, Fr. Andrés Femenía Molines y Fr. Damián Diago Roger; y el día 3 de octubre siguiente recibieron también el santo hábito en el mismo convento Fr. Jorge Sanchis Jordá y Fr. Romualdo Jordá Moscardó, para novicios de coro y Fr. Simpliciano Montón Calvo, para hermano lego.
Nuestra enhorabuena y que el Señor les conceda la perseverancia en su vocación.

Profesiones religiosas

En nuestro convento-colegio de Onteniente hicieron su profesión solemne el día 23 de junio del año en curso, los coristas Fr. David Cervera Bañuls y Fr. Enrique Llopis Moltó.

El P. Fr. Francisco Ferrer, por delegación de nuestro P. Provincial, recibió la profesión simple de Fr. Silverio López Cruz, Fr. Germán Rius Pérez, Fr. Anselmo Martí Moltó, Fr. Ladislao Ríos Santacreu, Fr. Jerónimo Gómez Sarrión, Fr. Salvador Perona Juste, Fr. Hipólito Barrachina Castelló, Fr. Dionisio Boix Sena, Fr. Generoso Lorente Argente, Fr. Mateo Blay Sayas y Fr. Carlos Peretó Olmos.

Esta impresionante y sentida ceremonia tuvo lugar en el convento de Santo Espíritu del Monte, el día 17 de septiembre, fiesta de las Llagas de Nuestro Seráfico Padre San Francisco.

Felicitamos a los nuevos profesos y pedimos a Dios les conceda la gracia de la perseverancia.

Órdenes sagradas

El Sr. Obispo de Teruel, Fr León Villuendas Polo, confirió el 12 de septiembre último en nuestro convento, colegio de Onteniente, la orden del subdiaconado a Fr. Pascual Muñoz Vicens, Fr. Luis Giner Almiñana y Fr. Simón Sáez Peretó la del Exorcistado y Acolitado a Fr. David Cervera Bañuls, Fr. Bernardo Llopis Moltó, Fr. Miguel Briz Requena y Fr. Jacinto Fernández-Largo; y la de Tonsura y dos menores a Fr. Domingo Jordá Moscaró, Fr. Fidel Prado Bajo, Fr. Leonardo M." Bernabeu, Fr. Carlos Sáez Peretó, Fr. Francisco Blanes Arqués y Fr. Teodoro Bajo Rodríguez.

Nuestra cordial felicitación a todos ellos y que el Señor les conceda llegar santa y felizmente a la cumbre del Presbiterado.

Altar y sagrario de la capilla de la Comunión del Santuario de Cullera

La Consagración del Altar y Bendición del Retablo hecha por el Sr. Obispo de Teruel- Albarracín, Fr.
León Villuendas, Religioso Franciscano. La Visita Canónica del P. Provincial Fr. Joaquín Sanchis y el Solemne Acto de nombrar hijo adoptivo y predilecto de Cullera al P. Superior Fr. Antonio Berenguer, llenaron tan por completo el espíritu franciscano de esta ciudad que fue un día de acción de gracias a la Santísima Virgen por haber alcanzado tan grandes favores.

La T. Orden de N.P.S. Francisco recordará siempre, con mucho gusto, el esplendor de estos solemnes actos y en nombre de los Religiosos del Santuario manifiesta a todos los asistentes y bienhechores su gratitud más sincera.

Fr. Pascual Cominches García, in memoriam

El día 16 de julio pasado falleció santamente en nuestro convento de Santo Espíritu del Monte el venerable lego Fr. Pascual Cominches García, a los 80 años de edad y 54 de religión.

Durante largos años de vida religiosa practicó con fervorosa asiduidad las virtudes propias de su estado, especialmente el amor al trabajo, la humildad y la paciencia, que tuvo ocasión de ejercer en los dilatados y penosos achaques de su última enfermedad.

Descanse en paz el bendito hermano, para quien pedimos la caridad de una oración a nuestros estimados y benévolos lectores, seguros que él desde el cielo sabrá compensar con creces esta generosidad.

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