Amor a la Cruz

La convivencia social lleva consigo roces y molestias frecuentes. La malicia humana puede herirnos y dañarnos y muchas veces ha sido la causante de hondos y amargos dolores; pero aun sin malicia ni culpa de nadie, aun animados de excelente buena voluntad y de recta intención, pueden rozar y no acabar de entenderse los que a la misma hora intentan diversos fines o persiguen el mismo fin por distintos medios.

La vida social, que tantos bienes nos proporciona, entraña estas dificultades y deficiencias, dada la limitación y cortedad humana. Mas no debemos mirarlo como un mal; estaríamos en un error si tal pensáramos. Estas molestias sirven para el progreso humano y para la perfección cristiana. Recibiéndolas a bien, fortalecen la voluntad; adquirimos señorío sobre nuestros instintos inferiores y sobre los inevitables acontecimientos de fuera; se va corrigiendo nuestro carácter y se perfecciona nuestra educación; se ejercita la virtud y se da lugar a que la acción de Dios en nuestra alma sea más íntima y más intensa. Para esto, y no para que vivamos afligidos ni torturados, permite Dios todo lo que nos roza o nos punza. Pasa pronto la molestia de la rozadura y del pinchazo y queda permanente el bien que nos ha causado. A este bien mira Dios y debemos mirar nosotros al experimentar alguna desazón.
¿Dudaremos, acaso, de que se halla la mano amorosa de Dios en todo lo doloroso y desagradable que nos acontece? ¿Tan menguada estaría nuestra fe?

Cuando en el huerto de Getsemaní cayó sobre Jesucristo la turba capitaneada por el traidor Judas, Pedro echó mano a la espada para salir en defensa de su Maestro, mas éste contuvo el impetuoso arranque de Pedro diciendo: «Mete tu espada en la vaina. ¿No he de beber el cáliz que me ha dado mi Padre?» (Jn 18,11). Dispuesto estaba por la Sma. Trinidad que Jesús, con los dolores de su Pasión redimiese al hombre del pecado y le abriese las puertas del cielo; profetizado estaba punto por punto todo lo que Jesús había de padecer para redimir la humanidad prevaricadora. Jesús mira a la voluntad del Padre y no a los instrumentos ejecutores de ella. La malicia y los pecados de éstos no los quería Dios; pero los permitía y los hacía servir sabiamente a sus santísimos fines. A estos fines miraba Jesús, aceptando rendidamente y de corazón su pasión y muerte, queridas y decretadas por el Eterno Padre. Refiriéndose a ellas dijo San Pablo: «Siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.» (Rm 5, 8).

Los trabajos apostólicos de San Pablo fueron dispuestos y ordenados por Dios para la santificación de Pablo y la salvación de muchas gentes. «Yo le mostraré, había dicho Jesús de él, lo que tiene que sufrir por mi nombre.» (Act 9, 16).

Y años después, el Espíritu Santo, que le guiaba hacia Jerusalén, le daba a entender que allí le aguardaban cadenas y tribulaciones. (Act 20, 23).

A S. Pedro le dijo Jesús que llegaría hora en que le llevarían adonde no quisiera él ir; y añade S. Juan narrando este episodio, que «esto lo dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios» (Jn 21, 19).

Si en estos típicos casos, la primera y principal disposición de los trabajos y martirios no partió de los hombres, sino de Dios, como nos enseña la, fe, tengamos por seguro que así sucede siempre que algo padecemos, sea ello grande o pequeño. También es esto, enseñanza de la fe expuesta por Jesucristo en el sermón del Monte: «Cuida Dios de las aves del cielo... y de las yerbecitas del campo, ¿cuánto más cuidará de vosotros, hombres de poca fe?» (Mt 6). «¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones» (Mt. 10,29-31).

En esta fe y confianza en Dios viven los buenos cristianos. Muy apenada Santa Teresita cuando no pudo lograr el íntimo deseo de su alma de que se le dispensase la falta de edad para entrar en el convento, se sometió humildemente a la voluntad de Dios pensando que ella era como una pelotita en manos de Jesús que podía Él manejar a su antojo, ya tirándola al suelo o dejándola abandonada en un rincón, ya pinchándola o rompiéndola para ver lo que tenía dentro.

San Juan Vianney tuvo un coadjutor de carácter terco y genio violento que le trató públicamente con dureza e injusticia repetidas veces. Para sufrirlo con paciencia y no quejarse nunca de él, miraba con los ojos del alma a Jesús cargado con su cruz, y pensaba que también él debía llevar la suya en seguimiento de Jesucristo.

«Si Dios nos hace experimentar amargura y desengaños de parte de las criaturas, decía Santa Margarita María, es porque nos ama y no quiere que nos apeguemos a ellas. No guardéis resentimiento alguno a las personas de quienes se sirve para esto. Mirad a Dios en todos los acontecimientos, y jamás a las criaturas. Así recibiréis de su mano adorable con igualdad de ánimo lo dulce y lo amargo, las mortificaciones y los consuelos, bendiciéndole siempre.»

Enseñanzas son éstas calcadas en la fe. Así se practica la negación de sí mismo y el seguimiento de Jesucristo, llevando nuestra cruz. Jesús nos la haga amable. «Cuando se ama la cruz —decía San Juan Vianney— ella infunde la paz en nuestros corazones. Yo pedí el amor a la cruz y fui dichoso; y ahora pienso que no hay verdadera felicidad sino en la cruz.»

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Conciencia errónea, pero acto heroico

En la penúltima guerra, unos fugitivos armenios visitaron al Papa. Su jefe, el anciano obispo de Trapezunt, contó una cosa terrible. Tropas árabes y turcas reunieron cerca de Erzerum, en el Asia Menor, a todas las doncellas y mujeres de una aldea y las hicieron subir a la meseta de Kemaklí; la meseta terminaba en un abrupto precipicio, y en el abismo profundo el ímpetu de las aguas que bajaban de la montaña arrastra consigo rocas gigantescas.

—Escoged; o entráis en nuestros harenes voluntariamente o vais a parar al precipicio —dijeron los turcos a las pobres mujeres prisioneras.

En el fondo bramaban las aguas furiosamente.

De repente avanza una de las muchachas. una doncella joven, de porte distinguido. En sus ojos arde el fuego de la decisión. Ante su alma brilla el ideal de la pureza. Con voz argentina comienza a pronunciar las palabras de la señal de la cruz, y signando su frente se arroja con resuelta vehemencia al fondo de aquel abismo.

Cuando los sicarios recobraron el aliento, después del primer asombro, y miraron a su alrededor, ya no había ni una sola mujer en la meseta; todas se habían arrojado en pos de la primera... ¡Escena asombrosa!

Nunca es lícito quitarse la vida. Pero dentro de la conciencia de aquellas heroínas, indudablemente, se arraigó la idea de que era preferible la muerte a la pérdida de la virtud angélica. Y lo que su voluntad pudo hacer con la resistencia interior, en un rasgo de temeridad tan solo justificado por la buena intención, lo consumaron con el sacrificio de su vida.

A la Virgen de los Desamparados

Eres Tú de mi dicha y mis amores
el idilio en que sueña mi ilusión;
fui buscando ternuras y primores
y jamás encontré gracias ni flores
que pudieran llenar mi corazón.

Alumbró en mi fogosa fantasía,
ahuyentando la bruma, un claro sol;
era gracia, ternura y ambrosía,
y con rayos de bella epifanía
proyectaba en mi pecho su arrebol.

¡Sueño frágil y aleve! Fue quimera
que llenó de amargura y sinsabor
los atisbos de amante primavera,
que amorosos gozaron la hechicera
floración de un sentido y bello amor.

Desde entonces no hay sol en la mañana
de mi vida amorosa y... mi querer...
Los encantos que encierra la sultana
de belleza y de gracia sobrehumana...
para mí ya han perdido su poder.

Eres Tú solamente, Madre mía,
la que hechizas mi anhelo y mi pasión;
eres Tú la de núbil lozanía,
la que robas mi amor y mi alegría,
la que llenas mi pecho de emoción.

¡De mi amor, dulce amparo, oh, Madre mía!
la de gracias y encantos, manantial:
para, mí serás siempre epifanía
de quereres, de hechizos, de ambrosía,
y la flor de mi ardiente madrigal.

Eres Tú con tu gracia encantadora
la que viertes los rayos de tu luz
en la fronda de amor de mi alba aurora,
y las rosas que tu sonrisa desflora
me perfuman las penas de mi cruz.

En las horas románticas y bellas,
cuando labra la luna su cristal,
eres Tú la que escuchas mis querellas,
—y entre rejas de flores y de estrellas—,
mi cariño te borda un madrigal.

En la noche embrujada, tus ojuelos
me señalan la ruta del amor,
y mis labios se juntan con anhelos
de pasión, y deshojan —¡santos cielos! —
el rosal de unos besos con ardor.

El aliento encendido de tu boca
y el placer de tus besos de pasión
me taladran el pecho y alma loca,
y en la noche y el día, amor provoca
Tu figura de hechizo y seducción.

Son Tu talle, Tu gracia y hermosura
los que me hacen gozar y enloquecer;
Tu belleza, bondad y donosura
entreabren la flor de mi ventura
y me ofrendan eterno amanecer.

 

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Carcagente, abril, 1949.

Artísticas

El retrato en el arte

ab

Obras de José Aragonés y de Luis Rosa

Entre la pluralidad genérica y genética en las creaciones de arte encontramos a través de la historia particularidades expresivas que atraen la consideración crítica a reflexiones aplicables a todos los tiempos en sus representaciones plásticas y docentes.

Así, en la temática al objeto va la reflexión desde las grandes pinturas murales de mitología, de historia, de asuntos religiosos, y monumentalmente en la glíptica y en la plástica. Llegamos hasta la individualización en la figura humana; llegamos hasta el realismo del «retrato».

Género éste que discurre en su efectividad histórica hasta nuestros días, desde los del Renacimiento.

Que los «retratos» en la antigüedad clásica impulsaron un realismo vinculado a la humanidad circundante hasta llegar en la época romana a una fidelidad bien determinante, en escultura, es lugar común en historia del arte. En pintura, esa realidad fiel y aun ahondando en lo psicológico tuvo equivalencia temporal en la escuela alemana y se circunscribió casi personalmente a Holbein con todas esas expresas concomitancias.

Entre nosotros, en Valencia, el género «retrato» siempre ha tenido la devoción de nuestros artistas hasta llegar a nuestros tiempos que encabezamos con los de don Vicente López para seguir con Gisbert y por Domingo y Pinazo hasta la actualidad.

Y es indistinta la representación en cuanto a pintura o escultura. El género ha de tener las solicitaciones de la composición, del dibujo, de la técnica, de la psicología, pues de todas esas pluralidades se informa y forma para su éxito.

Aquí, en nuestras páginas, un «retrato» de muchacha, pintura de Aragonés, y un busto, escultura, de viejo, de Luis Roig que están implícitos en las reflexiones críticas que con la parquedad de las circunstancias dejamos aquí expresadas.

J. Mª Bayarri

Virgen de los Desamparados

La Patrona y los Patrones de Valencia

María, Madre de los Desamparados

El asentimiento de María al mensaje del Arcángel Gabriel señala un momento trascendental en la historia de la redención del mundo, pues en aquel mismo instante se realizó en el seno virginal el misterio de la Encarnación y María fue hecha, a la vez, Madre de Dios y Madre de los hombres: Madre de los Desamparados.

En efecto. Cristo, para redimir al linaje humano, hubo de tomar, y tomó, en el seno virginal de María, dos cuerpos: uno físico o natural destinado a morir en la Cruz y otro místico o moral representativo y responsable de la humanidad prevaricadora. Este cuerpo moral que Cristo tomó en las entrañas purísimas de María para redimir a la humanidad caída está formado por todos los hombres que han existido, que existen y que existirán hasta el fin de los tiempos. Luego María, por ser Madre de Cristo, es también Madre sobrenatural de los hombres, desamparados espiritualmente por Eva.

Esta verdad, contenida implícitamente en la embajada del mensajero de Dios a María y en el Dogma del misterio inefable de la Encarnación, la proclamó Cristo en el Calvario cuando dijo a su Madre desde lo alto de la Cruz, mostrándole a todos los hombres en el discípulo amado: «Mujer, ahí está tu hijo»; y luego a Juan, señalándole a María: «Ahí está tu Madre».

Y esta verdad es la que nos revela también la imagen de la Patrona de los valencianos, cobijando bajo los pliegues acogedores de su manto a dos inocentes que simbolizan a todos los hombres: a todos los desamparados.

Sí, María, por ser Madre de Cristo, es también nuestra Madre: Madre de los Desamparados. Y lo es no solamente porque nos ama con amor maternal, sino también, porque unida a Jesús es la fuente de nuestra vida sobrenatural y el canal por donde Dios nos comunica todas sus gracias.

Nadie, después de Dios, nos ama y favorece tanto como María La misión amparadora que ejerció para con nosotros en la Encarnación, en las bodas de Caná y al pie de la Cruz, continúa ejerciéndola con solicitud maternal siempre que acudimos a Ella confiados.

¡Qué consuelo tan grande, para los que peregrinamos por este valle de lágrimas, saber que tenemos en el cielo una madre tan poderosa y tan buena, a la que podemos acudir confiados en todas nuestras tribulaciones y necesidades! Esto debe avivar nuestra fe y nuestro amor, ensanchar nuestros pechos a la esperanza y hacernos prorrumpir en esta ferviente súplica salida de lo más hondo de nuestros corazones: ¡Virgen Santísima!, ¡Madre de los Desamparados!; en estos aciagos días en los que la serpiente infernal intenta arrojar a Dios de la sociedad, de los hogares y de las almas, como lo arrojó en la cuna de la humanidad por el pecado de nuestros primeros padres, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos; cobíjanos bajo tu manto; dadnos fuerza sobrenatural para que hollemos su cabeza, como Tú la hollaste en el primer instante de tu pura concepción, a fin de que Tú sola, Madre querida con el Niño Jesús en tus brazos, reines en el mundo, reines en España y reines en el Corazón de todos los hombres, muy especialmente en el de los valencianos que con tanto cariño te tenemos por Patrona y con tanto fervor ¡ y entusiasmo te aclamamos Madre de los Desamparados.

Fr. Pacífico Torres, ofm
Valencia, 8 de mayo de 1949.

El Buen Pastor

Compadeciendo humanas desventuras,
¡Oh dulce Redentor!, al mundo vienes,
para sufrir oprobios y desdenes,
mendigo de tus propias criaturas...

Cuán bien nuestro querer ganar procuras
qué finezas con nosotros tienes!...
y nos regalas tus divinos bienes...
y nosotros te llenamos de amarguras...

El pecado nos hiere y nos disgrega,
mil ovejas errantes, que el infierno
amenaza tragar con ira ciega...

¡Oh buen Pastor! con ese amor eterno,
que por salvarnos a la Cruz te entrega,
danos la vida en tu regazo tierno...

Jesús Galbis

El Buen Pastor

Escultura de los primeros tiempos del Cristianismo (Museo de Letrán).
Representa a Jesús, buen pastor de las almas, llevando sobre sus hombros a la humanidad oveja descarriada por el pecado, al redil de la gloria.

22

Protestantismo

Recientemente se ha empezado a desarrollar una gran propaganda protestante en nuestra patria. Cuando millones de salvajes esperan la luz del Evangelio, los pastores de numerosas sectas de aquella herejía prefieren, en vez de catequizarles, predicar el Evangelio de la libertad en España. De ese modo procuran romper la unidad de creencias religiosas, que es lo que ha evitado en nuestra Historia los antagonismos producidos en otras sociedades extranjeras, y debilitar políticamente a la católica España.

Como el celibato en los clérigos protestantes no existe, si han de estar acompañados por pastoras, mas cómodo es vivir casados, en país civilizado, y disfrutar de sus ventajas, que hacerlo entre salvajes, en quienes «toda incomodidad tiene su asiento», como diría Cervantes. Y entre quienes a veces una muerte cruel es el término de una vida oscura y trabajosa.

No sabemos qué sectas, de las numerosas que existen (288 sólo en Norteamérica) buscarán prosélitos en la patria de San Ignacio de Loyola; pero aunque un ministro protestante de Kiel Harrhs, dice que se pueden escribir en la uña del dedo pulgar todas las doctrinas uniformemente admitidas por los protestantes, parecen estar de acuerdo en aceptar los principios que estableció Lutero: la interpretación privada de la Biblia y el que «la fe sin las obras justifica». El primero ha producido desde los delirios de los anabaptistas de Munzer y Juan de Leyden (poligamia y comunismo), hasta las excentricidades de la bailarina Ruth St. Denis, que en Los Ángeles (California) ha fundado recientemente «La Iglesia del Baile Divino», en que «las oraciones se rezarán saltando... al compás de la rumba». Y el otro produjo al enunciarlo su autor y seguirlo sus partidarios una inmoralidad notable. «Sé pecador y peca fuertemente con tal que tengas firme confianza y te alegres en Cristo», escribió Lutero a Melanchton. Pero ¿basta esta opinión de manga ancha del reformador para desvirtuar las enseñanzas de Jesús? El Redentor claramente habló de la guarda de los mandamientos para salvarse (Mt 16-22 y 7, 7-22). Luego no basta la fe para un cristiano, si no la acompañan las obras.

Además, la libre interpretación de la Sagrada Escritura es un absurdo. Dos antorchas alumbran al hombre en su búsqueda de la verdad: la fe y la razón. Ambas proceden de Dios, verdad infinita. Y no pueden estar en contradicción. «Dios no puede negarse a si mismo, ni una verdad contradecir a otra verdad», dice el Concilio Vaticano (Cap. IV). Y esto es tan cierto en el orden natural como en el sobrenatural. El principio de contradicción «imposible es que una cosa sea y no sea al mismo tiempo», es verdadero en ambos órdenes. Luego es falso el principio del libre examen que conduce al absurdo, y Dios no ampara el absurdo. Como lo compararía si fuera verdad la presencia real de Cristo en la Eucaristía, como afirman los luteranos, y no lo fuera, como sostienen los calvinistas, la divinidad de Jesucristo que creen ambos, y los socinianos y algún obispo anglicano, que la niegan. Y así con otros dogmas del Cristianismo.

Y si ha podido decir un obispo anglicano que «el protestantismo consiste en creer todo lo que se quiere y en profesar todo lo que se cree», o sea en creer cada cual lo que estime según su libre inspiración y obrar como le parezca, pues los méritos del Redentor cubrirán todas sus maldades, los católicos pensamos como nuestra Iglesia que hemos de guardar los mandamientos para salvarnos y creer verdades de fe invariables. El protestantismo de ideas fluctuantes en sus creencias y moral laxa y acomodaticia es obra humana; el Catolicismo de ideas fijas en sus dogmas y moral ajustada a las enseñanzas de Jesucristo es la verdadera religión que Él fundó.

Y no necesitamos cambiar la moneda buena de nuestra fe católica por la falsa que nos ofrecen los pastores protestantes.

Arturo Fosar Bayarri

Fr. Maximiliano Kolbe

(Continuación.)

Víctima de la Gestapo

No lo dejan en paz. Realiza la Gestapo unas pesquisas y el 17 de febrero determina llevarlo preso de nuevo, con otros cuatro religiosos, al «Campo de los Muertos», Oswiecim. Los otros cuatro son llevados pronto a dicho campo; al P. Kolbe lo dejan de momento, por estar en el Hospital con fiebre alta. No hay que olvidar que estaba enfermo del pecho, pues le faltaba un pulmón hacía ya varios años. Todos conocían su virtud y su ciencia y por esto hasta el mismo personal de la prisión quería impedir su partida para el campo fatídico. Se había ganado la voluntad de las almas buenas, pero los de la Gestapo querían acabar con él. Un sacerdote, Conrado Szweda, compañero en la prisión del P. Kolbe, el único superviviente de los quince sacerdotes que fueron conducidos con él desde Pawiack a Oswiecim, nos cuenta lo acaecido, que resumo en gracia de la brevedad.

El 23 de mayo llegan al «Campo de la Muerte» 400 presos políticos, 15 de ellos son sacerdotes y uno de éstos es el P. Kolbe. Van custodiados por muchos soldados y por perros y son golpeados frecuentemente con los fusiles. Se les obliga a ir corriendo al toque de llamada: pasan por entre filas de soldados, quienes sin piedad los azotan con látigos de cuerdas, rematados en bolitas de plomo, sin mirar si les dan en las espaldas, en la cabeza o en la cara. En una pequeña sala de baños pasan la noche los 400; tan amontonados están que algunos se desmayan semiasfixiados.

Por la mañanas les obligan a recibir chorros de agua fría y luego les entregan sus hábitos, manchados con sangre por los malos tratos del día anterior. Un día se ordena que salgan de las filas los judíos y sacerdotes católicos. Los primeros son castigados con tanta furia que algunos pierden el conocimiento; los sacerdotes son condenados a trabajos agobiadores; entre éstos, el P. Kolbe, quien tiene que empujar un carro cargado de piedra y arena, y tiene que ir corriendo tanto si lo lleva lleno como vacío, y aun así no se libra de los azotes de. los guardias, destacados de 10 en 10 metros.

A los tres días de estos tormentos, una nueva orden: Que pase el P. Kolbe a la «zona de trabajo». ¿Se le tendrá alguna consideración por su enfermedad de pecho? Muy lejos de eso. La recomendación al nuevo carcelero es ésta: «Toma a estos inútiles parásitos de la sociedad —se refería a los sacerdotes—, enséñales cómo se debe trabajar.» Dejadme hacer a mí —responde—. El trabajo que le da es parecido al anterior: transportar troncos de árboles y leña. Enfermo como está, el Padre no puede más. ¿Cómo le alivia Krot, el nuevo carcelero? Le pone sobre su espalda un doble peso.

Los compañeros sacerdotes sé compadecen de él, al verle sangrando bajo la carga, quieren ayudarle. «No os expongáis —les dice sonriente y tranquilo— a recibir también vosotros los golpes. La Inmaculada me ayuda; lo haré yo solo.» Un día cae en tierra, desvanecido. Krot lo ve. ¿Le socorrerá? ¡Quiá! Con la culata del fusil lo golpea en el vientre y en la cara, y no contento con esto, manda a un empleado de la cárcel que le dé 50 golpes, con los que le deja inmóvil y sin sentido. Es necesario llevarlo al Hospital del campo, donde lo revisan. El diagnóstico es: pulmonía y agotamiento general. Apenas le queda voz, está cubierto de llagas y cicatrices, tiene fiebre alta. Después de algunos días lo declaran enfermo contagioso y lo trasladan a un pabellón especial.

No pierde la paz interior por eso y sufre con tanta paciencia que asombra a los mismos médicos y enfermeros que le atienden. Resignado y conforme con cumplir la voluntad de Dios, repite frecuentemente: «Por Jesucristo sufriría aún más.» La Inmaculada está conmigo: Ella me ayuda.» Y le ayudó en realidad, no a sanar de su enfermedad, sino a mejorar algo para poder cumplir su misión de sacerdote mientras tuviera vida. Confesaba, rezaba tanto en particular como en común, aconsejaba y hasta hacía algunas pláticas espirituales a sus compañeros de prisión, que versaban principalmente sobre la Inmaculada. «Ella —les decía— es la verdadera Consoladora de los afligidos.» Quiere que le traten como a los demás prisioneros.

Viéndole tan desfallecido, no falta quien le ofrece una taza de café. «¿Por qué —dice— la he de tomar yo, si los otros no la tienen?» Y divide con los otros no sólo la taza de café, sino la rodaja de limón y los demás víveres que llegan a sus manos. «Grácil y de pequeña estatura —dice uno de sus compañeros— era el P. Maximiliano para todos nosotros nuestro Padrecito

Hubo necesidad de trasladarlo poco después al pabellón de los inválidos, lo que significaba que estaba ya desahuciado de los médicos. Aun entonces ejercía su apostolado siempre sonriente, consolando a los enfermos y reconciliándolos con Dios.

Mártir

Todo hacía creer que la vida del Padre Kolbe terminaría como la luz de una lámpara, que se apaga por falta de aceite, y no obstante, murió mártir; su muerte fue violenta, aunque no al filo de la espada, y con ello colocó la Inmaculada sobre su cabeza la corona de flores bermejas que le ofreciera desde niño. Dio ocasión a este nuevo y último sacrificio del Padre, la fuga de uno de los presos. Por esta fuga los guardias los maltratan a todos, no les dan ni un pedazo de pan, ni un sorbo de agua; es el mes de julio y se complacen en ponerles a los rayos abrasadores del sol, y encima de esto los golpean con la culata de sus fusiles.

El número de los presos es cada vez mayor, lo mismo que el de los enfermos, y no es posible trasladar a éstos al Hospital. Por la noche se oye un toque de atención y este aviso: «El prisionero fugitivo no ha regresado; en castigo, diez de vosotras iréis a la muerte.» Uno de los elegidos es un hombre casado, con hijos. Al enterarse el P. Kolbe, sale de la fila en dirección hacia el comandante, le saluda y le dice: «Deseo ocupar el puesto de aquel padre de familia. Ruego acepte usted el ofrecimiento de mi vida».

—¿Cuál es su profesión?

—Sacerdote católico.

—¿Por qué hace esto?

—Este padre es muy necesario para su familia.

—Acepto —dice el comandante, después de reflexionar un momento—. Tres guardias acompañan inmediatamente al Padre Kolbe y a los demás elegidos al obscuro subterráneo de la muerte. Los últimos momentos de este mártir franciscano nos los cuenta el periodista y a la vez secretario e intérprete en el subterráneo, Borgoviec Brunone.

«De las celdas —nos dice— donde estaban los infelices salían cada día las plegarias recitadas en alta voz, el Rosario y cantos religiosos, a los cuales se asociaban los prisioneros de las otras celdas. Me parecía que estaba en la iglesia. Comenzaba el P. Maximiliano Kolbe y todos los otros respondían. Algunas veces estaban tan absortos en la plegaria que no se acordaban de la venida de los guardas para la acostumbrada visita».

¿Qué martirio dieron al P. Kolbe y cómo lo sufrió? Trataron sus verdugos de que no llamara la atención. El 14 de agosto de 1941, el director de la sala de enfermos le puso una inyección de ácido muriático en la mano izquierda. «El P. Kolbe. con la oración en los labios, ofreció por sí mismo la mano al verdugo.» Me trae a la memoria este detalle a Nuestro Señor Jesucristo ofreciendo sus manos a sus verdugos para que lo crucificaran. Poco después su martirio estaba consumado. El día siguiente, 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, ¿lo enterraron? No. Aquellos desalmados, sin creencias religiosas y sin respeto a los difuntos, incineraron su cadáver en el crematorio. Descanse en paz y desde el cielo interceda por nosotros.

En resumen. Fue el P. Maximiliano Kolbe, héroe y mártir, alma de vida interior, verdadero religioso franciscano y perfecto imitador en vida y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Fr. Buenaventura Meseguer, ofm
Serrano (R. Argentina) y marzo de 1948.

Consultorio religioso

Si el alma tiene libertad, y la libertad significa ser dueño de sus propios actos, ¿por qué ha de castigarnos Dios por ellos, caso de que sean malos?

Pues porque ser dueño de los propios actos no significa que podamos hacer lo que se nos antoje en el terreno moral, sino que somos responsables de los mismos, es decir, que tendremos que responder y estar a las consecuencias, cuando quien puede hacerlo nos pida razón de ellos. Es lo contrario exactamente de lo que usted supone.

Deseo saber si la limosna contribuye a expiar nuestros pecados.

Los Santos Padres dicen que la limosna es un sacrificio —de expiación, de alabanza, de petición— qué es preciso ofrecer con frecuencia en presencia de la Divinidad.

San Juan Crisóstomo, enumerando los diversos géneros de sacrificios que se pueden ofrecer a Dios, pone entre ellos el sacrificio de la limosna (Sacrificium elemosynae. Salmo 95).

Y San Agustín dice: «El sacrificio del cristiano es la limosna para el pobre» (Homilía XXIX).

Un comentarista sagrado dice: «Luego el seno del pobre es una especie de altar, en el cual se ofrece cual víctima la limosna.»

¡Lástima que haya tan pocos sacrificadores!

¿Cuándo vendrá Jesucristo a juzgar a los buenos y a los malos?

El Catecismo asegura que Jesucristo vendrá a juzgar a los buenos y a los malos al fin del mundo. ¿Cuándo será el fin del mundo? Esto «nadie lo sabe, ni aun los ángeles del cielo», según dijo Cristo Nuestro Señor (Mt 24, 36).

Fr. Agnello

Silencio

En el dolor de toda prueba, la naturaleza pide: el ser comprendida, el ser consolada, el ser complacida, el ser caritativamente amada.

¡Pobre corazón! Y siempre queda con su cruz.

Que nunca entre las almas haya mutuo cambio de aversiones, repugnancias, desalientos, ¡facetas del propio vivir!

Cambiemos sentidos elevados. Comuniquemos delicadamente un buen pensamiento, un deseo santo, un fácil medio para nuestra perfección.

Callemos siempre nuestras penas. Llevemos sólo al corazón del prójimo la virtud, y en ella la paz.

María de Santángel

Noticias

Proceso de beatificación de Fr. Junípero Serra
Después de varios años de preparativos en la preparación del material informativo y documental, se ha iniciado en California el proceso para la beatificación del franciscano español fray Junípero Serra, fundador de las misiones del oeste norteamericano y padre de las más populosas ciudades californianas, entre las que merecen citarse San Francisco, San Diego, Los Ángeles, San Luis, Monterrey, San Antonio, etc.

La noticia del proceso llega en vísperas de celebrarse el segundo centenario de la partida del insigne misionero mallorquín a los territorios de la costa del Pacífico.

Centenario
San Francisco Solano, franciscano español es el más grande Apóstol de Iberoamérica. Este año se cumple y celebra el IV Centenario de su nacimiento 1549-1949.

Las clarisas en el Japón
El día 21 de diciembre último se erigió canónicamente en Tokio el primer monasterio de religiosas franciscanas de clausura: las Clarisas. Ya han ingresado dos novicias japonesas. Se ha aceptado, además, una postulante del país. Son muchas las jóvenes que han presentado la solicitud de admisión.

Una potente emisora para su santidad
Bajo la presidencia del Primado de España se ha constituido la junta nacional que, además de velar por la participación de los españoles en las fiestas jubilares del Año Santo de 1950, colectará limosnas para donar a Su Santidad una potente emisora vaticana con ocasión de sus bodas de oro sacerdotales.

Capacidad de alojamiento en Roma
Una encuesta provisional hecha por el Comité Central del Año Santo revela que durante las sagradas rogativas podrían alojarse en Roma más de un millón de peregrinos.

Fiesta a la Virgen del Milagro en Teruel
Un grupo de religiosos contestanos celebrarán la fiesta de su Patrona la Santísima Virgen del Milagro en el convento de San Antonio de Padua de esta ciudad y a cargo de una familia de Cocentaina, resultando muy solemne y numerosa la comunión.

Teresa Neuman,La estigmatizada de Konnersreuth (Baviera)
Campesina enfermiza, de 53 años, muy conocida en todo el contorno, el último Viernes Santo, como en años anteriores, estaba en su lecho con el rostro como el de un Cristo yacente, manando sangre por las manos, por la frente y por los pies. Había entrado en período agónico a las diez de la mañana y permaneció así hasta las tres de la tarde.

21

La multitud que esperaba esto desde el lunes prorrumpió en manifestaciones de fervor. De toda la región acudieron gentes de todas las edades y clases sociales para contemplarla. A pesar de haber advertido al Padre Josef Haber, que le asiste, a los peregrinos, que no podía ser vista sino poco a poco y por un brevísimo espacio de tiempo, por hallarse muy enferma, el desfile a duras penas ordenado duró cinco horas.

22

Según la familia de la enferma y los habitantes del lugar, todos los años, desde hace veintitrés, Teresa revive por la misma época de la pasión. Los primeros signos evidentes aparecieron en su cuerpo en 1926 y desde entonces siempre, al llegar la Semana Santa, la sangre brota de sus manos, de una llaga en cada pie, de ocho heridas en su cabeza, que representan la corona de espinas, y de una herida en el costado, bajo el corazón. El Padre Haber lo confirma y añade algo más. Afirma que desde el mes de septiembre de 1927, Teresa no ha comido ni bebido nada, salvo la Sagrada Comunión, que él le ha administrado diariamente. Tres médicos examinaron a la mujer durante varias semanas y comprobaron que sin tomar alimento alguno, pesaba al final del experimento lo mismo que al comenzar.

(Extracto de «Levante».)