Oración y penitencia

Reiteradamente, desde hace algunos años, exhorta el Papa a todos los católicos a que hagamos oración y hagamos penitencia.

Tiene el Papa ante sus ojos la extensión y profundidad del vial del mundo, y, para remediarlo, hace perseverante oración y lleva una vida muy austera y penitente, y exhorta a todos los fieles a que hagan otro tanto, según sus posibilidades. De la perseverante oración de la continuada penitencia espera el Papa principalmente el remedio de la impiedad, del materialismo, de la avaricia, causa de muchas injusticias y de crueles guerras.

No descuida el Papa la acción caritativa que procura consuelo al triste, abrigo al desnudo, alimento al hambriento, hogar al que gime lejos de su familia y de su patria. A todo esto ha consagrado el Papa muchas atenciones, muchas horas y muchos millones de pesetas durante la pasada guerra, y luego de ella, mirando a los hombres de cualquier raza y nación como hijos de Dios y enviándoles socorros sin miras humanas n¡prejuicios de nacionalidades.

No sólo se preocupa el Papa de remediar el mal que no pudo evitar con sus oportunos consejos; continúa procurando evitar males inminentes, sugiere medios adecuados para lograrlo: pero entiende que el principal de los medios es la oración nacida de un corazón puro y de un alma sinceramente cristiana, consagrada al cumplimiento constante de los mandamientos de Dios.

N¡se pueden descuidar los medios humanos, n¡podemos poner en ellos toda la confianza. «A Dios rogando y con el mazo dando», decían nuestros antepasados con su profundo sentido cristiano; y sintiendo al unísono de ellos, quiere el Papa que confiemos más en Dios que en la fuerza de las armas y en el poder del dinero. Ármense enhorabuena las naciones para defenderse de tina posible agresión injusta; pero hagamos todos oración y cumplan cristianamente su deber gobernantes y gobernados, porque de esta oración y de este deber, cumplido con espíritu de penitencia, es de donde principalmente han de venir al mundo los bienes de la paz que anhelamos y el remedio de los males que padecemos.

En estos mismos días está pidiendo el Papa oración y penitencia para que cese la guerra en Tierra Santa y puedan ser visitados libremente por todos los cristianos de cualesquiera países los venerandos lugares santificados por Nuestro Señor Jesucristo en su vida mortal. También propone el Papa a las Naciones Unidas medios humanos conducentes a tal estado de tranquilidad y de seguridad personal; pero no deja de insistir en que todos perseveremos en la oración para que, aceptados con buena voluntad estos medios, se logre el bien que se desea y espera.

La oración tiene un secreto y vastísimo poder, al que se refería el Apóstol Santiago al escribir en su carta: «Vale mucho la oración perseverante del justo.» (5,6). Jesucristo nos lo había asegurado con mayor precisión al decirnos: «Cuanto con viva fe pidiereis en la oración, lo alcanzaréis» (Mt 21, 22).

Con la oración y con la penitencia lograron en su tiempo los Patriarcas San Francisco y Santo Domingo desarmar el brazo de Dios levantado ya para castigar los pecados del mundo.

Al principio de este siglo decía Jesús a una niña pobrecita, enferma y muy penitente, a quien hoy veneramos en los altares con el nombre de Sta. Gema: «M¡Padre está muy irritado contra el mundo y prepara un ejemplar y terrible castigo para todo el género humano. Necesito almas víctimas que con sus padecimientos y tribulaciones satisfagan por los ingratos pecadores.» (Carta 85 al P. G.)

En 1917 manifestó la Sma. Virgen en Fátima que Dios estaba dispuesto a castigar al mundo por sus pecados, y pidió oraciones y penitencias para librar al mundo del castigo. Aquellos niños a quienes se manifestó la Santísima Virgen oraron, en efecto, e hicieron mortificaciones. Otros les han imitado. ¿Serán los suficientes para calmar la ira de Dios?

En 1944, otro mensaje parecido al de Fátima se recibe de la Santísima Virgen en Bonata, norte de Italia, acompañado y seguido de curaciones y de conversiones que está ya estudiando la autoridad eclesiástica para dar acerca de ellas su fallo definitivo.

En Fátima se nos dijo que s¡España es fiel a Dios se convertirá Rusia y gozará el mundo una época de paz y de bienestar.

Concretando más las cosas, pide la Santísima Virgen que cesen los pecados de impureza y los de blasfemia. «La impureza es el pecado que más almas arroja al infierno... Es necesario que se eviten esos graves pecados que limitan la familia. Esta guerra ha sido causada, en gran parte, por los pecados de la mujer.
Cese ya la blasfemia en todas sus formas, particularmente en esa tan extendida de criticar contra la Divina Providencia.

Es preciso que todo el mundo ore para la pronta cesación de penas y dolores.

La gran penitencia que se impone a todos es la completa fidelidad a los deberes de estado, considerados como la manifestación tangible de la voluntad de Dios sobre nosotros.

Difícil es que el mundo consiga la paz, porque está lejos de la fe y ele la santidad. Tan sólo la oración y la penitencia lo podrán salvar. Es preciso que todos, buenos y malos, oren incansablemente por el mundo martirizado.»

Se ha abierto el Año Santo 1950 y el Papa invita a todos los hombres y a todos los pueblos a purificar sus conciencias y a santificar sus almas con la oración y la penitencia hechas con inquebrantable adhesión a Cristo y a la Iglesia.

El mundo desoyó muchas veces las llamadas paternales del Sumo Pontífice y tuvo que expiar luego su rebeldía con gravísimas calamidades. ¿Desoirá también esta llamada del Año Santo?

Recogiendo los deseos manifestados por la Santísima Virgen en Fátima, consagró Pío XII el mundo entero al Inmaculado Corazón de María, como León XIII lo había consagrado al sacratísimo Corazón de Jesús. Por María ha de volver el mundo a Jesús. La Santísima Virgen quiero salvar el mundo y pide para ello a todos oración y penitencia. ¡O volvemos a Dios por María, o perecemos a manos del comunismo!

Fr. Luis Mestre, ofm

[Nota biográfica del P. Luis Mestre]

Año Santo

Comenzó en la vigilia de Navidad el Año Santo o año de jubileo general promulgado por el Santo Padre Pío XII, con ocasión de hallarnos en la mitad de este siglo, que cuenta ya con cuatro, años jubilares: el 1900, por ser comienzo de siglo; el 1925, por cuanto cada 25 años suele conceder el Papa un jubileo solemne; el 1933, jubileo extraordinario en conmemoración, del centenario de la Redención del mundo, y el actual, porque le corresponde según el cómputo de cada 25 años.

Es el jubileo una indulgencia plenaria y solemne que concede el Papa a los fieles que durante este año acudan a Roma y visiten devotamente las basílicas de San Pedro, de San Pablo, de San Juan de Letrán y de Santa María la Mayor; confiesen y comulguen una vez y recen en cada una de las citadas basílicas cuatro veces el Padre nuestro, Ave y Gloria, y una vez el Credo.

A Roma deben ir en peregrinación de penitencia, y no de turismo, los católicos desde todas partes del mundo, recordando aquellas piadosas peregrinaciones que hacían a pie nuestros antepasados para ganar las indulgencias de los santuarios de Roma, de Jerusalén o de Santiago, consiguiendo el perdón de sus pecados y la paz de sus conciencias. A los enfermos, a los obreros y a los que han cumplido 70 años, les concede e! Papa que puedan ganar el jubileo en el lugar de su residencia; y en el año 1951 extenderá a todo el mundo este jubileo para que no se quede nadie sin ganarlo.

El perdón de los pecados y de las penas merecidas por ellos es el fin principal de todo Año Santo. El Papa quiere que en éste, purificada la conciencia de cada católico, roguemos todos por la enmienda de las costumbres privadas y públicas, por la práctica sincera de la virtud cristiana y por la paz de las naciones, particularmente en Palestina.

S¡secundamos fielmente los deseos del Papa, este Año Santo será también año santificador de las almas, de las familias y de los pueblos, y reportará bienes abundantes a la Iglesia y a las naciones.

Fr. Luis Mestre, ofm

Idilios de amores al Niño Jesús

Niñito que en la cuna
duermes tranquilo:
dime, dime: ¿en que sueñas,
dulce amor mío?

¿Sueñas de tu Calvario
en los suplicios,
en vergeles de rosas
y blancos lirios?

¿Sueñas en los encantos
de fulgor lindo,
en las sombras siniestras
de dolor vivo?

¿Sueñas en las negruras
del pecho frío,
en los rayos ardientes
de amor divino?

No despliegues tus labios,
fragantes lirios;
yo se bien en que sueñas,
¡dulce amor mío!

Me lo dice tu rostro
suave y tranquilo;
me lo dicen tus labios
dulces y finos.

Es tu rostro un espejo
claro y ternísimo;
son tus labios rosales
amor y hechizo.

Y en el uno contemplo
gozo infinito;
y en los otros la dicha
veo y admiro.

Y el espejo... y rosales...
a voz en grito,
en que sueñas, me dicen,
¡dulce amor mío!

Sueñas en los destellos
de amor divino...;
en los bienes y gracias
del alto empíreo.

En la luz sonrosada
que tiene rizos...;
en tenazas y amores
de dulce hechizo.

En locuras divinas...
y en los suspiros
de las almas que buscan
tu rostro lindo.

Niñito que en la cuna
duermes tranquilo;
no digas en que sueñas,
!dulce amor mío!

Tu sueñas, noche y día,
gracioso niño,
en m¡amor que te ofrenda
rosas y lirios.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

[Nota biográfica del P. Bernardino Rubert]

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