Insensibilidad religiosa

(De revista «Tierra Santa».)

El mundo atraviesa un período de insensibilidad religiosa incomprensible. El último azote de la segunda guerra mundial no ha sido aún lo bastante terrible para despertar su conciencia extraviada. En los distintos problemas que pesan actualmente sobre nuestra enloquecida humanidad chocamos continuamente con este angustioso fenómeno. ¿Pruebas? Indicaré solamente la más característica por ser la que más ha preocupado siempre a la conciencia cristiana de todos los tiempos. Es la cuestión de los Santos Lugares. Hoy, en este primer plano de la actualidad de Palestina, parece preocupar muy poco, no sólo a la cas¡totalidad de las naciones cristianas sino también católicas.

Hoy pesan más en la opinión internacional las apetencias egoístas de las pequeñas minorías racistas que las legítimas reivindicaciones de una masa de cuatrocientos millones de católicos. El aspecto religioso de la cuestión de Palestina n¡interesa n¡puede interesar a ciertas grandes naciones, cuyos móviles son únicamente los intereses económicos y sus apetencias imperialistas.

Nuestra única esperanza la ciframos en el voto que más de veinte naciones católicas tienen en los organismos internacionales y en lo que puede pesar la opinión de las grandes masas católicas repartidas en todas las naciones y, principalmente, los treinta millones de católicos de Estados Unidos. ¿Saldrán defraudadas nuestras esperanzas? Es tal la falta de lógica de ciertos organismos internacionales y de ciertas naciones que muy poco se puede esperar en ellos.

No soy pesimista, pero el panorama, visto desde aquí de Palestina, se presenta muy sombrío. S¡las naciones que se llaman católicas no toman una fuerte decisión en apoyo de los intereses del Catolicismo, los Santos Lugares atravesarán uno de los períodos más difíciles de su historia. Y tanto el culto católico como el acceso de los peregrinos a los santuarios palestineses encontrarán crecientes obstáculos en el libre ejercicio de sus derechos seculares y de su piedad.

El problema, tanto político como religioso, de Palestina, en sus infinitas derivaciones, es muy poco conocido, y, esto, a pesar del vocerío cotidiano de la prensa y de la radio. Se habla y se escribe mucho, pero el punto capital de la cuestión, con sus secuelas y consecuencias, se deja sin estudiar o se trata muy superficial o parcialmente. Se busca la literatura o el sensacionalismo morboso sin llegar nunca al corazón sangrante de la realidad. Esto es lo que he sacado en consecuencia al leer los innumerables artículos e infinitas crónicas de los periodistas, especialmente, de habla española. Más aún, los mismos corresponsales de los periódicos más acreditados han publicado crónicas plagadas, hasta lo inverosímil, de errores y exageraciones enfermizas. La sed de sensaciones fuertes que los atenazaba ahogaron en sus crónicas la lógica, la verdad y la observación directa de los hechos, quizás por falta de sinceridad o ligereza inconcebibles.

El Director

Andanzas de Nuestra Señora de Fátima

La incansable peregrina
la Virgencita sin par,
en los jardines de Pego
su blanco pie fijó ya.

Del Cielo como llovida,
esta Madre celestial
desde Madrid vino en busca
de un soñado palomar.

Y palomitas sin cuento
tras de sí llevóse audaz,
mil almitas candorosas
que Ella supo cautivar.

Y que por calles y plazas,
con aplauso general,
acompañándola fueron,
sonriente su linda faz.

Del Colegio la nidada
a quien Ella nombre da
la obsequió por nueve días
con cariño singular.

Cantos hubo, luces, flores,
y sacrificios aun más,

sin que faltaran las lágrimas
que el amor hace brotar.

Agradecida esta Madre
a un cariño tan filial,
con especial privilegio
lo quiso recompensar.

A hombros suyos fue llevada
en su paseo triunfal,
y en ello Hermanas y niñas
supieron rivalizar.

Los tres caros pastorcitos
con el Ángel de la paz
precediéronla en su triunfo,
hechos viva realidad.

Iba la Virgen sembrando
su semilla celestial,
y esa en las almas dispuestas
ha empezado a germinar.

Salid, Virgen Andariega,
y sin descanso volad,
que hay aquí nuevas palomas
que aun a Vos se han de juntar.

Fr. Luis Ángel, ofm
Pego, 3 de Enero 1950

[Nota biográfica del P. Luis Ángel]

La Presentación, misterio de reparación de la gloria divina

Conocemos la primera oración del Hombre-Dios en el seno virginal de su Madre. El Espíritu Santo nos la ha revelado por boca del apóstol San Pablo: "Al entrar en este mundo —refiere el Apóstol— dijo: Tú, oh Padre, no has querido sacrificio n¡ofrenda; más a mí me has apropiado un cuerpo mortal. Holocaustos por el pecado no te han agradado. Entonces dije: He aquí que vengo, según está escrito de mí, para cumplir, oh Dios, tu voluntad." (Hebr 10, 5-7).

Aquello fue una ofrenda secreta. El día de la Presentación de Jesús al templo, la ofrenda tomó carácter oficial. Sí. toda la vida de Cristo fue un sacrificio cruento, su Presentación en el templo significó el ofertorio de ese augusto Sacrificio, de esa Santa Misa. En el mismo lugar donde se sacrificaban las víctimas propiciatorias, que no podían aplacar a la Majestad ofendida de un Dios, el anciano Simeón toma en sus manos el divino tesoro que María llevaba al templo, y levantándolo en alto, lo ofrece al Padre, ministras los cielos, atónitos, quedan inundados de gloria y envuelta de misericordia la humanidad pecadora. Era la primera vez que recibía el Padre un sacrificio digno de su Majestad.

La Iglesia, al recordarnos misterio tan augusto, nos invita a asociarnos a este acto de divina reparación. Quiere que como Simeón tomemos al Niño en nuestras manos para presentarlo al Padre. Este sentido tiene la antífona que se canta durante la repartición de las candelas: "Adorna tu tálamo, oh Sión, y recibe a tu Rey, Cristo".

El misterio de la Presentación. así entendido, viene a ser, pues de complemento de los misterios del ciclo de Navidad. La divina Bondad se ha hecho patente enviando a su Hija al mundo para salvarnos. Como respuesta a esa dignación nosotros nos sentimos obligados a unirnos al Sacrificio de esa Hostia pura, santa e inmaculada, aportando a él nuestras pequeñas cruces. Esta fiesta abre, por tanto, en nosotros una disposición a apropiarnos la actitud que exigirá el próximo ciclo litúrgico que comienza, con Septuagésima.
Maneras de unirnos a la cruz de Cristo, de ejercitarnos en el divino arte de la reparación ¡hay tantas! Todo sufrimiento, todo sacrificio. por pequeño que sea, resulta moneda aceptable. Pero entre los medios de convertirse en partículas de la Gran Hostia de Cristo, huy uno sobrexcelente. Leyendo el Mensaje que el Sagrado Corazón ha enviado en nuestros días al mundo por la humilde sierva suya Sor Josefa Menéndez nos llamó la atención que cas¡cuantas veces el divino Amante se aparecía a su sierva, ella renovaba en su presencia sus votos, dándonos con ello a entender el valor expiatorio que el holocausto del alma consagrada al Señor por los votos tiene ante su divina Majestad.

Esta enseñanza nos era conocida a los franciscanos. En los momentos de íntimas comunicaciones de Cristo con Francisco sobre el Alverna pide un día el Señor a su siervo le ofrezca algo en reparación de las ofensas de la humanidad. Francisco vacila. ¿Qué ofrecerá al Señor si, hecho pobre por su amor, no posee nada? Y Jesús viene en su ayuda. "Mete la mano en tu seno, le dice, y ofréceme lo que allí encontrares." El "Pobrecillo" obedece y encuentra en su seno una bola de oro. Por tres veces se repite el requerimiento y el milagroso hallazgo, que cada vez ofrece Francisco al Señor. Y le fue revelado que aquellas tres bolas de oro simbolizaban los tres votos, y que la renovación de los mismos reparaba las ofensas que los pecadores dirigían a su divino Corazón.

Preciosa lección que no deben olvidar las almas consagradas al Señor, bien por los votos religiosos, bien por votos privados, procurando hacer propia, en todo momento, la actitud del Santo mártir Ignacio cuando decía: "Trigo soy de Cristo, y como tal debo ser molido para convertirme en pan puro, en blanca hostia."

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

[Nota biográfica del P. Joaquín Sanchis]

La Presentación del Niño Jesús en el Templo

La Presentación de Jesús en el Templo

Pintura de Ph. de Chapaigne

N¡Jesús, que era Dios, estaba obligado a la ley de la presentación en el Templo, n¡María, Madre de la pureza, estaba sujeta a la ley de la purificación. Pero ambos se sometieron. con gozo a leyes tan humillantes, para darnos ejemplo de humildad y de obediencia. Aprendamos, lectores, en este misterio a gozarnos en las humillaciones y a cumplir de buen grado la Ley del Señor.

Fr. Pacífico Torres