La Santa Locura de la Cruz
Una anécdota
Era yo un niño cuando m¡buen padre, con quien espero reunirme en la gloria, recibía un periodiquín de amena y sana lectura moral que él coleccionaba y guardaba entre sus libros y papeles luego de haberlo leído.
A mis diez años pude ver y leer aquellas colecciones que guardaban narraciones escogidas y edificantes que instruían y deleitaban al mismo tiempo, muy propias para pasar útilmente un rato en los días festivos. A los obreros y a la clase media buscaban principalmente las páginas de aquel poriodiquín titulado «La Lectura Popular».
Varias veces leí en ellas unos rengloncitos que por fin se me quedaron prendidos en la memoria, de la que todavía no se han desprendido después de cincuenta largos años.
No entendía yo aquellos rengloncitos que llamaban poderosamente m¡atención porque presintía que contenían verdades trascendentales, y deseaba llegase pronto el tiempo de poder entenderlas.
Decían así:
«Muere, s¡quieres vivir;
Pena, s¡quieres gozar;
Baja, s¡quieres subir;
Pierde, s¡quieres ganar.»
Los leía yo y los repetía esforzándome por entender su genuino y verdadero sentido. M¡imaginación infantil los aplicaba y acomodaba a las cosas caseras que conocía, y quedaba yo cada vez más convencido de que aquellas sentencias lapidarias habían de entenderse en un sentido más noble y elevado. Reconocía m¡ignorancia y esperaba poder descubrir un día la oculta verdad que ellas encerraban.
Llegó el día
Andando el tiempo, llegué a leer en el Evangelio esta sentencia de Jesucristo : «Quien ama desordenadamente su vida, la perderá; y quien aborrece su vida en este mundo, para la vida eterna la guarda». (Jn 12, 25). Me acordé entonces de aquellos rengloncitos que en m¡niñez había aprendido; y los recordó de nuevo al leer esta orden terminante del divino Maestro: «El que quiera venir conmigo, cargue cada día con su cruz y sígame». (Lc 9, 23). Me pareció que las palabras de Jesús me daban luz e inteligencia.
Aquellos rengloncitos expresan, en efecto, y repiten a su modo, las enseñanzas fundamentales de Ntro. Sr. Jesucristo. Nos inculcan que para lograr la vida eterna del cielo hay que cumplir siempre la ley de Dios sin desertar jamás de su cumplimiento, n¡aun cuando se nos amenace con la muerte violenta:
«Muere, s¡quieres vivir»,
y nos recuerdan que en todo tiempo, cada día y a cada hora, hemos de subordinar a la voluntad de Dios todo lo humano y terreno, mortificando por Jesucristo y con miras a guardarle fidelidad perpetua, todos nuestros gustos depravados y nuestras locas ansias de placeres y de riquezas:
«Pena, s¡quieres gozar;
Baja, s¡quieres subir;
Pierde, s¡quieres ganar.»
Paradojas evangélicas
Abunda el Evangelio en esta clase de paradojas morales que deben sernos familiares, pues son verdades de fe a las que hemos de ajustar nuestra vida. Son célebres entre ellas las que conocemos con el nombre de Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres... Bienaventurados los que tenéis hambre... Bienaventurados los que ahora lloráis... Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, os rechacen de su compañía, os maldigan y abominen de vosotros por causa del Hijo del hombre. Gozaos en aquel día y alegráos, porque será grande en el cielo vuestro galardón». (Lc 6, 20-22).
Y continúa el texto evangélico: «¡Ay de vosotros, ricos! ... ¡Ay de vosotros los que ahora estáis hartos ! ... ¡Ay de los que ahora reís!... de los que sois alabados de los hombres»... (Lc 6, 24).
Todo esto dice Jesús en su célebre sermón de la montaña. En el mismo sermón vianda que no nos venguemos de las injurias, y que estemos dispuestos a recibir otras antes que faltar a la caridad tomando la justicia por nuestra mano, y exponiéndonos a penas mayores; y lo manda con estas expresiones enfáticas que hieren los oídos de los mundanos:
«Amad a vuestros enemigos; hacen bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian. A quien te hiere en una mejilla, preséntale la otra; y a Quien te quitare la capa, no le impidas que se te lleve la túnica. A todo el que te pida, dale... Tratad a los hombres de la misma manera que quisierais que ellos os trataran a vosotros.» (Lc 6, 17 sig).
Tratando con amor a aquellos hombres os envía como ovejas en predio de lobos» (Mt 10, 16), lograron conquistar su corazón y ganarlos para Jesucristo. Bien es verdad que tuvieron que revestirse de mansedumbre y de paciencia; bien es verdad que innumerables ovejas perecieron dejando entre los dientes de los lobos la vida terrena; pero, al fin, los lobos se convirtieron en ovejas, vencidos por el amor a toda prueba, por la fuerza del buen ejemplo y por la virtud de la cruz de Cristo que es sabiduría de Dios aunque el mundo la tenga por locura. (1 Cor 1, 23-24)
Ejemplo de Jesucristo
Nadie corno Jesucristo vivió las Bienaventuranzas y saboreó su secreta dulzura; nadie como Jesucristo amó la cruz y la buscó como medio providencial para dar gloria al Eterno Padre y redimir el pecado del mundo: «Con un bautismo de sangre tengo de ser bautizado, repetía, y siento oprimido el corazón mientras no lo ve cumplido.» (Lc 12, 50)
Las palabras de Jesucristo, acordes enteramente con su vida, llevaban a sus oyentes la vitalidad y fuerza del Corazón ardiente de Jesús de donde salían, y comunicaron a los santos el amor práctico a la cruz con el que han vencido al mundo y han ganado almas para Cristo.
Ejemplo de los Santos
Mártires, confesores y vírgenes sólo en la escuela de Cristo se han formado y pueden formarse. Recordemos unos pocos de entre aquellos cuyas fiestas hemos celebrado en lo que va de año.
San Sebastián, habiendo quedado con vida después de ser asaeteado, apenas pudo moverse por su pie, presentóse al emperador para dar nuevo testimonio de Cristo y acabar de dar por Él su vida. Santa Inés, jovencita de trece años, rechaza los buenos partidos que el mundo le, presenta, porque quiere guardar fidelidad eterna a su Esposo Jesucristo. San Vicente, mientras su cuerpo era desgarrado y quemado, canta diciendo que el padecer por Cristo es lo que siempre ha deseado y buscado. De estos tres gloriosos mártires
celebramos fiesta en tres días consecutivos del mes de enero.
A primeros de febrero celebramos la de S. Ignacio de Antioquía que iba contentísimo al martirio diciendo: «Ahora comienzo a ser en verdad discípulo de Cristo. Vengan las fieras que me están preparadas y trituren mis miembros y quiebren mis huesos, pues soy el trigo de Cristo y debo ser molido por los dientes de los leones para ser convertido en pan blanco». La de Santa Águeda y de Santa Apolonia que corrían al suplicio más aprisa que los mismos verdugos que las llevaban. La de los 23 mártires franciscanos del Japón que, crucificados como nuestro divino Maestro, entonaban cánticos sagrados mientras, desangrándose, esperaban la muerte.
EJ 8 de marzo de este año se celebra el cuarto centenario de la muerte de San Juan de Dios quien, tocado a raíz de su conversión de «la santa locura de la cruz», en tal forma repartió todo cuanto poseía, que, tomándole la gente por loco, fue abucheado por las calles y aguantó pacientemente una lluvia de insultos y de desprecios acompañados de pellas de lodo que lanzaban los chicuelos sobre su cuerpo.
No hay día del año en que la Iglesia no celebre la santa memoria de algunos de sus campeones de la fe. Todos los santos han lanzado, con sus heroicas obras al menos, aquel generoso grito del Apóstol S. Pablo: «Líbreme Dios de gloriarme en otra cosa que en la cruz de Ntro. Sr. Jesucristo.» (Gal 6, 14).
El P. S. Francisco pedía a Jesucristo le hiciese partícipe de cuanto Él había padecido por nuestro amor en el Calvario. Santa Teresita, sabiendo que con la cruz podemos salvar almas, alegrábase por la mañana cuando preveía alguna nueva cruz para aquel día. Con insistencia pidió al Señor le concediese el martirio del cuerpo o el del espíritu; y mejor aun s¡le concedía los dos juntos.
Epilogo
No siento yo estos anhelos, diremos por dentro más de cuatro. N¡Santa Teresita los sintió desde un principio, n¡tampoco el P. S. Francisco; pero se esforzaron ellos, y debemos esforzarnos cada día nosotros, por abrazar amorosamente la cruz que Dios nos envía. Procurando amarla y abrazarla, nos será más ligera y más provechosa.
De otro modo andaría el mundo, y otra sería nuestra suerte eterna, s¡comenzásemes también nosotros a sentirnos tocados de la santa locura de la cruz.
Fr. Luis Mestre, ofm
[Nota biográfica del P. Luis Mestre]
Cuadro infantil
Divina travesura
I¡Qué cuadro tan hechicero, Hay en él colores suaves, Por eso cuando me adentro Y es que al ver un niño santo IIAsí lo sentí en el alma Su linda rosa hace poco abrió La rosa de su niñez Vedle un día de fulgores Tiene en sus manos de nácar |
El ama suya que advierte Y con arte y disimulo, Al verse Tomás privado Para calmar tanta pena, Y con sorpresa admirable Al verlo cesan sus lloros, Toma el papel y lo engulle III ¡Qué lección tan peregrina
Fr. Bernardino Rubert, ofm |
Cuarto centenario, 1550-1950 de la muerte de
San Juan de Dios
Fundador de la Orden de los Hermanos Hospitalarios y Patrón universal de los enfermos y hospitales

A vida de San Juan de Dios, es la expresión adecuada de la verdadera FRATERNIDAD. Hijo del pueblo, para el pueblo respiró toda su vida. Pastor, militar y bracero, llegó a identificarse con los que sudan, con los que sufren, con los que son despreciados, y al dirigir la palabra a los príncipes, lo mismo que a los pobres menestrales, hermanos los llamaba, porque, partidario como todos los santos, de la católica democracia de Cristo, en unos y en otros veía siempre hijos de Dios. Para el pueblo levantó sus hospitales, para el pueblo recorrió la Península entera demandando limosnas; en beneficio del pueblo supo sacrificar su vida tantas veces cuantas se lo exigieron las lágrimas, las privaciones y las desgracias de sus prójimos...
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