El poyo llamado "padecer meritorio"

«...sentóse el pastor sobre un poyo que estaba junto a la puerta, llamado Padecer Meritorio. Y luego vino otra dama o guía, que le dijo: Yo soy la vía unitiva, ya no hay más que andar; vengo a dar asiento a tu reposo y descanso a tus trabajos con estas tres doncellas, que son: limpieza del alma con los tronos, conocimiento de sí mismo y de Dios con los Querubines, amor seráfico en los Serafines, y con esta pastora te unirá, con Dios sin medio y le amarás sin modo y sobre todo modo.»

«Y diciendo esto la Unitiva a Codicioso, veis aquí nuestro ermitaño que venía muy despacio, y pesábale a Codicioso cómo tanto tardaba en llegar. Pero así lo hace con todos, aunque con unos más que otros...» Y abriendo la puerta con la llave...» La llave del Beato Nicolás la recoge su admirador Fr. Juan de los Ángeles, y como siempre, dice en estilo admirable: «Las ganancias de la contemplación y ejercicios mentales están debajo de la llave que sólo Dios tiene en su mano; Él abre y cierra a su voluntad! Y cada día vemos almas muy aprovechadas, llenas de sequedades, aprietos y desconsuelos, sin atinar con la puerta y sin saber cómo se da la vuelta a la llave de los consuelos» (2).

Y para poner un ejemplo acude el P. Ángeles al ejemplar nuestro inmediato, Nuestro Padre San Francisco: «De muchas almas que han padecido estos males de ausencia pudiéramos aquí contar; pero por no exceder en lo prometido, que es brevedad, diré lo que de nuestro Padre San Francisco se escribe. Queriendo Nuestro Señor probar su paciencia y acrecentar sus merecimientos, le dejó tentar del demonio, como a otro Job, de una gravísima tentación espiritual; y púsole en tanto aprieto que interior y exteriormente le privó de toda alegría y consolación; apartábase de los frailes; no quería conversar con ellos, como solía, por poder mejor vacar a la oración y porque no podía hablarles alegremente. Afligíase con grandes abstinencias, disciplinas y silencio; pero en ninguna cosa de estas hallaba alivio n¡declinación a su trabajo. Se iba sólo a una montaña, derramaba lágrimas en grande abundancia, despedía suspiros espesos y profundos de lo íntimo del corazón mostraba a su Esposo la angustia de su alma y pedíale con humildad y perseverancia que le remediase en tanta necesidad.

Repetía aquel verso de David (Salmo 50): "Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso". Sucedió, al fin, que después de dos años que le duró esta tentación, estando orando en Santa María de los Ángeles, oyó en espíritu la voz de su Amado, que le decía: S¡tuvieres tanta fe como un grano de mostaza, mandarás a ese monte que se pase a otra parte y pasarse ha. Y entendiendo el santo varón que aquel monte era la tentación que tanto le molestaba, respondió: Hágase, Señor, conforme y según vuestra palabra. Y luego en aquel punto se halló libre de su trabajo» (3).

Este es un verdadero padecer y el mayor de los padecimientos; pero como es meritorio, todo cuanto contribuye al mérito es digno de alabanza y bendición. Sobre estos dramas históricos de franciscanismo filosofaron los doctores de la Orden y han elaborado con los caracteres de necesidad y universalidad científicas la doctrina del mérito frente al premio, de la dignidad frente a la laureada y del dar o acción frente a la pasividad o eudemonismo (4).

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Beato Nicolás Factor, en la BAC Místicos franciscanos, t. II, p. 836.
(2) N. B. A. E. de M. Pelayo, 20, p. 233, col. 6.
(3) Id., p. 333, col. 6.
(4) Cfr. Rmo. Joseph Jiménez Samaniego: Vida del Vble. P. Joan Duns Escoto, Madrid, MDCLXXVII, libro II cap. III, p. 48, citando Ox. 4. d. 22, q. u. núm. 13.

Madrecita

Dios te salve, celeste Señora,
¡La llena de gracias!
¡Dios te salve, fragante azucena,
En los charcos del mundo brotada!
¡Ay! inflame mis cantos de amores,
De amores del alma,
Un rayito, tan sólo un rayito
De tu dulce y graciosa mirada...

Cada vez que recuerdo tu nombre
Me sonríe el alma,
Y, mirando hacia atrás en la vida,
En tu amor m¡existencia se baña.

Madrecita, han pasado los años,
Como pasa en los lagos el aura,
Han pasado los años felices
De m¡tierna, infancia;
Pero soy el mismo de entonces,
Aquel mismo que niño te amaba...

¿No te acuerdas, oh dulce amor mío,
De aquellas plegarias...
Cuando en áureos sonrientes, ensueños,
Ensueños del alma,
Te veía allá lejos, muy lejos,
Cual vaga esperanza
Y, entre amantes y tiernos suspiros,
M¡infantil corazón te llamaba?
Hoy te llamo también, Madrecita.
¡Ay! alivia mis penas amargas.

¡Ay! recoge estos crueles abrojos
De la ardua jornada,
Que, en el yermo sin luz de la vida,
En, el alma sangrientos me clavan...

Madrecita han pasado los años.
Voló ya la infancia;
Mas, tu amor en m¡tanto ha crecido,
Tanto te amo, m¡reina adorada,
Que m¡pecho se entreabre en suspiros
Y mis ojos se anublan d e lágrimas
Al besar cariñoso tu imagen
Que de noche al dormirme me guarda.

En voz amorosa
sentí una mañana,
Y, prendido en luz de tus ojos,
Fanal de esperanza,
Bogando, bogando,
Gané el puerto de paz deseado
Que tú, estrella del mar de la vida
Con sonrisas de amor me mostrabas
. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Que te siga, haz también,
Virgen Madre,
En tu vuelo de luz hacia el cielo
Y, que yen el sol a tus pies convertido
Al dejar este oscuro desierto,
Ensalzando perdure tus glorias
A través de los siglos y el tiempo.

 

Fr. Francisco. A. Pávez, ofm

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