El mejor sermón

Cuéntase del P. S. Francisco que tomó una vez a un religioso para que le acompañase a la ciudad donde habían de predicar. Fueron allá, pasaron por sus calles modestamente y en silencio, y, volvían ya al convento cuando, advirtiéndolo el fraile, dijo al santo Padre:

—¿Pues no habíamos de predicar?

—Ya hemos predicado —dijo S. Francisco—. El buen ejemplo que hemos dado vale por un sermón.

No hay, en efecto, palabras tan elocuentes como el buen ejemplo. Predicó S. Francisco con insistencia la doctrina del Evangelio; pero su más elocuente y eficaz sermón fue su vida santa; vida de perfecta imitación de Jesucristo; más bien diríamos que era la vida de Jesucristo, o Jesucristo en persona reproduciéndose y prolongándose en Francisco, como antes en el Apóstol que sentía vivir a Cristo en sí mismo: «Vivit in me Christus» (Gal 2, 20). Tocado Francisco de la gracia, imitó a Jesucristo del modo particular en que quería Jesús ser imitado y reproducido por Francisco. No puso Francisco sus ojos en los imitadores de Cristo, sino que, como genial artista que contempla la naturaleza y la traslada al lienzo como él la ve y la siente, así Francisco puso sus ojos, los ojos de su alma enamorada, en Jesucristo tal como el Evangelio nos le muestra; le estudió en todos sus aspectos, y le copió en el lienzo vivo de su corazón para que informase y regulase su vida entera en todos sus aspectos y hasta en sus más menudas manifestaciones.

Deseó que todos los cristianos hicieran otro tanto y se propuso trabajar para conseguirlo. De este sublime ideal hablaba y de él tomaba el asunto de sus sermones. Su vida ejemplar era una lección práctica de imitación de Jesucristo que preparaba sus enseñanzas verbales, les daba calor y eficacia y las corroboraba con firmeza a pesar de los desfallecimientos humanos. Con esto «logró mover a los cristianos a abrazar la virtud, y a que imitaran a Jesucristo.» (León XIII, Encíclica Auspicato)

Quiso que los suyos fuesen altavoces que hiciesen resonar por el mundo entero lo que les había enseñado, y les puso precepto de predicar penitencia según el Evangelio y de exhortar a la práctica de la virtud y de las buenas obras. No sólo en los pueblos cristianos quiso que predicasen, sino también en país de infieles. Un capítulo de su regla dedica a esta predicación misional entre infieles, cosa que ningún fundador había hecho hasta entonces. Por esta razón puede ser considerado el P. San Francisco como iniciador del gran moto misional de nuestros tiempos.

N¡se contentó con que predicasen sólo los sacerdotes y los teólogos. Ejerzan éstos enhorabuena el apostolado de la palabra; pero ellos y todos los demás ejerzan el apostolado del buen ejemplo. «Todos los frailes prediquen con sus buenas obras», dice en el Cap. 17 de su primera regla, capítulo que es todo él una exhortación a la santidad de vida.

Bien lo cumplió él aun antes de mandarlo. Tuvo siempre gran cuidado de dar buen ejemplo a todos con sus palabras y con sus obras. Estaba persuadido de que para dar ejemplo de santidad le había puesto Dios en el mundo, y lo dio tan abundante y tan eficaz que todavía perdura su benéfico introdujo en el mundo. Perdura en los escritos del Santo; en las biografías que de él se han escrito y, mejor que ahí, en la vida de sus hijos de las tres Ordenes.

Hacía como dos años que Francisco se había convertido de corazón a Dios despreciando las riquezas y apartándose de las vanidades del mundo, cuando un noble y potentado caballero de Asís, Bernardo de Quintaval, comenzó a caer en la cuenta de que tal cambio de vida y tanta paciencia en sufrir las injurias y los desprecios de las gentes, no podía ser sino cosa de Dios; y, habiendo experimentado de cerca la virtud de Francisco, sintiose movido por Dios a quedarse con él llevando su mismo género de vida. Admitióle Francisco, y con él dio comienzo la Hermandad de Frailes Menores, como se llamó entonces la Orden Franciscana que se propagó rápidamente por toda Europa. En vida de San Francisco llegaron a reunirse en Asís cinco mil religiosos en representación de todos los de la Orden.

Tocada en lo vivo la virgen Clara por los ejemplos y las palabras de Francisco, ella que era de familia noble y poderosa, enamoróse de Jesucristo, casto esposo de las almas puras; y, para pertenecer a Jesucristo y ser enteramente de El, dejó cuanto tenía y renunció a cuanto el mundo le brindaba. De su castísimo matrimonio espiritual nacieron miles de hijas que son, por intermedio de su Madre, fruto del buen ejemplo de Francisco a quien tienen por Padre.

Al rico comerciante Luquesio conmovieron también los ejemplos y exhortaciones de Francisco. No sólo le conmovieron; fueron un revulsivo para su conciencia. Desde entonces pareciéronle mal los procedimientos que había empleado para enriquecerse; restituyó lo mal adquirido; hizo abundantes limosnas; arregló los asuntos de su alma y ordenó su vida según Dios. No se creyó pronto n¡fácilmente en la virtud del comerciante Luquesio. N¡su propia mujer estaba conforme con él n¡aprobaba aquellas cosas. Fue necesario un milagro evidente para que ella, tocada también por Dios, sintiese ansias de mejora de vida al par que su marido. Desde entonces, ambos a dos, aspiraron a los bienes verdaderos y eternos, sintieron reforzarse con lazos espirituales el amor que se tenían como buenos casados y pidieron a Francisco les enseñase a santificarse en su matrimonio. La respuesta de Francisco fue la regla de la Tercera Orden de Penitencia. Luquesio y su mujer fueron los primeros afiliados a ella, y por todas partes cundió su ejemplo de renovación de costumbres cristianas. En Hungría, Sta. Isabel; en Francia, San Luis rey; en España, S. Fernando; en Portugal, Sta. Isabel, dan a entender con su linaje y su virtud, la eficacia santificadora de la T. O. de Penitencia.

Sólo Dios conoce los frutos de santidad que han dado a la Iglesia los hijos de S. Francisco de sus tres Ordenes. Se acercan a los trescientos los que gozan ya de los honores de los altares para que nos sirvan de auténtico ejemplo de vida y de perenne estímulo de virtud. Atribúyese a un Papa el haber dicho que s¡hubieran de canonizarse todos los franciscanos que mueren en olor de santidad, ya podía el Papa desentenderse de otros negocios, porque le ocuparía todo el tiempo este sólo.

Es el espíritu del Padre S. Francisco que, injertado en sus hijos, da en ellos olorosas flores de virtud y nobles frutos de santidad.

Fr. Luis Mestre, ofm

En el Monte Alverna

Ardores de Serafín

¿Y es posible, Señor, que tus amores
te obliguen a expresar tales locuras,
y al que se niega a darte flores
le regales tus gracias y ternuras...?

¿Y es posible que esperes noche y día
al que te abandonó por el pecado,
y le prometas mieles y ambrosía
s¡vuelve arrepentido y humillado...?

¿Y es posible que duermas en su seno,
y tu Cuerpo le entregues en comida,
al que en su pecho tuvo hiel... veneno...
y abominó de T¡toda su vida...?

¡Es posible... Señor...! Eso sería
para el hombre imposible y gran locura,
porque no ve la fuerza y la valía
que pusiste en tu Amor y en tu locura...

Para T¡que bajaste de los cielos
y quedaste escondido en el Sagrario...
todo es posible ya, y son tus anhelos
que Dios sea del hombre el relicario

¡Señor! que beban todos el rocío
de tu Amor infinito y generoso,
y disfruten de paz y de reposo
cantando a tu bondad y poderío.

Fr. Bernardino Rubert Candau, ofm

Carcagente, agosto 1950.