¿Será verdad?
Lo leo en la prensa firmado por persona documentada, y lo creo aunque al principio me resistía a creerlo. Es cosa dura. No quisiera que fuera así... ¿Será verdad lo que leo?
La inquietante noticia se refiere a los campos españoles de Andalucía, de Extremadura, de la Mancha y de otras regiones de España, según dice el comunicante; y lo que comunica como triste realidad actual es que más del ochenta por ciento de sus habitantes no saben rezar el Padrenuestro. Son cristianos que no saben rezar. Son cristianos que no saben quién es Jesucristo. ¿Qué cristianismo es el suyo? ¿Cuál será la suerte eterna de sus almas?
No sólo los niños; también los mozos, también los casados y con familia ignoran el Padrenuestro, que es la más hermosa de las oraciones. S¡los padres no saben el Padrenuestro, ¿cómo lo van a enseñar a sus hijos?
Se citan casos concretos. Un hombre de cincuenta años, que iba a casarse en segundas nupcias, no sabía el Padrenuestro. Un muchacho de diecisiete años, más listo que el hambre, que contestó con presteza y exactitud a cuantas preguntas se le hicieron sobre cosas de su oficio, quedóse sorprendido y sin saber qué contestar cuando se le preguntó quién era Jesucristo. Tras unos momentos de mutismo y de ansiedad, dijo por fin que no conocía en su pueblo a ningún señor que se llamase don Jesucristo.
Predicaba un sacerdote a unos doscientos obreros de un cortijo andaluz. Tomó aparte a un centenar de ellos y fue preguntándoles el Padrenuestro. El resultado, que luego se hizo público, fue éste: tres obreros supieron bien el Padrenuestro; cinco lo supieron a medias y cambiando palabras; los demás no sabían nada o cas¡nada.
Un señor abogado, que había hecho sus primeros estudios en un colegio religioso, que luego fue político, que tenía una buena mujer de la cual le dio el Señor tres hijas, vióse en trance de muerte a los cuarenta y tres años. El Señor oyó las oraciones de su mujer y de sus hijas, la gracia tocó el corazón de aquel político y quiso hacer una buena confesión para salvar su alma. Le mandó el confesor que rezara el Padrenuestro y dijo entre lágrimas el moribundo: «Ayúdeme, padre, a rezarlo; porque ya no lo sé...»
¿Será verdad que más del ochenta por ciento de los españoles ignoran, en efecto, que tienen un Padre bondadosísimo en el cielo y que no saben dirigirle las palabras que nos enseñó Jesucristo para hablar con él? ¿Será esto verdad?... Por la región de Valencia no lo es, por fortuna; pero en otras regiones sí que lo es, según se nos asegura.
Más desgracia es no saber rezar que no saber leer. Más desgracia es no saber rezar que estar ciego, manco o cojo. ¿Qué haremos, nosotros españoles, para remediar la desgracia de nuestros hermanos y paisanos que no saben rezar?
A los videntes de Fátima les recomendaba la Santísima Virgen: «Orad y haced sacrificios por los pecadores; pues se condenan muchos porque no hay quien se sacrifique y ruegue por ellos.»
Tú que esto lees, de seguro que puedes hacer algo práctico y eficaz; puedes, por ejemplo, rezar por los que no rezan, enseñar el Padrenuestro a algunos que todavía no lo saben, pedir a Dios perdón por los que no rezan, n¡adoran a Dios, n¡aman a Dios. ¿No es verdad que puedes hacer algo de esto?
Piénsalo antes Jesús y él te alentará a hacerlo como práctica piadosa durante este tiempo de Adviento. El Adviento es conmemoración litúrgica de la venida de Jesucristo al mundo, y debe ser para cada alma preparación real y eficaz para que venga Jesús a ella con nuevas efusiones de gracia, s¡ya se tiene la primera. Por la fe y por la caridad se unen las almas a Jesucristo; por la penitencia y por la oración se prepara el camino para la venida de Jesús a las almas.
Ábrete de par en par para que Jesús entre en ti, y proporciónale el consuelo de facilitarle la entrada en las almas.
El Beato Juan Duns Escoto (8 nov 1308) y la Ética del
"Sea por el amor de Dios"
Al P. Alfonso de Castro en el IV Centenario de la primera Filosofía del Derecho Penal (1550-1950)
Era una costumbre entre los franciscanos de la Seráfica de Valencia decir, por un favor recibido y también por un castigo llovido de las alturas, decir y como acusar recibo en forma cortesana: «Sea por el amor de Dios». Fórmula de cortesanía conventual y buena también para la Corte celestial. La costumbre sigue usándose más o menos; pero yo, para tratarla históricamente, necesito remontarme a mis orígenes franciscanos y verla en perspectivas lejanas como fruto desprendido del árbol y flor aromático en el ramo del altar.
El sentido ético que atesora es semejante al «Deo gratias» de otras «Provincias» y, bien ponderado, al mero «gracias» seco y apocopado. Pero la Semántica está enriqueciendo cada vez más de significados la palabra «amor», sustantivo verbal producido por la facultad propia y exclusiva del hombre, la voluntad racional, que le hace partícipe de todos los modos de significar que estudia la Gramática. Pues la voz «amor» es el término cumbre al cual ascienden, formando corona de puntos luminosos y constelándose cada uno en su lugar respectivo, las significaciones posibles que descubre la Metafísica en la máxima realidad psicológica, que es el «amor»: él es sustantivo absoluto y a la vez entraña siempre una aptitud relativa; él acción transeúnte, operación inmanente y pasión consiguiente y todo en un proceso psíquico integral inseparable, sólo distinguible por la mirada escrutadora de un fino análisis; en el amor y por el amor se hace efectiva y visible la conclusión de la Psicología «La conciencia nunca cesa n¡aun en el dormir sin soñar» (2), que el voluntarismo del P. Estella previó y dijo con más claridad: «El amor nunca está ocioso y todo amor o sube o baja» (3).
De todos los elementos constituyentes de la entidad amor conviene, con miras a la conclusión final, poner entre paréntesis y destacar con relieve la nota, digamos franciscana, modernamente actual y señalada en el término lógico amor, elaborando como «concepto», una nota al parecer inarmónica —a tenor de la voluntad natural— con el antiguo cortejo de notas secundarias hasta ahora inclusas en el clásico concepto; me refiero a la noción de «pena» y su introducción en la antigua síntesis: La introducción y su colocación central como nota «princeps» en el amor es obra del franciscanismo, que a fuerza de tratarla la ha afinado y con y por amor ha transformado la amarga pena en dulce penitencia. Y desde ahora el amor, s¡quiere continuar siendo vital, se tiene que despojar del equívoco tradicional y vestirse llanamente de violeta penitencial (4).
Descendiendo rápidamente a nuestro caso y parando mientes en su aspecto más agudo, ¿cómo puede decir con sinceridad el penitenciado en un «Capítulo de culpas» la bellísima fórmula «sea por el amor de Dios»? Por doble motivo: por parte del jerarca que recibe al culpado y ordena caritativamente una penitencia, que siempre es inferior a la culpa; y por parte suya que ha superado por amor los grados superiores del proceso penitencial: a) reconocimiento de la falta, b) nolición o arrepentimiento, c) y su prueba exterior, la confesión (5). Lo que sigue, la obra penal impuesta, que es el último y más bajo peldaño y es como un eco pasional procedente del amor que inerva el proceso y de la condición subjetiva del paciente, resulta ella sola, desligada de la culpa ya borrada, tan en poder del Superior que aquí puede alegar con más razón que Juvenal: Sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas (6).
Y por eso consecuentemente, y conspirando al amor, puede el Juez intelectualista hacer oficio de padre, hacer intervenir la voluntad y compadecerse y compartir el castigo, lo puede repartir entre los miembros hermanos de la Comunidad y hasta lo puede asumir personalmente, totalmente; lo cual constituye el colmo del amor altruista, amor redentor, cómo el del Beato Nicolás Factor (7).
Pongamos un ejemplo histórico de las Florecillas que germinaron en la restauración de la «Provincia»; esta florecilla floreció en Pego en los primeros de la fundación laboriosa y ejemplar de su Convento. Sale a la culpa en el Refectorio el Rdo. Padre Guardián, Fray Gerardo Ribera y oficia inesperadamente de jerarca su Vicario el P. Bernardo Catalá.
P. Guardián: Digo la culpa que yo debo dar ejemplo de humildad y animar a...
P. Vicario: Lo que debe hacer es dejarse de filosofías y darnos un poco más de comida...
P. Guardián: ¡Bendito! ¡qué modo de tratar al Guardián!
P. Vicario: ¿Pues no ha salido a la culpa para hacer un acto de humildad?
P. Guardián: Tiene razón, ¡bendito! —Y sin más n¡más el P. Guardián corrió a la cocina y ordenó un plato más a la Comunidad, porque el anterior había sido una triste sardina de cubo más cansada de ir por tierra que por mar.
Por fin salió rozagante como la cola de un cardenal una tabla de pescado del río Bullentó que en Oliva llaman «gambe» y en Pego «gambo». Aquellos religiosos, originarios del Condado de Cocentaina y de los pueblos del Turia, extrañaron la nueva especie de de ictios y acabaron por respetar aquellos singulares platos por no saber cómo trinchar n¡con qué gusto conocido identificar. El P. Guardián, que era verdaderamente un bendito padre, se entristeció, e inspirándole el amor paternal salió a la portería, y el portero trajo de un bienhechor uva moscatel en abundancia, con la cual y ayudada de un pedazo de pan satisficieron contentos la necesidad. Entonces, en medio de aquel fervor de caridad, humildad, y, aún de la clara obediencia del P. Guardián Ribera, inocente como un niño, un Padre predicador, cuyo nombre no recuerdo, tomó la palabra y con elocuencia sentida entonó un himno de alabanzas a la santa pobreza franciscana.
Como estamos viendo, el «amor penitencial» estrechó más y más los lazos fuertes de la caridad; y sobre todo esto, cuando el P. Guardián puso este colofón con tales palabras: «¡Yo sólo me comeré todas las sardinas... yo... la gamba!»... Es decir, que él solo personalmente «asumía» toda la pena, lo que la Comunidad no consintió, y quedó repartida; y se aumentó la alegría y el amor mutuo y fraterno; y la pasmosa fábrica de la Iglesia y Convento subió arriba, empujada por virtudes de privaciones y pobreza, lo mismo de religiosos que de seglares de la vida y de otros pueblos.
En resumen, el «amor penitencial» es el verdadero amor, el cual al salir en acto pone en movimiento todo el cortejo de notas primarias y secundarias; y ese valor del verdadero y altísimo amor vale en absoluto en toda contingencia. Tanto con Adán pecador como con Nuestro Señor Jesucristo encarnado sin el pecado de Adán, el único amor inequívocamente ético es el «penitencial», que en el estado de inocencia se llamara «heroico», como en Aristóteles, desconocedor de los «estados», se llama amor de «amistad» o desinteresado. Con diferentes nombres ese amor es el virtuoso, y la virtud es costosa y siempre somos novicios en la virtud; o dicho más brevemente, el hábito es para el acto, el acto versa siempre sobre algo nuevo, y la praxis moral de algo nuevo requiere atención volitiva que es tensión de todas las potencias de la corte de la voluntad, la cual se resuelve en sacrificio, holocausto y penitencia: ¡Amor de Dios!
Y en un pensar adversativo, con cualquier sustituto del amor, que no sea el penitencial, puede que dé por resultado una agregación, que no será de amigos (de la amistad aristotélica). Y de lo que se trata es de una congregación, comunidad de amigos de Dios, los cuales en un acto de amor penitencial, en el cual preside Dios mismo, ya pueden desearse como un imperativo absoluto de deseo, ético de por sí, nuestro famoso saludo ¡Sea por el amor de Dios!
Fr Domingo Savall, ofm
(1) Cfr. R. J. A., XXII, núm. 188. P. D. Savall: La orientación voluntarista de su Derecho Penal (de A. de C.), pág. 240 y sigs.
(2) Joseph Geyser: Abriss der allgemeinen Psichogie, pág. 11, n. 9.
(3) P. D. de Estella: Meditaciones, LXXIII, LXVI y LVIII donde parafrasea bellamente la tesis escotista: Tota animae natura voluntas est, es decir amor bueno o malo y siempre en
oposición.
(4) Antonio Arbiol: Desengaños Místicos, cap. V del 1. 1, pág. 36.
(5) Duns Scotus: en Ox. de Sacram. Penit., preliminares; y en Montefortino, t. VI, pág. 32.
(6) Sátira 6, 223, texto citado por los voluntaristas de la pena, no por arbitrio, sino por un imperativo moral.
(7) Acción Antoniana, núm. 254, año XXIV (1950).
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