Los Reyes Magos
Quiénes y cuántos eran.— De qué Oriente venían.— La estrella.— Cuándo fue la Epifanía
Nacimiento, la fiesta de la Epifanía o «manifestación» —la manifestación del Mesías a los gentiles—, no quiere ello decir que fuese en tal fecha y a tan breve espacio del natalicio del Hijo de Dios.
Uno y otro extremo son datos de la Historia que los investigadores no han logrado determinar exactamente. La Iglesia ha querido celebrar esta fiesta, y ha señalado un día; un día bien elegido dentro de lo que pudiéramos llamar el período mesiánico de advenimiento, y en sucesión cronológica de como los hechos debieron suceder. Pero la Iglesia es la primera —y la única que para ello tiene autoridad— en confesar que estas fechas permanecen en el misterio.

La Adoración de los Magos (1616)
Pietro Lignis. Madrid. Museo del Prado
Desde luego, no hay más luz que la que arroja el Evangelio; y el de San Mateo se limita a decir:
«Reinando Herodes, he aquí que vinieron del Oriente unos Magos a Jerusalén, preguntando: «¿Dónde está el nacido Rey de los judíos? Porque vimos su estrella en el Oriente y venimos a adorarle.»
No dice más. N¡un comentario; n¡una aclaración. Y surgen a flor de labio, o a punto de pluma, como se quiera-mejor, las preguntas: ¿Cuándo fue? ¿Quienes eran? ¿Cuántos? ¿De qué Oriente venían? ¿Qué estrella es ésa?
Desde luego, no parece admisible —s¡en ello no hay algo milagroso—, que fuese a los trece días del nacimiento del Redentor. Es de suponer que se les apareciese la estrella cuando aquél hubiera nacido —preguntan por «su» estrella—; lo más verosímil, al nacer. Se cree que venían, como luego veremos, de la Persia, de la capital de Persia, que dista unos 2.000 kilómetros de Jerusalén. Una caravana caballera o dromedaria tiene una marcha normal de 40 kilómetros por jornada. Esto hace un mínimo de 50 días de viaje. Pero esto es sin detenerse n¡dar descanso a los animales. Hay que suponer, en un tan largo viaje, y tanto por los animales como por las personas, bastantes días más.
Por otra parte, entre los preparativos que hicieron antes de emprenderle para tan alejada región; el cansancio y la fatiga de tantos días de camino, las incidencias obligadas e inevitables en un viaje tan prolongado y sin duda penoso a través de desiertos y parajes tan poco aptos, no sería exagerado calcular tres o cuatro meses. Autores hay que lo ponen en un año; pero esto, aunque de cierto nada consta, parece ya un poco excesivo. Sin embargo, alrededor del año debió de ser la Epifanía. «Cuando cumplieron todo según la Ley del Señor —dice el Sagrado Texto—, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.» Es decir, cuando cumplieron con los preceptos mosaicos de la Circuncisión, —a los 8 días—, y de la Purificación de la Madre, a los 40. Van por de pronto, 40 días por esta parte; por otra, los que invirtieran, nada cortos, en los preparativos para la marcha a Galilea; el viaje a esta región, tan distante; el medio de locomoción, tan retardatario —probablemente una asna—; la estancia en Nazaret; el arreglo de sus asuntos particulares y oficiales; la despedida de toda la familia extendida por los pueblos y aldeas comarcanos, como era lógico y obligado tratándose, por el traslado a Belén, de una separación para mucho tiempo, tal vez definitiva; todo el viaje de regreso y su nueva instalación en la bella aldeíta nombrada... ; todo esto, es muy verosímil les llevara, s¡no el año, muy cerca de él.
De otro lado, el edicto herodiano de degollación de inocentes, ya indica que se trata de un niño, niño como de un año, poco más o menos, al hablar de niños menores de dos años. S¡se hubiese tratado de un recién nacido, hubiera dicho de menos de seis meses o todo lo más, menores de un año; nunca habría abarcado hasta los dos. Y Herodes sabía muy bien lo que decía; porque se había hecho informar muy minuciosamente, así de los propios Magos como de los escribas y doctores de la Ley.
En resumen; que de todas las deducciones y conjeturas, viene a sacarse en consecuencia, que alrededor del año del Mesías, poco antes o poco después —acaso más bien antes—, parece que debió de ser la adoración de los Santos Reyes Magos.
¿Quienes eran los Magos?
Viene ahora otra pregunta: ¿Quienes eran los Magos? La Historia nos dice los orígenes de las antiguas monarquías persa y meda. Pues bien, los descendientes de aquel remoto pueblo que fundó dichas monarquías, eran los llamados Magos en esas regiones orientales, por los comienzos de nuestra Era. Casta noble, desde luego, que, creyéndose muy superior a toda otra, se apartaba totalmente de las demás y se adjudicaba, privativamente, los altos cargos de la dirección del Estado y aún de la religión. Dedicados al estudio, especialmente de la Astronomía y ciencias ocultas —de las que algunas veces llegaron a abusar
con hechicerías, supersticiones y otros engaños por artes mágicos, de donde les quedó el nombre de Magos—, eran los sabios del reino, y desde luego, magnates con rango y jerarquía de príncipes, de esos fabulosos principados del lejano e ignoto Oriente. Y, como tales, y con aparato y ostentación de tales, se presentaron y fueron recibidos en la corte de Herodes.
¿De qué oriente venía?
El Orienté de que venían, según la general opinión, es el de Persia, donde principalmente residían los Magos; y, de Persia, su capital —pues en todo tiempo las capitales fueron y son sede de grandes y magnates—, s¡bien hay opiniones sobre muy distintos Orientes, aunque con menos fundamento que aquélla. Como también las hay varias sobre s¡eran o no tales Reyes, no obstante convenir todos que, por lo menos, eran personajes nobilísimos. Como lo corrobora y vigoriza el irrecusable y autorizado testimonio de Tertuliano, que afirma que «fueran o no poderosos y príncipes, el Oriente les respetaba poco menos que como Reyes».
Número de reyes
Ignórase también el número de ellos. La tradición armenia y la Siria los tienen en doce. La arqueología ha descubierto monumentos con tres, con cuatro y hasta con ocho. En las Catacumbas se ha hallado alguna pintura con sólo dos. Nuestra tradición, la de la Iglesia Universal, nos dice tres. Parece que tres fueron. La Iglesia, sin hacerlo cuestión dogmática, admite lo que el Venerable Beda escribe sobre la materia con su ciencia y probidad, y sobre todo, con la autoridad de los remotos tiempos que alcanzó: «El primero se dice que fue Melchor, quien anciano y cano, dotado de luenga barba y larga cabellera, ofreció a Jesús el oro como a Rey y Señor; el segundo, Gaspar, joven, imberbe, rubio, le honró como a Dios, con incienso, y el tercero, moreno, con toda su barba, llamado Baltasar, ofreció mirra, confesando así que el Hijo del Hombre había de morir».
¿Qué estrella es la que vieron los Magos?
Queda el último extremo de la tesis: la Estrella. ¿Qué estrella es la que vieron los Magos? «Su estrella», como dice el Evangelio; la estrella del Mesías, del nacido Rey de los judíos. Los Magos, tanto en sus viajes científicos como durante el largo período del cautiverio del pueblo de Dios en Babilonia, conocieron mucho de la religión mosaica y de las profecías mesiánicas. Por eso, con perfecto conocimiento de lo que hablaban, decían «nacido Rey de los judíos» y «su estrella»; por el vaticinio clarísimo, terminante, de Isaías. Ahora bien, a esta estrella no la busque el racionalismo moderno explicaciones estelares, n¡la quiera traer a sistemas astronómicos, n¡sujetarla a leyes del cosmos n¡de ningún orden planetario. Es la estrella del Mesías, de Dios, del autor del Universo y del que creó los astros y el sistema solar que nos rige y preside. ¿Es que este Ser Omnipotente no pudo crear una estrella, totalmente independiente de todo sistema y leyes y reglas, para este hecho transcendentalísimo, el más grande del mundo, más grande que el propio Universo?
Pudo ser una estrella, pudo ser un meteoro, pudo ser un fenómeno luminoso, algo creado por el Creador y «ad hoc». Pero el Evangelio dice «una estrella», y una estrella hay que admitir; porque lo dice Dios, verdad suprema y única. ¿Que la ciencia no lo comprende n¡se lo explica? S¡la Ciencia comprendiera totalmente a Dios y lo abarcara y sujetara a su dictamen, Dios dejaría de ser Dios.
En definitiva y para terminar: el tiempo de la Epifanía, la calidad de los Magos, su origen y número, es, hoy por hoy, misterio; uno más de los que nos abisman y tenemos que acatar y adorar. Y lo de la estrella, algo singular, extraordinario, y, desde luego, milagroso. Lo que es evidente es que todo ello fue, y que entonces, por ello y con ello, se cumplió la profecía de Isaías: «Levántate, ilumínate, Jerusalén, porque te viene la luz, y la gloria de Yejová ha nacido pobre ti. Las naciones vendrán a tu luz, y los Reyes hacia la claridad de tu
aurora...; un diluvio de dromedarios te inundará; los camellos de Madiam y Efa. Todos vendrán de Saba, trayendo oro e incienso y publicando las alabanzas de Yejová».
N. del A. Decimos «Yejová», y cremos que en pura pronunciación hebrea, la cual no creemos que pueda ser nunca, tal como se escribe, «Jehová». Hoy, parece que no es n¡lo uno n¡lo otro; sino Yahve o Yave —allá los sabios hebraístas modernos— Desde luego, parece que viene a justificar la ¡griega mejor que la jota iniciales. La jota, o mejor, la hache aspirada, pero fuerte, es la de la segunda sílaba del Jehová, que nosotros, pronunciamos como jota, por estar más cerca de la jota que de la hache española.
Lucas González Herrero
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