El frailecito dormido

Leyenda

...A la mañana siguiente aparecieron,
sobre las manos abiertas de la Virgen,
como siempre, dos rosas...

El Ángelus se iba derramando a través de las arcadas de la pequeña iglesia, de la plazuela, del valle... Fray Pedro encendía, entonces, los cirios del altar. Luego, con su paso quedo, iba hasta su íntimo rincón, se arrodillaba y abriendo el libro de oraciones, poníase a rezar... Durante quince años había venido haciendo lo mismo aquel hermano lego. Menudo, delgado, con ojos miopes y sonrisa bondadosa se le conocía en el pueblo por el frailecico dulce...

En el Convento era él un cántico fervoroso e inmarcesible a la Virgen. Parecía insignificante, desvaído, pero se le necesitaba en cada lugar, en cada corazón. No había estudiado y sabía pocas cosas; su doctrina era el Evangelio y su alma estaba tan sólo llena de las enseñanzas de aquel Único y Maravilloso Libro. No sabía apenas escribir bien, n¡decir las cosas con soltura. Pero sus respuestas y consejos, rebosantes de ternura y caridad, eran siempre justos, acertados y llenos de dulcedumbre.

Enseñaba, por las tardes, el Catecismo a los niños y, al final, rezaban juntos el Santo Rosario hasta que el Ángelus —aquella campanita besando al aire— les esparcía y se quedaba él solo en la pequeña iglesia. Entonces solía pedir cosas y favores para los demás... ¡Siempre para los demás!... Su corazón, sencillo y humilde, se iba abriendo en plegarias ante la Virgen. Su voz, repleta de ingenuidad y dulzura, suplicaba para el niñito enfermo, para la madre sola, para el padre ausente, para el amigo triste... Su corazón, río de amor, se desbordaba...

Después, se reunía con los demás frailes, pero después del refectorio, volvía a la iglesia y se pasaba la noche velando a la Virgen... Aquel año la habían coronado y el resplandor de los cirios la inundaba de dorados reflejos. Sus manos, continuamente extendidas, como queriendo abrazar a todos, se llenaban de luz. Ella, parecía esperar que todos se le confiasen y le ofrecieran su corazón.

...Al amanecer, Fray Pedro salía al jardín y recogía las más bellas flores para ponérselas sobre Sus palmas abiertas...

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Pero Fray Pedro se hizo viejo. Sus continuas caminatas al pueblo, desde el Convento se le fueron haciendo interminables. Llegaba a las casas, a pedir, y su voz se quebraba de cansancios...

Se fue haciendo más chico, más delgado, más miope. Su tez adquirió un color pajizo en medio de las arrugas diminutas, bajo los cabellos encanecidos...

Apenas podía enseñar el Catecismo. Sentado, en su silleta de enea, iba llamando cerca de sí a los niños para seguir la lección, en voz baja... Los pequeños, viendo su dolor, se acurrucaban a sus pies y le estrechaban cariñosamente. Entonces él, miraba al cielo, para continuar...

Fue un cáncer. Comía apenas y salía ya poco del Convento. Dicen que las golondrinas se quedaron tristes, en sus nidos, al no verle cruzar por el camino en la nueva primavera. Dicen que el arroyo se detuvo un instante a sollozar, rompiendo sus espumas bajo los sauces... Dicen que las flores se estuvieron preguntando por qué no vendría ya el frailecico dulce que solía acariciarlas con sus tibios dedos...

Aquel frailecico pequeño, delgadito y suave que sólo había aprendido del Único y Maravilloso Libro del Evangelio...

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Fray Pedro no dejó, sin embargo, de velar a la Virgen. Los Superiores le amonestaron, cariñosamente, para disuadirle.

—Es lo único que pido, que me dejen velarla hasta que me muera...

No salía al camino, no se asomaba siquiera a su ventana para contemplar el cielo y el valle. No andaba por los largos corredores del Convento medieval, atento a sus simples quehaceres. No enseñaba ya el Catecismo a los niños. Pero a la primera hora de la noche sus pasos quedos volvían a cruzar la pequeña iglesia. Luego, arrodillado en su rincón íntimo, abría su libro de oraciones y comenzaba a rezar...

...Amanecido salía, todavía, al jardín, como siempre, a recoger las más bellas rosas...

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Una noche asaltaron el Convento. Dos hombres penetraron en el recinto de la iglesia y a la luz de los cirios, ya acabándose, se agrandaron sus sombras. Ellos creían que desde hacía mucho tiempo nadie velaba a la Virgen, pues el frailecico lego estaba ya muy enfermo...

Silenciosamente arribaron cerca del altar. Luego, uno de ellos se llegó a la puerta, vigilando. Y el otro se incorporó a coger la corona de oro... Sus manos rozaron el cabello sedoso de la Virgen y un estremecimiento las hizo tremolar... Y, de pronto, sus ojos asustados, mirando a una y otra parte, encontraron el rincón en donde Fray Pedro, sobre su libro de oraciones, se había dormido...

Retrocedió espantado el hombre. Creyó que era una visión sobrenatural pues sabía que el frailecico se estaba muriendo y, sin embargo, era él mismo con su oscura túnica, el que estaba allí, velando aún a la Virgen...

Tan delgadito que el hábito le venía grande. Surgía su cabeza blanca y su fino cuello, inverosímilmente, entre la ancha túnica. Sus manos, larguísimas, caían sobre el respaldo del reclinatorio, pareciendo romperse... Y su rostro iba adquiriendo, como s¡soñase ternuras, dulce paz...

Se había dormido, de tanto sufrimiento, sobre su libro de oraciones...

El hombre no pudo avanzar ya...

Acudió el otro y con furioso impulso intentó coger la corona de oro, pero, de repente, al descubrir también al frailecico dio un angustiado grito.

...Alrededor de los cabellos de Fray Pedro se había formado una aureola de luz que iba agrandándose hasta quedar, todo él, iluminado...

Mientras que el otro murmuraba oraciones, el hombre cayó llorando sobre el altar...

Fue amaneciendo. Al coro llamaba la campanita que besaba el aire. Los primeros pájaros madrugadores sacudieron sus alas, en la torre, y echaron a volar sobre el valle. En los ventanales se iba asomando un día más de otoño. Después, el sol juguetearía por entre los cabellos de la Virgen reflejando llamas desde su corona de oro...

...El frailecico dulce, sobre su libro de oraciones, había muerto aquella misma noche, en su vela de amor...

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...Pero sobre las manos abiertas de la Virgen aparecieron aquella mañana, como siempre, dos rosas...

Josefa del Carmen Piera

San Francisco y las misiones

Siempre en busca de las almas
San Francisco de Asís va,
y hasta el mismo Egipto llega
y le predica al Sultán.

Funda así de Tierra Santa
la Custodia secular,
y aquellos Santos Lugares
sus hijos guardando están.

A millares el martirio
sufren las tales allá,
y tan preciosa semilla
vémosla fructificar.

A Marruecos también llegan,
y a otros pueblos del Islam,
enviados por San Francisco,
los Apóstoles de paz.

Y corre aún nueva sangre,
que viene a fertilizar
aquellas tierras, estériles
como en todo el Orbe no hay.

Berardo y sus compañeros,
Daniel, León, Nicolás,
Samuel, Dómnulo y Agnello,
con Hugolino ahí están.

Como a las aves un día
larga bendición les da
a sus hijitos. Francisco,
imitando el signo Tau.

Y en todas las direcciones
los vemos pronto marchar,
para libertar las almas
del yugo de Satanás.

Toda la Europa recorren,
la América Septentrional,
la del Sur y la del Centro,
las Islas todas del mar,

el Asia y la Oceanía,
hasta el extremo Oriental,
y el Continente Africano
con toda su variedad.

A los hijos de Francisco
los podréis doquier hallar,
a brazo partido en lucha
con el poder infernal.

Hacer oración por ellos,
vuestras limosnas enviad,
y, s¡os sintiereis llamados,
id entre ellos a formar,

Fr. Luís Ángel

Consultorio religioso

Dígame, Padre, gané el año pasado el jubileo en Roma, ¿puedo lucrarlo este año otra vez?

Todos tos fieles del mundo, tanto los de la Iglesia Oriental, como los de la Occidental, aún los romanos fuera de Roma; aún los que ya le ganaron el año pasado, fuese en Roma, fuese fuera de Roma, en virtud de la concesión hecha por el Papa a los impedidos de ir a la Ciudad Eterna, pueden ganar este año el jubileo del año santo tantas veces cuantas pongan las obras prescritas. Pero de tal suerte que ninguna obra prescrita pueda hacerse para ganar otra vez el jubileo, antes de haber terminado las prescritas para el anterior.

¿Qué obras se requieren y en qué orden deben cumplirse para ganar el jubileo del año santo?

Las obras que se requieren son cuatro; confesión, comunión, visita a las cuatro iglesias u oratorios públicos señalados en cada lugar por el Ordinario Local o Prelado diocesano, o por otro eclesiástico delegado suyo y oración por las intenciones del Papa.

En cuanto al orden que han de cumplirse estas condiciones, cada uno puede seguir el que quiera; con tal que, por lo menos, la última obra que se ponga se haga en gracia de Dios; es decir sin estar en pecado mortal.

¿Es preciso hacer las cuatro visitas en un solo día y una en cada uno de los cuatro templos señalados?

Las cuatro visitas pueden hacerse el mismo día, bien en diversos días. Pero, en general, debe hacerse una visita en cada uno de los cuatro templos señalados.

A los enfermos y delicados que se están en casa o en los hospitales, y a los que los asisten, el Ordinario Local o todo sacerdote que tenga licencias para oír confesiones de personas de ambos sexos, puede reducirles el número de visitas, o reducirles el número de iglesias que han de visitar, o conmutar las visitas en obras de piedad o caridad.

¿Que oraciones hay prescritas para ganar el jubileo del año santo?

Cinco Padrenuestros, Avemarias y Gloria; además otro Padrenuestro, Ave y Gloria por las intenciones del Papa; un Credo; tres Avemarias con la invocación de «Reina de la Paz, ruega por nosotros» y una Salve. A todo esto puede añadirse la oración del Papa, compuesta para el año santo 1950.

Fr. Agnello

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