El Párroco de Cucugnan
Todos le llaman el abate Martín; es bueno como el pan, y ama paternalmente a sus feligreses.
Cucugnan, en la Provenza, hubiera sido para él un paraíso en la tierra s¡aquellos habitantes le hubiesen dado un poco más de satisfacción. Pero, ¡ay!, las arañas tejían en su confesionario, y el hermoso día de Pascua el pan consagrado permanecía en el fondo de su copón. El buen sacerdote tenía lacerado el corazón a causa de tan grande indiferencia, y no cesaba de pedir a Dios la merced de no morir antes de haber vuelto al redil su descarriado rebaño.
Y Dios escuchó sus ruegos como vais a ver.
Un domingo, después del Evangelio, el abate Martín subió al púlpito y dijo a sus oyentes:
Hermanos míos, creedme s¡queréis; la otra noche, ¡mísero de mí, pecador!, me hallé a las puertas del paraíso. Llamé y abrióme San Pedro.
— ¡Hola! —me dijo—, ¿Sois vos, abate Martín? ¿Qué buen viento os trae acá?
M¡señor San Pedro —respondí yo—, vos que tenéis el gran libro y las llaves del cielo, ¿podríais decirme (s¡no peco de curioso en demasía) cuántos hijos de Cucugnan tenéis en el paraíso?
—Nada puedo negaros, m¡buen abate; sentaos y vamos a ver juntos lo que os interesa.
Y poniéndose los anteojos, cogió San Pedro su abultado libro y lo abrió.
Veamos: ¿Cucugnan decís? Cu... cug nan. Aquí está. Señor abate, toda la página está en blanco. ¡N¡un alma!
—¿Pero cómo es esto? —repliqué yo—. ¡N¡un alma! ¿Es posible?
—Vedlo vos mismo, santo varón.
iDemasiado cierto era, por desgracia! Yo, hermanos míos, hería el suelo, y juntando las manos clamaba misericordia.
—Calmaos, señor abate, calmaos —me dijo el bendito Santo—; al fin, no tenéis vos la culpa. De seguro que los vuestros de Cucugnan estarán pasando su cuarentena en el purgatorio.
¡Ah! ¡Por caridad, m¡señor San Pedro, haced que a lo menos pueda verlos yo y consolarlos!
Con mucho gusto, amigo mío. Calzaos estas sandalias, porque los caminos no están nada buenos. Bien, añora id en derechura. ¿Veis allá abajo, en el fondo, a la vuelta? Pues allí encontraréis una puerta de plata, llena de cruces negras, a mano derecha. Llamad y os abrirán. ¡Adiós, amigo!
Y anduve... anduve... ¡Vaya un trajín. Carne de gallina se me pone con sólo pensarlo. Un sendero lleno de combroneras, de carbunclos relucientes y de culebras que silbaban, me llevó hasta la puerta de plata.
— ¡Tan, tan tan!
¿Quién llama?—, dijo una voz ronca y quejumbrosa.
—El cura de Cucugnan.
— ¡Ah!... Podéis pasar adelante!
Entré. Un ángel grande y hermoso, con alas oscuras como la noche y un traje talar resplandeciente como el día, con una llave de diamantes colgando del cinturón, escribía cra-cra en un gran libro más grueso que el de San Pedro.
—Acabad pronto. ¿Qué se os ofrece?—, dijo el ángel.
Bello ángel de Dios, quisiera saber (s¡no peco tal vez de curioso) s¡hay aquí vecinos de Cucugnan.
—¿Decís Cucugnan? Veamos.
Y el ángel va, y abriendo su gran libro comienza a recorrer sus hojas.
¿Cucugnan? —dice exhalando un suspiro. Señor abate, en el purgatorio no tenemos a nadie de Cucugnan.
— ¡Jesús, María, José! ¡Nadie de Cucugnan en el purgatorio! ¡Santo Dios! ¿Pues dónde están?
Estarán en el paraíso, santo varón. ¿Dónde queréis que estén?
— ¡Pero s¡vengo de allí, del paraíso!
—¿Que venís de allí? Bueno, ¿y qué?
—Bueno, ¿y qué? ¡Que no están allá!
¡Santa Madre de los ángeles!
— ¡Ah!, pues ¿qué remedio, señor cura? S¡no están en el paraíso n¡en el purgatorio, ¡qué duda tiene!, están en el...
¡Ay!, hermanos, ¿cómo pintaros m¡desolación? Era ella tan grande, tan profunda, que el ángel del purgatorio me dijo:
—Oíd, m¡pobre abate Martín: s¡queréis aseguraros de lo que haya sobre este asunto y verlo por vuestros propios ojos, tomad esa senda y andad a buen paso. A la izquierda encontraréis un gran portal, y allí os darán razón. ¡Id con Dios!
Después de mucho andar, v¡a la izquierda una puerta... un enorme portón abierto de par en par, como la puerta de un gran horno. ¡Oh, hijos míos, qué espectáculo ! Allí no me preguntan m¡nombre; allí no hay registro. Por hornadas y con puerta franca se entra allá, lo mismito que entráis vosotros el domingo en la taberna.
Sudaba yo la gota gorda y, sin embargo, estaba yerto y sentía grandes escalofríos. Poníanse los pelos de punta y olía a chamusquina, a carne asada, algo así como el olor que se difunde por nuestro pueblo cuando el albeitar Eloy quema el casco de un burro viejo al herrarlo.
— ¡Vamos, tú! ¿Entras o no?—, me dijo un demonio cornudo pinchándome con su tenedor.
—¿Yo? No entro. Soy un amigo de Dios.
—¿Con que eres un amigo de Dios? ¿Pues a qué vienes aquí, gran tiñoso?
Vengo... ¡Ah no me hables de eso, que ya no puedo tenerme en pie!... Vengo... vengo de lejos... a preguntar humildemente... si... por casualidad... hay aquí... alguno de Cucugnan...
— ¡Fuego de Dios! ¿Te haces el tonto, como s¡no supieras que todo Cucugnan está aquí? Mira, feote, mira y verás cómo apañamos aquí a tus cucugnenses.
Y en medio de un espantoso torbellino de llamas vi:
Al larguirucho de Coq Galine (todos le le habéis conocido, hermanos míos); aquél que se emborrachaba tan a menudo y que con tanta frecuencia sacudía las pulgas a su pobre Antonieta.
V¡a Catalina, aquella mendiga pequeña, con su nariz al aire, que dormía sola en el hórreo. ¿Os acordáis, tunantes? Pero, chito; he dicho lo bastante.
V¡a Pascual, que hacía su aceite con las olivas del señor Julián.
V¡a la espigadora Delfina, que para atar más pronto su gavilla robaba a puñados en los montones de haces.
V¡al maestro Grapasi, que untaba tan bien la rueda de su carretón.
Y a Tortillard, que cuando me encontraba. llevando al Santísimo seguía como s¡tal cosa su camino, calada la gorra, con la pipa y orgulloso como Artban, cual s¡se hubiese encontrado con un perro.
Y el buen párroco iba citando nombres, mientras el auditorio, conmovido y pálido de miedo, gemía al ver en el infierno, abierto de par en par, quien a su padre, quien a su madre, éste a su hermana, aquél a su consorte...
—Ya comprenderéis, hermanos míos —prosiguió el abate Martín—, ya comprenderéis que esto no puede continuar así. Tengo cura de almas y quiero salvaros del abismo a donde estáis en vías de rodar cabeza abajo. Mañana pongo manos a la obra; mañana mismo sin tardar. ¡Y no faltará quehacer!
Y se confesaron todos...
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