La Criatura más unida con Dios

La Virgen velando el sueño del Niño Jesús, de Carlo Dolci, me impulsa a escribir esta vez algo sobre la íntima y subida unión sobrenatural de nuestra Madre del cielo con Dios.

Para decir quién es María, es preciso estudiarla desde el punto de vista de la unión sobrenatural con Dios. Ninguna criatura humana estuvo más unida que Ella a Dios mediante la gracia de Jesucristo. No hallamos en la Señora milagros o manifestaciones ruidosas; toda su grandeza, todos sus privilegios, manantiales de su gloria, se reducen a aquella unión.

La Virgen con el Niño. Carlo DolciEn efecto, el dogma cristiano nos enseña que María es:

1. La Inmaculada, la toda hermosa y sin mancha, Aquella cuyo vestido es blanco como la nieve y cuyo rostro brilla como el sol, la única que entre todas las criaturas fue concebida sin la culpa original y en gracia y unión con Dios.

Era conveniente, con respecto al demonio, que la mujer destinada a aplastarle la cabeza no se hubiese hallado nunca bajo su dominio, antes bien hubiese remado entre él y dicha Mujer "una enemistad" absoluta y plena. Era justo, con respecto a Jesús, al Redentor, al purísimo Hombre-Dios, portador de la gracia al mundo, que su Madre no hubiese sido profanada nunca con el pecado. Era significativo, con respecto a nosotros, que la ola de cieno en que todos fuimos envueltos, respetase a María, Madre nuestra, para que en su limpidísima pureza viesen nuestros ojos como un programa, un dechado, una admonición.

2. La Virgen hermosa, vestida del sol y coronada de estrellas, como canta el Petrarca; es decir, la criatura entregada completamente al Criador y unida con El.
La razón es clara: la virginidad no es tan sólo un hecho material, sino que tiene un significado moral de muy subido valor. Ser virgen significa no tener una sola fibra en el corazón que no vibre y no haya vibrado sólo y exclusivamente por Dios. ¿Es por ventura concebible que la Madre de Dios no haya sido siempre Virgen?

3. La Madre, la "dichosa y dulce Madre —para decirlo con Santa Catalina de Sena en sus Cartas—, que nos ha dado la flor del dulce Jesús".

No se puede siquiera imaginar una criatura más unida con Dios que aquella Mujer que fue el "paraíso de la Encarnación", y que en pleno rapto del amor reconocido cantó el Magníficat. El Espíritu Santo descendió sobre Ella, que quedó convertida en templo del Dios vivo, y dio la naturaleza humana al Hijo eterno de Dios y verdadero Hijo suyo. Se había preparado para Dios; vivió, oró, trabajó y sufrió por Dios; su existencia estuvo asociada a todos los misterios de la redención y de la gracia: a los gozos, a los dolores y a los triunfos de Jesús. Llevó a Jesús oculto en su seno purísimo por nueve meses; lo dio a luz y lo colmó de besos y abrazos en la gruta de Belén; vivió, días y noches, meses y años, vida de amorosa intimidad con El en Nazaret; lo vio morir, clavado en una cruz, entre dos ladrones, sobre la cumbre del Gólgota, y, por fin, lo contempló elevarse al cielo, lleno de gloria y majestad.
María, la llena de gracia, es, según esto, la criatura que ha llegado a la unión sobrenatural más íntima y más subida con Dios.

* * *

Todos los cristianos venimos ordenados a ser madres y hermanos espirituales de Jesús. Dijo el divino Maestro a sus discípulos: "M¡madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la ponen en práctica" (Lucas, VIII, 19); a su Madre: "Mujer, aquí tienes a tu hijo"; a Juan, el discípulo amado: "Aquí tienes a tu Madre" (Jn 19, 26). Y para que lo fuéramos en realidad, se nos limpió de toda mancha de pecado y se nos infundió la gracia santificante en las aguas regeneradoras del Santo Bautismo.

Cumplamos, pues, con esta ordenación suprema. Vivamos siempre unidos a Dios, por la gracia de Jesucristo. Miremos ,amemos y sirvamos siempre a Jesús, como María, en esta vida, y así volaremos un día, como Ella, al cielo, y veremos, amaremos y poseeremos a El por toda una eternidad.

Paisajes franciscanos

Al P. Francisco Ferrer, en sus Bodas de Oro Sacerdotales, como pálida muestra del entrañable afecto que le profesa su discípulo.

Marta Moro. Peñón de IfachBenisa es una azotea que quiere asomarse al mar. Todo en ella es ansia de ascensión. Las calles pinas conducen, insensiblemente, al convento de los franciscanos. En el convento, allá en lo alto, anidan gorriones de pardo sayal que han de cruzar, en un próximo futuro, célicas alturas.

Tiene el cielo de Benisa la clara limpidez de las tierras elevadas sometidas a la tibia caricia de las auras mediterráneas: nácar aterciopelado con un vaho de humedad. La tierra que a Benisa circunda —gredas de ascetismo pobladas de vides bíblicas, de argentados olivos, de bienaventurados almendros, castos en su floración nupcial de claras mariposas quietas, de algarrobos milenarios con su cartaginesa robustez dormida en la Cápua de un clima delicioso— desciende en amplias terrazas escalonadas hacia la costa.

Venera Benisa. a una Virgen diminuta, pintada por Juan de Juanes. La iglesia que guarda la Imagen es de un gótico cuidado y destaca su blancura de caliza reciente, entre el pajizo color de las construcciones que la enmarcan.

Clara amaba a Francisco; Benisa a la Orden. El Convento de Benisa es humilde y sencillo. Tiene una plazoleta diminuta, un Calvario que semeja de juguete, una pequeña iglesia de graciosa portada que rematará una esbelta torrecilla.

El claustro, con limpieza de cal, muestra en su centro un pozo de agua fresca, de una delgadez difícilmente igualable. De vez en cuando lo cruza un religioso de andar pausado, de sonrisa inefable. Sólo aquí pueden contemplarse sonrisas de estos quilates. Nunca en parte alguna encontraremos sonrisas como éstas. Hace falta purgar el alma de acideces, vestir un hábito de franciscano y vestirlo durante mucho tiempo y empaparse de su esencia, y sentirlo y vivirlo para poder renunciar a todas esas cosas que a nosotros nos cercan, nos acosan, nos absorben y preocupan. Sólo así podría uno alcanzar una sonrisa como ésta: una sonrisa tejida de luz. de amor, de humildad, de hondo goce de divinas lejanías difícilmente asequibles....

Benisa es una azotea que quiere asomarse al mar...

A lo lejos, Ifach: proa de una nave deseosa de partir ¡sabe Dios a qué luminosos periplos! Ifach es la proa; el Peñón una cariátide con las fauces abiertas, anhelosas de beber fabulosos azules...

Toda la tierra es quilla carenada por los siglos que siente la nostalgia de cruceros de sol, por un mar siempre azul.

Ifach es tristeza dormida que acaba en renuncia, cansada y hundida de tanto esperar imposibles singladuras. Hay, sin embargo, en el cielo, como un grito de esperanza que de vez en cuando arranca la brisa al altivo Peñón y las olas del mar acunan con densos besos azules, cristalizando por los milenios, orlados de blanca espuma. ¡Blonda de azahar tejida por las aguas que cruzara Ulises!

Vista aérea del convento de Benissa

El Peñón, roca enhiesta, grito mudo, ansia truncada... Y la fina arena que a sus pies existe, cementerio de menudas ilusiones desmenuzadas por el agua. Por el agua tan blanda, tan limpia, tan femenina y casta...

Calpe junto al Peñón. Calpe es población marinera que en las aguas busca su pan cotidiano. Uva y aceite, sal y pescado, cielo y mar y tierra y .luz... Y más tierra y mar; y más luz... "¡Más luz...!" Las ansias de Goethe, moribundo, se habrían visto colmadas en estos parajes hechos para que áticas abejas liben eternamente el néctar del recuerdo de esplendorosos días.

Benisa es una azotea que quiere asomarse al mar... Calpe población marinera... Ifach, proa hundida de una fabulosa nave incapaz de luminosos periplos... El Peñón, la cariátide rujas fauces ventean codiciosamente un rumor de esperanza que la brisa trae desde remotos azules. Toda la tierra, carenada quilla que aun sueña cruceros imposibles por un mar siempre azul... Luz y sal; pasa y aceite; cielo y mar... ¡Agua, sal, aceite y luz... ¡Christmas sobre la paganía de estas tierras, graciosas a los hijos de San Francisco....

SOLERIESTRUCH
Carcagente, Diciembre de 1951.

Convento de Benissa

Los juguetes de los Reyes Magos y Rebeca

Dicen que allá en Belén nació un Niño muy hermoso; su cuna era un pesebre, su palacio era una cueva y el aliento de su pecho era un grito del amor con que llamaba a los niños, pues por ellos se hizo Niño siendo él Hijo de Dios. Su madre era la hermosa, la Virgen bella sin mancha, porque pura la hizo Dios cuando ella fue concebida; la que nació sin pecado para ser Madre de Dios. Y junto allí, cual resguardo de aquel tesoro del cielo, y como padre legal, se ve a un varón, hombre justo, virgen también de alma pura, que es el ángel tutelar de aquel Niño y de su madre. Es la familia de Dios. José, María y Jesús. Jesús, que nació en Belén, es aquel Niño gracioso que está llamando a los niños, porque es su hermano y su Rey.

Los ángeles de la gloria también le vienen a ver, y con arpas de oro fino le cantan dulces cantares de la armonía del cielo, que él no la puede olvidar, y quiere que estas canciones que las oiga el mundo entero, para que las almas buenas, como eran los pastores, vengan todas a adorarle, porque él es Hijo de Dios; y quiere que el tropel de los niños cante junto al pesebre, porque es Niño como ellos, y de ellos ha de formar el reino de sus amores, porque sus almas inocentes son los lirios y las flores con que se quiere adornar. Por eso en aquel Belén no sólo se ven pastores, vienen también niños preciosos y niñas hermosas que quieren estar con él, y le cantan sus cantares del folklore de Israel.

Entre aquella alegre sinfonía con que obsequian al recién nacido los niños de Belén, sobresale, como directora de aquella orquesta, una simpática niña, con sus rizos y trenzas de azabache y con sus grandes ojos chispeantes, que daba movimiento a aquellos rapaces, siendo la que iniciaba los cantos y juegos de su folklore oriental. Se llamaba Rebeca, y era al parecer muy entendida y avispada en los cantos y músicas de la raza.

Cuando la gente menuda se ausentaba con ansias de variar de juego, Rebeca quedaba sola y se deshacía en mimos y agasajos con el niño.

Por fin logró que la madre le dejara el niño en sus brazos, y ella entonces sacaba el más tierno repertorio de sus cantos para adormecer al infante, y como s¡presintiera la grandeza de aquel bebé, solía cantarle estrofas de grandeza como ésta:

Duerme, m¡niño gracioso,
que eres hijo de los reyes,
duerme, Señor de los mundos,
que el mundo espera tus leyes.

La Virgen y San José se encantaban de escucharla, y gozaban de dejarle al Niño para que así expansionara con ternura su precoz númen de cantora y de poeta. Pero estos idilios duraron ya poco en aquella cueva. La Providencia, que había consentido aquel nacer en tanta pobreza, dispuso suavizar aquel penoso vivir de una cueva destartalada.

Siendo Zacarías e Isabel los tutores de la Virgen desde el momento en que quedaba sin padres, era preciso que supieran el nacimiento del Niño en aquel pobre establo, y al momento se llegaron a Belén.

Comprendiendo que aquella situación no debía durar, adecentaron una casita, que ellos poseían en los alrededores de Belén, y ordenaron su traslado a aquella casa. Pocos enseres y muebles tuvieron que trasladar; les bastaba aquel tesoro de su Niño para llevarlo a la nueva morada; pero no hay que dudar que a su traslado no podía faltar Rebeca. Allí fue con ellos ayudándoles con toda solicitud y dispuesta a adelantarse en todos los deseos de María. Por deseo e indicación de la Virgen, San José le hizo la cuna del Niño en forma de pesebre, que Rebeca se encargaba de adornarla todos los días con flores; y de cuando en cuando llegaba con una pequeña arpa y le cantaba al Niño las más tiernas endechas de su corazón, acompañándose con las notas suaves del instrumento.

Así pasó largo tiempo aquel encanto divino que se gozaba en aquella dulce morada; fue el tiempo que necesitaron los Reyes Magos para venir desde el Oriente a adorar al Niño Rey; y Rebeca se iba adiestrando más y más en el manejo del arpa, del sistro y de la lira para dar variedad a sus dulces idilios con su Jesusito. Pero llegó el día, una gran conmoción se siente en la comarca. Han llegado unos grandes señores con grande acompañamiento de esclavos, de dromedarios y acémilas cargadas y vienen preguntando por el nuevo Rey que ha nacido en Judá... y guiados por una estrella vienen desde el Oriente para adorarle. Han estado en Jerusalén y allí les han dicho que ese Bey debía nacer en Belén; y siguiendo la estrella vienen directos a la casita de María y José, porque la estrella se ha detenido sobre la casa.

Rebeca fue corriendo para avisar a la familia, pero ya ellos, por inspiración de Dios, estaban a la puerta en espera de los Reyes. José salió a su encuentro a darles la bienvenida, y guiados por él llegaron al atrio en que cuyo centro se destacaba la esbelta figura de María con el Niño en sus brazos y envuelta en esplendores divinos, que emanaban de la gloria de aquel divino Infante. Los Magos quedaron como hechizados a la vista de aquel cielo, y pasado aquel encanto, mostraron sus deseos de prestar homenaje y adoración a aquel divino Niño, que era el Rey a quien venían a adorar.
La Virgen entonces sentó al Niño sobre aquel pesebre-cuna, convertido en trono; y el Niño sonriente y gracioso esperó la adoración de aquellos magnates de Oriente. La Virgen quedó arrodillada a su lado, José presentaba a los Reyes ya prevenidos con sus dones, s ante aquel divino Niño; Gaspar, Melchor y Baltasar, se fueron postrando uno tras otro, ofreciendo en su adoración sus dones misteriosos, que eran Oro, Mirra, e Incienso, reconociéndole como Rey, como hombre y como Dios, tal como les dio a entender la luz divina.

Hecha esta primordial adoración, llegaron los siervos de los Reyes con multitud de envoltorios, que eran los juguetes para el Niño, consistentes en armas, caballos, espadas, escudos, arcos y flechas, y variedad de telas de sedas y de púrpura, como cosas propias de un Niño Rey; pues no iba a consistir la ofrenda de tan grandes señores en esos solo tres dones que eran propios de su adoración.

Como Niño, le llevaron esos juguetes de Niño real, con multitud de otras cosas de utilidad y provecho para la vida.

Mas tuvieron los Reyes otra prevención muy oportuna. Ellos que eran sabedores de la historia de Israel, recordaban que el Rey David, fundador de esta dinastía, era diestro en la música, y tocaba admirablemente el arpa y otros instrumentos músicos que se usaban también en las funciones del templo; y pensando que el nuevo Rey seguiría la afición de su padre David, y sería diestro en el arte musical, llevaban prevenida una colección de los instrumentos usados en el país, y la ofrecieron al Niño, que ya mayorcito, se daba cuenta de ello, sonriendo con satisfacción al verla con tanta variedad.

Al desenvolverlo apareció una arpa de oro y una lira de plata, que brillaban entre aquella colección de cítaras, zampoñas, salterios, címbalos y sistros, todo apto para el manejo de un niño. Al poner en las manos del Niño aquella lira y aquella arpa tan brillantes, el niño miró a Rebeca, que allí estaba presente, como para ofrecérselas, pero la niña se contuvo sin atreverse a recibirlas, conmoviéndose con suma gratitud, que demostró con sus lágrimas.

La ofrenda finalizó y los Reyes se fueron a descansar en sus tiendas ya prevenidas en aquellas cercanías.

A la mañana siguiente todo había desaparecido.

Ya no se vieron n¡Reyes, n¡siervos, n¡acémilas, n¡dromedarios, n¡tiendas. ¿Que había ocurrido? El Ángel del Señor avisó a los Reyes de los criminales intentos de Herodes, y precipitadamente tomaron otro camino para volver a sus patrias. Rebeca acudió espantada a la casita del Niño, pero ninguna explicación le dieron; pero la Virgen le hizo entrega de varios juguetes y le ofreció el arpa y la lira preciosas, y aunque ella se resistía a aceptarlas, la Virgen la obligó a tomarlas con el encargo de que las usara como propias suyas hasta que el Niño viniera a reclamárselas.

Así volvió Rebeca a su casa con tan precioso don, guardándolas como un tesoro. Pasó aquel día, y al amanecer cundió el espanto por la ciudad. Unos soldados de Herodes buscaban a los niños para matarlos. Rebeca corrió a la casita del Niño Jesús, y su espanto fue imponderable.

La casita se había desplomado toda en ruinas; no se vio rastro de la Santa Familia, habían desaparecido a tiempo.

Ante la gran pena que sentía Rebeca por su separación le consolaba la satisfacción de creer que el Niño se había salvado.

Poco le importaban los juguetes que halló esparcidos en sus ruinas, pero el arpa y la lira quedaron suspendidas en su habitación, esperando que viniera el Niño Rey a reclamarlas...

Rebeca fue una de las piadosas mujeres que, llorando acompañaron a Cristo hasta la Cruz; pero no había reconocido en El al Niño Rey de la Cueva. Un día después de la resurrección de Cristo, vio Rebeca ante su vista a Jesús glorioso y resucitado, que le dice: "Rebeca, ¿dónde están m¡arpa de oro y m¡lira de plata? " Rebeca cae a sus plantas anonadada, diciendo: "M¡Señor y m¡Rey, por fin os he hallado. Las guardo como un tesoro". "Pues guárdalas hasta la gloria, donde eternamente me cantarás", le dijo Cristo y desapareció.

Fr. Manuel Balaguer, ofm