Atracción de Jesucristo
De Napoleón, que en medio de sus extravíos y ambiciones conservó siempre una gran dosis de sentido común, se cuenta que dijo en alguna ocasión: "Conozco el arte de conducir ejércitos y el de gobernar pueblos; pero ignoro el modo de hacerse amar como Jesucristo".
En efecto; nadie, ni antes ni después de Jesucristo, ha logrado hacerse amar como El más fuerte amor comienza a debilitarse luego de la muerte del amado. Queda el recuerdo de la persona querida y la veneración a ella; pero aun esto, y en ¡os amores más legítimos como el que corre entre padres e hijos, se va desmoronando por la acción del tiempo que todo lo desgasta. Los que no han conocido a un personaje histórico podrán admirarlo y tenerlo en gran estima; pero no se sacrifican por él ni le consagran el afecto íntimo de su corazón.
No así en Jesús, personaje histórico a todas luces. Jesús ha logrado tener, después de su muerte, una serie ininterrumpida de abnegados y finos amadores que durará hasta el fin del mundo.
A impulsos de su infinito amor al Padre y a los hombres había venido Jesús al mundo con el designio de cumplir la voluntad del Padre tocante a la redención del mundo: "No ha venido el Hijo del hombre a ser servido, sino a servir y a dar su vida para redención de todos". (Mt 20, 28). En justo retorno de su abnegadísimo amor exige Jesús que se le ame cual merece, como Dios y como Redentor; es decir, con amor excepcional que no puede tener similar en este mundo. Quiere Jesús ser más amado que el padre y que la madre; más que la esposa y los hijos, más que los hermanos y más aún que la propia vida, (Le. 14, 26), de suerte que estemos todos dispuestos a darla o perderla antes que faltar al amor que debemos a Jesucristo. Y esto lo pide a todos y siempre; a los que escuchaban sus palabras y a los que después de ellos vendrían al mundo en al larga serie de los siglos.
¿Quién, fuera de Jesús, ha tenido semejante pretensión? Nadie por cierto. Jesús la tuvo con persistencia, con naturalidad, sin ninguna exaltación y con la profundísima humildad con que El decía y hacía todas sus cosas.
Cuando exigía a todos amor tan intenso y heroico, iba a mostrarnos su amor con la más convincente y persuasiva de cuantas pruebas de amor a otro pueden darse: muriendo por é. A lo largo de los acontecimientos futuros, que El domina plenamente, extendía Jesús su poderosa y penetrante mirada, y, como leyendo lo que ocurriría luego de su muerte, decía: "Cuando yo sea levantado en lo alto de la cruz, todo lo atraeré a mi (Jn 12, 32). Públicamente y en Jerusalén decía esto Jesús con plena seguridad de la verdad de sus afirmaciones el miércoles santo; y dos días después, en la tarde del viernes santo, comenzaban ya las gentes a sentirse atraídas hacia Jesucristo, cuya divinidad, golpeándose contritos el pecho, confesaban públicamente el centurión y los que con él habían asistido al espectáculo de la crucifixión, custodiando a Jesús. Todos ellos, al presenciar la conmoción de la naturaleza en la muerte de Jesús y oír la potente voz que lanzó al expirar, decían: "En verdad que este hombre era Hijo de Dios". (Mt 27, 54; Lc 23, 47-48).
Desde aquella hora, los finos amadores de Jesús no han faltado ni faltarán jamás en el mundo. ¿Quién podrá contarlos? Son muchísimos más que los consignados en las páginas de la historia. Recordemos algunos.
San Esteban fue el primero que atestiguó con la muerte su ardiente amor a Jesucristo. Bajo una lluvia de piedras que por odio a Jesús lanzaban contra él los pérfidos judíos, le mantenía Esteban sereno, orando por los mismos que le apedreaban y pidiendo a Jesús no les tomase en cuenta aquel pecado.
San Pablo ardía tanto en amor a Jesús, que parecía amar con el mismo corazón de Cristo, por quien no temía exponerse a las tribulaciones, las angustias ni la misma muerte, persuadido de que nada ni nadie sería capaz de apartarle del amor a Jesús.
San Ignacio de Antíoquía canta himnos triunfales por la íntima alegría que siente de? haber sido condenado a muerte por Cristo. Sabía que lo llevaban a Roma para arrojarlo vivo a la fiera voracidad de los leones en el Coliseo, y exclamaba con ansias de que llegase pronto aquella hora: "Vengan sobre mí las fieras y los tormentos, con tal que merezca unirme para siempre a mi amado Jesús".
Santa Cecilia, noble virgen romana, convirtió a la fe de Cristo a su esposo y a su cuñado, que luego fueron con ella mártires de Cristo.
Santa Inés, virgen de alma y cuerpo y Jovencita de 13 años, desprecia el noble casamiento que le proponen como buen partido, para guardar fidelidad a Jesús, casto esposo de las vírgenes, con quien se había desposado. San Sebastián, valiente y afortunado militar, y San Pancracio, joven de catorce años, y San Tarsicio, niño que no llega a los diez, y todos los soldados de la legión tebea capitaneados por San Mauricio, y los innumerables mártires de Zaragoza, anteponen el amor a Cristo a todas las ventajas y riquezas con que el mundo les brindaba. San Francisco de Asís renuncia a toda propiedad sobre las cosas de este mundo para ir más libre en busca de Cristo y vivir abrazado constantemente con Cristo crucificado: y como San Francisco o a semejanza suya, San Antonio, San Ignacio, Santa Teresa, Santa Micaela del Santísimo Sacramento y una incontable muchedumbre que llega hasta nuestros días con San Gabriel de 'a Dolorosa, Santa Gema, Santa Teresita, que, en sus ansias de asemejarse a Cristo, no deseaba una muerte tranquila y dulce, sino una muerte de amor semejante a la de Jesucristo que murió en el amargo desamparo de la cruz, y Santa María Goretti, que se dejó matar a puñaladas por no ofender a Jesucristo con un pecado de impureza.
¿Qué son, frente a estos finos amadores de Cristo, los apasionados seguidores del mundo? Vale y monta más un abnegado mártir, confesor o virgen de Cristo que la, inmensa y voluptuosa multitud de los Binadores del mundo y de sus placeres.
En verdad, que si hay algo de amor puro y casto en este triste ralle de lágrimas, ese amor se levanta en alto atraído y santificado por Cristo levantado por amor nuestro en la cruz. Este puro amor levanta las almas a Cristo, y, mediante las almas son atraídas también hacia Jesús las familias, los pueblos, las leves, las instituciones: todo es atraído progresivamente a Cristo para volver por medio de El a Dios de quien todo procede. Verdaderamente se deja sentir en el mundo la espiritual atracción de Jesucristo. Lo que no está con él está en contra suya. No hay nadie indiferente para con Jesucristo, Aun 'os que están en contra testifican, a pesar suyo, que sienten la atracción de Jesucristo.
Ausencia
Al P Francisco Ferrer Merín, en sus Bodas de Oro sacerdotales
No rompió amarras el barco Vigilante, sobre el puente, Luna en creciente está el puerto Pañuelos blancos al viento |
Cincuenta años ha bajado Cuando en sus manos lo tenga, Levanta el faro, Francisco, La luna que está en creciente, |
Eduardo Juliá Martínez ,
Director de Enseñanza Media Universitaria
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