El Santísimo Cristo de la Salud
Hace unos meses, un viernes abrasador de agosto, a las tres de la tarde, practicábamos el Vía-Crucis por las calles de Jerusalén.
Todos los viernes del año se hace así públicamente, a la misma hora, dirigido por los meritísimos guardianes de Tierra Santa que son los Franciscanos.
De todas las visitas a los Santos Lugares, ninguna tan abundante en devoción y emoción. Éramos este viernes como un centenar en la piadosa comitiva: dos Obispos, Sacerdotes, Religiosos, Religiosas: de todas razas, naciones y lenguas.
Nos concentramos, en silencio, en el Pretorio de Pilatos, hoy atrio de la Casa consistorial de la zona árabe de Jerusalén. Comenzamos el Vía-Crucis... y lentamente, con el alma embargada de emoción, fuimos recorriendo las calles de la amargura hasta la cumbre del monte Calvario. Seguíamos a Jesús muy de cerca. Venía Él entre nosotros.
Las gentes musulmanas y de otras creencias (que forman la parte mayor de los habitantes de la Ciudad Santa) nos miraban silenciosas y respetuosas: se decían: "Son los cristianos católicos que van recordando los dolores que Cristo sufrió por estas calles".
¡Sí! Por allí pasó el Señor cargado con la Cruz. Un poco más adelante, le encontró su Madre triste y afligida. Por allí pasaba el Cirineo. Allí cayó agobiado por el peso de mis pecados... Allí está el monte Calvario; el escenario de la tragedia más grande de la historia, donde murió Jesús para darnos la vida, y no una vida humana, como la que teníamos, sino la vida de Dios, vida divina y eterna.
La emoción, la intensidad del amor a Jesucristo que allí se siente, sobrepujan a cuanto hasta entonces se ha experimentado: Gratitud al Señor: amor al Señor; dolor inmenso porque donde Cristo vertió su sangre, allí en la Tierra Santa, y más allá en las tierras del Asia, Cristo es desconocido aún, Cristo no es amado.
En la cumbre del Calvario, junto al orificio de la roca que sostuvo en alto la Cruz, yo pensé en la Parroquia mía donde recibí los frutos de la sangre que bañó aquellas rocas. Pensé en la imagen del Santísimo Cristo de la Salud que tantas veces me ha llevado, desde pequeño, en vuelo de ángel, desde Alcalalí al Gólgota de Jerusalén.
En Jerusalén padeció y murió Jesucristo, pero los de allí no le conocen, y Jesucristo ha venido a dársenos aquí, en España, en esta tierra privilegiada de su Providencia.
El recuerdo de mi santísimo Cristo de la Salud me hacía vivir mejor los acontecimientos de la Crucifixión.
Ese cuerpo llagado y dolorido que yo he visto desde pequeño, y cuya efigie puede admirarse en la portada de esta revista; esa cara caída por la muerte, pero expresiva, serena, dulce, que tantas veces me ha dicho al corazón: "Hijo mío, por ti; por lo que te amo, estoy aquí"; esa cara que tantas veces he mirado y me ha mirado, me evocaba el rostro verdadero de Jesucristo clavado y muerto realmente en el tosco madero de su Cruz.
Desde mi Parroquia había volado muchas veces con el pensamiento al monte Calvario. Aquella tarde volaba desde el monte Calvario a mi Parroquia. Oraba por mis padres, por todo mi pueblo; y oraba como de pequeño oré:
Pues, por mí crucificado
estáis en ese madero;
sanad, Cristo verdadero,
mi dolencia y mi pecado.
Me detengo aquí, y detengámonos todos, abriendo nuestro corazón a los sentimientos de contrición tan propios de todo buen cristiano en los días de Semana Santa.
Me detengo aquí reprimiendo los ímpetus que siento en estos momentos de encomiar la imagen del Santísimo Cristo de la Salud que se venera en mi Parroquia, y de dar a conocer la devoción que mis paisanos le profesan.
Hoy no tengo espacio disponible para ello en esta revista. Otro día os hablaré del origen de esta imagen, y de la devoción que el pueblo de Alcalalí profesa a su Santísimo Cristo de la Salud.
(Continuará)
Joaquín Mestre, Presbítero, T. F.
Viernes Santo
Viernes Santo. Luto en la tierra y luto en el cielo.
La sola vez que la naturaleza gimió retemblando y protestó contra los hombres.
Formidable protesta que estremeció a los vilipendiadores.
Ningún otro ajusticiado contó con este testigo.
La naturaleza fue el índice acusador, que delató en nombre de Dios, la horrenda actitud de los judíos en el primer viernes.
Y para que fuese santo, digno y adorable el Primer Viernes, fue necesario que la sangre purpurase el pie de la cruz, untase los plúmbeos remates de los flagelos y que el cielo que cubría aquel escenario, desplegase sus atezados crespones.
Siempre irán juntos la sangre y amor en los actos heroicos. El amor, porque nada hay más excelso. La vida surge a expensas del amor. Y la sangre —su hiriente color— para atestiguar la noble calidad del amor: la prueba. Jesucristo, que ponía en juego los resortes de su poder, habló en el lenguaje irrefutable y comprensible del amor y la sangre. Amor y sangre del Viernes Santo.
Muerte y entierro de Jesús. Desde entonces todos los viernes santos nos llegan transidos de dolor y de muerte. No hay día de mayor luto en la tierra.
La muerte de Jesucristo fue muerte parque abandonó la tierra, como el sol al Oriente, y fue descanso porque volvió a los tres días. Esta vuelta es lo admirable, para ella se hizo esta palabra: Resurrección.
Viernes Santo. Ya no es posible que vuelva.
El Viernes Santo, no obstante, se ha de repetir, como todas las cosas excesivamente enormes, que no se las puede avasallar de un primer intento.
Y con todo, el Viernes Santo que nosotros presenciamos es un simulacro. El Viernes Santo sólo pudo ser uno, tan sin igual que sólo se le parecen porque se les apellida de igual manera.
Sólo pudo ser uno. Como es una la palabra que esteriliza la vida: odio. Como es una la palabra que salva: amor. Como es tan sólo una la vez que se ama de verdad: martirio. Sí; alguien hubiera podido creer que más veces hubiera sido signo de debilidad. Con una vez van enlazados el poder y la misericordia.
Nadie quisiera que volviera el Viernes Santo, porque habría de reaparecer Jesús en el colmo de las infamias y del abucheo humano. Y esto ha de doler en las entrañas, en el colmo de las infamias y del abucheo humano. Y esto ha de doler en las entrañas, porque las acciones de ahora se reprodujeron en las púas lacerantes de al corona —sarmentosa mano— y en los latigazos maceradores.
Y sin Viernes Santo, qué malparada la posición de los hombres. Ante el aparente fracaso que se publicaba al ser izado en la cruz, se alumbraba la definitiva victoria. Se saldaba un déficit vergonzoso. ¡Qué luz en el trasfondo de la paradoja!
Por eso, si no llegara el convencimiento de que sólo un Viernes Santo era la voluntad de Jesús, serían muchos los que quisieran que al desflecar el sol en la puerta del día sus rayos nos anunciase otro Viernes Santo, con los mismos hilos de sangre, con las mismas llagas, con las mismas delaciones de la naturaleza, con el mismo luto... Seguro que ahora no estaría solo el Señor. Señor, lo hiciste bien.
Sin sangre, sin dolor, sin luto, quizás no hubiéramos comprendido la magna obra que llevabas a cabo.
A la cobardía y a la obcecación del hombre salió al paso la benignidad sin fondos del Señor.
Para el Sábado Santo que se queden las sorpresas, tus manifestaciones, la renovada alegría; pero para tu Viernes Santo, sea ese luto que alecciona y que detiene la respiración, porque mientras, se apoderará de las almas tu consuelo y tu rescate.
Viernes Santo, muerte y entierro de Jesús.
Fr. Humilde Soria Pons (1905)
y la doctrina del respeto
En Bellreguard. Francisco Pellicer, seráfico
(Continuación)
Era ya un colegial seráfico, uno de los títulos que producen más felicidad en este mundo y en ¡el otro; ya sabía yo descubrir un mundo de respetos al estilo franciscano, gracias a la palabra cariñosa, adoctrinadora, del P. Prefecto P. Juan Botet, mártir de la revolución marxista. E investido de una tal dignidad acompañé, en el verano de 1902, a nuestro Fr. Humilde, a visitar a nuestro alegre hermano enfermo Fr. Fernando Pellicer, dos veces mártir: de una larguísima enfermedad y finalmente de las balas de los rojos.
Decir franciscano y Pellicer es nombrar Bellreguart (Bella-vista). Recuerdo que era un día de domingo y en Septiembre, pues apenas quedaban vestigios en los secaderos de la clásica pasa moscatel, cuyas viñas cubrían de esmeralda la rica Huerta de Gandía, hoy convertida en un bosque de oro, perfectamente geometrizado y cuya densidad de población supera, en lo agrícola, a la ecumene agrícola de la Tierra comparada en kilómetros cuadrados. Tomamos el Camino viejo o vía romana de Oliva a Gandía, y al llegar a la bifurcación, Rafelcofer Alquería, fuimos bordeando ésta que así como se llama de la Condesa se pudo llamar entonces la de los franciscanos misioneros de Tierra Santa y Marruecos; pues de un pueblo de mil habitantes llegaron a juntarse entonces en el Colegio de Misiones (Chipiona-Cádiz) unos veinte y cinco misioneros de Alquería, veinte de ellos sacerdotes.
Yendo de camino con aquel hombre de Dios Fr. Humilde, había que ir compuesto, rezando o en silencio de oración. En ese trayecto, santificado por el paso de San Vicente Ferrer, íbamos sorteando los charcos, que dejan las "filas" al cruzar, y rezando la Corona franciscana. Con el recitado de la corona cubrimos los dos kilómetros hasta el Huerto de Lloret, y acariciando con la izquierda las paredes de tan abnegado pueblo, allí mismo en medio del camino vi yo a dos muchachos que habían dibujado a compás un "rogle" (círculo; y jugaban al "chavet". Los jugadores, abstraídos, no se dieron cuenta de los dos viadores hasta el instante en que iba Fr. Humilde a pisar la raya del honor, trazando inadvertidamente una secante a través del "rogle", lo que hubiera equivalido a una turbia acción en que se ajaban sus ilusiones y la vida de honor infantil como se concebía en aquellos días; motivo bastante para que, tratándose de un igual, reaccionar y mandarle sin más ni más el último argumento. Pero no; Fr. Humilde, padre del P. Miguel Soria, el cual era muy aficionado al juego del "chavet" en sus días, por eso y por el respeto universal religioso encarnado en él, en el último paso tomó la tangente y respetó el "rogle", el "chavet" y el honor archiespañol de aquellos chavalillos; respeto que ellos, gratamente sorprendidos, devolvieron con la típica amplia sonrisa de niño valenciano, que no hay cosa más bella en toda la redondez de la tierra.
El Camino viejo de Gandía confluye con el nuevo o carretera de circunvalación libremente, sin portazgos ni aduanas. Pero esta vez, como otras muchas, había un telón de acero, digo de piedras entre los palmeros sin esclavina y los condes de la Condesa que impedían el paso a dos mujeres ancianas que clamaban y apostrofaban en mozárabe y en perfecto latín: "Desventurats, mala prosapia!". Y cuando Fr. Humilde apretó el paso y estábamos ya franqueando el cañaveral que nos impedía la vista del "arca" o guerrilla de niños de los dos pueblos limítrofes, sonó una palabra de grueso calibre que apagó el fuego de los contendientes. Era el tío Boscano, más viejo que fray Humilde, quien al volverse y ver el hábito y reconocer al antiguo amigo, exclamó: "Ché, Vicent, perdona; que yo esa palabra no la digo si no es para amansar a los animales; "en hi ha qui comunicant, parlen" (hay hombres que hablando cosas de paz, mezclan palabras de guerra), pero yo no soy de esos mal educados. La visión de aquel "flaret", que apaciguó al apaciguador, atrajo en torno a los arqueros y se concertó la paz o la tregua de Dios, que en todo aquel día del Señor no tenían que "cercarse" y que la otra "arca" tendría lugar en la playa del mar, y de árbitro, el tío Boscano.
(Continuará)
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