Las videntes de la pasión del Señor
Hay almas tiernamente subyugadas ante el sublime dolor de la Pasión de Cristo y se sienten sumergidas en ese océano de penas; pero sucede a veces que en la Pasión no se ve más que el drama realista del dolor del cuerpo, sin darse cuenta que la pasión es también y sobre todo psicológica, con su doble aspecto de pasión del honor y del corazón, porque una naturaleza delicada no sufre tanto con lo que hace sangrar al cuerpo, como con lo que sufre en lo que hace sangrar al corazón. ¿Qué cosa hay más dolorosa que una humillación injusta, o con una reputación vilipendiada? Y Cristo apuró el cáliz del deshonor hasta las heces. Por esto parece que el divino Redentor quiere compensar esa pena inmensa de sus humillaciones en que vio sumergido su corazón comunicando a estas almas, tiernamente enamoradas, aquellos detalles y circunstancias de su pasión, que no relatan los Evangelios.
Esas almas suelen ser llamadas videntes de la Pasión, porque Cristo les ha dado ver y contemplar no sólo aquellos cuadros dolorosos de su divino cuerpo, sino también aquella pena inmensa de su corazón que se translucía en su faz divina tan sumamente penetrada de dolor, que le hacía exclamar: Tristis est anima mea usque ad mortem: mi alma está sumida en una angustia mortal. Y ese tormento no lo sufría en el cuerpo, porque todavía no había comenzado su martirio corporal. Era la pasión del corazón y de su honor.
Muchas son esas videntes que han sido agraciadas con el don de poder contemplar la realidad de la pasión de Cristo en sus éxtasis amorosos, distinguiéndose entre ellas: la Madre Agueda, Santa Margarita María. Santa Teresa de Jesús, Santa Brígida, Santa Gertrudis, Santa Ana Catarina Emmerieh, que en celestiales visiones han presenciado los tormentos sufridos por Nuestro Señor Jesucristo en su cuerpo divino con todos sus detalles, y han gustado la amarga hiel de su agonía mortal, que del corazón de Cristo emergía a su divina faz con el seño de tristeza mortal. De estas piadosas videntes hemos conocido detalles minuciosos del Drama de la Pasión.
LA ORACION DEL HUERTO
Santa Margarita, contemplando el cuadro doloroso de la Oración del Huerto mereció que el divino Jesús le revelara que en el huerto de los olivos es en donde sufrió con más intensidad que en ningún otro paso de su pasión; pues se sintió abandonado del cielo y de la tierra, reo de los pecados de todos los hombres; presentándose a su eterno Padre cargado con los pecados de toda la humanidad, para aplacar la divina justicia como Hostia propiciatoria, y así fue su dolor tan inmenso y su amargura tan infinita que se sentía morir y agonizaba y por eso decía: Triste está mi alma hasta la muerte y le entró un sudor de sangre que llegó a regar el suelo.
Santa Ana Catalina Emmerieh contempló también ese dolor del huerto con luz divina y vio cómo el Señor padecía dolores mortales indescriptibles; pues veía todo lo que había de sufrir en su Iglesia, las persecuciones de los apóstoles y de todos los fieles, las herejías y corrupción del mundo. La ingratitud de los malos cristianos. los sacrilegios y profanaciones, los crímenes y abominaciones de las almas que le están consagradas, la perversidad de sus más preferidos y las maldades y abominaciones del mundo.
Y Sor Ana añade que al terminar las visiones del huerto vio cómo Jesús cayó sobre su rostro como un moribundo, y que el sudor de sangre corrió con más abundancia, y atravesó sus vestidos hasta derramarse por la tierra.
EL PRENDIMIENTO
Sumida de nuevo la santa monja Sor Ana Catalina en la Oración del Huerto, presenció en visión divina el Prendimiento de Jesús y nos refiere los detalles del modo como se efectuó. Primeramente ataron a Jesús sus manos sobre el pecho con unos cordeles nuevos y durísimos, le pusieron un cinturón ancho con puntas de hierro y cuatro argollas en las que ataron cuatro cuerdas y así tiraban del Señor de un lado para otro atormentándolo bárbaramente, haciéndolo caer y llenándolo de improperios. Así lo llevaron del huerto a casa de Anás y de allí a casa del Pontífice Caifás, en donde, según afirma también la Venerable Sor María de Ágreda le trataron con la mayor crueldad, dándole golpes y afrentándoos de mil modos, y añade Sor Ana, que era la media noche cuando Jesús llegó a casa de Anás, y que un criado le dio una bofetada, llevando en la mano puesto un guante de hierro, por lo que el rostro de Jesús se llenó de sangre.
LA FLAGELACION
Santa Brígida, que en sus éxtasis pudo contemplar por permisión divina los horrores de la cruel flagelación que por nuestros pecados, para nuestra redención, quiso sufrir el buen Jesús, nos dice que la flagelación fue cruelísima: que ataron sus manos a una columna y allí fue azotado y llagado basta las costillas, que se le veían por las heridas, y cuando se levantaban las cuerdas hacia atrás, llevaban tras sí pedazos de carne de la espalda y se la dejaban surcada como si estuviese arada. La Madre Ágreda añade a esto que eran seis los verdugos que le azotaban con ramales de cordeles muy retorcidos y endurecidos, y gruesos y con ramales de correas y nervios de animales; que los huesos quedaron al descubierto en las espaldas y caían al suelo pedazos de carne.
LA CORONA DE ESPINAS
La descripción que nos hace la Madre Ágreda de la corona de espinas contemplada por ella en su visión la comienza diciendo que cuando pudieron a Jesús la corona de espinas, se la apretaban mucho y que estaba formada por juncos espinosos de puntas muy fuertes y aguzadas. Y añade a esto la Madre Emmerieh: Jesús, cubierto con la capa encarnada, 13 corona de espinas sobre la cabeza y el cetro de caña en las manos atadas estaba desconocido o causa de la sangre que le cubría los ojos, la boca y la barba. Su cuerpo era una llaga; andaba encorvado y tembloroso.
Así de este modo fue el Señor presentado al pueblo por Pilatos, diciéndoles: "He aquí el Hombre". Mas el pueblo no se conmovió y pidió a gritos que fuera crucificado.
Entonces Pilatos pronunció la sentencia de muerte. Contemplando Santa Brígida aquel triste espectáculo que le dio a ver el Señor, nos dice que después de ser sentenciado, pusieron sobre sus hombros la cruz que la llevó un rato, mas luego le ayudó otro a llevarla, y mientras tanto le daban fuertes golpes en la cara y en el cuello.
Santa Catalina dice que fue llevado por una calle estrecha porque no se estorbase a la gente que iba al templo y que cayó tres veces: al comenzar a llevar la cruz, luego le ayudó el Cirineo, mas que aun así cayó otras cuatro veces.
LA CRUCIFIXION
Cuenta Santa Brígida cómo estando Nuestro Señor en el monte Calvario le despojaron de sus vestiduras y lo tendieron en la cruz. Primero le clavaron la mano derecha en el agujero que para el clavo ya estaba hecho, y atravesaron la mano por la parte en donde los huesos están más unidos: y con cuerdas ataron la otra mano y la estiraron, para hacerla llegar al agujero del otro brazo de la cruz, que estaban con exceso separados y no alcanzaban a ellos las manos de Jesús. Después le clavaron el pie derecho y sobre él el izquierdo con otro clavo y todas sus venas y nervios se rompieron. Como para sacarle la túnica le habían quitado la corona, se la volvieron a poner apretándosela fuertemente, de suerte que con la sangre que le salía se le llenaron los ojos.
La Venerable Ágreda dice que la cruz tenía quince pies de largo, y que era muy gruesa y muy pesada.
Sor Anna Emmerich dice, que en la cruz habían puesto un trozo de madera para apoyar los pies, pero como no llegaron allí los pies de Jesús, le ataron el pie derecho con una cuerda y con gran crueldad y violencia tiraron de la cuerda hasta hacerlo llegar, de suerte que fue una dislocación tan horrible que el pecho de de Jesús dio un crujido y se le oyó decir: "¡Oh Dios mío! Oh Dios mío!"
La Madre Ágreda y Sor Ana Emmerich refieren los sufrimientos horribles de Jesús al ser la cruz levantada por medio de cuerdas para hundirla en tierra; fue una sacudida y estremecimiento pavoroso que laceró todo el cuerpo de Jesús en donde las llagas se abrieron y la sangre Corrió en abundancia. Las tinieblas comenzaron a cubrir la tierra y este espectáculo llenó de pavor a los presentes y algunos protestaron de la crucifixión y gemían, mientras los fariseos trataban de contener algún posible levantamiento contra ellos.
Poco después de pasadas las tres Jesús dio un grito estentóreo, entregando su espíritu en manos del Padre, y doblando la cabeza murió. Un gran terremoto conmovió la tierra y muchos muertos resucitaron.
DESCENDIMIENTO
Santa Brígida, habiendo visto en visión el descendimiento de la cruz, nos lo refiere de este modo. Los dos que lo bajaron fueron Nicodemo y José de Arimatea. Pusieron tres escaleras, una a los pies, otra a los brazos y otra a la mitad del cuerpo.
Sor María de Ágreda dice que lo primero que bajaron fue la corona de espinas. Añade Santa Brígida que subió uno a lo alto y le tomó por la parte de arriba del cuerpo y el otro pasó al otro lado y desclavó la otra, y mientras uno sostenía el cuerpo el otro desclavó los pies; ya desclavado, le tomó, uno por la cabeza y el otro por los pies y la Santísima Virgen le cerró la boca y le arregló los ojos. Pero que sus brazos no pudo doblárselos para que descansasen sobre el pecho, sino sobre el vientre, y que sus rodillas tampoco pudieron extenderse, sino que quedaron dobladas como habían estado en la cruz.
El cuerpo de Jesús fue besado con gran reverencia y amor por sus amigos allí presentes y embalsamado con aromas, y envuelto en una sábana nueva de seis varas que había traído José de Arimatea. Y a continuación se le dio sepultura en un huerto que estaba allí próximo, en un sepulcro nuevo. Y la piedra que lo cerró, dice Sor Ana que era grande y pesada, y que sólo con palancas pudo ser transportada hasta el sepulcro.
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Dichosas almas que por su gran santidad pudieron alcanzar la gracia y el consuelo de ver y contemplar al Buen Jesús en aquella grande epopeya de su amor, y desahogar su corazón de ternura y amor al Buen Jesús que daba su vida con tantos dolores para perdón de nuestros pecados; y al menos sírvannos de modelo para contemplar la Pasión de Cristo con todos estos detalles, que pueden mover a nuestra alma para derretirse en compasión y en amor a Jesús y al arrepentimiento dé nuestros pecados.
Dad limosna a los chinitos
Si a Jesús, como a su Madre, En el gran imperio chino, |
No hay allí para los niños En asilos congregados, |
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