Las palomas de la Virgen

por José María Galli

Eduardo se había quedado completamente ciego. Poco después, enviudó. Y le quedó un gran consuelo. Fue la hija. Muy parecida a la madre. En su hermosura y en sus gestos. En todo. El padre, al oírla, escuchaba a la mujer. Esto le regocijaba. Porque a la mujer la veía siempre. Con unos ojos muy grandes: los ojos del alma. El gran consuelo de los ciegos. Dios les quita algo y les da mucho. Les hace ver lo que no pueden ver los que tienen vista.

El ciego había heredado del padre una gran afición: eran las palomas. Durante su niñez, su juventud, y después de casado, siempre tuvo esa predilección. Fue como su locura. Contagió a su mujer y a su hija. Era para ellos como un juego. Como el más precioso juguete del chico más exigente.

Cuando niño, Eduardo fue con su padre a una de las procesiones de la Virgen.

Y vio cómo una paloma volaba alrededor de la imagen. Era la Inmaculada. La de Murillo. Miraba la paloma como extasiado. Contento, dijo a su padre:

—Papá, mira esa paloma.
—¿Cuál, hijo mío?
—Esa que vuela alrededor de la Virgen... ¡Qué bonita está!

El padre la vio No dijo nada. Estaba pensando en cosas del cielo. Para Eduardo, la vista de la paloma era como una visión. También de cielo.

En la mente de Eduardo se estaba incrustando una idea. Era una gran idea. Y se la contó a su padre:

—¡Papá! Tengo una gran idea.
—Habla, Eduardo.
—Tú... ¿quieres mucho a la Virgen?
—¿ Quién no quiere a la Santísima Virgen ?
—Bien. Te propongo una idea. Te va a gustar. Es una idea muy bonita.
—Habla, hijo.
—Vamos a elegir diez palomas. Las mejores. Las llevamos a todas las procesiones de la Virgen. Las soltamos para que vuelen. La Virgen se va a poner muy contenta.

El padre se quedó un poco pensativo. Después le contestó:

—Me parece muy bien. Además, acostumbrarán a la gente a levantar la cabeza. Mirando al cielo estarán más cerca de Dios.

Y el hijo continuó hablando:

—¡Otra idea, papá!
—¡Qué pródigo estás hoy, hijo mío!
—Y pintamos las alas de las palomas. Cinco de color azul y cinco de blanco...

Después de este diálogo, padre e hijo se decidieron a realizar la idea. Era una gran idea. Vivieron esperando la procesión de la Virgen. Por fin, se realizó una. Y fueron. Llevaron, en una jaula, diez palomas con las alas pintadas. Como se le ocurrió al hijo. Abrieron la jaula. Salieron las palomas una a una. Volaron. Hicieron un círculo. Después, otro más grande. Tomaron rumbo, y se perdieron de vista. Para la gente fue un magnífico espectáculo. Hasta lo aplaudieron.

Muerto el padre, Eduardo siguió con lo que era ya una tradición. Iba a todas las procesiones a soltar palomas. Era como su homenaje a la Virgen. Después de casado, siguió yendo con su mujer. Y cuando tuvieron una hija, iban los tres. Siempre el mismo espectáculo. Ellos gozaban mucho. Además, iba adquiriendo popularidad.

Cuando murió la mujer, las palomas consolaban a Eduardo, especialmente cuando volaban en las tardes de las procesiones de la Virgen. Y cuando quedó ciego, se hizo más popular. Era común en labios de las madres:

—Mira, hijito: ¡Las palomas del cieguecito!

Eduardo, al oír esto, se entristecía. No eran sus palomas. Eran las palomas de la Virgen.

Eduardo, en su ceguera, sabía muy bien cómo vivían las palomas. Las oía en sus aleteos. Y columbraba cuándo la hija les daba de comer. Pero en su mente iba surgiendo otra idea. Más de hombre y cada vez con más empuje. Ansiaba como un milagro. Se lo pedía con fervor a la Virgen. Tenía mucha fe. Por eso hacía volar las palomas en las procesiones. Para eso las criaba con cariño. Pero el milagro no se producía. Esto le angustiaba un poco, pero no le desesperaba. Vivía esperando el milagro. Era su obsesión. Y en todas las procesiones de la Virgen, volaban siempre las palomas con sus lindos colores. «Las palomas del cieguecito», como decía la gente. Y mientras volaban, Eduardo siempre hacía la misma pregunta:

—¡Hija mía!... ¿Y las palomas?...
—Papá, están haciendo el circulo.
—¿Qué más?
—Ahora van tomando rumbo.

Eduardo, desconsolado, repetía para sus adentros:

—¡Bah!... Lo mismo de siempre.

La hija miraba al padre. En el gesto notaba su aflicción. No conocía la inquietud. No sabía nada del milagro que esperaba. Y después de las procesiones de la Virgen, por la noche, preguntaba:

— ¿Qué te pasa, papá? Te noto muy triste... Como preocupado...
—Nada, hija mía. Las palomas...

Iba a decir que esperaba un milagro. Y permaneció callado. Le parecía que la hija lo iba a tildar de loco. La muchacha se afligía. Y no preguntaba más.

Un domingo por la tarde, padre e hija fueron a una procesión de la Virgen. Llegaron frente a la iglesia. Todos les cedieron el paso. Acomodaron la jauja. La hija esperaba el momento de soltar las palomas. Y, mientras estaba así, el padre le dijo:

—Cuando sea oportuno, me avisas. Hoy quiero soltar yo las palomas con mis propias manos. A ver s¡se produce... —y no dijo más. Cas¡iba a decir lo que pensaba—.

Llegó el momento ansiado. La imagen de la Virgen salía de la iglesia. Un murmullo anunció el hecho. Parecía aplausos que saludaban a la Virgen. Y comenzó la procesión. Entonces, la hija habló al padre:

—¡Papá!... Ahora es el momento; ya se pone en marcha la procesión.
—Bien, hija... ¿Dónde está la jaula?
—Aquí. Dame la mano. Esta es la puertecita. Ábrela.

Eduardo fue sacando las palomas una a una. Las acariciaba. Sentía deseos de besarlas una a una. En esos momentos se acordó de la mujer. Como la creía en el cielo, le pidió su intercesión para que se produjera el milagro. Y, una a una, fue largando las diez palomas. Después apretó bien los dientes. Tenía ganas de llorar. Le pareció que iban a fracasar sus deseos. Y, como siempre, las palomas tomaron vuelo.

Después de unos minutos, como la hija permanecía callada, Eduardo preguntó:

—Hija... ¿Cómo no me hablas?... ¿Dónde estás?... ¿Qué hacen las palomas?...
—Siguen haciendo círculos.
—¿Por dónde?
—Sobre la imagen de la Virgen.

El padre vivía momentos de gran ansiedad. La hija no hablaba. Parecía muda. Unos minutos después, la muchacha exclamó:

—¡Papá, papá!
—¿Qué pasa, hija mía?
—Cinco de las palomas, tres pintadas de azul y dos de blanco, van tomando rumbo.
—¿Y las otras?
—Siguen volando sobre la imagen.
—¿Qué más?
—Ahora van descendiendo.
—Y ¿qué más ?
—Están muy cerca de la imagen de la Virgen... Una pintada de azul se desprendió del grupo... Va tomando rumbo.
—¿Y las otras?
—Se acercan más a la imagen.

Después, la hija volvió a callar un rato. Entonces el padre insistió:
—¡Hija!... ¿No me dices nada?
—Calla, papá... No las veo.
—¿Cómo puede ser eso ?
—¡Oh!... Sí, sí... Están las cuatro en el trono de la Virgen. Una de ellas, sobre la corona. ¡S¡vieras qué bonito! ¡Parecen estatuitas!

Y las palomas siguieron junto a la Virgen todo el trayecto de la procesión. La hija se desprendió del padre. Quería acercarse a la imagen para ver a las palomas. Pasó así un buen rato. Fue de angustia para Eduardo. Después, la hija volvió, toda alborozada. Un júbilo inmenso la invadía. Y habló así:

—Papá: Las cuatro palomas están en el trono de la Virgen, sin moverse.

Eduardo sintió un gozo inexplicable.

Introdujeron la imagen en el templo. Las palomas, también, junto a la Virgen, la Inmaculada, la de Murillo.
Una vez dentro de la iglesia, alguien quiso retirar las palomas. Estas volvían junto a la imagen de la Virgen. Era un hecho extraordinario. Se corrió la voz. La gente lo comentaba. Eduardo no sabía lo que ocurría. La hija, tampoco. No habían podido entrar en el templo. Pasaron unos momentos. Y un chico, a todo correr, gritaba :

—¡Las palomas del cieguecito no quieren dejar a la Virgen!... ¡Las palomas del cieguecito no quieren dejar a la Virgen!...

Eduardo temblaba de emoción. Algo muy raro le ocurría. Entonces, como exaltado, dijo:

—¡Oye, hija!... ¡Oye!... ¡El milagro!... ¡El milagro!...

Y comenzó a ver. Cundió la noticia por toda la ciudad, y desde muy lejos llegaban al templo para ver a las palomas. Y los chicos y los grandes las miraban extasiados. Eduardo, todos los días llegaba hasta el templo. Se dirigía al altar de la Virgen a dar de comer a las palomas, a las palomas de la Virgen.

Pasaba el tiempo. Las palomas fueron muriendo, una a una. Como las soltaba Eduardo en las procesiones de la Virgen. Al sacristán se le ocurrió una idea, una gran idea. Cuando morían, las iba embalsamando. Y la Virgen tuvo, así, para siempre, las cuatro palomas junto a Ella. Parecían cuatro estatuitas. Ya no eran las palomas del cieguecito. Eran las palomas de la Virgen.

El P. Juan J. Baydal es ordenador sacerdote

Besamanos

Roma, 9 de abril 1952
P. Pacífico Torres
Valencia


M¡muy apreciado padre Pacífico: Referente a m¡ordenación resultó muy solemne y conmovedora. Fu¡ ordenado en la Patriarcal Archibasilica Lateranense por Mons. Luis Traglia, Arzobispo de Cesarea de Palestina y Vicegerente de Roma. En la ceremonia tomó parte la Capilla de la Catedral que solemnizó el acto con clásicas piezas musicales. M¡Primera Misa la celebré en la Patriarcal Basílica de Sta. María la Mayor, la que resultó también muy solemne y concurrida a pesar de que era privada pues asistieron un nutrido grupo de representantes de alumnos y profesores del Colegio, de doce nacionalidades. He quedado muy satisfecho de todo. Recibí numerosas felicitaciones de altas personalidades entre las que figuraba un telegrama del Papa, del Rvdmo. P. General, del Nuncio de Guatemala, del Arzobispo de Valencia, del Obispo de Teruel y del P. Provincial. El texto del telegrama del Papa decía así:

«Augusto Pontífice, de corazón envía Padre Juan José Baydal, ocasión Ordenación Sacerdotal, implorada Bendición Apostólica, invocando abundancia celestes gracias persona futuros ministerios».— Montini, Sostituto.

Aparte de todo esto y como coronamiento de mis alegrías, el pasado día 18 de marzo, fu¡ recibido en Audiencia Especial por S.S. el Papa, con el que estuve hablando por algunos minutos, y aproveché la ocasión para pedirle su Bendición Apostólica para nuestro P. Provincial y para todos y cada uno de los Religiosos de nuestra Provincia, entre los que figura V. R., que concedió de todo corazón...

Le aprecia muy de veras su affmo. en el Señor y en el Seráfico Padre.

Fr. Juan José Baydal, ofm

Noticias

Nuevo Obispo franciscano
Su Santidad el Papa se ha dignado promover para la sede episcopal de Gerace (Italia) al P. Pacífico Perantoni, que ejerció el cargo de Ministro General de la Orden hasta el Capitulo que se celebró el año pasado en el convento de Santa María de los Ángeles o Porciúncula.

Ordenes sagradas en Onteniente
El día 20 de abril del presente año, de manos del Obispo de Teruel, Fr. León Villuendas Polo, recibieron

A todos, nuestra fraternal felicitación.

Cullera
Día de la Virgen (de la Encarnación) del Castillo, Patrona de la ciudad.— En este día se celebró la bendición de la primera imagen de la Purísima que ha tenido el Santuario. Por delegación P. Provincial la realizó P. Superior. Fueron padrinos en este acto, don Enrique Renard, antiguo alumno de la escuela del Castillo, y la señorita Victoria Olivert Espinós, maestra de novicias de la V O T.

A continuación se bendijo el Niño Jesús, con vestido pobre, sentado en un pupitre en actitud de escribir estas frases: «Aprended de Mí», «Bienaventurados los pobres». Este divino Infante presidirá el salón de la Escolanía de niños pobres. Fue apadrinado por los candorosos niños Santiaguín Renard Montón y Maribel Grau Borja, hijos de antiguos alumnos. Acto seguido se celebró Misa solemne, cantando las glorias de María Inmaculada el P. Bernardino Rubert.

Nuestros difuntos

El P. Anselmo Martí Richart

Buen músico y notable compositor, que nació en Cocentaina el 16 de junio de 1863; profesó nuestra Santa Regla el 2 nov 1884 y se ordenó de Sacerdote el 31 may 1890. Al entrar en la Orden poseía ya algunos conocimientos musicales, que luego amplió con el maestro don Juan Plasencia, con quien hizo sus estudios de composición. Fue organista de varios conventos, pero sus verdaderos triunfos artísticos loe conquistó en Benisa, Pego y en Cocentaina, donde formó y dirigió imponentes coros populares, que cantaban con afinación y gusto aun partituras de relativa dificultad, y para los que escribió muchas de sus composiciones, logrando, da esta manera, hermanar el arte y el apostolado.

Aunque su educación artística es anterior al «Motu propio» de Pio X, sin embargo, su música es devota y llena muchas veces de unción que se adentra en el alma. Entusiasta por la polifonía clásica, la introdujo en nuestros conventos, sobre todo en los oficios de Semana Santa.

Murió en Cocentaina, entre seis y siete de la mañana del día 4 de abril de 1952, fiesta de la Santísima Virgen de los Dolores; y su entierro fue una imponente manifestación de amor al finado, concurriendo al mismo las autoridades de la villa, en corporación, que lo presidieron; las Comunidades Religiosas, precedidas de la Venerable Orden Tercera y de la Juventud Antoniana; la banda municipal, que lo acompañó interpretando varias marchas fúnebres; y un concurso tan grande de gentes, que no se recuerda otro semejante.

Durante su larga permanencia en el convento da Cocentaina, su patria chica, se ocupó también en la enseñanza de las primeras letras a los alumnos de nuestra escuela conventual.

Descanse en paz y desde el cielo ruegue por nosotros.