Predica el Santo
Perdonad y seréis perdonados
En el célebre sermón de la montaña, brotaron de los labios del divino Maestro estas aleccionadoras palabras: "Habéis oído decir: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos." (Mt 5, 43-45).
En el Mt 18 se nos cuenta que Jesucristo, para contestar a San Pedro, que le preguntaba cuántas veces debíamos perdonar, le dijo: «No digo yo hasta siete veces, fino hasta setenta veces siete.» Es decir, todas las veces. Y agregó el ejemplo del siervo a quien su amo le perdonó una enorme deuda y él no quiso perdonar a un pobre compañero, por lo que fue terriblemente castigado.
Y en la ley universal de amar a nuestro prójimo por amor de Dios están incluidos los que nos son simpáticos, los que nos odian y los que nos hicieron o hacen mal. Por lo tanto, perdonar es ley obligatoria para todo cristiano.
S¡castigamos al que nos hace el mal, usurpamos un derecha que no nos corresponde y cometemos, además, otra injusticia, pues nadie, fuera de Dios, que es infinitamente sabio y justo, puede medir la malicia de una acción; y cuantas veces juzgamos a nuestro prójimo, nos equivocamos, porque no podemos conocer todos los motivos y razones que lo indujeron a obrar. Por eso debemos dejar a Dios el castigo del mal que se hace, pues El no nos ha delegado n¡su justicia n¡su sabiduría.
Todos nuestros prójimos son hermanos nuestros, redimidos por los sufrimientos de Jesucristo y llamados, como nosotros, a la participación de los mismos bienes. Por amor a Cristo debemos amar lo que él tanto ama y no exponernos a hacer el mal a un futuro príncipe de los reinos eternos y hoy hermano nuestro.
Necesitamos de la misericordia y del perdón de Dios. La condición absoluta para conseguir eso es perdonar. Son frecuentes en el Evangelio las promesas de ser tratados como nosotros tratemos a les demás.
El que guarda un rencor en el fondo de su corazón, amarga neciamente su vida y no tendrá paz, n¡podrá levantar a Dios su oración para pedirle en el «Padre Nuestro» que le perdone, porque allí se alega la condición de perdonar primero.
Tal vez el que nos hizo el mal creyó hacer una obra de justicia; tal vez lo hizo movido por un error, por una información equivocada; tal vez lo haya hecho por la perfidia; pero tal vez Dios se valió de eso para castigarnos; como los verdugos de Cristo, que, al consumar un crimen infame, servían a la bondad y a la justicia de Dios en la obra de la Redención. Bendigamos la mano cariñosa de nuestro Padre de los cielos cuando nos acaricia y cuando nos castiga, aunque para eso se valga de nuestros hermanos.
Gana más el que perdona que el que contesta a la ofensa. Porque ofender es indicio de vileza de alma, y perdonar es el acto de mayor grandeza; porque perdonar da dulcísima paz al alma y atrae incontables bendiciones divinas; porque perdonar es superar al ofensor, no en grosería n¡en fuerza material, sino en generosidad, en virtud, en dominio propio, en nobleza, en caridad.
Jesucristo, clavado en la cruz, colgado de sus propias llagas, en infinita amargura, mientras sus enemigos se burlaban de él, sólo tuvo este grito de sublime venganza: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que re hacen.»
Pongamos en práctica estas lecciones del divino Maestro y perdonemos siempre a nuestros enemigos.
Fr. Antonio de Padua
Valor y eficacia de la Santa Cruz
Es verdad de fe que con el sacrificio de la cruz redimió Jesucristo el mundo, es decir, libró a las almas del peso de sus pecados, alcanzándoles el perdón, reconciliándolas con Dios y abriéndolas las puertas del cielo.
¿Es que no hubo otro medio para lograr estos inmensos bienes? Ciertamente, pudo Dios redimirnos de otra manera menos penosa para él; pero, en el plan actual de la divina Providencia, quiso redimirnos con la cruz, y aseguró Jesucristo, después de resucitado, que «fue necesaria su Pasión para entrar triunfante en su gloria» (Lc 24, 26).
S¡así fue para Jesucristo, también para nosotros es la cruz necesaria e imprescindible. Sin la cruz, imposible conseguir nuestra salvación eterna. Es el mismo Jesucristo quien nos asegura que la cruz es el único camino del cielo: «El que quiera tener parte en m¡gloria, ha de tomar cada día su cruz»; «El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser m¡discípulo.» (Lc 9, 23 y 14, 27.)
San Pablo, dando a entender cuánto y de qué manera participaba de las tribulaciones y oprobios de la cruz de Cristo, exclama lleno de fervor: «A fin de vivir para Dios, estoy crucificado juntamente con Cristo, de suerte que ya no vivo yo, sino que Cristo es quien vive en mí.» (Gal 2, 19-20.)
Estas verdades reveladas, lejos de ser desmentidas por algún santo, han recibido plena confirmación práctica y muchas veces también doctrinal en la vida de todos ellos.

El apóstol San Andrés, sentenciado a muerte de cruz por haber predicado los misterios de la cruz de Cristo, se enardeció en amor a la cruz y en deseos de morir clavado en ella. Le llevaban ya los verdugos al lugar del suplicio o del martirio, y, al divisar desde lejos la cruz que le tenían preparada, comenzó, a echarle requiebros, diciendo: «Oh, dichosa cruz que tuviste el honor de sostener el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo; cruz que tanto tiempo he deseado; cruz que con todo, ardor he amado y buscado con anhelo y preparado con fruición: recíbeme en tus brazos y llévame a los de m¡Maestro, para que, por tu medio, me recobre quien por medio de t¡me redimió.»
Nuestro Padre San Francisco daba gracias a Dios por las enfermedades y dolores con que le probaba. Fueron éstos muchos, muy prolongados y muy acerbos. Juzgando, en cierta ocasión, un religioso que Dios afligía a su Santo Padre con extremado rigor, le reprendió el Santo por haberse atrevido a poner en tela de juicio los designios de Dios acerca de él, y, sacando fuerzas de flaqueza, se postró en tierra dando gracias a Dios por sus achaques y dolores presentes, y pidiendo se los aumentara s¡a bien lo tenía, pues no hallaba él mayor consuelo que el de cumplir en todo la santa voluntad de Dios.
Su amor a la Pasión de Jesucristo fue creciendo con los años. Ardientemente suplicaba a Jesús le hiciese partícipe de los dolores de su Pasión en cuanto de ello es capaz un puro hombre; y Jesús, que le infundía estos santos deseos, se los cumplió por entero cuando en el monte Alverna imprimió sus sagradas llagas en pies, manos y costado del P. San Francisco; llagas frescas y sangrantes que al vivo le hacían sentir intensamente los dolores de Jesús en la cruz. Las de las manos y pies llevaban hincado el clavo, cuya cabeza, redondeada, gruesa y negra, aparecía realzada por una parte, y cuya punta retorcida sobresalía por la otra. Desde entonces, no sólo sus manos y pies, sino su semblante, las facciones de su rostro, su mirada, sus ademanes y todo su continente, la dulzura de sus palabras y su bondad exquisita, le hacían en verdad trasunto o imagen de Jesús crucificado cuyos dolores sufrió, con amor subidísimo, comunicado por Jesús, durante los dos años que vivió todavía en la tierra. Con razón se le ha llamado «El Cristo de la Edad Media» por sus dolorosas llagas y por su encendido amor a la humanidad.
La gran penitente franciscana Santa Margarita de Cortona, en un éxtasis de amor, decía a Jesús que deseaba habitar dentro de su sagrado Corazón. Mas, no fiándose de sí misma, añadía luego: «Veo que no os amo debidamente, Señor; sólo podré decir que os amo cuando haya experimentado en mí todos los tormentos de vuestra sagrada Pasión. Bien quisiera poder probaros con m¡sangre el amor inquebrantable que os profeso.»
A prepósito del valor de la santa cruz, decía Jesús a Santa Gema, ratificando sus enseñanzas evangélicas e inculcándolas en el corazón de la Santa: «¿Sabes, hija, por qué Yo me divierto en mandar cruces a las almas que me son más queridas? Es que quiero poseerlas enteramente, y por eso las rodeo de cruces y las cerco de tribulaciones para que no se me escapen de entre las manes; por eso pongo en todas sus cosas espinas, para que no se aficionen a ninguna, sino que todo su contento lo tengan puesto en mí únicamente. Hija mía: s¡no sintieras la cruz, no se podría llamar cruz. Está cierta de que estando bajo la cruz no te perderás. El demonio no tiene fuerza contra aquellas almas que por amor mío gimen bajo la cruz. Oh, hija mía; ¡cuántos me habrían abandonado s¡no los hubiese puesto sobre la cruz! La cruz es un don sobremanera precioso, con el que se aprenden muchas virtudes... Muéstrame tu amor como Yo te lo he mostrado; sufriendo penas y cruces sin cuento.» (Carta 6ª a Monseñor Volpi.)
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Nuestro Señor Jesucristo nos abra los sentidos interiores para entender los misterios de la cruz y ajustar a ellos nuestra vida entera.
Florecilla antoniana
Siempre que paseaba por la orilla del Tajo, Aparicio miraba con ilusión las aguas plomizas del rió, que le atraían con esa extraña atracción con que el imán atrae al hierro. ¡Nunca, seguramente, pudo pensar el pequeño Aparicio que aquel rió sería para el tan traidor!
Un día, el joven se atrevió a hacer a su madre esta proposición:
—¿Me dejarás ir a dar un paseo en barca con mis amigos?
—Por mi, no hay inconveniente —repuso doña Feliciana—; sólo una cosa te pido: que no te apartes mucho de la orilla, pues la corriente es muy traidora.
—La barca es buena —replicó el joven—, y mis compañeros, excelentes remeros...
Aquella misma tarde, Aparicio corrió al muelle, y con la ilusión que es de suponer en sus pocos años, se hizo a la vela con sus amigos. Entre cánticos y risas comenzaron a bogar, sin que el más pequeño temor les asustase; pero he aquí que, cuando más alegres eran las canciones y más descuidados iban, la barca dio un vuelco y todos los inexpertos marinos cayeron al fondo del río.
Un grito de terror salió del pecho de los que desde la orilla habían visto salir a los niños tan gozosos.
Cuando llegaron a prestarles auxilio, Aparicio había desaparecido arrastrado por la corriente.
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Al día siguiente, sobre la orilla, en la arena dorada que tantas veces había sido la ilusión del pequeño Aparicio, apareció el cadáver. No son para descritos los gritos de angustia de doña Feliciana al ver el cuerpo de su hijo tan desfigurado.
Se formó el cortejo fúnebre, se hicieron los funerales: pero cuando el clero llegó a la casa de doña Feliciana para levantar el cadáver y llevarlo al cementerio, la afligida madre, con la fe grande que le daba la religión y, sobre todo, el ser hermana de San Antonio, se abrazó al cuerpo de su hijo, y derramando copiosas lágrimas, hizo a su glorioso hermano la siguiente oración:
—¡Hermano mío, fray Antonio! tú que eres tan compasivo para los que te invocan, aunque sean extraños, ¿te mostrarás insensible solamente al dolor de tu hermana? Socórreme, te lo suplico; devuélveme a m¡hijo, que yo, en retorno, lo consagraré a Dios y será religioso de tu Orden.
Apenas la afligida madre terminó su fervorosa oración, el cuerpo frío del joven empezó a moverse. La gente que había acudido al entierro comenzó a gritar, y Aparicio, abriendo los ojos y sonriendo a los que lloraban, se levantó por sí mismo y abrazó a su madre emocionado.
No es para descrita la impresión que causó en toda Lisboa tan extraordinario milagro. Desde allí, todos fueron a la iglesia, y lo que había comenzado por ser un lúgubre funeral, terminó en una fervorosa acción de gracias. San Antonio había cumplido una vez más su palabra de acudir prontamente en auxilio de los que con fe sincera acuden a su ilimitado poder.
P. S. Z.
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