Capítulo provincial agosto 1952

Santo Espíritu del Monte, 13 de agosto de 1952

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P. José Antonio Aranu, Ministro provincial P. Joaquín Sanchis
Custodio provincial
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P. Luis Mestre
Definidor provincial
P. Joaquín Ivars
Definidor provincial
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P. Pacífico Sendra
Definidor provincial
P. Juan Nadal
Definidor provincial

La Acción Antoniana felicita muy de corazón al nuevo gobierno de la provincia y hace votos al cielo por el feliz y acertado desempeño de sus delicados cargos.

Teología del trabajo

S¡es que el comunismo tiene tanto poder en el mundo, es porque se ve continuamente vivificado y fortalecido por una mística del trabajo. Mística, por cierto, materialista, que nunca podrá llegar a teología, porque del todo se excluye a Dios. Sólo la verdadera teología cristiana del trabajo es la que se puede oponer eficazmente al materialismo dialéctico del comunismo.

Sin número son los misterios que encierra la materia; el gran misterio de Dios lo conoceremos en la eternidad, pero de la realidad del trabaje tenemos una noción primera, verdadera y plena. El trabajo no solamente significa obra material, como demasiado a menudo se cree, sino también obra del espíritu. Es esencialmente un acto humano. Es la actividad del hombre en tanto que se destina al mantenimiento y al desarrollo de su vida; es el florecimiento mismo del ser, una realización de sí mismo en una operación que está de acuerdo con su naturaleza. Es la entrada en acción de sus facultades, tanto espirituales como materiales.

Ante todo, el trabajo es una vocación a la que todos somos llamados. Existe aquí una ley del trabajo que es una ley natural. Trabajar corporal o espiritualmente es una exigencia de la naturaleza del hombre, es un deber de estado, es la condición humana. Tan cierto es esto, que, aun en el estado de inocencia del paraíso terrenal, el hombre era llamado a trabajar. Las Sagradas Escrituras dicen que el Creador colocó al hombre en un paraíso de delicias para que lo cultivara y lo cuidara con esmero.

S¡Adán no hubiese pecado, hubiéramos tenido que trabajar también en el paraíso terrestre, pero nuestro trabajo hubiera sido infinitamente agradable y delicioso como toda actividad que representa desborde de vida. Pero el trabajo dejó de ser juego el día que la maldición divina cayó sobre él para transformarlo en un castigo.

Con más acierto debemos decir que el trabajo, en sí mismo, no es castigo, sino el carácter doloroso que se le ha adjudicado. Y por más que se haya hecho a consecuencia de la falta, sigue siendo siempre una vocación divina, y por ese hecho, el trabajo tiene su lugar importante en la economía de nuestra eterna salvación. Luego ya sea que se le considere como una ley de la espacie, o como una tarea personal, el trabajo sigue siendo siempre un deber del hombre; es para él una vocación.

Pero es un gran deber el colaborar en la obra misma de Dios. La mayor gloria del trabajo proviene de su carácter en cierto modo divino. Se le debe considerar como una colaboración del hombre en las obras de Dios, como la prolongación humana de la actividad divina, no haciendo el hombre más que acabar y completar las grandes empresas de Dios en el mundo.

El trabajo humano tiene como misión prolongar y completar la creación. Es que Dios no ha construido el mundo en estado perfecto. No lo ha creado con caminos, con casas, con máquinas, con ciudades construidas de antemano. Ha construido un mundo que sólo estaba comenzado, incompleto, imperfecto. Ya que Dios no ha acabado su obra, no es porque, como a nosotros, le haya faltado inteligencia, habilidad o energía, sino porque así lo ha querido. En su infinita sabiduría y omnipotencia, ha preferido dejar a su obra el cuidado y capacidad de terminarse ella misma. Y ello es mucho más divino. Ello pone de manifiesto mucho más poder que s¡el mundo hubiera sido perfecto desde el primer momento. Para mejor entender, tomemos dos obreros que fabrican mesas: el primero trabaja las diferentes piezas, las une y acaba él mismo la construcción del mueble. Pero suponed que el otro, después de haber preparado las distintas partes de la mesa, tuviera el poder de dar a esas partes la capacidad de unirse y ensamblarse ellas mismas, y transformarse por sí solas en una mesa. ¿Acaso no sería este último obrero mucho más poderoso y más capaz que el otro?

De tal manera, ha dejado Dios a su obra el cuidado y el poder de terminarse por sí misma. Pero ha confiado especialmente a la más alta y la más capaz de sus criaturas la misión no solamente de desarrollarse ella, sino también de perfeccionar a las demás.

Sin embargo, es necesario saber hacer una diferencia cuando hablamos así del trabajo humano continuador de la acción creadora de Dios. En Dios se trata de creación propiamente dicha, es decir, que Dios hizo todo de la nada. En tanto que nosotros, no hacemos más que transformar materiales que ya existen, disponerlos de otro modo, desarrollar elementos que no hemos hecho nosotros, que no podemos hacer nosotros, que deben preexistir.

Pero, a pesar de esta diferencia, el trabajo humano resulta muy estrechamente emparentado con el trabajo divino, y guarda con él una similitud y un parecido muy importante. Ambos provienen de un espíritu y comportan, por lo tanto, un carácter espiritual. Es por eso, que el trabajo humano, como el divino, no puede ser considerado puramente como una mercancía Siempre implica algo de sagrado que no se vende n¡se compra: es el sello de una personalidad, la marca de un alma.

El hombre ha pecado y por sus malas obras ha manchado, ha saboteado la obra divina. De ahí que fuera necesario reparar al mundo. Dios mismo se encargó de esa nueva tarea, que, por otra parte, sólo él podía cumplir. Por eso emprendió su segunda gran obra: la redención.

Dios ha querido que esta redención se hiciera por el sufrimiento, bajo el signo de la Cruz. Es por eso que un día se le vio avanzar por las calles de Jerusalén, cargando la pesada Cruz, agobiado a insultos Calvario para dar allí hasta la última gota de sangre y hasta el último suspiro por la redención del mundo.

Pero también allí no ha querido hacerlo todo solo, realizarlo todo por sí mismo, sino que ha preferido dejarnos nuestra parte y contar con nuestra colaboración. S¡queremos resucitar y reinar con Cristo, es absolutamente necesario unir nuestros sufrimientos a los suyos e inmolarnos con él.

Y bien, este sufrimiento, esta inmolación, podemos encontrarla muy particularmente en nuestro trabajo cotidiano, ya que, a pesar de todos los esfuerzos admirables que la humanidad ha intentado para disminuir el sufrimiento que el pasado ha conferido al trabajo, aun queda mucho por hacer.

Pero s¡el trabajo comporta una pena, una expiación del pecado, otra consideración se impone aún a nuestro ánimo. Y es que todo el mundo, a menos que se halle legítimamente impedido, debe trabajar. Porque todos han pecado, más o menos, y, por otra parte, la caridad hace que para todo cristiano sea un deber el trabajar en la redención de sus hermanos. S¡el trabajo es una carga, en la sociedad todos deben llevar su parte. La carga es para todos y cada uno debe trabajar, ya sea manual o espiritualmente. Según un sociólogo cristiano contemporáneo, «es injusto e intolerable que haya hombres eximidos de trabajar por su condición; es inadmisible desde el punto de vista cristiano que esa condena pese siempre sobre los mismos, y que existan condenados en la tierra.» Una sociedad que terminara por mantener por un lado una clase de ociosos, y por la otra una de forzados miserables, es una sociedad maldita de antemano por el Evangelio, quiere que, en nuestra vida de trabajo, seamos efectivamente los cooperadores de Cristo en el rescate y salvación de las almas.

Diálogo novelero

—Luego usted lee novelas, ¿no?

—Sí, padre; es m¡pasión dominante. Pero le prevengo que lo hago por solo distracción y que a mí no me hacen ningún mal.

—Muy bien, señora mía; pues en ese caso, yo la recomiendo que, antes de leer esas novelas, se arrodille delante de Dios y le haga esta oración: «Dios mío, voy a leer esta novela para agradaros. Sé que en ella se encuentran malas doctrinas, malos ejemplos y malos consejos; no importa, voy a leerla para cumplir las promesas del Bautismo, para trabajar por vuestra gloria y para la salvación de las almas.»

—Pero, padre, yo no puedo hacer semejante oración; eso sería burlarme de Dios.

—No, señora; s¡esa novela es buena o indiferente, puede y debe hacer semejante oración.

—Pero..., pero, padre...

—¡Ah! Ya empieza usted a comprender que esas lecturas no son tan buenas y tan indiferentes como le parecía al principio. Y ahora, va a tener la bondad de responderme a estas preguntas:

—¿ No es verdad que era antiguamente más piadosa que al presente?

—Sí, padre.

—¿Y leía novelas?

—No, padre.

—¿Se ocupaba entonces con gusto en los estudios serios, en el trabajo útil, en los negocios graves?

—Si, padre.

—¿Frecuentaba en otro tiempo los Santos Sacramentos con más gusto y exactitud?

—¡Ah! Sí, padre.

—Pues bien, señora mía; usted misma comprende el error en que hasta el presente ha vivido, creyendo que la lectura de esas novelas no le hacía ningún mal. ¡No las lea!