Historia de un mendigo
Por Miguel Bertomeu, omi
Una tarde del mes de julio, cuando las plantas, oprimidas por el peso del sol, doblegan sus envejecidos tallos hasta tocar el suelo con sus mustias y lacias hojas; cuando las mieses, resecas y tostadas, esperan la mano del labriego para que las convierta en sustento del hombre, y la tierra, herida por los rayos del sol, deja ver sus llagas profundas en grietas poligonadas, esperando del cielo que mande su lluvia benéfica, salí de paseo en busca de fresco que en valles y prados se suele ocultar.
Crucé algunos yermos, salté ribazos secos y, despreciando los polvorientos senderos, descendí por un valle que ofrecía un aspecto primaveral. En su fondo serpenteaba un humilde riachuelo custodiado por doble fila de chopos; los juncos, asomados a sus riberas, lamían la superficie de sus aguas, y los berros, emergiendo de su fondo, parecían apoyar las cabezas sobre su seno. Era un paisaje encantador. Continué m¡camino, descendí hacia el fondo y me senté sobre una alfombra de margaritas silvestres y verde yerbín.
Contemplando estaba el panorama, y absorto con la vista fija en el riachuelo que a mis pies se deslizaba, cuando vino a extraerme de m¡embeleso un ruido como de pasos que se iban acercando. Volví m¡vista, y v¡a un anciano encorvado bajo el peso de los años, con el cayado en la mano y un hato en el hombro, que hacia mí se dirigía.
—¡Una limosna, por Dios! —dijo, mirándome con mirada lastimera—.
Me movió a compasión su miseria, y mientras echaba mano al bolsillo para alargarle una limosna, le pregunté:
—¿Cómo está usted por aquí a estas horas?
—Vengo de aquella casa, de pedir un mendrugo de pan con que desayunarme.
Y esto diciendo, me señaló una choza que no muy lejos había.
—¿Y viene de muy lejos?
—Sí, señor.... de muy lejos —dijo algo turbado—.
Le alargué la limosna, y queriendo satisfacer m¡curiosidad, le interrogué:
—¿No tiene usted familia?
—¡No, señor!... ¡Todos murieron... ahogados!
—¿Y eso?
Entonces el anciano, haciendo un esfuerzo para contener su emoción, me hizo el siguiente relato:
—Yo soy cubano; hice fortuna con los pocos bienes que me dejaron mis padres, y me casé con una mujer española. En nuestra isla vivimos tranquilos y holgadamente; nada nos faltaba; éramos felices... y mis cinco hijos...
—Estarán ya en el cielo —le dije, viendo que los sollozos ahogaban sus palabras—.
—Eso quisiera yo! —Y prorrumpió en amargo llanto—.
Se me hacía cada vez más interesante la persona del mendigo, y creyendo que en su misteriosa vida se ocultaría algún drama impresionante, me corrí hacia la sombra, le invité a que se sentara y me atreví a interrogarle:
—¿Decía usted que dudaba de que sus hijos estuvieran en el cielo?
—Sí, señor; lo dudo... Mis hijos eran protestantes... Yo, también lo fui...; m¡mujer era la única que era católica.
—¿Y cómo no se educaron sus hijos en la religión de su esposa? ¿Ignoraba usted por ventura esa obligación? ¿No sabía usted que la primera condición para contraer esa clase de matrimonios es la de educar a los hijos en la Religión Católica?
—Lo sabía, y juré que así lo había de cumplir, pero... pronto olvidé m¡juramento. Mandé que mis hijos fueran a escuelas protestantes y les prohibí que se acercaran a ninguna iglesia católica... Después, ellos se encargaron de cumplirlo. M¡mujer reclamaba sin cesar su derecho, mas yo me hice siempre el sordo. Aumentó la lucha, vino la desunión entre nosotros y se acabó la paz de m¡hogar; a pesar de todo, nunca quiso ceder. Entonces nos vino la idea de trasladarnos a España. Arreglamos nuestros asuntos y tomamos pasaje en un excelente buque.
Hacía un tiempo espléndido; el mar estaba tranquilo; el horizonte, despejados; el sol se reflejaba en el cristalino pavimento de las aguas; todo parecía asegurarnos una feliz travesía..., pero no fue así.
Una noche nos despertamos sobresaltados por el alboroto de la gente; horrible tempestad se había desencadenado. El buque era juguete de las olas; los relámpagos, que se sucedían sin interrupción, dejaban ver las caras tétricas y espantadas de los viajeros; el agua barría la cubierta; la ronca sirena, con ayes lastimeros, parecía demandar auxilio; la gente, desorientada, corría de popa a proa, buscando en vano medios da salvación. Todo era desesperación, lamentos, ayes, confusión... Un disparo... ¡Sálvese quien pueda!... Una grande ola ahogó todas las voces... El buque desapareció.
Yo no sé qué sucedió en aquellos momentos. Cuando parecía que todo había terminado para mí, me hallé flotando sobre las aguas asido a un grueso madero. Solo, sin fuerzas, pendiente m¡vida de un leño, zarandeado por las olas, que amenazaban tragarme sin remedio, sin ver más que oscuridad, soledad, abandono... Yo me sentía morir.
Un bote, por fin vino a recogerme Estaba en salvo, pero... ¿y m¡mujer?..., ¿y mis hijos?..., ¿y m¡fortuna?... Solo, sin albergue, sin sustento, completamente despojado de todo cuanto antes podía hacerme despreciar el porvenir, mis ideas cambiaron; sentía yo la necesidad de compañía, me hacía falta una persona en quien depositar mis penas. Después de muchas dudas y vacilaciones, me arrojé a los pies de un sacerdote; le descubrí m¡alma, abjuré de mis errores, lloré cual nunca había llorado, desahogué completamente y todo me lo perdonó en nombre de Dios. M¡alma, salió de allí completamente cambiada.
Después, me hallé en medio del mundo sin saber qué rumbo tomar. Quería trabajar y ninguno me admitía, probar fortuna y nadie me secundaba... ¿Qué hacer? Haré penitencia por mis pecados, dije, y tomando unas alforjas, comencé a pedir limosna de puerta en puerta.
Errante he andado por más de treinta años, buscando un pedazo de pan para mantener este cuerpo; he pasado hambre, frío, cansancio y toda suerte de calamidades, mas todo lo he sufrido con paciencia, porque mucho más es lo que merecen mis crímenes. En todas, mis penas, m¡único consuelo ha sido m¡confesor, a quien acudo a menudo en busca de santos consejos que me devuelven siempre la paz, pero en el fondo de m¡alma conservo una espina que aun no he podido arrancar... ¡Mis hijos!..., ¡mis hijos! ¿Se habrán condenado? ¿ Qué habrá sido de ellos?
—Se han podido salvar —le dije para consolarle—. Los consejos de una madre no se olvidan tan fácilmente, y en aquellos momentos pueden haberlos recordado; pueden haber hecho un acto de amor a Dios: pueden haber proferido el nombre de Jesús que su madre les enseñaría a pronunciar. Un solo pensamiento en su vida pasada y en Dios puede haberlos salvado. El buen ladrón, condenado a muerte de cruz por sus crímenes y latrocinios, próximo a expirar, solamente le pidió a Jesús, que a su lado moría, que se acordase de él, y Jesús se acordó, dándole un lugar en el cielo. David, reconocido su pecado, cayó de hinojos ante el profeta Natán, exclamando: «He pecado, y Dios olvidó su ofensa.» La Magdalena se arrojó arrepentida a los pies de Jesús sin proferir una sola palabra, y Jesús la perdonó. Tenga usted confianza y rece por ellos; Dios es todo misericordia, y s¡perdonó al buen ladrón y a la Magdalena, también habrá perdonado a sus hijos, s¡en aquellos momentos tuvieron para El un pensamiento de amor y de arrepentimiento.
El anciano estaba conmovido; yo me levanté, disponiéndome a desandar lo andado, y me despedí del pobre mendigo que tan profundamente había impresionado m¡ánimo. El recuerdo de su historia perdura siempre vivo en mí, y muchas veces digo en mis pobres oraciones: «Señor, acordaos del pobre mendigo que durante tantos años va arrastrando sus penas por la tierra.»
Noticias
Capítulo provincial
Bajo la presidencia del P. Patricio Botija, ex Ministro Provincial de la Provincia de San Gregorio Magno, de Filipinas, del 8 al 13 del pasado mes de agosto se celebró, en el convento-noviciado de Santo Espíritu del Monte, el capítulo provincial de la Seráfica de San José, de Valencia.
Fueron elegidos:
- Ministro provincial, el P. José Antonio Arnau, que, como saben nuestros lectores, era ahora custodio y rector del Colegio Seráfico de Benisa, y fue presidente del convento de San Antonio de Carcagente; comisario de la Comisaría de San Antonio, de Argentina; guardián de los conventos de San Lorenzo, de Valencia, y de San Buenaventura, de Benisa, y director de nuestra Revista.
- Custodio, el P. Joaquín Sanchis, y
- definidores, los PP. Luis Mestre, Joaquín Ivars, Pacífico Sendra y Juan Nadal.
A ellos y a todos los demás religiosos que se les ha confiado algún cargo en este capítulo, enviamos desde estas líneas nuestra cordial felicitación.
Bendición de la imagen de la Inmaculada de Santo Espíritu
El altar de la Inmaculada, en Santo Espíritu del Monte, acaba de ser restaurado, gracias a los señores Marzal, de Alcira. El día 17 de julio, coincidiendo con la fiesta de Corpus en el convento, tuvo lugar la bendición de la nueva imagen, que, con su cabeza de coronada Reina, claros y acariciadores ojos, dulce y maternal sonrisa, plegadas y bendecidoras manos, aspecto de gran señora y aire ultraterreno y celestial, semeja una aparición divinal de la Purísima Virgen, más que representación suya plasmada en bellísima escultura. El señor Teruel, su autor, puede estar satisfecho.
Ofició en el acto el P. Provincial, quien dirigió su palabra fervorosa, siempre cálida, siempre elocuente, a la reverenda comunidad y buen grupo de fieles que nos acompañaban, ensalzando las glorias de la Señora y poniendo de manifiesto cómo la Orden Franciscana es el adalid de María, en el misterio luminoso de su Inmaculada Concepción. Agradeció asimismo a los señores donantes la fineza que han tenido para con nuestro Real Monasterio de Santo Espíritu, implorando para ellos los favores del cielo. Impartiendo su seráfica bendición y entonándose los gozos de la Inmaculada, terminó tan fausto acto, lleno y colmado de íntimas, felices y placenteras emociones.
Que la Santísima Virgen —muy de corazón se lo pedimos— bendiga, como sólo Ella sabe hacerlo, a la buena familia Marzal-Boluda, que nos proporcionó satisfacción tan cumplida, deparándole todas aquellas gracias que van envueltas y encerradas en nuestro franciscano saludo de «Paz y Bien».

Fachade de la iglesia de nuestro Colegio de Onteniente, inaugurada y bendecida el día 8 de junio de 1952
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