San Francisco en la Historia de la Filosofía

Distribuyendo m¡pensamiento en una proporción, lo que Sócrates es a Platón y a Aristóteles es San Francisco a su Platón seráfico Buenaventura y a su «Filósofo» voluntarista Juan D. Escoto. De esta proporción queremos sacar la «razón» de un candente tema de estudio, ahora vivo en la Filosofía perenne: San Francisco, genial filósofo.

Y visto a grandes rasgos, el Franciscanismo ha creado una filosofía propia, la cual, según la expresión feliz de M. Pelayo, es la «Filosofía del amor». Sobre este amor, traspasado de dolor, el primer gran Doctor de la Orden que moja y aromatiza su pluma en el rosal tinto en sangre de la Pasión, renovada en el monte Alvernia, es el Seráfico de los doctores San Buenaventura. De tal manera filosofa el Seráfico Doctor, atento siempre al Sócrates transverberado de amor langüente, que, s¡abstraemos de Buenaventura su dotación excelsa de pensador franciscano, el sabio de Bañorea no sólo dejaría de ser el Doctor Seráfico de la Iglesia; en él quedarían vacantes, además, la sabiduría y el pensador cristiano-platónico de la Historia.

Pues todavía vuela más encumbrado y metafísico, en esta filosofía del amor franciscano, el águila que descubrió a la Inmaculada arrebolada del Sol, y por eso Sutil y Mariano Doctor Juan Duns Escoto. Él, dicho de una vez, es el creador de la Metafísica, de que aun carecía el Franciscanismo como sistema. Y con ser tan riguroso seguidor de Aristóteles en campo lógico, se despide de él respetuosamente y tema la vía Platón-Agustín-Francisco, para fundar el voluntarismo metafísico, con cimas tan sublimes, que se divisa su construcción, de todas las latitudes; aprobando su obra filosófica impecable, por los caracteres de necesidad y universalidad, todo el pensamiento humano, de un polo a otro polo, de Platón a Aristóteles.

Hablando siempre en general, lo que aparece claro y definido y característico, en la Filosofía franciscana, es la tendencia lógicamente práctica hasta culminar en mística, de gran trascendencia, por otra parte, para la mística española voluntarista. El genio sin rival de esta filosofía del cristianismo principia su Gran Comentario de Oxford, demostrando, contra la opinión de Aristóteles, el más alto valor de la Ciencia práctica sobre la especulativa. El Filósofo partió del principio falso de que, delante del Bien Supremo objetivo, nuestra voluntad se comporta como una potencia meramente natural. Mas nosotros, los cristianos, afirmamos la libertad de la voluntad; de consiguiente, hay que presuponer a la base del querer el conocimiento conformativo y previo a su obrar. Luego la ciencia que se ordena a la práctica de la última y más perfecta operación —volitiva— es superior a toda otra ciencia (1). Toda otra ciencia es especulativa.

Por acabar este articulito, y tocando nada más la base psicológica de esta vida práctica, ética o de amor, Aristóteles había sentado para su tiempo que el amor y el conocimiento establecen una relación montada sobre dos soportes expresos, algo así como una especie de arquitectura arquitrabada del templo griego quiescente y dormido. La categórica afirmación del Maestro deviene suavemente hipotética en las palabras correctísimas del más sutil de sus discípulos; pero, s¡bien atendemos a su pensamiento, contrariamente categórica: El conocer y el amar son esencialmente absolutos. Su vitalidad es un devenir perfectivo, causa activa de su conexión con el término; un activismo activo tan pujante como la voluntad pura, desplegada con todo su esfuerzo hacia su objeto propio; el cual, ciertamente, es presupuesto en el vivir de la operación volitiva, empero su consecución y contacto es extrínseco al acto del viador.

Su expresión paralela, diríamos, es la del arco gótico apuntado en viva expansión hacia un contacto y cuya fuerza de arranque es intrínseca a su fundamento, venga o no venga el beso del otro arco compañero.
En consecuencia con esta psicología voluntarista, la vida ética del hombre cristiano es un estar despierto, una renovación incesante; centinela alerta con el arma de la atención actual en las manos, atención a lo divino archipracticada por San Francisco y elaborada mentalmente por el voluntarismo seráfico de San Buenaventura y Escoto. En los días de Francisco, la presencia de Dios era hambre y sed del siglo más espiritual de la Historia. Todas las aspiraciones de los místicos prestan acento y calor a la palabra culta y seráfica del que es su Príncipe. Buenaventura multiplica ejercicios y abre, sobre las huellas de Francisco, innumerables vías de ascensión mental, para vivir en estrecha unión con Dios, aun acá en la tierra. La presencia intuitiva del Amado, cierto que es el término feliz de nuestros deseos; pero su presentación definitiva, sin enigmas, depende de la libre voluntad divina.

Así y todo, durante la peregrinación, la realidad psíquica del acto del viador es un hecho, que él puede renovar y aun emular a los bienaventurados. Y s¡el acto del peregrinante no sale tan perfecto en la vía como en la patria, «hoc accidit», esto es un accidente del camino; el acto volitivo es vital y nace de sí perfecto y tiende a la perfección: «S¡yo pudiera amar a Dios como un bienaventurado, aun sin la relación real en que ellos viven, yo sería bienaventurado; pero no viceversa» (2). Este pensar hipotético escotista, grabado para siempre en el soneto de fray Pedro de los Reyes, se había cumplido como tesis en la vida de Francisco. Su amor seráfico y unitivo por la divina Presencia, según dice Buenaventura, le hizo ascender sobre la esfera de este mundo sensible; visión intuida por el pincel de Ribalta-Murillo, que hacen descender los ángeles con los cuales hablaba él familiarmente y de los cuales sólo la pared de su cuerpo le separaba (3). El «Humilde» que nos humilla y abisma es el Ejemplar vivo que vivió con su Padre Dios a la vista.

En una palabra, la vida del «Idiota» encarna las doctrinas que el Doctor Seráfico abstraerá, para hacer de ellas una teoría voluntarista, la que será fijada indeleblemente por el Sutil con los caracteres científicos, aristotélicos y eternos de necesidad y universalidad. Buenaventura y Duns Escoto parecen teorizar el nuevo ambiente cristiano de Occidente, creado por la originalidad de Francisco.

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Oxonienses pról., cuestión IV.; núm. 32 y 42
(2) Quodlibet, Escoto, cuestión 13, núm. 16.
(3) Opera Omnia Quaracchi, S. Buenaventura, t. 8,533.

Visión de las tres virtudes

El amor del Apóstol de Asís por la amada esposa de su alma, la dama Pobreza, impresionó la fantasía de los artistas, los cuales se complacen en ilustrar, de modo especial, un hecho muy significativo bajo este punto de vista. Se trata de una visión con que fue favorecido en cierta ocasión el Seráfico, yendo camino de Siena, y que nos refieren CELANO y SAN BUENAVENTURA. Caminaba el Santo hacia dicha ciudad, en compañía de un médico, hombre de bien y muy afecto a la Orden, cuando he aquí que se le aparecen tres jóvenes tan semejantes entre sí en estatura, aspecto y edad, que parecían de un mismo troquel.

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He aquí cómo nos la refiere Celano: «En llegando el Santo, se inclinaron devotamente y le dirigieron este saludo insólito: "¡Bien venida sea la dama Pobreza!" Se llena al punto Francisco de alegría indecible, como quien no se juzgaba digno de ser saludado por los hombres de un modo mejor que el que acababa de oír. Y tomándolas, en realidad, por tres pobrecitas, se volvió a su compañero el médico y le dijo: "Te ruego des algo, por amor de Dios, a estas infelices." Descendió inmediatamente el médico del caballo y dio a cada una de ellas una copiosa limosna. Siguieron luego su camino; pero, al volver el rostro para despedirse de las jóvenes, no vieron ya ninguna en toda la vasta llanura. Grandemente maravillados, se dieron entonces cuenta del prodigio ocurrido, en la convicción de que no podían ser criaturas de la tierra las que así habían desaparecido más velozmente que los pájaros.»

Añade a lo dicho el Doctor Seráfico que aquellas tres femeninas figuras, de actitud y rostro celestiales, no podían ser otra cosa que el símbolo de las tres virtudes característias de toda obra religiosa; es a saber: la castidad, la obediencia y la pobreza, practicas por el Poverello con igual fervor, no obstante se gloriase de su predilección por la pobreza, «coronada de victoria», y por él llamada unas veces «madre», y otras, "dueña de su corazón".

Esta visión simbólica de las tres virtudes es la que han reprooducido los artistas en forma plástica. Afirma Vasar¡que en uno de los frescos del Convento de San Francisco, en Rímini, atribuido a GIOTTO, se ve a las tres doncellas conduciendo hacia el cielo la túnica del Poverello. Las mismas, en forma de ángeles, figuran y pueden admirarse en torno a la cabeza del Seráfico, en el bajorrelieve de DELLA ROBIA, en la Iglesia de San Jerónimo, próxima a Valterra, en el que se representa la institución de la Tercera Orden. OCTAVIANO NELLI (1400-1448), artista cumbre muy delicioso, las reproduce también en un reducido cuadro del Museo Cristiano del Vaticano. (imagen pequeña de la derecha)

Fero SASSETTA, mejor que ningún otro, acierta a reproducir este idilio místico en una tela del Museo de Chantilly, atribuido hasta ahora a SANO DI PIETRO, y que reivindica BERENSON para su verdadero autor. Se ven allí, sobre fondo de bellísima perspectiva, representando cada cual una de las virtudes, tres doncellas castamente vestidas, ceñidas por aureola las cabezas, que se acercan a Francisco, al cual hace acompañar el capricho artístico, no de un médico, sino de un fraile. El Santo, en actitud tímida, coloca un anillo en el dedo de la dama Pobreza, situada en medio. Arriba se ven las mismas doncellas, tendidas por el aire, dirigiéndose al cielo y llevando cada una en las manos una palma de triunfo. La Pobreza es la única que vuelve el rostro para despedirse de su amado esposo.

Esta misma visión ha inspirado recientemente la composición espléndida del artista francés FR. LAFON (1902). Aparecen en ella una vez más las tres doncellas en medio de un poético panorama: la Pobreza, vestida de color ceniciento, tiene los pies desnudos y suspensa de un brazo la alforja de la limosna; Francisco, que se halla solo en la riente llanura, aparece arrodillado en tierra en medio de las flores y tiende los brazos, en señal de amable acogida, a la esposa de su alma.

Fr. Victoriano Facchinetti, ofm