Humildad y dignidad
El argumento de autoridad que anunciábamos el año pasado, lo vamos a enunciar en éste y desde este mismo lugar. Dice un Maestro de Novicios a sus novicios, en el lugar de Alcalá y hacia la mitad del siglo XVIII, estos consejos que tienen, no obstante, estas limitaciones de tiempo y lugar, altura ética de resonancia universal para todo tiempo y lugar:
1.— «Estudia no tanto por el premio, quanto por cumplir con tu obligación. S¡los prelados premiasen tus trabajos, recíbelo con humildad y agradecimiento, y sirva la memoria de tus superiores, de empeño para mayores méritos.
2.— Mas s¡no se acuerdan de ti, conténtate con merecer, y así quedas más premiado; porque no hay virtud que no sea premio de s¡misma, n¡mérito que a sí mismo no se corone.
3.— ¿Qué importa que no estés en el puesto realmente; s¡debes estar, en la opinión de todos? Más honrado premio es éste que aquél; porque más honra es merecer la dignidad que obtenerla.
4.— El pigmeo, aunque le pongan sobre un monte, no dexa de ser pequeño; y un gigante siempre es grande, aunque esté en el valle.
5.— Estudia para merecer, pero s¡tus estudios no son premiados, conténtate con que sean conocidos. No haga tu omissión justos a los que reparten los premios. Y sepan todos que, £¡no eres atendido, más es por no tener hombre que por no serlo» (2).
Paremos un poco la atención sobre la inteligencia de estos «Consejos» voluntaristas que da el P. Carlos a sus novicios de Alcalá y en el siglo del «despotismo ilustrado», válidos, no obstante, para toda ética científica, necesaria y universal. El P. Maestro les dice categóricamente y en resumen: «Más honra es merecer la dignidad que obtenerla.»
A la verdad, y brevemente, el mérito, en el tecnicismo de la Escuela, es operatio; y el premio, passio. La operación es iniciada y puesta en movimiento por la actio (por ejemplo, el tomar el libro y ponerte a estudiar). Una vez en acto la operación, adquiere ésta en su devenir (fier¡en latín y werden en alemán) autonomía específica inmanente, y, por tanto, puede continuarse y aun intensificarse por oleajes vitales inmanentes, sin ulterior contacto con el primitivo motivo, pues ya pasó y es, por naturaleza, transeúnte. Añádase además lo que por experiencia sabemos, que la misma operación, que de sí es activa y fluente, refluye sobre sí misma pasivamente, marcando la fase del proceso psíquico, llamado passio, cuyo funcionamiento declina siempre en uno de estos dos polos diametrales de la vida afectiva: en una forma agradable o en su contraria, la desagradable.
Ciñéndonos al caso presente, en esta categoría aristotélica entran clasificados lo premial y lo penal, lo placentero y lo penoso (pásjein, pathos).
Y mirando a la conclusión, obsérvese que esta psiquis pasional es intrínseca y connatural a toda operación humana, por sutil y refinada que se la suponga; siendo, para, ser correcta, una traducción extrínseca lo penal y premial jurídico, adveniente de mano ajena: de la sentencia del Juez o del reparto premial del Príncipe que galardona. De las dos maneras, la categoría aristotélica (pásjein = pati) es "natura determinata ad unum", y cae, por ende, más allá del ámbito de nuestra libertad de obrar, cuyo campo de operaciones propio es la realidad sustantiva, cualificada por la actio-operatio.
A no ser que la voluntad atencional pare mientes en el fluir de nuestra naturaleza pasional y la convierta en voluntad operante, en virtud de la concentración y su correspondiente inhibición; como así lo practicaba con facilidad Nuestro Padre San Francisco: en lo penal, «tanto es el bien que espero que en las penas me deleito»; y en lo agradable y premial, el Oficio del Santo recita: «cuanto de deleitable hallaba, a su Creador lo refería».
Y así, por ese método tan fino contrapesaba su espíritu y lo afinaba, volando ligero su amor seráfico a la unión más estrecha y directa que jamás hombre consiguió sobre la tierra; y eso, aun antes de la realidad premial, en la que se premiará a los justos en el cielo. San Francisco el Pobrecillo, vestido de un saco, por un plebiscito de la Edad Media continuado en la Moderna, es el Serafín transverberado de amor de Dios, que ya ocupa la Silla y se inviste de la Dignidad de las que fue depuesto y despojado por sus deméritos el Príncipe de los Ángeles, Luzbel, el ensimismado con su sombra y narciso de su pasión. ¡San Francisco, el hombre de la operación meritoria, y Luzbel, el ángel de la pasión narcisante demeritoria! San Francisco, viniendo, al pensar del P. Sánchez, "en opinión de todos", merece tamaña dignidad y la entraña en su operar, aun cuando en esta vida no la tuviera «realmente». Y aun en la hipótesis, dirá el anónimo del Soneto español-escotista del Amigo de Dios, de que no llegara nunca esa «realidad». «¿Qué importa que no estés en el puesto realmente sí debes estar, en la opinión de todos?» (Sánchez, nún. 3). Y s¡eres premiado, que te sirva de humildad y «de empeño para mayores méritos» (Id., número 1).
(1) Cfr. Acción Antoniana, enero de 1952.- Valencia.
(2) Cfr. Carlos Sánchez, ofm. lnstrucción de Novicios, p. 52-9. Alcalá de Henares., 1744. Por lo demás, los franciscanos abundan en esta doctrina ética. Vid P. Ángeles. Cantares, passim.
Villancico
En un ruin pesebre
ha nacido hoy
un niño tan bello
como el mismo sol.
Vamos a adorarle,
vamos sin tardar,
vamos a entregarle
nuestra voluntad.
¡Oh Niño hechicero,
Niño celestial!
Haz que por la gracia
te sepa encontrar...
Santo Niño
Santo Niño de Belén,
Nacido en cuna tan pobre,
En un mísero portal,
Una silenciosa noche...
¡Oh qué lección más sublime
Nos das Tú, Dios hecho hombre...!
El Rey de cielos y tierra,
El que embellece las flores,
intre pajas, sin abrigo
Que le proteja y conforte...
Y todos esos trabajes,
Jesús, por m¡amor los coges...
Y yo quiero disfrutar
Abusando de tus dones.
¿Soy ingrata, es que estoy loca
O rencillarrente torpe?...
Todo esto junto a la vez
M¡complejo lo recoge;
S¡no, posible no fuera
Un proceder tan innoble...
C. Merle Plana
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