Índice de los números 291-292

Marzo-Abril de 1953. Año 27. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

O Crux, ave spes unica...

La Iglesia, nuestra Madre, saluda con estas palabras, cargadas de verdad y de belleza, a la Cruz bendita, lecho de muerte de Jesucristo, nuestro Señor, y signo victorioso de la Redención del hombre.

Pero nosotros, los cristianos, cuya señal exterior de tales, como enseña el Catecismo, es la Santa Cruz, olvidamos, tal vez, lo que ella encierra y lo que vale para nuestra vida temporal y eterna, quizás porque la Santa Cruz es muchas veces un reproche amargo y severo para nuestro egoísmo y nuestra perversidad.
Y, sin embargo, queda en pie, como un reto de combate contra las fuerzas del Mal, el grito firme y seguro de la Iglesia, ¡Salve, oh Cruz, única esperanza nuestra!...

En todas las épocas de la Historia ha sido combatida la Cruz de Cristo por la indiferencia de unos, la tibieza de otros y el odio infernal de muchos; pero en nuestros tiempos se levanta, frente a este Lábaro sacrosanto de nuestra Redención, que es fuente de vida y lucero de amor, otro signo desafiante y siniestro, que enciende en los hombres la mística del odio y los arrastra irremisiblemente hacia la ruina y la muerte.

Ante la hoz y el martillo del comunismo materialista y ateo, que se enfrenta con la Cruz de Cristo para combatirla con implacable ferocidad y diabólico encono, ¿cual es la actitud de nosotros, los cristianos?...
Serían necesarias las palabras quemantes de un San Pablo para despertarnos del letargo en que vivimos; mas ya debía bastarnos, para abandonar nuestras cobardes actitudes, el ver las sangrientas desgarraduras que en el Cuerpo Místico de Cristo ha ocasionado el comunismo, y de las cuales quedan todavía en nuestra propia Patria tantas huellas de horror.

Abrasemos, pues, nuestras almas, en estos días de la Pasión de Nuestro Divino Salvador, con la mística del amor y del sacrificio que la Cruz nos enseña, y desplegando al viento los brazos, apretémosla fuertemente contra nuestro corazón para que ella sea el faro rector de nuestra vida, como es la señal infalible de nuestra Victoria y la esperanza única y firmísima de nuestra salvación.

Florecillas de la Seráfica provincia de Valencia

XXIV. De los fervores del apostólico varón P. Antonio Ribera

En su parroquia de Sueca predicaba de cuando en cuando algún sermoncito el beneficiado D. Gordiano Ribera. Desde un día en que asistió a bien morir a un compañero, solía, al terminar su predicación, aplicar una de las tres avemarias de costumbre por una intención particular. Esa intención era la de su vocación al claustro. Apenadísimo y asqueado por la enfadosa y repugnante importunidad de los familiares del sacerdote difunto, que, interesados únicamente en la herencia, le robaron la tan necesaria tranquilidad de los últimos y supremos momentos de la vida, decidió liberarse a tiempo de tales inconvenientes, huyendo del mundo.
Lo llevaba tan en secreto, que nadie adivinó su propósito. Poco tiempo después, D. Gordiano desaparecía de Sueca. Se supo que se había retirado a Santo Espíritu del Monte, en plan de ejercicios espirituales. Así era, en realidad. Pero aquellos ejercicios fueron decisivos para su vida. La confortante soledad del Convento-Noviciado acabó de convencerle. D. Gordiano ya no volvió a su casa. Con el nombre de Fray Antonio vistió el hábito franciscano, y, transcurrido el año del Noviciado, emitió su profesión. Tuvo lugar ésta en junio de 1921.

La nota particular de la espiritualidad del nuevo hijo de San Francisco fue el fervor religioso. A los novicios nos edificaba contemplar la pomposa «humanidad» del recién profeso P. Ribera practicando, de rodillas, con los brazos en cruz y postrado en el suelo, el Santo Víacrucis en los claustros superiores.

Este fervor salía, sobre todo, afuera en su predicación todo apostólica. Arrastraba a los pueblos, no ya por sus dotes oratorias, sino por su cálida palabra, por su persuasión íntima y por la fuerza de su personalidad, que ponía por entero a contribución de sus sermones. Particularmente en tiempo de ejercicios espirituales, en que su compenetración con el auditorio era más perfecta, poseía la habilidad de hallar con seguro tino el momento a propósito para ganar los ánimos de los ejercitantes. Eran corazonadas, toques de ingenio, rasgos originales y personalísimos, insignificancias tal vez; mas con ellas conseguía dar en el blanco, constituyendo siempre el golpe de gracia de toda su predicación.

Dirigía, en cierta ocasión, una tanda de ejercicios para hombres en Santo Espíritu. Entre los ejercitantes había uno que se hallaba allí por puro compromiso y que practicaba los ejercicios como por «sport». Hacía ya treinta años, poco más o menos, que no se había confesado, y los compañeros estaban en anhelante expectativa, prefijando ya de antemano las «horas» que habría de gastar en confesarse, y adivinando y celebrando asimismo los comentarios que el propio penitente, por cierto muy bromista y chistoso, haría de las angustias de tan apurado trance.

Para huir de las indiscretas miradas, el sujeto de marras quiso confesarse a escondidas de los demás, en la sacristía. Al terminar su cometido, le preguntaron los compañeros cómo se las había arreglado. Se sonrió el interpelado, y dijo que no quería sacar a pública subasta sus pecados; pero así y todo, no pudo callarse el preámbulo de la confesión. Con el desahogo propio de su temperamento, refirió el diálogo con que comenzó el arduo negocio:

—¿Cuánto tiempo hace que se ha confesado?

—Treinta años, Padre.

—¿Treinta años? Y ¿cómo ha vivido usted tanto tiempo en pecado?

—Pues, Padre, mejor que un Capitán general.

Todos «jalearon» la respuesta, que, por su parte, daba a entender que las pláticas no habían hecho mucha mella en el ejercitante «por compromiso».

Pero llegó el último día de retiro. Y después de una fervorosa alocución acerca del perdón de las injurias, el P. Director pidió a todos que le disculpasen por su poca ciencia y le perdonasen por la escasa unción con que les había dirigido los santos ejercicios, así como por los malos ejemplos recibidos y la falta de caridad con que les había tratado; y, arrodillado ante cada uno de los ejercitantes, confesándose pecador ruin y miserable, les besó los pies con lágrimas en los ojos.

Aquellos hombres, recios y bien curtidos como buenos huertanos, impresionados ante un espectáculo nunca imaginado, rompieron en vivos sollozos. No lloraba menos que los demás el de los treinta años sin confesar. Y tan convencidos quedaron de la virtud del P. Ribera y tan conmovidos y emocionados, que aquella noche se levantaron todos de la mesa cas¡sin probar bocado. Y el que practicaba los ejercicios por «sport» quedó de tal manera transformado por la gracia y edificado de aquel acto de humildad, que a toda costa quería quedarse en Santo Espíritu. Desde aquel momento dio fin a su vida indiferente y se convirtió en un cristiano a carta cabal, cumplidor de sus deberes religiosos como el primero.

Montones de anécdotas edificantes podríamos ir acumulando acerca de la vida apostólica del fervoroso P. Ribera. El Señor premió con el martirio el celo con que a su edad se dio al ejercicio de las virtudes religiosas y a la predicación de la divina palabra. Los esbirros de la revolución roja en Sueca le dieron una bárbara muerte. Desde el cielo continuará derramando bondades, como hizo mientras vivió sobre la tierra.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm